: Sentí que el corazón se me rompía al ver a mi viejo amigo hundiéndose en el fango, pero juré por mi vida que si la marea se lo llevaba, yo me iría con él: esta es nuestra historia de lealtad.

—¡Gitano, no te muevas! ¡Por Dios santo, no te muevas más que te hundes! —le grité con la voz quebrada, sintiendo cómo el pánico me subía por la garganta más rápido que la marea.

Todo había sido perfecto unos minutos antes. Gitano, mi caballo de 18 años, y yo estábamos caminando por la orilla de la playa, disfrutando la brisa, cuando de repente avanzamos sobre una franja de arena que parecía firme, pero fue una trampa mortal. Fue cuestión de segundos. El suelo simplemente desapareció bajo sus patas y el lodo espeso, negro y traicionero lo atrapó hasta el cuello.

El relincho de terror que soltó todavía me retumba en los oídos. Lo intenté todo. Tiré de la rienda, empujé, escarbé con mis propias manos hasta que me sangraron las uñas, pero era inútil. Cada intento que hacía mi viejo amigo por liberarse solo lograba que el fango lo chupara con más fuerza, hundiéndolo más.

Y entonces, lo peor sucedió: la marea empezó a subir.

El agua fría comenzó a lamerle el pecho. La gente a lo lejos gritaba, algunos corrían a buscar señal para sus celulares, pero yo sabía que el tiempo no estaba de nuestro lado. Miré a Gitano a los ojos; esos ojos grandes y nobles que me han acompañado casi dos décadas. Vi el miedo puro en su mirada.

—No te voy a dejar, compadre. Aquí me quedo —le susurré al oído, pegando mi frente a la suya.

Aunque sabía que no podía sacarlo sola con mi fuerza, tomé la decisión más difícil y sencilla de mi vida: quedarme con él. No me alejé ni un paso. Me metí al fango con él. Sentí el frío del lodo aprisionando mis propias piernas.

Empecé a hablarle bajito, con esa calma fingida que uno saca de no sé dónde cuando la situación es de vida o mu*rte. Lo acariciaba, limpiándole la arena de los ojos, tratando de mantenerlo tranquilo mientras alguien, a lo lejos, pedía ayuda.

El agua ya nos llegaba al cuello a los dos. Él resoplaba, agotado, rendido. Su peso muerto hacía imposible que se moviera. Sentí cómo su respiración se hacía lenta. Estaba a punto de dejarse ir.

—¡NO TE DUERMAS! —le grité, sacudiéndolo, con lágrimas de rabia y desesperación mezclándose con el agua salada en mi cara—. ¡Aguanta, viejo, aguanta un poco más!

En ese momento, entre el ruido de las olas rompiendo cada vez más cerca de nuestras cabezas, escuché un motor a lo lejos. ¿Era real o ya estaba alucinando por el miedo? La marea no perdonaba y el agua estaba a centímetros de cubrir su nariz.

¿LOGRARÍAMOS SALIR DE ESTA O ESTE SERÍA NUESTRO ÚLTIMO ABRAZO?

ENTRE EL BARRO Y LA MAREA: LA PROMESA (PARTE 2)

CAPÍTULO 1: LA ILUSIÓN DEL MOTOR Y EL PESO DEL TIEMPO

Ese ruido de motor que escuché entre el rugido de las olas no fue un sueño, pero tampoco fue la salvación inmediata que mi corazón suplicaba. Giré el cuello con dificultad, con los músculos del trapecio quemándome por la tensión de sostener la cabeza de Gitano fuera del agua, y vi luces. Eran las torretas naranjas de un tractor agrícola que bajaba por la duna.

—¡Ya vienen, mijo! ¡Ya vienen! —le grité a Gitano, casi ahogándome con un trago de agua salada que una ola traicionera me aventó a la cara—. ¡No te me rajes ahora, cabrón, que ya vienen por nosotros!

Pero la esperanza es canija y a veces duele más que la desesperación. El tractor, un monstruo verde que en tierra firme habría sacado a un camión de volteo, se detuvo en seco a unos veinte metros de nosotros. Vi al conductor bajarse, manoteando, gritando algo que el viento se llevaba. No podía acercarse más. El terreno era traicionero; si metía el tractor ahí, tendríamos dos problemas hundidos en lugar de uno.

Sentí cómo se me caía el alma a los pies. O bueno, a donde suponía que estaban mis pies, porque hacía rato que había dejado de sentirlos. El lodo no era solo tierra mojada; era una bestia viva, una ventosa gigante que nos succionaba con una fuerza que desafiaba toda lógica. Era como si la tierra misma tuviera hambre.

Gitano soltó un bufido que sonó a llanto. Estaba agotado. Un caballo de 500 kilos no está hecho para estar inmóvil, y mucho menos aprisionado. Su instinto de fuga, ese que lo ha salvado mil veces, ahora era su peor enemigo. Cada vez que intentaba patalear, el vacío que creaba alrededor de sus patas se llenaba inmediatamente de más lodo, sellándolo como cemento fresco.

—Shhh, quieto, quieto… —le murmuré, pegando mi mejilla a su hocico húmedo y salado. Sentí sus pestañas largas rozarme la piel. Estaba temblando, y no sabía si era por el frío del agua que ya nos llegaba al pecho o por el terror puro.

Miré mi reloj, aunque estaba cubierto de barro. Habían pasado apenas cuarenta minutos desde que caímos. Cuarenta minutos que parecían cuarenta años. La marea subía implacable. No subía de golpe, como en las películas; subía con esa lentitud tortuosa, centímetro a centímetro, reclamando territorio sin prisa pero sin pausa.

—¡Oiga! ¡No se acerque más con la máquina o se va a atascar! —gritó alguien desde la orilla. Era un bombero. Habían llegado más personas.

Vi a un grupo de rescatistas correr hacia nosotros con cuerdas y palas. Se veían borrosos por la bruma del mar y mis propias lágrimas que luchaba por contener. Cuando llegaron a la orilla del fango, se detuvieron. Uno de ellos, un muchacho joven con casco amarillo, se ató una cuerda a la cintura y empezó a avanzar hacia nosotros, hundiéndose hasta las rodillas con cada paso.

—¡Señor! —me gritó—. ¡Tiene que salir de ahí! ¡Es peligroso! ¡El caballo se puede paniquear y golpearlo!

La rabia me subió por el pecho, caliente y violenta. —¡Ni madres me voy a salir! —le contesté a todo pulmón, con una voz que no reconocí—. ¡Si este caballo se muere, yo me muero con él! ¡Tráiganme palas, tráiganme una bomba, tráiganme lo que sea, pero no me pidan que lo deje solo!

El bombero se detuvo, me miró a los ojos y asintió. Entendió. En México, la lealtad no se explica, se demuestra. Se dio la vuelta y gritó órdenes a sus compañeros. —¡Traigan las eslingas! ¡Y llamen a la veterinaria, urge sedarlo o le va a dar un infarto del esfuerzo!

CAPÍTULO 2: MEMORIAS EN EL FRÍO

Mientras esperábamos a que organizaran el plan, el tiempo se estiró de una forma grotesca. El agua fría nos entumía los huesos. Gitano recargó su cabeza en mi hombro, pesada, rendida.

Para no volverme loco, empecé a hablarle. No para que me entendiera, sino para mantenernos a los dos anclados a la vida. —¿Te acuerdas, viejo? ¿Te acuerdas cuando llegaste al rancho? —le dije, rascándole detrás de la oreja, justo en ese punto donde siempre le gusta—. Eras un potrillo flacucho y desconfiado. Nadie daba un peso por ti. Decían que tenías las patas chuecas, que no servías para el trabajo.

Cerré los ojos un segundo y vi pasar esos 18 años como una película rápida. Lo vi corriendo libre por el potrero la primera vez que le quité el cabestro. Lo vi cargando a mi hija pequeña el día de su cumpleaños, caminando con un cuidado tan delicado que parecía que pisaba sobre nubes para no tirarla. Lo vi esperándome en la cerca cada tarde, relinchando apenas escuchaba mi camioneta a un kilómetro de distancia.

—Tú nunca me dejaste abajo, Gitano. Cuando me divorcié y sentí que el mundo se me acababa, tú fuiste el único que me escuchó llorar en el granero. Me prestaste tu lomo para llorar mis penas. Ahora me toca a mí, compadre. Ahora yo soy tu lomo.

El caballo suspiró profundo, y el agua a nuestro alrededor hizo burbujas. La marea ya estaba tocando la base de su cuello. Una ola un poco más fuerte nos golpeó y Gitano trastabilló. El pánico volvió a sus ojos, blancos y desorbitados. Intentó encabritarse, pero el barro lo jaló hacia abajo con violencia.

—¡No, no, no! —lo abracé con todas mis fuerzas, clavando mis dedos en sus crines—. ¡Calma, calma!

Fue en ese momento que entendí la gravedad real del asunto. No era solo que estuviera atascado. Era que el fango estaba creando un efecto de vacío. Cada vez que él jalaba, la tierra se contraía. Estábamos luchando contra la física, contra la geología, contra el océano.

