Subí al avión más p*ligroso del mundo por $20 pesos y terminé viviendo como rey en el cielo.

Parte 1

—¿Por qué eso suena como un motor de podadora de césped? —pregunté, sintiendo cómo se me helaba la sangre.

El viento me golpeaba la cara y el ruido era ensordecedor. No estaba en un aeropuerto internacional, ni siquiera en una pista decente. Estaba a punto de subirme al avión más barato y p*ligroso del mundo. El boleto costaba solo un dólar. Veinte pesos. Mi vida, en ese momento, parecía valer menos que un refresco.

El piloto, un tipo llamado Doug que parecía demasiado relajado para la situación, se reía. —Es realmente destartalado —admitió alguien del equipo, pasándole el billete de un dólar con la mano temblando.

Yo estaba muy nervioso. Miré la estructura de metal y tela que vibraba violentamente. —Ya he hecho esto media docena de veces —me dijo el piloto, intentando calmarme, pero sus palabras sonaban vacías. —¿Lo has hecho seis veces? —repetí, incrédulo. Eso no era garantía de nada.

El motor empezó a zumbar con más fuerza, un sonido metálico y agudo que te taladraba los oídos. —¡Es hora del viaje en el boleto de avión más barato del mundo! —gritó Doug, y sentí que el estómago se me iba a los pies.

Arrancamos. No hubo un despegue suave. Fue un tirón violento. —¡Oh, Dios mío! Vamos muy rápido —grité, aferrándome a lo que podía. El sonido no era seguro. Nada de eso se sentía seguro. El viento soplaba (wind whooshing) tan fuerte que casi golpean la cámara.

—¿Qué estás haciendo? —le grité al piloto cuando la avioneta se sacudió—. ¡Solo concéntrate en mantenerme con vida, Doug!. —Lo estoy intentando —respondió él, mientras el motor seguía zumbando como si fuera a estallar en cualquier segundo.

Miré hacia abajo. Estábamos en el aire, sostenidos por pura suerte y un motor de jardín. Si pensaba que esto era una locura, no tenía idea de lo que vendría después, porque el destino nos tenía preparada una sorpresa al otro extremo de la balanza: el boleto de avión más caro del planeta. Pero primero, tenía que sobrevivir a este aterrizaje forzoso.

Doug venía caliente, bajando a toda velocidad. —¡Prepárense para aterrizar! —gritó.

¿SOBREVIVIREMOS PARA VER EL LUJO DESMEDIDO O TODO TERMINARÁ AQUÍ?

Parte 2: Del Infierno de Cartón al Cielo de los Millonarios

Todavía me tiemblan las piernas cuando recuerdo el sonido de ese motor. Era como si hubieran metido una licuadora vieja dentro de una lata de chiles en vinagre y la hubieran lanzado por un barranco. Cuando las ruedas de esa avioneta de juguete tocaron la tierra —o mejor dicho, rebotaron contra ella— sentí que el alma me regresaba al cuerpo de golpe. “Sobrevivimos”, pensé, besando mentalmente el suelo. Habíamos pagado un dólar, veinte pesos, por la experiencia más cercana a la muerte que he tenido. Pero Doug, el piloto que parecía más un surfista retirado que un aviador, solo se reía. Para él fue un martes cualquiera; para mí, fue el momento en que juré no volver a ser tacaño con mi seguridad.

Pero la vida da vueltas muy raras, carnal. En cuestión de horas, pasé de rezarle a todos los santos en una silla de jardín voladora a pararme frente a la siguiente etapa de este experimento social que se estaba saliendo de control.

—Nuestro siguiente avión es el boleto de primera clase de 20,000 pesos ($1,000 dólares) —dijo alguien del equipo, y yo sentí que me cambiaban el chip.

El Salto a la “Clase Premier”: ¿Vale la pena el varo?

Subir a este avión ya se sentía diferente. No había viento golpeándome la cara ni olor a gasolina quemada. Aquí olía a… dinero. A limpio. A ese aroma que tienen las tiendas departamentales de lujo en Polanco.

—Pero aquí está la cosa, muchachos —nos dijeron—. Compramos todos los asientos de primera clase, así que siéntense donde quieran.

¿Te imaginas eso? Entrar a un avión comercial y que todo el frente sea tuyo y de tus compas. Me sentí como niño en dulcería, o como cuando te encuentras la taquería vacía y el taquero te atiende solo a ti. Me dejé caer en uno de esos asientos anchos, de piel suave, no de esa tela rasposa que te pica las piernas en la clase turista.

De repente, se me acerca una azafata con una botellita elegante. —¿Le gustaría un poco de loción de niebla milagrosa? —me preguntó. —¿Por qué? —le contesté, sacado de onda. ¿Tan mal olía después del vuelo de un dólar? —Porque es primera clase, bebé. Cena fina, ¿eh? —bromeó uno de mis amigos, riéndose de mi cara de nopal.

Ahí entendí algo: en primera clase, te dan cosas que no necesitas solo para justificar el precio. ¿Loción en spray para la cara? Órale, échale. Si es gratis, hasta puñaladas, dicen por ahí. Además del asiento y la tele personal, el boleto venía con una comida decente —nada de cacahuates rancios—, una bolsa de artículos de aseo y hasta pijamas.

—¿Podemos llevarnos todo esto a casa? —pregunté. La mentalidad de barrio no se me quita. Si está en la mesa y no está atornillado, es souvenir.

Lo mejor vino después. —Deberíamos reclinarnos en una cama —sugirió alguien. Y así fue. Apreté un botón y el asiento se transformó. Me acosté completamente horizontal. —Siento que estoy en un ataúd, lo cual me gusta —dijo uno de los chicos. —Sí, esto es una locura —respondí. Pero tenía razón. Había algo claustrofóbico pero cómodo.

Sin embargo, no todo era miel sobre hojuelas. Mi parte favorita, irónicamente, era que no tenía que hablar con nadie. Pero había un problema: el vidrio que separaba mi “cápsula” del pasillo era transparente y bajo. —No me gusta este vidrio porque me separa, estoy solo aquí atrás —se quejó uno. —Esa es la razón exacta por la que me gusta —le grité desde mi lugar.

Pero siendo honestos, la privacidad era una farsa. —La única desventaja es que no tienes mucha privacidad —notó alguien. Era cierto. Era realmente incómodo intentar grabar o simplemente dormir con toda la gente de clase turista pasando por el pasillo, mirándote como si fueras un animal de zoológico con pijamas caras. Me sentía juzgado. “¿Quién es ese naco y por qué está acostado mientras yo voy a sufrir 10 horas sentado recto?”, decían sus miradas.