La soledad en medio de tanta gente era abrumadora. Escuchaba las voces en la orilla, el radio de los policías, el motor del tractor en ralentí, pero ahí, en el agujero, solo estábamos él y yo. Sentía su corazón latir contra mi pecho, un bumbum-bumbum acelerado, errático. El mío iba al mismo ritmo. Éramos dos corazones bombeando miedo en medio de la nada.

CAPÍTULO 3: LA LLEGADA DE LA ARTILLERÍA PESADA

Pasaron casi dos horas más. El cielo empezó a ponerse gris plomo, amenazando lluvia. La situación crítica atrajo a más gente. Vi llegar una camioneta pick-up a toda velocidad, derrapando en la arena. De ella bajó una mujer con un maletín: la veterinaria. Y detrás de ella, una máquina más grande, una retroexcavadora amarilla.

El ruido de la maquinaria pesada acercándose puso a Gitano histérico. —¡Cuidado! ¡Se está poniendo loco! —grité.

La veterinaria, una mujer bajita pero con mirada de acero, se metió al agua con nosotros sin dudarlo. El agua le llegaba a la cintura. —Soy la doctora Elena —dijo sin preámbulos, sacando una jeringa—. Escúchame bien, Manuel. Tu caballo está en shock. Si sigue peleando, su corazón va a colapsar o se va a romper una pata tratando de salir. Tenemos que sedarlo.

La miré con terror. —Doctora, si lo seda y se duerme… se va a ahogar. El agua ya está muy alta. Si pierde la fuerza para mantener la cabeza arriba, se muere.

Ella me sostuvo la mirada mientras cargaba el medicamento. —Es un riesgo que tenemos que correr. Si no lo sedamos, no vamos a poder sacarlo. El estrés lo está matando más rápido que el agua. Necesito que confíes en mí y, sobre todo, necesito que tú le sostengas la cabeza. Tú vas a ser su soporte vital. Si él se duerme, tú eres su cuello. ¿Puedes hacerlo?

Tragué saliva. Mis brazos ya me dolían, mis piernas estaban entumidas por el frío, pero asentí. —Sí. Hágale.

La doctora le inyectó el sedante en la vena del cuello. Fue cuestión de segundos. Sentí cómo la tensión en los músculos de Gitano se disolvía. Sus párpados cayeron. Su cabeza se hizo inmensamente pesada en mis brazos. —Ya está —dijo ella—. Ahora depende de ellos.

Señaló hacia la orilla. Los rescatistas habían logrado acercar la retroexcavadora lo suficiente, poniendo tablones de madera en la arena para no hundirse. —¡Vamos a meter las cinchas! —gritó el jefe de bomberos.

Aquí empezó la parte más brutal. Tuvieron que cavar.

Imaginen cavar en el agua. Sacas una palada de lodo y el agua vuelve a meter dos. Era una tarea de Sísifo. Tres hombres se metieron al agujero con nosotros. Con las manos, con palas pequeñas, empezaron a escarbar alrededor de la panza de Gitano para poder pasar las correas de carga por debajo de su cuerpo.

Gitano, medio dormido, apenas reaccionaba. Yo le sostenía la cabeza fuera del agua, hablándole sin parar, rezando cada oración que me enseñó mi abuela. —Dios te salve María, llena eres de gracia… Aguanta, viejo. El Señor es contigo… Ya casi, ya casi.

El sonido de la pala golpeando contra una piedra o contra la misma pata del caballo me erizaba la piel. —¡Cuidado con las patas! —les advertía yo. —Estamos haciendo lo mejor que podemos, jefe, el barro está durísimo —jadeaba uno de los rescatistas, cubierto de lodo negro de pies a cabeza.

Finalmente, después de una eternidad de forcejeo, lograron pasar las eslingas gruesas por debajo de su barriga y su pecho. El gancho de la retroexcavadora bajó lentamente, como una garra metálica gigante. El ruido hidráulico era ensordecedor.

El clic del metal enganchando las correas sonó como un disparo.

—¡Listos! —gritó el operador de la máquina—. ¡A la cuenta de tres, vamos a levantar despacio! ¡Manuel, no sueltes la cabeza, pero no te quedes debajo!

CAPÍTULO 4: EL TIRÓN DE LA VIDA O LA MUERTE

—¡Uno! Apreté los dientes. Acomodé mis pies en el fondo lodoso para tener tracción.

—¡Dos! Miré al cielo gris. Por favor, Diosito, que no se rompa nada. Que no se le rompan las costillas, que no se le descoyunten las patas.

—¡TRES! ¡ARRIBA!

El motor de la retroexcavadora rugió. Las correas se tensaron con un crujido seco. Al principio, nada pasó. El barro no quería soltarlo. La máquina pujaba, las llantas traseras del tractor se levantaron unos centímetros del suelo por el esfuerzo. Gitano soltó un gemido sordo, aún en su estado sedado.

—¡Dale más potencia! —gritó el bombero.

Y entonces, se escuchó un sonido asqueroso, un SHHHHLUUUP gigante, como cuando destapas un drenaje. El vacío se rompió. Lentamente, centímetro a centímetro, el cuerpo de mi caballo empezó a emerger del agua negra. Primero la cruz, luego el lomo, luego las ancas.

Verlo colgado ahí, inerte, chorreando lodo y agua, con las patas colgando lánguidas, fue una de las imágenes más tristes y a la vez más hermosas que he visto. Parecía un animal prehistórico siendo rescatado de un pozo de brea.

—¡Sácalo, sácalo hacia lo seco! —gritaba la gente. Había decenas de curiosos en la playa ahora, todos conteniendo el aliento.

La máquina giró lentamente y depositó a Gitano en la arena firme, lejos del alcance de las olas. Corrí tras él, tropezándome, con las piernas que apenas me respondían.

CAPÍTULO 5: ¿EL FINAL?

Cayó sobre la arena como un costal de huesos. No se movía. —¡Gitano! —me tiré al suelo junto a él.

La doctora Elena ya estaba ahí, con el estetoscopio puesto. —Está muy frío. Tiene hipotermia severa y el sedante todavía está fuerte —dijo rápido—. ¡Necesitamos mantas, toallas, lo que sea! ¡Hay que frotarlo!

La escena que siguió fue de solidaridad pura, de esa que solo se ve en mi México lindo cuando la desgracia pega. La gente que estaba mirando no se quedó quieta. Turistas, pescadores, gente que pasaba caminando, todos corrieron. —¡Tenga, señor! —un muchacho se quitó su chamarra y me la dio. Una señora trajo toallas de su hotel. Empezamos a frotarlo frenéticamente. Éramos diez, quince personas encima del caballo, tratando de devolverle el calor a ese cuerpo gigante.

—Vamos, viejo, despierta. Ya pasamos lo peor —le decía yo, frotando su cuello con tanta fuerza que sentía que le iba a arrancar el pelo.

Pasaron diez minutos. Veinte. Gitano no se levantaba. Sus ojos estaban abiertos pero vidriosos. Yo estaba exhausto, temblando de frío, cubierto de barro, llorando abiertamente. Me abracé a su cuello una vez más, sintiendo que había fallado. Lo habíamos sacado del agujero, sí, ¿pero para qué? ¿Para que muriera de frío en la orilla?

—Manuel —dijo la doctora suavemente—. Intenta llamarlo. Él conoce tu voz mejor que nadie. Necesita un motivo para pararse.

Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano sucia. Me acerqué a su oreja. Respiré hondo, tratando de que mi voz no temblara. —Gitano… —le dije, usando ese tono cantadito que usaba cuando le llevaba su avena por las mañanas—. ¡Gitano! ¡Ámonos a casa, papá! ¡Ándele! ¡Arriba!

Su oreja se movió. Hubo un silencio sepulcral en la playa. —¡Gitano, arriba! —grité más fuerte, golpeando suavemente su tabla del cuello.

De repente, resopló. Una nube de vapor salió de su nariz. Sacudió la cabeza, salpicando lodo a todos. —¡Cuidado, se va a levantar! —gritó alguien.

Primero estiró las patas delanteras. Gruñó por el esfuerzo. Se tambaleó. Cayó de nuevo. —¡Tú puedes! ¡Venga! —le animé, empujándolo del trasero.

Con un segundo esfuerzo titánico, haciendo gala de esa fuerza bruta y noble que tienen los caballos, Gitano se impulsó. Sus patas traseras encontraron tracción en la arena firme. Se balanceó, buscó el equilibrio… y se puso de pie.

Estaba temblando, sucio, con las patas hinchadas y sangrando un poco por el roce de las cuerdas, pero estaba de pie.

El aplauso que estalló en esa playa fue más fuerte que el mar. La gente gritaba, lloraba, se abrazaba. Pero yo no escuchaba nada. Yo solo tenía ojos para mi amigo.

Él giró su cabeza enorme, me miró y me empujó suavemente con el hocico en el pecho, como diciendo: “Ya vámonos, que tengo hambre”.

CAPÍTULO 6: EL REGRESO Y LA REFLEXIÓN

El regreso a casa fue lento. Tuvimos que subirlo a un remolque especial porque estaba demasiado débil para caminar. Yo no me subí a la cabina de la camioneta; me fui atrás, en el remolque con él, envuelto en mantas, vigilando cada respiro.

Esa noche, en el establo, no me fui a dormir. Me quedé sentado en una paca de paja frente a su caballeriza. Lo veía comer heno con avidez, como si nada hubiera pasado, aunque de vez en cuando sacudía una pata, recordando la sensación del barro.

La foto de nosotros dos, yo abrazando su cabeza en medio del mar de lodo, ya estaba circulando por todo internet. Decían que era un héroe. Decían que era increíble lo que había hecho.

Pero mientras lo miraba masticar, con la luz cálida del foco iluminando su pelaje ya limpio y cepillado, pensaba que están equivocados. Yo no lo salvé a él. O al menos, no solo yo.

Él me salvó a mí mil veces antes. Me salvó de la soledad, de la tristeza, de la rutina. ¿Cómo no iba a quedarme tres horas en el infierno con él? ¿Cómo iba a soltar la rienda cuando las cosas se pusieron feas?

En la vida, como en esa playa, a veces pisas donde no debes y te hundes. El mundo se vuelve oscuro, frío y pesado. Y a veces, la marea sube y sientes que te ahogas. Pero si tienes suerte, si tienes mucha suerte, tendrás a alguien que no se aleje ni un paso. Alguien que se meta al barro contigo y te sostenga la cabeza hasta que llegue la ayuda.

Acaricié su nariz suave una última vez antes de cerrar los ojos, vencido por el cansancio. —Descansa, compadre. Mañana será otro día. Y mañana, te prometo, caminaremos por terreno firme.

DESPUÉS DE LA TORMENTA: LAS CICATRICES DEL FANGO (PARTE 3)

CAPÍTULO 7: EL SILENCIO Y LA FIEBRE

Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero eso es mentira. Después de la tormenta viene el dolor. Viene el recuento de los daños. Viene el silencio que zumba en los oídos cuando la adrenalina te abandona y te deja tirado como un trapo viejo.

La mañana siguiente al rescate, no me despertó el sol, ni el gallo del vecino, sino un dolor en el cuerpo que me hacía sentir como si me hubiera atropellado ese mismo tractor que sacó a Gitano. Me dolía hasta el pelo. Tenía los brazos engarrotados, las piernas llenas de moretones que ni recordaba haberme hecho, y un sabor a sal y tierra en la garganta que no se quitaba con nada.

Pero el dolor físico me valía madre. Lo único que me importaba era él.

Me levanté de la cama cojeando, sin ponerme zapatos, y caminé directo al establo. El aire de la mañana estaba frío, de ese frío húmedo que se te mete en los huesos en la costa cuando amanece nublado. Al entrar a la caballeriza, el corazón se me detuvo un segundo.

Gitano estaba tumbado.

Para los que no saben de caballos, que un caballo se acueste no siempre es malo, a veces solo descansan. Pero un caballo que pasó tres horas comprimido por el lodo, con la circulación cortada y al borde de la hipotermia, no debería estar tumbado tanto tiempo. Existe el riesgo de cólicos, de fallo muscular, de neumonía.

—Buenos días, gordo —susurré, recargándome en la puerta de madera vieja.

Gitano levantó la cabeza. Sus ojos, normalmente brillantes y curiosos, se veían apagados, hundidos. Hizo el intento de pararse, resbaló un poco en la paja y soltó un gruñido sordo. Me dolió en el alma verlo así. Él, que siempre fue el rey del potrero, el que corría a la cerca relinchando como si fuera un semental de veinte años menos, ahora parecía un anciano derrotado.

Me senté a su lado en la paja. Le puse la mano en el cuello y lo sentí caliente. Demasiado caliente. —Tienes fiebre, compadre —le dije, sintiendo un nudo en la garganta—. No me salgas con chistosadas ahora. Ya salimos del agujero, no te me vayas a quedar en la orilla.

Llamé a la doctora Elena. Eran las seis de la mañana, pero me contestó al primer timbre. —Voy para allá, Manuel. No le des nada todavía.

Esas horas de espera fueron una tortura distinta a la de la playa. En la playa luchaba contra la marea, contra algo que podía ver y tocar. Aquí luchaba contra algo invisible: la infección, el agotamiento, el daño interno. Me puse a revisarle las patas. Estaban hinchadas como columnas, la piel irritada y en carne viva donde las eslingas de la grúa habían apretado.

Cuando llegó Elena, su cara no me dio mucha esperanza. Lo auscultó en silencio, escuchando sus pulmones durante un tiempo que se me hizo eterno. —Tiene líquido en los pulmones, Manuel. Aspiró agua sucia y lodo. Es neumonía por aspiración. Y las enzimas musculares deben estar por las nubes por el esfuerzo de ayer. Está en riesgo de rabdomiólisis. Básicamente, sus músculos se están rompiendo por dentro.

Sentí que el suelo se abría otra vez. —¿Qué hacemos? —pregunté, con la voz temblorosa—. Dígame qué compro, qué vendo. Vendo la camioneta si hace falta.

Elena me puso una mano en el hombro. —No vendas nada todavía. Vamos a bombardearlo con antibióticos y suero. Pero va a ser una pelea larga. Él está cansado, Manuel. Muy cansado. Y tiene 18 años. No es un potrillo.

Esa semana me mudé al establo. Literalmente. Me llevé un catre, una cobija vieja y mi cafetera. No lo iba a dejar solo ni de noche ni de día. Cada cuatro horas le poníamos suero. Cada seis, antibiótico. Le tenía que dar masajes en las patas con alcohol y alcanfor para activar la circulación.

Fue en esas madrugadas, cuando el mundo dormía y solo se escuchaba la respiración rasposa de Gitano, cuando me puse a pensar en lo frágil que es todo. Uno anda por la vida creyéndose muy chingón, haciendo planes a cinco años, preocupándose por pendejadas como si le rayaron el coche o si no le alcanzó para la carne asada del domingo. Y de repente, ¡pum!, un paso en falso y te estás ahogando en lodo.

Le hablaba mucho. Le contaba historias de cuando mi abuelo vivía, le cantaba corridos bajito para no asustarlo. —Ándale, mi viejo. Si te curas, te juro que te llevo a pastar al cerro ese donde el pasto está bien verde, allá donde no hay lodo, puro suelo firme. Te lo prometo por esta.

Al tercer día, la fiebre bajó. Al quinto, se levantó solo y bebió agua sin que yo tuviera que acercarle la cubeta. Cuando lo vi masticar una zanahoria con ganas, lloré. Lloré como no había llorado ni en la playa. Lloré de puro alivio, de ese que te limpia por dentro.

CAPÍTULO 8: EL CIRCO DE LA FAMA INESPERADA

Mientras librábamos la batalla por su vida dentro del establo, afuera estaba pasando otra locura que yo ni me imaginaba.

Resulta que el video del rescate se había vuelto viral. Alguien grabó todo desde el acantilado con un celular y lo subió a TikTok o Facebook, qué sé yo. El video tenía millones de vistas. “El hombre que no abandonó a su caballo”, le pusieron.

Empezaron a llegar periodistas. Primero los del periódico local, luego los de la capital, y hasta me llamaron de un programa de esos matutinos que ven las señoras mientras cocinan. Querían entrevistarme. Querían ver al “héroe”.

Yo no quería saber nada de eso. Me daba vergüenza. ¿Héroe de qué? Héroe hubiera sido si no hubiera metido a mi caballo en esa trampa en primer lugar. Me sentía culpable. Yo era el responsable de él, yo guiaba el camino. Si casi se muere, fue por mi culpa.

Un día, llegó una camioneta rotulada de una televisora grande. Se bajó un reportero con el pelo engominado y zapatos que se veía que nunca habían pisado caca de vaca. —¡Don Manuel! —gritó desde la cerca—. ¡Queremos conocer a Gitano! ¡Todo México está pendiente de ustedes!

Salí con las botas llenas de paja y la cara de no haber dormido en tres días. —Oiga, joven, el caballo está convaleciente. No puede recibir visitas, no es un artista de cine —le dije, medio encabronado. —Solo unas tomas, jefe. La gente quiere ver el milagro. Es una historia de inspiración. El amor de un mexicano por su animal. Eso vende mucho ahorita.

“Eso vende”. Esa frase me cayó como patada en el hígado. Mi dolor, el miedo de mi caballo, nuestra pesadilla de tres horas… ¿era algo para vender?

Estuve a punto de mandarlo a la chingada, pero luego pensé en la cuenta de la veterinaria. Los medicamentos eran carísimos. El suero, las visitas de Elena… ya debía una lana. —Está bien —suspiré—. Pero de lejitos. Y sin flash.

Hicieron su nota. Me preguntaron qué sentí, si tuve miedo a morir. —Pues miedo siempre hay, compa —les dije ante la cámara—. Pero cuando uno quiere a alguien, sea persona o animal, el miedo se aguanta. Uno no deja a la familia atrás. En México no nos rajamos.

Esa entrevista detonó algo que no esperé. La gente empezó a llegar al rancho. Pero no a molestar, sino a ayudar. Una mañana encontré tres pacas de alfalfa de primera calidad en la puerta con una nota: “Para Gitano, que se recupere pronto”. Otro día llegó un señor humilde, en bicicleta, con una bolsa de manzanas. —No tengo mucho, patrón, pero vi en la tele lo que hizo. Yo perdí a mi perro hace un año y no pude hacer nada. Usted le echó huevos. Tenga, pa’l caballito.