El Boleto de 200,000 Pesos ($10,000 USD): La Locura Empieza

Si el vuelo de mil dólares era cómodo, el siguiente nivel era una grosería. —Así que, veamos qué se siente en un boleto de avión 10 veces más caro —anunció el líder del grupo.

Entramos a otra bestia de metal. Este no era un avión cualquiera, era una de esas aerolíneas árabes donde el lujo es la norma. —¡Oh, hombre, esto es agradable! Tengo espacio ilimitado para las piernas —exclamé, estirando las patas hasta que tronaron los huesos. Podría haber metido a toda mi familia en el espacio que tenía solo para mis pies.

Empecé a analizar lo que obtenía por el precio de un auto compacto nuevo: —Una tablet, una televisión táctil gigante, mi propio bar de bebidas en el asiento, bocadillos…. Agarré una barra de chocolate. —Esto no es chocolate Feastables. Quiero un reembolso —bromeé, haciéndome el indignado.

Pero aquí viene la ironía más grande del capitalismo, compadres. Estábamos sentados en asientos que costaban una fortuna, rodeados de lujo, y cuando intentamos conectarnos al internet… —Podríamos haber pagado $10,000 por nuestro asiento, pero todavía tenemos que pagar $20 dólares por el Wi-Fi —dijo mi amigo, incrédulo. —¿No es gratis? —pregunté, sintiendo la indignación subirme al cuello. ¡No manches! Te cobran hasta el aire si pudieran. Es como ir a un restaurante de cinco estrellas y que te cobren los limones aparte.

Despegamos. Y fue ahí donde la realidad se rompió. Estábamos a 30,000 pies de altura, cruzando nubes, y yo me levanté para ir al baño. —Miren qué bonito es este baño —le dije a la cámara, abriendo la puerta. No era un baño de avión normal, de esos donde tienes que hacer contorsionismo para no tocar las paredes con los codos. —Tienes un lavabo, un inodoro… ¡y luego una ducha! —grité. Sí, escucharon bien. Una regadera. —Eso es una locura. Miren eso. Estamos a 30,000 pies en el aire y puedo tomar una ducha.

Me metí. El agua caliente caía sobre mis hombros y me puse a pensar: hace unas horas estaba en una avioneta que sonaba como podadora, rezando por mi vida, y ahora estoy desnudo, enjabonándome a diez kilómetros de altura, volando sobre el océano. La vida es un absurdo. Salí oliendo a rico, con una bata suavecita, sintiéndome el dueño del mundo.

—Además de eso, los chicos y yo podemos pedir tanta comida gourmet como queramos —nos dijeron. Y no eran cacahuates. Era comida de verdad. Platos con nombres que ni sabía pronunciar.

Pero espera, que esto no acaba ahí. —Guardamos lo mejor para el final —dijo el guía con una sonrisa traviesa. Nos llevó a la parte trasera del avión. —Hay un salón privado en la parte trasera del avión. Un bar. Un antro en el cielo. Con sillones, barra de tragos y espacio para socializar. —¡Ay! —me golpeé con algo por andar de distraído mirando todo. —No estás soñando —me dijo Jimmy. —Ese fue el boleto de avión de $10,000 dólares. Apunta la cámara hacia arriba y hacia abajo —le ordenó al camarógrafo.

El Boleto de 500,000 Pesos ($25,000 USD): El Departamento en las Nubes

Pensé que ya lo había visto todo. Pensé que la regadera era el límite. Qué ingenuo fui. —Y ahora estamos en el boleto de avión de $25,000 dólares que está subiendo estas escaleras. Así es, hay pisos —dijo, señalando una escalera dentro del avión.

Subimos. —Esto es una locura —susurré. —Esto es de locos. Vamos a estar sentados arriba de otras personas —dijo mi compa. —¡Oh, Dios mío! —fue lo único que pude articular.

Llegamos a lo que ellos llamaban “La Residencia”. No era un asiento. No era una suite. —Ahora, esta es tu habitación —me dijo la azafata personal, abriendo la puerta. —Por $25,000, obtienes dos habitaciones masivas —explicó alguien. Entré y se me cayó la mandíbula al suelo. —¡Oh, esto es una locura! Nunca he visto algo como esto. —Nuestro espacio en este avión es literalmente cuatro veces más grande que el último —comentó uno de los chicos.

Para que se den una idea, mi primera casa de Infonavit era más chica que esto. Tenía una sala de estar. —Nunca he visto un avión donde pueda hacer saltos de tijera cómodamente. Miren esto —dije, y me puse a brincar como loco en medio de la sala. Tenía espacio de sobra. En el vuelo de un dólar, si estornudaba, le pegaba al piloto. Aquí podía hacer yoga.

—También obtenemos dos sillas, un montón de televisiones —señaló mi amigo. —Hay más televisiones en esta sola habitación que en todos los otros aviones en los que hemos estado —agregué, contando pantallas por todos lados.

Luego llegó la comida. —Comida servida por una azafata personal —anunció la voz en off. Me trajeron un plato con unas bolitas negras. Caviar. —¿Por qué es que después de cierto precio, siempre te dan caviar? —pregunté, probando esa cosa salada que sabe a mar concentrado. La gente rica tiene gustos raros. A mí denme unos tacos al pastor y soy feliz, pero bueno, a donde fueres, haz lo que vieres.

Pero entonces, llegamos al baño. Y aquí es donde mi nueva mentalidad de “experto en lujo” salió a flote. —¿Podemos hablar de algo? —dije, entrando al baño de la Residencia—. Este baño es como una decepción. Sin ducha, sin pisos con calefacción, la mitad del tamaño. Creo que el vuelo de $10,000 fue un mejor precio.

¿Pueden creer lo rápido que uno se echa a perder? Hace un rato estaba feliz de estar vivo, y ahora me estaba quejando de que el baño de mi suite de medio millón de pesos no tenía piso caliente. Me di asco un poquito, la verdad.

—¿Pagarías este tipo de dinero por un solo vuelo? —me preguntaron. Lo pensé. 500,000 pesos. Eso es una casa en algunas partes de México. Es un auto de lujo. Es la universidad de tus hijos. —No recomendaría esto —dije sinceramente—. Recomendaría un auto. Compren un auto en su lugar.