Me di cuenta de que la historia no se trataba de mí. Se trataba de lo que a todos nos hace falta: lealtad. Vivimos tiempos bien gachos, donde la gente te da la espalda por cualquier cosa, donde el interés mata a la amistad. Ver a un viejo necio aferrado al cuello de su caballo en medio del mar le recordó a la gente que todavía existe el amor incondicional.

Acepté la ayuda con humildad. Con las donaciones pagué a la doctora Elena y compré vitaminas para Gitano. La “fama” sirvió para algo bueno, a fin de cuentas.

CAPÍTULO 9: EL FANTASMA DEL AGUA (EL TRAUMA)

Físicamente, Gitano sanó. En un mes ya había recuperado su peso. El pelo le brillaba otra vez y las heridas de las patas cerraron, dejando solo unas cicatrices blancas donde el pelo creció distinto.

Pero por dentro, algo se había roto.

Gitano cambió. Antes era un caballo valiente, de esos que cruzan charcos, ríos y puentes sin dudar. Ahora, se espantaba de su propia sombra. Un día intenté manguerearlo para bañarlo. En cuanto escuchó el sonido del agua golpeando el suelo y vio formarse un charquito de lodo a sus pies, entró en pánico.

Rompió el cabestro de un jalón, se paró de manos y corrió al fondo del corral, temblando, con los ojos en blanco. Me quedé con la manguera en la mano, sintiendo un hueco en el estómago. —Tranquilo, tranquilo… es solo agua limpia —le dije, pero él no me escuchaba. Estaba reviviendo el trauma.

Para él, el agua ya no era vida, era muerte. El lodo no era tierra, era una trampa.

Y si soy sincero, a mí me pasaba lo mismo. Empecé a tener pesadillas. Soñaba que estaba en la playa, pero esta vez no llegaba nadie. El agua subía y subía. Cubría la nariz de Gitano. Él me miraba con ojos de súplica mientras se ahogaba, y yo me hundía con él, con la boca llena de arena, sin poder gritar. Me despertaba sudando frío, gritando su nombre, manoteando en las sábanas como si quisiera nadar.

Mi hija, la mayor, me dijo un día: —Papá, tienes que ir a terapia. Tienes estrés postraumático. —¡Qué terapia ni qué ocho cuartos! —le contesté, haciéndome el fuerte—. Eso es pa’ gringos. Yo estoy bien. Solo necesito chambear.

Pero no estaba bien. Dejé de ir a la playa. Yo, que toda mi vida viví junto al mar, que iba a pescar cada domingo, no podía ni acercarme a la orilla. El olor a salitre me daba náuseas. El sonido de las olas me ponía nervioso.

Gitano y yo estábamos vivos, pero estábamos presos. Presos del miedo a lo que nos pasó. Él en su corral, yo en mi rutina de tierra adentro. Habíamos sobrevivido al lodo, pero el lodo seguía pegado en nuestra mente.

CAPÍTULO 10: LA PRUEBA DE FUEGO

Pasaron seis meses. Seis meses de vivir a medias. Gitano estaba gordo y sano, pero triste. Se pasaba las horas mirando hacia el horizonte, orejeando, pero sin ganas de trotar.

La doctora Elena vino a verlo para un chequeo de rutina. —Físicamente está perfecto, Manuel. Pero anímicamente… está deprimido. Necesita salir. Necesita volver a ser un caballo. Si lo tienes encerrado aquí protegiéndolo de todo, se va a apagar. Los caballos sienten el miedo del dueño. Si tú tienes miedo, él tiene pánico. Tienes que romper el ciclo.

Sus palabras me calaron hondo. Tenía razón. Mi miedo lo estaba condenando a él a una vida de encierro. —¿Y qué hago? —le pregunté. —Llévalo a caminar. No a la playa todavía, pero sácalo. Y tú, Manuel, tienes que perdonarte. Lo que pasó fue un accidente.

Esa tarde tomé una decisión. Agarré la silla de montar, esa vieja silla charra que ha estado en la familia por años, y la limpié. El olor a cuero y jabón de calabaza me trajo paz. Fui por Gitano. Al ver la silla, orejeó. Sabía lo que significaba. Trabajo. Paseo. Aventura.

Lo ensillé con calma, hablándole suave. —Vamos a dar una vuelta, viejo. Nomás aquí cerquita. Nada de agua. Te lo prometo.

Salimos del rancho. Al principio, iba tenso, dando pasitos cortos, resoplando ante cualquier piedra o bolsa de plástico en el camino. Yo también iba tenso, con las riendas apretadas, escaneando el suelo como si hubiera minas explosivas.

Pero poco a poco, el ritmo del paso, el sonido de los cascos en la tierra seca (tierra firme, bendita tierra firme) nos fue relajando. Subimos una loma pequeña. Desde ahí se veía el mar a lo lejos, una línea azul inmensa. Sentí que Gitano se tensaba al verlo. Se detuvo en seco. —Está bien, compadre. Está lejos. No nos puede hacer nada desde aquí —le dije, acariciándole la crin.

Nos quedamos ahí un rato, hombre y caballo, mirando a nuestro enemigo azul. Fue el primer paso. No huimos. Lo miramos de frente y luego dimos media vuelta y regresamos a casa paso a paso.

Esa noche, por primera vez en meses, no tuve pesadillas.

CAPÍTULO 11: EL REGRESO AL ORIGEN

Sabía que tarde o temprano tendríamos que volver. No se puede vivir en la costa y temerle al mar para siempre. Era como vivir en una panadería y tenerle miedo al pan.

Casi un año después del accidente, en un día soleado, decidí que era el momento. Pero no iba a ir solo. Le pedí a mi compadre Chuy, que tiene un caballo muy tranquilo llamado “Tequila”, que nos acompañara. Los caballos son animales de manada; si Gitano veía que otro caballo estaba tranquilo, tal vez él también lo estaría.

Cargamos los caballos en el remolque y manejamos hacia una playa distinta. Una playa de arena dura, lejos de aquella zona de estuarios traicioneros. Una playa que conocía como la palma de mi mano.

Cuando bajé la rampa del remolque, Gitano olió la sal y se plantó. Clavó las patas en el piso del remolque y se negó a bajar. Resoplaba fuerte, con los ollares abiertos como platos. —Venga, Gitano. Mira al Tequila, anda bien tranquilo —le decía Chuy, jalando a su caballo.

Me subí al remolque con él. No lo jalé. No lo obligué. Me paré a su lado y le puse la frente en el cuello, tal como hice aquel día en el fango. —Confía en mí, loco. Te prometí que nunca te dejaría. Hoy te prometo que no te va a pasar nada. Yo voy primero.

Me bajé yo solo y caminé hacia la arena. Me paré ahí y lo esperé. Gitano dudó. Dio un paso, probando la rampa. Luego otro. Cuando sus cascos tocaron la arena, dio un salto pequeño, como si el suelo quemara.

Esperó a ver si se hundía. La arena estaba firme, compacta. No se hundió. Dio otro paso. Nada pasó.

Me monté en él. Sentía su corazón latir rápido entre mis piernas, pero me dejó subir. Empezamos a caminar paralelo al mar, pero lejos, muy lejos del agua, pegados a las dunas. —Eso es, buen chico. Eso es.

Caminamos así media hora. Poco a poco, me fui acercando diagonalmente al agua. Cuando la primera espuma de una ola mansa se acercó, Gitano se quiso arrancar. —¡No, quieto! —lo contuve con las riendas y con las piernas—. ¡Mira! ¡Es solo espuma!

Tequila, el otro caballo, se metió al agua hasta los corvejones, chapoteando feliz. Gitano lo miró. Miró el agua. Me miró a mí (girando la cabeza hacia atrás, con ese ojo grande que te juzga). —Si tú vas, yo voy —le susurré.

Y entonces, sucedió el milagro. No fue de golpe, fue lento, medido. Gitano bajó la cabeza, olió la espuma que quedaba en la arena mojada… y avanzó. Sintió el agua fresca en sus cascos. No había lodo que lo atrapara. Podía levantar las patas libremente. Chapoteó. Dio otro paso. Y de repente, soltó un relincho, pero no de miedo, sino de desafío. Empezó a escarbar el agua con la pata delantera, salpicándonos a los dos, jugando.

Me eché a reír. Reí con ganas, con el pecho abierto. —¡Eso es, cabrón! ¡Le ganamos! ¡Le ganamos al miedo!

Lo dejé galopar. Corrimos por la orilla, con el viento en la cara y el agua salpicando como diamantes. Sentí su potencia, su alegría de estar vivo, su confianza ciega en que yo no lo dejaría caer. Ese galope me curó el alma. Sentí que toda la oscuridad de aquel día se quedaba atrás, lavada por la espuma del mar.

CAPÍTULO 12: EL LEGADO DE UN VIEJO AMIGO

Han pasado tres años desde entonces. Gitano ya tiene 21 años. Ya tiene canas alrededor de los ojos y en el hocico. Ya no galopamos tanto; ahora preferimos las caminatas tranquilas al atardecer.