Pasamos a la segunda habitación. —Y ahora, la mejor parte de la habitación, una cama tamaño queen. Ooh. Una cama de verdad. Con sábanas de hilo egipcio y almohadas que parecían nubes. —¿Por qué no hacen que cada asiento sea una cama? —me pregunté, lanzándome sobre ella. —Hermano, en lugar de tres asientos uno al lado del otro, solo pongan una litera con tres camas —propuso mi amigo, solucionando la crisis de la aviación mundial con una sola idea.

Me quedé dormido. Dormí como un bebé, arrullado por el suave zumbido de los motores Rolls-Royce allá afuera. —Buenos días. Eso fue un sueño realmente bueno —dije al despertar, estirándome. —Karl, despierta. Vamos a aterrizar —le grité a mi compa que seguía babeando la almohada. —Dormí como una piedra —respondió él.

Aterrizamos. Ese fue el vuelo comercial más caro del mundo. Pero la locura apenas estaba calentando motores. Era hora de dejar las aerolíneas y pasar a lo privado.

El Jet Privado de 2 Millones de Pesos ($100,000 USD): El Sueño del Mirrey

Caminamos por la pista. Ya no había terminales, ni filas de seguridad, ni quitarse los zapatos, ni sacar la laptop de la mochila. Solo nosotros y un pájaro de acero brillante esperándonos.

—Este es el avión de $100,000 dólares —dijo Jimmy. —Esta cosa es enorme —comenté, viendo la escalerilla desplegada. —A este precio, obtienes todo el avión —nos recordó. Empezamos a gritar como locos. —¡Privado, privado! —coreábamos mientras subíamos.

Entrar ahí fue otro nivel. No se sentía como un vehículo, se sentía como el lobby de un hotel de cinco estrellas que casualmente tenía alas. —Oh, es como un yate —dijo uno. —Esto es salvaje. Esto es increíble —añadí, tocando los muebles. Madera real, cuero del bueno, alfombras donde tus pies se hundían.

—¿Quieren saber la parte más loca? Esta es solo una de las cuatro habitaciones —nos dijo Jimmy. —¿Hay más en el avión? Pensé que esto era todo —dijo Karl, confundido. Caminamos hacia atrás. Pasamos por pasillos, puertas… —Chicos, vengan aquí. ¿Qué habitación es esta? —Esta es literalmente otra área de salón con un montón de bocadillos y una televisión gigante —explicó alguien.

Era absurdo. Teníamos más espacio para nosotros cuatro que en todo un vagón del metro en hora pico. —Y si te sientes cansado, obtienes tu propio dormitorio privado —dijo Jimmy, mostrándonos una cama matrimonial real, no un asiento reclinable. —Viejo, ¿qué? Wee —me lancé a la cama. —Esto es como un hotel —concluí.

—Y por último, pero no menos importante, el baño. Abrí la puerta. —Tres, cierra la boca ahora mismo. Ciérrala —le dije a mi compa, anticipando su reacción. —Whoa. Esto es de locos. ¡Hay un asiento en el baño! —gritó él. —¡Pido mano! —gritó otro. Era un baño completo, con acabados de mármol. Podrías vivir ahí dentro.

Nos sentamos en la sala principal, frente a frente, como si fuéramos magnates de negocios discutiendo la adquisición de una empresa transnacional, aunque en realidad estábamos hablando de tonterías. —¿Alguna vez han visto un jet de la mitad de este tamaño? —preguntó Jimmy. —No. Nunca —admitimos todos. —¿De qué hablamos mientras estamos en nuestro jet privado? —pregunté, tratando de sonar sofisticado. —Bueno, te diré, el año pasado vendí el… —empezó a bromear uno, haciéndose el interesante.

De repente, el avión empezó a moverse. —¡Oh no! Oh, espera. Me acabo de dar cuenta de que estoy despegando hacia atrás —gritó mi amigo. Los asientos estaban orientados en sentido contrario a la marcha. (Ruido de botella de agua cayendo y golpe seco de la GoPro). —¡Whoa! ¡GoPro! —gritamos. —No me di cuenta de que estábamos despegando. —¡No la cámara! ¡Alto! La fuerza G nos pegó duro. Las cosas salieron volando. —Esto es una locura. Whoa, oh —nos reíamos nerviosamente mientras el avión ganaba altura como un cohete.

Karl empezó a silbar, tratando de disimular el miedo, y todos nos morimos de risa. —El hermano voló —dije, viendo cómo uno casi se va de boca. —¡Oh, Dios mío! Solo puedo rodar hacia atrás —decía mientras la inercia lo pegaba al respaldo.

—¡Oh, turbulencia! Muy bien, me voy a sentar —dije cuando la cosa se puso fea. Decidí ir a investigar el baño más a fondo. —Este podría ser el mejor baño hasta ahora —dije a la cámara—. Este es el inodoro. En el inodoro puedes ver televisión. Sí, una tele frente al trono. El pináculo de la civilización humana.

Pero entonces, se nos ocurrió la broma. Nolan, o “El Güero” como le decíamos de cariño, entró al baño. —Oye, Nolan, espero que te sientas cómodo en el baño —le gritó Jimmy desde afuera. —¿Qué está pasando? Estoy tan confundido —respondió él desde adentro. (Ruido de puerta cerrándose y bloqueándose). —¡No, no! —se escuchó su risa nerviosa. —Nunca va a salir —dije, riéndome malévolamente. Lo habíamos encerrado. Pobre Güero, atrapado en el baño de lujo.

Mientras él sufría en su jaula de oro, llegó la comida. Y aquí es donde la cosa se puso surrealista. En un vuelo de 100,000 dólares, esperarías faisán o algo así. —Tengo bistec, puré de papas y verduras. Y ustedes me inspiraron un poco, así que traje pizza —dijo Jimmy. —¡Sí! —gritamos todos como niños en fiesta de cumpleaños. Ahí estábamos, comiendo pizza grasosa en platos de porcelana fina, volando más alto que cualquier problema terrenal.

—Este es mi avión favorito porque tiene YouTube, pero no aparecimos primero, así que ahora no lo es —bromeé, buscando nuestro canal en la pantalla gigante.

Me fui a la cama del jet. —Se nota que esta es una cama de persona rica porque hay como 500 almohadas —dije, empezando a lanzar cojines por todos lados. —Esta fuera de aquí. Esa fuera de aquí —decía mientras las aventaba. ¿Para qué quieren tantas almohadas los ricos? ¿Tienen el cuello de jirafa o qué?.

Lo hermoso de volar privado es la libertad. —Y esa es la belleza de volar en privado. Puedes hacer lo que quieras cuando quieras —reflexioné. Miré a mi alrededor: —Karl está pilotando el avión (o fingiendo que lo hace), Chandler está atascándose de pizza. Chris está tomando una siesta y ni siquiera sé a dónde fue Nolan (probablemente seguía en el baño).

No hay escalas, no hay TSA revisándote hasta los calzones, así que ahorras toneladas de tiempo. —Por eso, básicamente, cada persona rica que conoces posee un jet privado —concluí. El tiempo es dinero, y ellos compran tiempo.

—Oigan, chicos. Vamos a aterrizar pronto —nos avisó el piloto real. Escuché golpes en la puerta del baño. —Karl, déjame salir —gritaba Nolan. —¿Dónde estamos… vamos a aterrizar? ¡Tienes que dejarme salir, hermano! —suplicaba. El avión tocó tierra. —¡Oh, oh! ¡Oh, Dios mío! Eso fue lo opuesto a suave —dije mientras rebotábamos un poco. —Espera, espera. ¿Nolan sigue en el baño? —preguntó alguien. —No sé, la verdad. —Karl, ve a dejarlo salir. Abrimos la puerta y ahí estaba, rojo y mareado. —¿Cómo estuvo tu vuelo? —le preguntamos. —Todavía mejor que el avión de $1000 —respondió él, resignado. Todos estallamos en carcajadas.

Habíamos sobrevivido al lujo extremo. Pero Jimmy, con esa mirada de quien trama algo grande, nos detuvo. —Y ahora, el dirigible de $300,000 dólares (6 millones de pesos) —anunció.

Nos pusieron vendas en los ojos. —Antes de quitarles las vendas, ¿qué creen que hay en el costado del dirigible? —preguntó Jimmy. —¿Es el número de teléfono de Nolan? —adivinó uno. —¿Pusiste el número de teléfono de Nolan? Eso sería divertido —dije yo. —La próxima vez —se rió Jimmy—. Quítense las vendas. Den la vuelta.

Nos giramos y nos quitamos las vendas. Lo que vi me hizo gritar y luego reír hasta que me dolió la panza. Ahí, en un dirigible gigantesco, flotando majestuosamente sobre el campo, había una foto enorme y una frase: “I ❤️ Karl’s Mom” (Amo a la mamá de Karl). —¡Espera! ¿Por qué? —gritó Karl, escandalizado—. Él realmente ama a mi mamá. —No, Karl, él le pone corazón a tu mamá. No ama a tu mamá. Eso sería raro —corrigió Jimmy, haciendo un juego de palabras intraducible pero hilarante. —No, la amo —insistió Jimmy con cara de póker.

—Viejo, ¿estoy empujando esto ahora mismo? —preguntó Chandler mientras intentaba mover la góndola. —Ooh, se está moviendo —notamos. Era impresionante ver esa ballena flotante. —Este avión gigante literalmente puede ser jalado por una cuerda —observé, viendo a los del equipo de tierra sosteniéndolo como si fuera un globo de feria gigante.

Subimos a la canasta. Era ruidosa, abierta y lenta. Muy diferente al jet privado. —Veamos si deja de flotar cuando me suba —bromeé, pisando las escaleras metálicas. —¡Esas son ganancias (músculos), viejo! —me animó uno. —¿Significa que estoy gordo? —pregunté, inseguro. —Significa que haces mucho ejercicio. —O que estoy gordo —insistí. La eterna lucha con la báscula.

El dirigible se elevó lentamente. Era una sensación extraña, como estar en un barco en el cielo. —Si este dirigible se estrella, entonces muero —dije con naturalidad. —Ajá —confirmó Jimmy, sin inmutarse.

Empezamos a despedirnos de Chandler, que se quedó abajo. —Adiós, Chandler. Adiós, para siempre. (Ruido de puerta cerrándose). —Creo que escuché “para siempre” —dijo Chandler desde abajo, preocupado.

Arriba, la vista era espectacular, pero el miedo regresaba. —Podría haber promocionado cualquier cosa y eligió a la mamá de Karl —reflexionó Chris, mirando el enorme mensaje en el costado del globo. —Estoy aterrorizado. Esto no está ganando velocidad —dije, viendo cómo los autos abajo nos rebasaban.

—Bueno, nos veremos en la carrera —dijo Jimmy. —¿Carrera? —pregunté. —Oh, y olvidé mencionar, estamos volando este dirigible sobre 150,000 personas en el evento de autos de carrera más grande del mundo —soltó la bomba. —Y Karl no tiene idea —añadió, riéndose.

Imagínense la escena: nosotros, flotando en un dirigible con un mensaje sobre la mamá de nuestro amigo, a punto de presentarnos ante una multitud inmensa. De un avión de cartón a ser el centro de atención de 150,000 personas. Si esto no es vivir la vida loca, no sé qué lo sea.

Mientras flotábamos hacia el estadio, no pude evitar pensar en todo el viaje. Desde el miedo puro en el vuelo de un dólar hasta la opulencia ridícula del jet privado, y ahora esto, una broma gigante en el cielo. El dinero cambia la forma en que vuelas, sí, te da camas, duchas y caviar. Pero al final del día, ya sea en una caja de zapatos con alas o en un palacio volador, lo que importa es con quién estás compartiendo el susto… y la risa.

Y todavía faltaba el gran final. El avión de medio millón de dólares. El monstruo. Pero eso, mis amigos, es otra historia, y créanme, hace que el jet privado parezca un juguete de tianguis.


Parte 3: El Dirigible de la Vergüenza y la Filosofía del Viento

El Silencio Después del Jet

Después de bajarme de ese jet privado de cien mil dólares, donde el baño tenía más lujo que mi departamento entero y donde comimos pizza como si fuéramos la realeza del barrio, pensé que ya nada podía sorprenderme. Mi cerebro estaba frito. Había pasado de temer por mi vida en una avioneta de papel con motor de podadora a sentirme un magnate del petróleo en cuestión de horas. La adrenalina de los despegues, la presión en los oídos y el constante cambio de atmósfera me tenían en un estado de euforia extraña, como cuando te tomas tres cafés expresos con el estómago vacío.

Jimmy, con esa sonrisa de quien tiene un as bajo la manga —o mejor dicho, un cheque con muchos ceros—, nos reunió en la pista. El sol ya estaba pegando diferente, esa luz de la tarde que te hace entrecerrar los ojos. El aire olía a turbosina y a campo abierto.

—Y ahora, el dirigible de $300,000 dólares —anunció, como si estuviera ofreciéndonos un chicle.