La gente todavía me para en el pueblo a veces. —¿Ese es el caballo? —me preguntan. —Sí, este es el mero mero —respondo con orgullo.

Pero la historia no terminó ahí. Esa experiencia me cambió la vida. Decidí que no podía quedarme solo con el susto. Me uní a un grupo de voluntarios locales de protección civil. Nos capacitamos en rescate de animales grandes. Aprendí técnicas reales, no solo instinto. Compramos eslingas especiales, aprendimos a usar arneses que no lastiman.

Hace unos meses, nos llamaron. Una vaca se había caído a un pozo seco en un rancho vecino. Cuando llegué, vi la cara del dueño. Era un señor mayor, llorando, desesperado. Era su única vaca lechera. Vi en sus ojos el mismo terror que yo sentí. Vi esa impotencia que te come por dentro.

Le puse la mano en el hombro. —No se preocupe, jefe. La vamos a sacar. Se lo juro.

Y la sacamos. Usamos el trípode, las poleas y la paciencia que aprendí con Gitano. Cuando la vaca salió y el señor la abrazó, sentí que cerraba un círculo. Todo pasa por algo, dicen las abuelas. Tal vez tuvimos que pasar por ese infierno de lodo para poder ser ángeles para alguien más después.

Hoy, mientras escribo esto, veo a Gitano pastando en el jardín. Está viejo, sí. Sus articulaciones truenan un poco cuando hace frío. Sé que no será eterno. Sé que un día, la naturaleza me lo va a quitar, porque así es la ley de la vida y contra esa marea no se puede luchar.

Pero cuando ese día llegue, no me voy a quedar con la imagen del caballo hundiéndose y sufriendo. Me voy a quedar con la imagen de ese galope en la playa, libre, desafiante, poderoso.

Me quedo con la lección más grande que me dio un animal de media tonelada: La lealtad no es solo estar en las buenas. La lealtad es meterse al lodo hasta el cuello y decir “aquí me quedo”, aunque el agua te llegue a la nariz.

Si tienes a alguien así en tu vida, cuídalo. Y si no lo tienes, sé tú esa persona (o ese caballo) para alguien más. Porque al final del día, cuando la marea sube, lo único que nos salva es no soltarnos.

Y tú, Gitano… gracias, viejo. Gracias por dejarme ser tu jinete, tu amigo y tu compañero de batalla. Aquí seguimos, y aquí seguiremos, hasta que se nos acabe el camino.

EL ÚLTIMO GALOPE: MÁS ALLÁ DEL HORIZONTE (PARTE 4)

CAPÍTULO 13: LOS AÑOS DE ORO Y EL PESO DEL INVIERNO

Dicen los viejos del pueblo que los perros viven poco porque ya nacen sabiendo amar, y que nosotros los humanos vivimos tanto porque nos tardamos un chingo en aprender. Pero nadie dice nada de los caballos. Yo creo que los caballos viven lo que tienen que vivir para enseñarnos que el alma también puede tener cuatro patas y pesar media tonelada.

Pasaron cuatro años más desde aquel día en que volvimos a la playa. Gitano ya no era el mismo caballo musculoso que luchó contra el fango. El tiempo, ese cabrón que no perdona ni a reyes ni a bestias, se le había echado encima.

Ya tenía 25 años. En años de caballo, eso es como tener ochenta y tantos. Su cara, antes café oscura, ahora era casi blanca por las canas. Sus ojos tenían esa nube azulosa de las cataratas, y sus pasos, antes firmes y orgullosos, se habían vuelto lentos y cuidadosos, como si estuviera caminando sobre vidrio.

Nuestra rutina había cambiado. Ya no había galopes en la orilla del mar. Ahora, nuestras mañanas consistían en “caminatas de viejitos”. Yo me servía mi café de olla, agarraba un banquito, me sentaba en el corral y él se acercaba despacito a recargar su cabeza en mi hombro. A veces nos quedábamos así una hora, sin movernos, solo respirando el aire fresco del amanecer.

—¿Cómo amaneciste, abuelo? —le preguntaba yo, sobandole las patas con linimento porque la artritis le pegaba duro en los días húmedos. Él soltaba un soplido suave, caliente, que olía a heno y a melaza. Ese olor era mi ancla al mundo.

El rancho se había convertido en una especie de santuario para él. Le construí un techado especial, más bajo, para que no le costara trabajo entrar. Le compraba un alimento especial para “geriatría equina” que costaba un ojo de la cara, y le tenía que remojar la pastura porque sus dientes ya estaban gastados y no podían moler bien el grano duro.

Mi mujer me decía: —Manuel, te gastas más en el caballo que en la comida de la casa. Yo nomás me reía. —Mujer, ese caballo se gastó su vida acompañándome. Lo menos que puedo hacer es que sus últimos años sean a toda madre. Si él come caviar y yo frijoles, pues comemos frijoles con gusto.

Pero aunque yo bromeaba, por dentro sentía un miedo frío cada vez que lo veía batallar para levantarse después de una siesta. Sabía que la arena del reloj se estaba acabando, y no había tractor ni grúa en el mundo que pudiera detener eso.

CAPÍTULO 14: LA TEMPESTAD REGRESA (UNA PRUEBA FINAL)

Ese septiembre, el cielo se puso negro. No era una tormenta cualquiera; era un huracán de categoría 3 que venía directo a la costa. Las noticias decían que iba a pegar fuerte, que había que evacuar las zonas bajas.

Yo ya no vivía con miedo al agua, pero sí con respeto. Aseguré el rancho lo mejor que pude. Clavé tablas en las ventanas, llené costales de arena (irónico, ¿no? Usar arena para salvarnos) y moví a todos los animales a la parte más alta del terreno, donde está el granero grande de piedra.

Gitano estaba inquieto. Los animales huelen el peligro en el aire, en la presión atmosférica. Daba vueltas en su caballeriza, relinchando bajito. —Tranquilo, viejo. Aquí estamos seguros. Esta vez no nos agarra desprevenidos —le prometí.

La tormenta golpeó a las dos de la mañana. El viento aullaba como si mil demonios estuvieran arañando el techo. La lámina del granero vibraba y tronaba. Se fue la luz, como era de esperarse, y nos quedamos a oscuras, solo con la luz de mi linterna y los relámpagos que iluminaban el campo como si fuera de día por un segundo.

De repente, mi radio de onda corta (el que usaba para el grupo de rescate) empezó a chirriar. —¡Atención! ¡Se desbordó el río en la zona de La Cañada! ¡Hay ganado atrapado y el agua está subiendo rápido! ¡Se solicita apoyo!

Me quedé helado. La Cañada estaba a cinco kilómetros. Yo era el único con el equipo y la experiencia en la zona. Miré a Gitano. Estaba arrinconado, temblando. —No puedo irme —pensé—. No puedo dejarlo solo con este ruido. Se va a morir de un infarto.

Pero la radio volvió a sonar. —¡Manuel! ¡Sabemos que me copias! ¡Es el rancho de Don Chuy! ¡Su yegua parió ayer y no pueden sacar al potrillo! ¡Están con el agua a la cintura!

Don Chuy. El mismo que me ayudó a que Gitano perdiera el miedo al mar. El dueño de Tequila. Sentí que el deber me partía en dos. Miré a mi viejo amigo. Él dejó de dar vueltas, se acercó a mí y me empujó suavemente con el hocico hacia la puerta. Lo juro por mi madre santa. Me empujó. Me miró con esos ojos nublados pero sabios, y sentí que me decía: “Vete. Yo aguanto. Ellos te necesitan”.

Le di un beso en la frente, rápido y fuerte. —No te muevas de aquí. Regreso en chinga. Te lo prometo.

Salí a la tormenta. Manejé mi camioneta 4×4 sorteando ramas caídas y charcos que parecían lagunas. Al llegar al rancho de Chuy, la escena era un caos. El río se había metido a los corrales.

No voy a mentir, tuve flashbacks. Ver el agua lodosa, escuchar los gritos, sentir el lodo chupándome las botas… por un segundo me paralicé. Sentí el mismo terror de hacía años. Pero entonces recordé la promesa que le hice a Gitano. Recordé su empujón. —¡Ámonos recio! —grité para espantar mis propios fantasmas.

Nos metimos al agua. La yegua estaba histérica, tratando de mantener a flote a un potrillo de apenas dos días de nacido que era una bolita de pelo negro temblando de frío. —¡Pásenme el arnés pediátrico! —ordené.

Trabajamos rápido. El agua nos daba por el pecho. Cargué al potrillo en mis brazos —pesaba como 40 kilos el condenado— y luché contra la corriente para subirlo a la camioneta. Luego, entre cuatro, guiamos a la yegua hacia terreno alto.

Cuando terminamos, empapados y tiritando, Chuy me abrazó llorando. —Gracias, compadre. Sin ti se los lleva la corriente. —No me agradezcas a mí —le dije, jadeando—. Agradecele al Gitano. Él me dio permiso de venir.