Me quedé helado. ¿Trescientos mil dólares? Eso son como seis millones de pesos. Seis millones de pesos para… ¿flotar? Mi mente mexicana, siempre buscando la lógica económica, no cuadraba los números. Con eso te compras una flotilla de taxis, pones un negocio de carnitas y todavía te sobra para irte a Acapulco un mes. Pero no, aquí estábamos a punto de quemar esa lana en un globo gigante lleno de gas.

—Lo desenfocaré en un segundo —dijo Jimmy a la cámara, manteniendo el misterio. Nos pasaron unas vendas para los ojos. Odio las vendas. En México, si alguien te dice “ponte esto en los ojos y súbete a la camioneta”, corres. Pero aquí confiábamos en Jimmy. O al menos, confiábamos en que la aseguradora pagaría si algo salía mal.

La Revelación: Un Mensaje para la Jefa

Estaba ahí parado, ciego, escuchando el sonido del viento y algo más… un zumbido grave, lento, como un abejón gigante. —Antes de que les quite las vendas, ¿qué creen que hay en el costado del dirigible? —preguntó Jimmy, con voz traviesa.

Mi mente empezó a volar. ¿Qué pondría este loco en un dirigible? ¿Su cara? ¿El logo de una hamburguesa? ¿Un mensaje de paz mundial? —¿Es el número de teléfono de Nolan? —preguntó uno de los chicos. Me reí. Eso sería clásico. Poner el celular de tu compa para que medio mundo le marque a las tres de la mañana preguntando por el refrigerador que no vendió. —¿Pusiste el número de teléfono de Nolan? —insistí yo—. Eso sería divertido. —La próxima vez —dijo Jimmy, matando mi ilusión de molestar al Güero—. Quítense las vendas. Den la vuelta.

Hice caso. Me arranqué la tela de los ojos y parpadeé un par de veces para enfocar. Lo que vi me dejó pasmado. No era un avión. Era una ballena blanca, inmensa, flotando a pocos metros del suelo. Pero lo que tenía escrito en el costado… no, no inventes.

En letras negras, gigantescas, que se podían leer desde el municipio de al lado, decía: “I ❤️ Karl’s Mom”

—¡Ahhh! —gritó alguien, seguido de la risa inconfundible de Jimmy. Todos estallamos en carcajadas. Era la broma más cara y más estúpida de la historia. Seis millones de pesos para decirle al mundo que amas a la mamá de tu amigo. Eso es nivel de “bullying” millonario. En mi barrio nos mentamos la madre gratis, pero Jimmy tuvo que rentar un dirigible.

—Amo a la mamá de Karl. Espera. ¿Por qué? —preguntó Karl, rojo como un tomate, tratando de procesar la humillación pública. —Él realmente ama a mi mamá —dijo Karl, intentando defender el honor familiar o quizás resignándose a que su madre era ahora una celebridad aérea.

Jimmy, siempre rápido, corrigió la gramática del asunto: —No, Karl, él le pone corazón a tu mamá. No ama a tu mamá. Eso sería raro —dijo, haciendo un juego de palabras visual con el emoji de corazón. —No, la amo —insistió Karl, cayendo en la broma. —Oh… —todos hicimos sonidos de burla.

Era surrealista. Estábamos frente a una maravilla de la ingeniería aeronáutica, un vehículo que evocaba épocas pasadas, elegancia, historia… y lo habíamos convertido en un meme gigante sobre “la jefa” de un cuate. Es esa mezcla de tecnología punta y humor de secundaria lo que hacía el momento inolvidable.

El Gigante de Hule y Cuerda

Me acerqué a la góndola. A diferencia de los jets, que se ven sólidos y agresivos, el dirigible se veía… tierno. Vulnerable. Se movía con la brisa como una gelatina mal cuajada. Chandler, uno de los chicos, se puso a empujar la cabina. —Viejo, ¿estoy empujando esto ahora mismo? —preguntó, sorprendido por la física del asunto. —Ooh, se está moviendo —observé. Era ridículo. Un vehículo de este tamaño y precio, y podías moverlo con la mano como si fuera un carrito de supermercado atorado.

—Este avión gigante literalmente puede ser jalado por una cuerda —dije, señalando a los tipos del equipo de tierra que sostenían unas sogas largas. Parecían liliputienses sosteniendo a Gulliver. Si el viento soplaba fuerte, esos pobres tipos iban a salir volando como papalotes. Me hizo pensar en la fragilidad de todo esto. Estamos acostumbrados a dominar la naturaleza con motores potentes y acero, pero aquí, estábamos a merced del helio y de unos nudos bien hechos.

Entonces, Jimmy se puso serio por un segundo —bueno, lo más serio que puede ponerse— para explicar de dónde salió el dinero para esta locura. Porque seamos honestos, nadie tiene seis millones de pesos bajo el colchón para rotular chistes de mamás. —Y tal vez se estén preguntando cómo pude pagar este dirigible gigante y pagar seis cifras para rotularlo —dijo a la cámara. Ahí venía el patrocinador. ZipRecruiter. La plataforma para contratar gente. —ZipRecruiter, una plataforma de reclutamiento que uso para contratar personas como editores, camarógrafos y contadores —explicó. Me pareció irónico. Usamos una plataforma de trabajos serios para financiar una de las tonterías más grandes que hemos hecho. El capitalismo es una cosa maravillosa y extraña, carnal.

Subiendo a la Canasta: ¿Aguantará mi peso?

Llegó el momento de la verdad. Teníamos que subirnos. No había escalerillas automáticas con alfombra roja como en el jet privado. Había unos escalones de metal que rechinaban. —Veamos si deja de flotar cuando me suba —dije, medio en broma, medio en serio, poniendo un pie en la escalerilla. Sentí cómo la góndola bajaba un poco. El crujido del metal me puso los pelos de punta. (Ruido de escaleras metálicas golpeando). —¡Esas son ganancias, viejo! —me gritó uno de los amigos, refiriéndose a que estaba “mamado” (musculoso). Yo lo miré con duda. —¿Significa eso que estoy gordo? —pregunté. La inseguridad mexicana siempre presente. Uno se echa tres tacos de más y ya siente que va a hundir el Titanic. —Significa que haces mucho ejercicio —trató de arreglarlo. —O que estoy gordo —insistí.

La verdad es que no importaba si era músculo o grasa; lo que importaba era la gravedad. Y la gravedad no perdona. Me senté en uno de los asientos. Eran básicos. Nada de piel italiana ni masajeadores. Esto era aviación pura y dura. Ruido, vibración y una vista panorámica que te helaba la sangre.