Regresé a mi rancho al amanecer. El viento ya había bajado. Corrí al granero con el corazón en la boca, temiendo encontrar lo peor. Abrí la puerta. Ahí estaba. De pie. Tranquilo. Masticando un poco de heno como si afuera no se hubiera estado cayendo el mundo. Cuando me vio entrar, soltó un relincho ronco de bienvenida. Me tiré al suelo a su lado y lloré. Lloré por el estrés, por el miedo, y porque mi viejo guerrero me había esperado una vez más.

CAPÍTULO 15: LA BAJADA (EL PRINCIPIO DEL ADIÓS)

El invierno después del huracán fue cruel. El frío trajo humedad, y la humedad se le metió a los huesos a Gitano. Empezó a comer menos. Ya no quería sus zanahorias. Pasaba más tiempo echado que parado.

Llamé a Elena. Ella, que había estado con nosotros en el lodo, ahora tenía canas también. Lo revisó con una delicadeza infinita. —Manuel… —su tono de voz ya me lo dijo todo antes de que terminara la frase—. Sus riñones están fallando. Y su corazón está muy cansado. La válvula que tenía soplos ya no está aguantando.

—¿Hay medicinas? —pregunté, aunque sabía la respuesta. —Podemos darle paliativos para el dolor. Pero… ya no es calidad de vida, Manuel. Le duelen las patas al pararse. Le duele respirar. Está aguantando solo por ti. Porque sabe que tú no estás listo para dejarlo ir.

Esa frase me pegó como un mazo. “Está aguantando por ti”. ¿Estaba siendo egoísta? ¿Lo estaba obligando a sufrir solo porque yo no tenía los huevos para decirle adiós? Miré a Gitano. Estaba echado, con la respiración agitada aunque estaba en reposo. Me miró y movió apenas una oreja. Sus ojos se veían cansados. Ya no había brillo. Solo fatiga.

Salí del establo y caminé hasta la orilla de la carretera. Grité. Grité de rabia contra el cielo, contra Dios, contra la vida. ¿Por qué duran tan poco? ¿Por qué, si son tan buenos, no pueden vivir cien años? Pero luego me calmé. Recordé aquel día en la playa. Él me había dado cuatro años extra de regalo. Cuatro años de propina que le arrancamos a la muerte. No tenía derecho a pedir más. Tenía que ser hombre y hacer lo correcto.

Regresé con Elena. —¿Cuándo? —pregunté con la voz rota. —Tú dime. Puede ser hoy. O mañana. Pero no dejes que pase de esta semana, Manuel. Se puede poner muy feo y él no merece morir con dolor.

Tomé aire. —Mañana. Mañana al atardecer. Quiero pasar un último día con él. Quiero despedirme bien.

CAPÍTULO 16: EL ÚLTIMO BANQUETE

Esa noche no dormí. Me la pasé en el establo limpiando todo, aunque ya estaba limpio. Cepillé a Gitano con suavidad, desenredando su crin blanca, hablándole de todas nuestras aventuras. —¿Te acuerdas cuando nos perdimos en el cerro y tú encontraste el camino de regreso? ¿Te acuerdas cuando ganaste la carrera en la feria del pueblo, aunque todos decían que eras un caballo corriente?

A la mañana siguiente, hice algo que nunca había hecho. Le preparé un banquete prohibido. Compré una sandía entera, dulce y jugosa. Compré una bolsa de dulces de menta, esos que le encantaban pero que no le daba porque “le picaban los dientes”. Compré el mejor heno de alfalfa, puro, sin tallos, pura hoja verde.

—Órale, gordo. Atáscate —le puse la sandía partida frente a él. Gitano, que llevaba días sin comer bien, olió la fruta. Sus ojos se iluminaron un poquito. Empezó a comer. Despacio, haciendo un reguero de jugo rojo, pero comió con gusto. Se comió los dulces. Se comió la alfalfa. Yo lo veía comer y grababa cada sonido, cada movimiento de sus quijadas en mi memoria, para no olvidarlo nunca.

Invité a mi familia. Mis hijos, ya grandes, vinieron a despedirse. Mi esposa vino y le dio un beso en la nariz. —Gracias por cuidar a mi viejo, Gitano —le dijo ella llorando—. Vete tranquilo, que yo lo cuido ahora.

Vino Chuy. Vino el bombero que manejó la grúa aquel día. Resulta que nunca se olvidaron de él. Fue una despedida llena de amor. No hubo lamentos histéricos, solo gratitud. En México sabemos que la muerte es parte del trato. Duele, sí, pero es el paso que sigue.

CAPÍTULO 17: EL CRUCE DEL PUENTE

Llegó la tarde. El sol empezaba a caer, pintando el cielo de naranja y morado, igual que aquel día en la playa, pero esta vez no había marea subiendo. Había paz.

Llevé a Gitano (caminando muy despacito) hasta debajo de un árbol de mezquite enorme que tenemos en el potrero, un lugar donde siempre corría viento fresco. Ahí ya estaba Elena esperando.

—¿Listo? —me preguntó. —Nunca se está listo, doctora. Pero es hora.

Me hinqué frente a él. Él bajó la cabeza y la puso en mi pecho. Sentí su peso. Sentí su calor. —Gitano… —le dije al oído, con las lágrimas corriéndome por la cara—. Ya estuvo suave, compadre. Ya luchaste mucho. Ya no tienes que ser fuerte por mí. Yo voy a estar bien.

Le acaricié las orejas. —Vete a correr, mi viejo. Vete a esa playa donde la arena nunca se hunde. Vete a galopar con los ángeles. Espérame allá. Te juro que te voy a alcanzar algún día. Y cuando te alcance, no te voy a volver a soltar.

Le di la señal a Elena. Primero fue el sedante. Gitano suspiró profundo, como si se quitara una mochila pesada de encima. Sus patas se doblaron suavemente y yo lo ayudé a recostarse en el pasto. Me acosté con él. Abrace su cuello. Puse mi cabeza sobre la suya.

—Te quiero, cabrón. Te quiero un chingo —le repetía una y otra vez.

Luego vino la inyección final. Sentí cómo su respiración se hacía lenta. Uno… Dos… Tres… Y luego, silencio. Sentí el momento exacto en que se fue. No fue algo tétrico. Fue como si una luz se apagara suavemente en el cuarto. Su cuerpo se relajó por completo. El dolor se fue.

Me quedé ahí tirado, abrazado a su cuerpo inerte, mientras el sol terminaba de ocultarse. No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que sentí una brisa repentina que movió las hojas del mezquite, una brisa que olía a mar, aunque estábamos a kilómetros de la costa. Supe que ya había llegado. Supe que ya estaba corriendo libre.

CAPÍTULO 18: EL DUELO Y EL ALTAR

Lo enterramos ahí mismo, bajo el mezquite. Fue un trabajo duro. Cavar la tierra seca de mi rancho me recordó a cavar en el lodo, pero esta vez era para darle descanso, no para sacarlo. Le puse su cabestro favorito. Le puse una carta que le escribí. Y cubrimos la tumba con piedras de río para que ningún coyote se atreviera a molestar su sueño.

La semana siguiente fue un infierno silencioso. Salía al patio y buscaba su silueta en el corral. Escuchaba un ruido y pensaba “ahí viene Gitano”, y luego recordaba que ya no estaba. El rancho se sentía enorme y vacío.

Pero se acercaba noviembre. Se acercaba el Día de Muertos. En mi casa siempre poníamos ofrenda para los abuelos, para los tíos. Pero este año, la ofrenda principal iba a ser distinta.

Limpié una mesa en la sala. Puse el papel picado color naranja y morado. Puse las flores de cempasúchil, esas que huelen a muerte y a vida al mismo tiempo, haciendo un camino desde la puerta de la casa hasta la mesa, para que su alma no se perdiera.

Busqué la mejor foto que tenía: esa foto famosa del rescate, donde estamos los dos llenos de lodo, mirándonos a los ojos. La puse en el centro, en un marco de plata. Puse un plato con zanahorias frescas. Puse un cuenco con agua limpia. Puse terrones de azúcar. Y puse su freno, ese fierro viejo que él mordió tantos años.

La noche del 1 y 2 de noviembre, prendí las velas. El copal humeaba, llenando la casa de ese olor místico. Me senté frente al altar con una botella de tequila. Me serví uno y le serví uno a él (un chorrito en el suelo). —Salud, compadre. Bienvenido a casa.

Y les juro, por lo más sagrado, que sentí algo. Estaba yo medio adormilado en el sillón, mirando la flama de las velas bailar, cuando escuché clarito, afuera de la ventana, un relincho. No un relincho de miedo. Un relincho de saludo. Se me erizó la piel. Salí corriendo al patio. —¿Gitano?

No había nada. Solo la noche, las estrellas y el viento. Pero en el bebedero del corral, el agua se estaba moviendo, haciendo ondas, como si alguien acabara de meter el hocico. Sonreí. —Gracias por venir, viejo.

CAPÍTULO 19: EL LEGADO VIVIENTE

La vida sigue. Tiene que seguir. Unos meses después, Don Chuy vino a verme. Traía el remolque. —Manuel, tengo algo para ti. Bajó al potrillo negro que habíamos salvado en el huracán. Ya estaba grande, fuerte, con una mancha blanca en la frente. —Este potrillo está vivo gracias a ti. Yo ya estoy viejo pa’ domar potros. Quiero que te lo quedes.