—ZipRecruiter es donde la gente va a descubrir su próximo gran trabajo. Si este dirigible se estrella, entonces muero —dije, conectando la publicidad con mi inminente mortalidad. —Ajá —respondió Jimmy, con esa calma psicópata que lo caracteriza. Como si mi muerte fuera solo un inconveniente menor para el video.

—Ustedes chicos podrían usar ZipRecruiter para encontrar un nuevo trabajo —continuó Jimmy, hablándole al equipo. —Eso lo hará mucho más fácil —dijo alguien. —Gracias, hombre. —Siento que no me gusta esta conversación —murmuré. Estaban planeando mi reemplazo antes de que siquiera despegáramos. Qué bonito ambiente laboral.

El Despegue: Adiós Tierra Firme

—Shh, shh. Muy bien, hagamos esto —ordenó Jimmy. Chandler, por alguna razón —quizás suerte, quizás castigo—, se quedó abajo. Nos miraba desde la pista con una mezcla de envidia y alivio. —Adiós, Chandler. Adiós, para siempre —le grité dramáticamente mientras cerraban la puerta. (Ruido de puerta cerrándose de golpe). —Creo que escuché “para siempre” —dijo Chandler, y vi en su cara que realmente lo creía.

El motor del dirigible arrancó. No fue el rugido de un jet, ni el zumbido de la avioneta barata. Fue un sonido constante, grave, industrial. Como un ventilador gigante. Y entonces, la magia sucedió. El suelo empezó a alejarse. Pero no rápido. Despacito. Muy despacito. Era como subir en un elevador de cristal que nunca se detiene. Miré hacia abajo. Chandler se hacía chiquito. Los coches se volvían juguetes.

—Podría haber promocionado cualquier cosa y eligió a la mamá de Karl —reflexionó Chris, sacudiendo la cabeza mientras miraba la sombra gigante del dirigible proyectada en el suelo. La sombra decía claramente “I ❤️ Karl’s Mom”. Imagínate ser un granjero, mirar al cielo, y ver eso cubriendo tu cosecha. Poesía pura.

—Estoy aterrorizado. Esto no está ganando velocidad —dije, aferrándome al marco de la ventana. Estábamos acostumbrados a la velocidad. A la prisa. Pero el dirigible no tiene prisa. El dirigible flota. Se deja llevar. Es una filosofía de vida, si lo piensas bien. Pero en ese momento, solo se sentía como si estuviéramos suspendidos en el aire por arte de magia negra.

El Escenario Masivo: 150,000 Testigos

—Bueno, nos veremos en la carrera —dijo Jimmy casualmente. —¿La carrera? —pregunté. —Oh, y olvidé mencionar, estamos volando este dirigible sobre 150,000 personas en el evento de autos de carrera más grande del mundo —soltó la bomba. Se me secó la boca. ¿Ciento cincuenta mil personas? Eso es un Estadio Azteca y medio lleno hasta el tope. —Y Karl no tiene idea —añadió, riéndose.

Miré por la ventana y, efectivamente, a lo lejos se veía una estructura colosal. Una pista de carreras. Gradas infinitas llenas de puntitos de colores que eran personas. Y nosotros íbamos hacia allá. Con el letrero de la mamá de Karl. La magnitud de la vergüenza iba a ser bíblica. —Antes de morir en este dirigible, quiero contarles sobre ZipRecruiter —dijo Jimmy, volviendo al negocio. El tipo es una máquina. Estamos a punto de hacer el ridículo frente a una multitud y él sigue vendiendo.

La Entrevista de Trabajo Más Surrealista del Mundo

Lo que pasó a continuación fue la definición de “absurdo moderno”. Jimmy decidió que el mejor momento para hacer una entrevista de trabajo real era mientras flotábamos a mil pies de altura en un globo gigante. —Recientemente hicimos una publicación de trabajo en ZipRecruiter y voy a llamar a uno de los candidatos y entrevistarlo —anunció.

Sacó un teléfono satelital o algo parecido. Marcó. El tono de llamada sonó extrañamente claro en la cabina ruidosa. (Teléfono sonando). —Hola, Thomas. Vi tu solicitud en ZipRecruiter. ¿Puedes escucharme? —preguntó Jimmy.

Hubo una pausa. Imaginé al pobre Thomas en su casa, quizás en pijama, tomando café, recibiendo una llamada de un número desconocido. —Sí, puedo —respondió la voz de Thomas, vacilante. —¿Es este MrBeast? —preguntó. Se notaba la incredulidad en su voz. Imagínate que te llama tu ídolo de internet para darte chamba. —Sí, soy MrBeast, no importa —dijo Jimmy, restándole importancia a su fama como si fuera cualquier cosa—. —Lo siento, apenas puedo escucharte ahora mismo —dijo Thomas. Claro, porque había un motor de hélice rugiendo detrás de nosotros.

—Sí, porque estamos en un dirigible —explicó Jimmy como si fuera lo más normal del mundo. “Disculpa el ruido, estoy en mi dirigible”. Frases que solo se dicen una vez en la vida. —¿Cuánto tiempo has sido editor? —preguntó Jimmy, poniéndose el sombrero de jefe de recursos humanos.

Yo miraba la escena fascinado. Abajo, los autos de carreras zumbaban como mosquitos enojados. Arriba, nosotros flotando en cámara lenta. Y en medio, una entrevista laboral. —He sido editor durante unos 10 años —respondió Thomas, tratando de sonar profesional a pesar de la mala conexión y lo bizarro de la situación. —¿Crees que puedes mejorar nuestros videos? —fue la pregunta del millón. O bueno, la pregunta del dirigible de trescientos mil dólares.

Thomas no titubeó. —Creo que con un equipo fuerte y un poco de innovación creativa, definitivamente puedo hacer que tus videos sean mejores —contestó. Bien bajado ese balón, Thomas. Respuesta de libro de texto. Jimmy asintió, impresionado. —Está bien, nada mal. Envíame algunos ejemplos de tu trabajo —concluyó.

Colgó el teléfono. —Si como Thomas, quieres una oportunidad de venir a trabajar para nosotros, haz clic en el enlace… —y soltó el resto del discurso comercial. —Vamos a mirar a cada persona que aplique —prometió.

Reflexiones desde la Altura: La Curva de la Felicidad

Después de que la cámara cortó la publicidad, me quedé mirando el horizonte. El sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de naranja y morado, colores muy mexicanos, muy nuestros. El dirigible seguía su curso lento hacia el autódromo. Abajo, 150,000 almas gritaban por ver autos dar vueltas en círculo, y pronto, levantarían la vista y verían nuestro mensaje.

Me recargué en el asiento y dejé que la vibración del motor me masajeara la espalda. Empecé a repasar el día. Había sido una montaña rusa, no solo de emociones, sino de economía.

Primero, el avión de un dólar. Veinte pesos. El precio de un boleto de metro y unas papitas. Ese vuelo fue puro terror. Era la realidad de “obtienes lo que pagas”. Ruido, viento, inseguridad. Te hace valorar la vida porque sientes que te la pueden quitar en cualquier bache de aire. Pero, al mismo tiempo, había una honestidad brutal en ello. Doug, el piloto, no te vendía humo. Te vendía un aventón en su cometa motorizado. Era peligroso, sí, pero era real.

Luego, los vuelos comerciales. El de mil dólares y el de diez mil. Ahí es donde la comodidad empieza a subir, pero también la soledad. En primera clase, te aíslas. Te ponen paredes, te dan audífonos para cancelar el ruido del mundo. Es cómodo, claro que sí. Bañarse en un avión es una experiencia que le contaré a mis nietos. Pero te das cuenta de que pagas por dejar de interactuar con la “chusma”. Pagas por silencio. Y el silencio es caro.

Después, el monstruo de medio millón de pesos ($25,000 USD). La residencia. Eso ya no era viajar. Eso era trasladar tu burbuja de privilegio de un punto A a un punto B. Camas queen size, mayordomos, caviar que sabe a agua de mar cara. ¿Vale la pena? Honestamente, como dije antes, mejor cómprate un carro. O da el enganche de una casa. Es un exceso que te hace sentir culpable si tienes un poco de conciencia de clase.

Y luego, el jet privado de cien mil dólares. El sueño de todo rapero y mirrey. Ahí es donde te sientes poderoso. Vuelas cuando quieres, como quieres. Comes pizza en platos de oro. Encierras a tus amigos en el baño. Es la libertad absoluta, pero una libertad que cuesta más de lo que la mayoría ganará en diez años. Es divertido, no lo niego. Es adictivo. Pero te desconecta de la realidad. Miras el mundo desde tan arriba que los problemas de la gente común se vuelven invisibles.

Y finalmente, esto. El dirigible. Trescientos mil dólares. Seis millones de pesos. El vehículo más ineficiente, lento y absurdo de todos. ¿Y saben qué? Fue el que más disfruté. ¿Por qué? Porque no se trataba del lujo. No había camas de plumas ni duchas calientes. Se trataba de la experiencia compartida. De la risa. De gastar una fortuna solo para molestar a Karl y saludar a su mamá. El dirigible era como una gran piñata flotante. Era la prueba de que el dinero, cuando se usa para reírse con los amigos, tiene un valor diferente.

El jet privado te da estatus. El dirigible te da anécdotas.

El Descenso y la Realidad

Empezamos a descender hacia el autódromo. El ruido de la multitud empezó a mezclarse con el del motor. —¡Miren eso! —gritó Chris, señalando hacia abajo. Miles de cabezas giraban hacia arriba. Cámaras, celulares, dedos señalando. El mensaje “I ❤️ Karl’s Mom” estaba siendo transmitido a las retinas de ciento cincuenta mil desconocidos. Karl se tapó la cara, pero se reía. Esa risa nerviosa que mezcla vergüenza y orgullo. —Tu mamá va a ser famosa, güey —le dije, dándole una palmada en la espalda. —Mi papá me va a matar —respondió él.

Aterrizar un dirigible no es como aterrizar un avión. No hay golpe seco. Hay un equipo de personas que corren, agarran cuerdas y pelean contra el viento para bajarte. Es un trabajo de equipo. Nos sentimos como exploradores regresando de un mundo nuevo.

Cuando finalmente bajamos y pisé el pasto, sentí una extraña tristeza. El día de los excesos había terminado. Mañana volvería a volar en clase turista, peleando por el reposabrazos con un desconocido y comiendo galletas secas. Volvería a mi realidad donde 20 pesos son para el camión y no para un vuelo de la muerte.

Pero me llevaba algo más valioso que el boleto de primera clase. Me llevaba la lección de que no importa si vas en una avioneta que parece papalote o en un jet con enchapes de oro; lo que hace el viaje memorable no es el precio del boleto, sino la historia que puedes contar después. Y créanme, contar que volaste en un dirigible que declaraba amor a la madre de tu amigo sobre una carrera de NASCAR… esa es una historia que vale cada maldito centavo.

Miré a Jimmy, a Karl, a Chris, a Chandler. Estábamos despeinados, cansados, pero felices. —¿Y ahora qué? —pregunté. —¿Tacos? —sugirió alguien. —Tacos —confirmamos todos. Porque al final del día, puedes volar en el cielo de los millonarios, pero nada supera unos buenos tacos al pastor en la tierra firme de la realidad.

Fin de la transmisión, raza. Nos vemos en el próximo vuelo, espero que no sea en el de un dólar.

Parte 4: El Aterrizaje Forzoso en la Realidad y el Juicio Final

Capítulo 1: La Entrevista en las Nubes y el Adiós a la Locura

Ahí estábamos, suspendidos en una burbuja de helio y tela, flotando sobre una multitud rugiente de ciento cincuenta mil almas en un autódromo, mientras Jimmy, con la frialdad de un cirujano, terminaba una entrevista de trabajo por teléfono satelital. Esas son las cosas que, si se las cuentas a tu abuelita, te persigna y te manda al psicólogo.

—Vamos a mirar a cada persona que aplique —dijo Jimmy, colgando el teléfono con una sonrisa de satisfacción .

Yo me quedé mirando el aparato. Acababa de ocurrir una transacción comercial seria en medio de la broma más grande del año. Thomas, el editor, probablemente estaba en su casa brincando de gusto, sin saber que su futuro jefe estaba volando en un dirigible que decía “Amo a la mamá de Karl” . La vida es un chiste mal contado, carnal.

El sol empezaba a caer de verdad. Esa luz dorada que en México llamamos “la hora mágica” bañaba la cabina del dirigible. Todo se veía naranja, nostálgico. El ruido de los autos de carreras abajo era un zumbido constante, como un panal de abejas furiosas, pero aquí arriba, a pesar del motor del dirigible, había una paz extraña. Era la paz del absurdo. Ya nada importaba. Habíamos sobrevivido al avión de un dólar, habíamos comido caviar, habíamos defecado en un inodoro con televisión. ¿Qué más podía ofrecernos el mundo?