Lo miré. El potrillo me miró con curiosidad, orejeando. Tenía la misma mirada chispeante que tenía Gitano cuando era joven. —No, Chuy, ¿cómo crees? —Acéptalo. Es el ciclo, Manuel. Un caballo se va, otro llega. No para reemplazarlo, nadie reemplaza a nadie. Pero tienes mucho amor ahí guardado y este canijo necesita quién lo enseñe a ser un buen caballo.

Acaricié la frente del potrillo. Era suave, caliente, vital. —¿Cómo se llama? —pregunté. —No tiene nombre todavía. Esperaba que tú se lo pusieras.

Lo pensé un momento. Miré hacia el árbol de mezquite donde descansaba mi viejo amigo. —Se va a llamar “Milagro”. Porque eso es. Un milagro que le arrancamos al agua.

CAPÍTULO 20: EPÍLOGO – LO QUE EL FANGO NO SE LLEVÓ

Hoy, Milagro y yo somos parte oficial de la unidad de rescate “Brigada Gitano”. Sí, le pusimos su nombre al grupo. Tenemos una camioneta equipada, tenemos voluntarios, y damos pláticas en las escuelas sobre cómo cuidar a los animales y qué hacer en emergencias.

Cada vez que cuento la historia, cada vez que le digo a un niño “nunca abandones a tu amigo”, Gitano vive. Cada vez que sacamos a una vaca de una zanja o a un perro de un pozo, Gitano está ahí, jalando la cuerda con nosotros.

Aprendí que el heroísmo no es salir en la tele. El heroísmo es la terquedad de amar. Es la necedad de no soltar. Aprendí que las cicatrices, ya sean en la piel o en el alma, no son feas. Son mapas. Son recordatorios de que la vida intentó rompernos y no pudo.

A veces, cuando estoy solo en la playa (porque sí, volví a la playa y ahora voy seguido), me siento en la arena y miro el mar. Ya no le tengo odio. El mar hace lo suyo, el lodo hace lo suyo. La naturaleza no es mala, solo es poderosa. Pero el amor… ah, el amor es más poderoso. Porque el lodo te puede atrapar las patas, te puede hundir hasta el cuello, te puede quitar el aire. Pero no te puede quitar lo que sientes.

Si cierro los ojos y escucho las olas, todavía puedo oír su respiración. Todavía puedo sentir su cabeza pesada en mi hombro. Y sé, con toda la certeza de mi corazón mexicano, que cuando me toque a mí colgar los tenis, cuando me toque cruzar ese último río, no voy a tener miedo. Porque sé que en la otra orilla, en tierra firme, va a haber un caballo viejo, con canas en la cara, esperándome para darme el último aventón a casa.

—Ahí te voy, compadre. Espérame tantito nomás, que todavía tengo un par de rescates que hacer aquí abajo.


EL REENCUENTRO EN LA ORILLA ETERNA (PARTE 5 – EL FINAL DEFINITIVO)

CAPÍTULO 21: EL PESO DE LOS RECUERDOS Y EL BASTÓN DE ENCINO

Los años pasan como agua entre los dedos, dicen, pero a mí se me hace que a veces pasan como piedras. Pesados, lentos, dejando marcas en el camino. Si en la parte anterior les conté que ya me sentía viejo, ahora sí que la vida me cobró la factura completa.

Pasaron diez años más desde que enterramos a Gitano bajo el mezquite. Diez años donde el mundo cambió un chingo. Ahora los chamacos traen teléfonos que parecen televisiones, en el pueblo pusieron un semáforo (que nadie respeta, por cierto) y mi nieta, la que apenas gateaba cuando pasó lo del lodo, ya se graduó de veterinaria.

Yo ya casi no monto. Mis rodillas, esas que aguantaron el frío del fango durante tres horas, dijeron “basta”. Ahora camino despacito, apoyado en un bastón de madera de encino que yo mismo tallé. ¿Y saben qué le tallé en el mango? Una cabeza de caballo. Para sentir que todavía lo llevo de la rienda.

El rancho sigue en pie, gracias a Dios y al trabajo de mis hijos. Milagro, el caballo negro que me regaló don Chuy, se convirtió en el semental del lugar. Es un buen animal, noble y fuerte, pero les voy a confesar algo que me guardo en el pecho: cuando lo veo a los ojos, lo quiero mucho, pero no veo el mar. Con Gitano yo veía el océano entero. Con Milagro veo tierra firme. Y está bien, porque uno no puede vivir siempre en la tormenta.

Mis tardes ahora son de “silla mecedora”. Me siento en el porche, con una cobija en las piernas aunque sea verano, porque el frío ya lo traigo por dentro, y me pongo a ver el atardecer. Y es curioso, porque la mente de uno empieza a viajar. Ya no me acuerdo qué comí ayer, se me olvida dónde dejé los lentes a cada rato, pero me acuerdo con una claridad asustadora del olor exacto de ese lodo. Me acuerdo de la textura de las crines de Gitano pegadas a mis dedos sangrantes.

A veces, mi hija me regaña. —Papá, ya deja de pensar en eso. Te pones triste. —No estoy triste, mija —le contesto yo, sonriendo con los pocos dientes que me quedan—. Estoy recordando. Recordar es volver a vivir. Y mientras yo me acuerde, él no se muere del todo.

CAPÍTULO 22: EL CORRIDO DEL CABALLO DE BARRO

Una tarde, llegó al rancho un grupo de músicos. Eran unos muchachos del pueblo que tenían un grupo norteño, de esos que tocan en las cantinas y en las bodas. —Buenas tardes, Don Manuel —dijo el del acordeón, quitándose el sombrero con respeto. —Buenas las tengan, muchachos. ¿Qué se les ofrece? ¿Vienen a darle serenata a la abuela? —bromeé.

—No, jefe. Venimos a pedirle permiso. —¿Permiso de qué? —Es que… compusimos un corrido. “El Corrido del Caballo de Barro”. Es sobre usted y el Gitano. Queríamos cantárselo a ver si le gusta, pa’ ver si no la regamos con la letra.

Sentí una punzada en el corazón. ¿Un corrido? En México, cuando te hacen un corrido, ya eres leyenda. O ya te moriste. Yo todavía no me moría, pero me sentí halagado. —A ver, pues. Échenle.

Los muchachos se arrancaron. El bajo sexto empezó a sonar con ese ritmo cadencioso y tristón del norte. Y la letra… ay, la letra me sacó las lágrimas que pensé que ya no tenía.

Decía algo así como:“Voy a cantar un corrido, de un hombre y un animal,que desafiaron la muerte, a la orilla de la mar.Tres horas duró el infierno, el fango los quiso ahogar,pero Manuel le dijo al cielo: ‘Si se va, me he de marchar’…”

Cuando llegaron a la parte donde narraban cómo el caballo se levantó, sentí que se me enchinaba la piel. No era solo una canción. Era la prueba de que nuestra historia se iba a quedar ahí cuando yo ya no estuviera. —Está bonito, muchachos —les dije con la voz quebrada—. Está muy bonito. Nomás cambienle una cosa. —¿Qué cosa, don Manuel? —Donde dice que fui un valiente… pónganle que fui un necio. Porque la valentía es no tener miedo, y yo me estaba cagando de miedo. La necedad es tener miedo y no moverse. Y los mexicanos somos necios por herencia.

Se rieron y se echaron un tequila conmigo. Ese día entendí que mi misión en esta tierra ya estaba casi cumplida. Ya había sembrado el árbol, ya había tenido el hijo (y los nietos), y ya hasta corrido tenía.

CAPÍTULO 23: LA ÚLTIMA MAREA (EL CUERPO SE RINDE)

El invierno llegó temprano ese año. Y con el invierno, llegó una tos que no se me quitaba. El doctor del pueblo, un muchacho joven que podría ser mi nieto, vino a verme. Me revisó, movió la cabeza y habló con mi hija en voz baja en el pasillo. Yo no soy sordo, aunque me haga. Escuché “pulmones cansados”, “insuficiencia”, “prepararse”.

No me asusté. La verdad, me sentí aliviado. Ya estaba cansado. Cansado de que me dolieran las coyunturas, cansado de ver gente querida irse antes que yo. Mi mujer había fallecido dos años atrás, dormidita en su cama, y la extrañaba un montonal. El rancho se sentía muy grande para un solo viejo.

Me acostaron en mi cama, esa cama de latón vieja donde nacieron mis hijos. Pusieron la ventana abierta para que entrara el aire del campo. Desde ahí podía ver la copa del mezquite donde estaba enterrado Gitano. —Acérquenme la foto —pedí.

Me trajeron el marco de plata con la foto del rescate. La abracé contra mi pecho. La fiebre me hacía desvariar un poco. A veces pensaba que estaba en la playa. Sentía frío en las piernas, como si el agua estuviera subiendo. —Súbanle a la calefacción —decía yo, temblando. —Papá, hace calor, estamos a 30 grados —me decía mi hija, secándome el sudor de la frente con un paño húmedo.

Pero yo tenía frío. Ese frío viejo, ese frío de mar y lodo que se me había quedado guardado en la memoria de los huesos. Empecé a soñar despierto. Veía sombras en la esquina del cuarto. —¿Ya llegó el tractor? —murmuraba—. Diganle que traigan las eslingas… que no lastimen al caballo.

Mis hijos lloraban bajito. —Ya está descansando, papá. Gitano ya está bien —me decían, tomándome de la mano. —No… todavía no sale… tengo que sostenerle la cabeza… si la suelto se ahoga…

Estaba reviviendo el trauma, sí, pero también estaba reviviendo el amor. En mi delirio, yo no era un viejo moribundo. Era un hombre fuerte de 45 años luchando por su amigo. Y extrañamente, eso me daba fuerza para aguantar un día más, y otro más.

CAPÍTULO 24: LA VISITA NOCTURNA

Fue en la tercera noche de agonía cuando sucedió. La casa estaba en silencio. Mi hija se había quedado dormida en el sillón junto a mi cama, agotada de cuidarme. El reloj de pared marcaba las tres de la mañana. La hora muerta. O la hora viva, según se vea.

Abrí los ojos. Ya no sentía dolor. Ya no sentía la tos que me quemaba el pecho. Sentía una paz extraña, ligera. Miré hacia la ventana. La luna estaba llena, grandota, iluminando el potrero como si fuera un foco de estadio. Y ahí, parado justo afuera de mi ventana, lo vi.

No era un sueño. O si era un sueño, era más real que la vida misma. Era Gitano. Pero no el Gitano viejo y artrítico que enterré. Ni el Gitano lodoso y moribundo de la playa. Era el Gitano de sus mejores años. El pelo le brillaba como si estuviera hecho de obsidiana y fuego. Tenía el cuello arqueado, las orejas atentas, y los ojos… sus ojos eran dos luceros llenos de luz.

No traía cabestro, ni silla, ni riendas. Estaba libre. Me miró fijamente a través del cristal. Soltó un soplido que empañó el vidrio por un segundo.—¿Qué haces ahí, Manuel? —sentí que me decía, no con palabras, sino directo a la mente—. Se te está haciendo tarde. La marea está bajando y el camino está listo.

Intenté levantarme. Y para mi sorpresa, pude. Me senté en la cama. Miré mi cuerpo. Mis manos ya no tenían manchas de la edad. Mis piernas se sentían fuertes. Volteé a ver el sillón. Ahí estaba mi cuerpo viejo, acostado, respirando con dificultad, y mi hija durmiendo al lado. Entendí lo que pasaba. “Ah, caray. Ya colgué los tenis”, pensé. Y me dio risa. Me dio una risa suave y tranquila.

Me levanté. No hice ruido. Atravesé la puerta cerrada como si fuera de humo. Salí al porche. El aire de la noche olía a jazmín y a sal de mar. Gitano estaba ahí, esperándome. Al verme salir, relinchó. Un sonido potente, alegre, que resonó en todo el valle, pero que nadie más escuchó.

Me acerqué a él. Puse mi mano en su cuello. Estaba caliente, vivo, vibrante. —Te tardaste un chingo, viejo —le dije, recargando mi frente en la suya.Tú eras el que no se quería venir —sentí que me respondía con su mirada juguetona.

Me señaló con el hocico hacia el horizonte. A lo lejos, donde debería estar la carretera y el pueblo, ya no había nada de eso. Había una playa. Pero no cualquier playa. Era NUESTRA playa. Pero sin lodo. La arena era blanca, firme, infinita. El mar estaba tranquilo, de un azul turquesa que brillaba con luz propia.

—¿Vamos? —me preguntó con un gesto. —Vamos —contesté.

Me agarré de sus crines y, de un salto, como cuando tenía veinte años, me subí a su lomo. A pelo. Sin silla. Piel con piel. Sentí la potencia de sus músculos bajo mis piernas. —¡Arre!

CAPÍTULO 25: EL ÚLTIMO GALOPE HACIA LA LUZ

Salimos disparados. Dejamos atrás el rancho, la casa, el cuerpo viejo, las medicinas, las deudas, los dolores. Gitano corría como el viento. Sus cascos apenas tocaban el suelo. Yo me reía a carcajadas, con el viento golpeándome la cara, un viento que no enfriaba, sino que limpiaba.

Llegamos a esa playa mística en segundos. El sonido de las olas era música. Gitano se metió al agua. Pero esta vez, el agua no era una amenaza. Salpicaba bendiciones. Galopamos por la orilla, levantando cortinas de espuma de plata.

Vi a lo lejos otras figuras. Vi a mi mujer, joven y hermosa, saludándome desde una palapa. Vi a mis padres. Vi a mis perros viejos, corriendo detrás de nosotros ladrando de felicidad.

Pero yo no me detuve todavía. Quería correr. Quería sentir esa libertad que me había faltado los últimos años. Gitano entendía. Aceleró más. Nos fundimos en uno solo. Centauro de la eternidad.

—¡Corre, cabrón! ¡Corre que nadie nos alcanza! —le gritaba yo. Y corrimos. Corrimos hasta que el sol del amanecer eterno nos bañó por completo. Sentí que mi corazón explotaba, pero no de dolor, sino de puro amor. Un amor tan grande que no cabe en un cuerpo humano.

En ese momento supe la verdad universal: Nadie se va del todo mientras haya quien lo ame. Y la lealtad… la lealtad es el puente que une la vida con la muerte. Yo había cruzado ese puente hacía años, en el lodo, y no me había dado cuenta. Ese día en el fango, yo morí un poco y nací de nuevo. Y hoy, solo estaba completando el viaje.

CAPÍTULO 26: EL AMANECER EN LA TIERRA (LO QUE QUEDÓ ATRÁS)

Mientras yo galopaba en la eternidad, en el rancho amanecía un día nublado y tranquilo. Mi hija despertó con un sobresalto. El silencio en la habitación era absoluto. Ya no se escuchaba la respiración rasposa de su padre.

Se acercó a la cama con el corazón en la garganta. Me vio. Estaba acostado boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho, abrazando todavía la foto de Gitano. Pero lo que más le impactó no fue que estuviera muerto. Fue mi cara. Tenía una sonrisa. Una sonrisa de oreja a oreja, tranquila, traviesa, como si acabara de hacer la mejor travesura de mi vida. Y, curiosamente, mis botas de trabajo, esas que estaban arrumbadas en la esquina desde hacía meses, estaban caídas, como si alguien hubiera tropezado con ellas al salir corriendo.

Ella no gritó. No lloró de desesperación. Le salieron lágrimas, sí, pero de ternura. Me dio un beso en la frente fría. —Buen viaje, papá. Salúdame al Gitano.

El funeral fue el evento más grande que había visto el pueblo en años. Vinieron todos. Vino el alcalde, vinieron los bomberos con sus uniformes de gala, vinieron los charros a caballo haciendo guardia de honor. Tocaron el corrido.“Manuel le dijo al cielo: Si se va, me he de marchar…” La gente cantaba y lloraba.

Me cremaron. Esa fue mi voluntad. —No quiero que me entierren —les había dicho—. Ya estuve mucho tiempo atorado en la tierra. Quiero ser polvo y viento.

Llevaron mis cenizas al rancho. Hicieron un agujero pequeño, justo al lado de las piedras de río que cubrían a Gitano, debajo del gran mezquite. Ahí depositaron mi urna. Juntos. Raíz con raíz. Polvo con polvo.

Milagro, el caballo negro, se acercó durante el entierro. Olfateó la tierra fresca donde pusieron mis cenizas. Luego, levantó la cabeza y soltó un relincho largo hacia el cielo. No fue un relincho de tristeza. Fue un aviso. “Ya llegaron. Ya están juntos”.

CAPÍTULO 27: EPÍLOGO ETERNO – LA LEYENDA DEL GUARDIÁN

Han pasado muchos años desde entonces. El rancho ahora lo maneja mi nieta. Ella convirtió el lugar en un centro de rehabilitación para caballos maltratados y niños con problemas. Le puso de nombre “El Santuario Gitano & Manuel”.

Dicen los lugareños, esos pescadores que salen de madrugada y regresan al anochecer, que a veces pasan cosas raras en esa playa solitaria donde ocurrió el accidente. Cuentan que cuando hay tormenta y la marea sube peligroso, si pones atención, no se escucha miedo en el viento. Se escuchan cascos. Se escucha un silbido de arriero.“¡Arre, viejo!”

Y dicen que si algún animal o alguna persona se queda atascada o en peligro cerca de la orilla, de repente sienten una fuerza extraña que los empuja hacia afuera. O ven una sombra de un caballo grande y un jinete que les señala el camino seguro entre las dunas.

No son fantasmas. Los fantasmas asustan. Estos son Guardianes.

Porque eso es lo que somos ahora, Gitano y yo. Somos los vigilantes de la marea. Somos la prueba viviente (o muerta, da igual) de que cuando dos almas se prometen no soltarse, ni el barro más espeso, ni el mar más profundo, ni la muerte más fría pueden romper esa promesa.

Así que, si algún día andas por las costas de México y sientes que te hundes, que la vida te atrapa y el agua te llega al cuello… no te paniquees. Cierra los ojos. Respira hondo. Y escucha. Si escuchas un galope lejano, sonríe. Porque significa que ya vamos en camino. Y nosotros, compadre… nosotros nunca nos rajamos.

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