—Muy bien, muchachos. Se acabó el show. Hora de bajar —anunció el piloto, un tipo que parecía haber visto de todo y que probablemente contaría esta historia en el bar de pilotos esa noche.

El descenso del dirigible no es como el de un avión. Un avión corta el aire, impone su voluntad. Un dirigible negocia con el viento. Se siente como si estuvieras bajando en una pluma gigante. Lentamente, las figuras de abajo dejaron de ser puntitos y se convirtieron en personas. Vi a Chandler, nuestro compa que se había quedado en tierra, haciéndose más grande . Se veía aliviado. O tal vez solo tenía hambre.

—¿Creen que vieron el letrero? —preguntó Karl, todavía tapándose la cara de la vergüenza. —Güey, ciento cincuenta mil personas lo vieron. Y millones más lo verán en YouTube. Tu jefa ya es patrimonio de la humanidad —le contesté, riéndome. La humillación de Karl era el broche de oro de nuestra aventura.

Sentimos el golpe suave de la góndola contra el pasto. No hubo rechinido de llantas, solo un montón de tipos del equipo de tierra corriendo para agarrar las cuerdas y anclarnos, como si estuvieran atrapando a una bestia salvaje. —¡Tierra firme! —grité, queriendo besar el suelo como el Papa.

Bajamos las escaleras metálicas. Mis piernas temblaban un poco, no de miedo, sino de esa sensación de “piernas de mar” que te da cuando has estado flotando demasiado tiempo. Chandler corrió hacia nosotros. —¡Pensé que se iban para siempre! —exclamó, medio en broma. —Casi, hermano. Casi nos quedamos a vivir en las nubes —le dije, dándole un abrazo. Olía a pasto y a gasolina. Olía a realidad.

Capítulo 2: La Cruda de la Opulencia

Caminamos hacia las camionetas que nos llevarían de regreso a la civilización. El equipo de producción estaba desmontando cámaras, guardando micrófonos. La magia del cine (o de YouTube) se estaba desvaneciendo. Y ahí, sentado en el asiento trasero de una SUV, me golpeó.

La “cruda” de lujo.

¿Saben lo que es eso? Es como cuando vas a una boda fresa, tomas champagne, comes langosta, bailas con gente guapa, y al día siguiente despiertas en tu cama, con el ventilador haciendo ruido y un perro ladrando en la calle. Es el golpe de realidad. Durante las últimas 12 horas, mi estándar de vida se había disparado a la estratosfera. Mi cerebro se había acostumbrado a que, si quería algo, aparecía una azafata privada para dármelo. Me había acostumbrado a tener espacio para hacer “jumping jacks” en un avión .

Y ahora, el tráfico. Estábamos atorados en el tráfico de salida del evento. Cláxones, humo, gente vendiendo chicles en los semáforos. —Oigan —dije, rompiendo el silencio en la camioneta—. ¿Alguien más siente que ahora la vida normal va a ser… decepcionante? Todos se rieron, pero era una risa nerviosa. —Yo solo quiero mis tacos —dijo uno. —Sí, pero imagínate comer esos tacos en el jet privado, con la tele en el baño —countero otro.

Empezamos a debatir. Y aquí es donde la mente mexicana empieza a trabajar. Empezamos a deconstruir la experiencia, a analizar qué valió la pena y qué fue pura faramalla. Porque sí, mucho lujo, mucha seda y mucho mármol, pero ¿qué es lo que realmente te llena el corazón (y la tripa)?

Capítulo 3: El Gran Análisis – Desmenuzando los Millones

Para entender realmente lo que acabamos de vivir, tengo que desglosarlo, nivel por nivel, ahora que tengo los pies en la tierra y la cabeza fría. Si alguna vez tienen la oportunidad (o la mala suerte) de elegir cómo volar, aquí les va la guía definitiva del “Mexicano en las Alturas”.

Nivel 1: El Avión de $1 Dólar (20 Pesos) – La Ruleta Rusa Recordar esto me da escalofríos. .

  • La experiencia: Imagina que te subes a una bicicleta, le pegas un motor de licuadora con cinta canela y te avientas por un barranco. Eso fue.

  • El sonido: Como una podadora de césped enojada . No inspiraba confianza. Inspiraba ganas de rezar el Rosario completo.

  • La comodidad: Cero. Te sentabas prácticamente en el aire. El viento te cacheteaba . Si el piloto Doug estornudaba, te caía encima.

  • El veredicto: ¿Vale la pena? Solo si tienes tendencias suicidas o si quieres apreciar el simple hecho de estar vivo. Por 20 pesos, obtienes una anécdota increíble y un trauma leve. Es como comer tacos de muerte lenta afuera del metro a las 3 AM: sabes que es mala idea, pero lo haces por la aventura. Jamás lo volvería a hacer, pero no me arrepiento de haber sobrevivido. Doug es un crack, pero su avión es una trampa mortal con alas.

Nivel 2: Primera Clase de $1,000 USD (20,000 Pesos) – El “Fresa” Promedio Aquí es donde la cosa se puso civilizada .

  • La experiencia: Te sientes especial, pero no tan especial. Eres el rey del vuelo comercial, pero sigues siendo ganado.

  • La comodidad: El asiento se hace cama . Eso es un paro (gran ayuda). Dormir horizontal en un avión es un lujo que debería ser derecho humano. Te dan pijama y bolsitas con cremas que nunca vas a usar pero que te robas “por si acaso” .

  • La comida: Decente. Mejor que el sándwich aplastado de clase turista, pero tampoco es el Pujol.

  • El problema: La privacidad. Ese vidrio bajito . Sentía las miradas de envidia de los que pasaban hacia atrás. Es incómodo. Es como comer delante de los pobres. Te sientes un poco culpable.

  • El veredicto: Si tienes el varo, o si la empresa paga, jalo. Llegas descansado. Pero pagar 20 mil pesos de mi bolsa solo para dormir un rato… híjole, me duele el codo. Con eso me compro una moto.

Nivel 3: Primera Clase de Lujo de $10,000 USD (200,000 Pesos) – El Exceso Árabe Esto ya fue una grosería .

  • La experiencia: Aquí es donde pierdes la noción de la realidad. Tienes tu propio minibar. Tienes una tele más grande que la de mi sala .

  • El baño: ¡La regadera! . Bañarse a 30,000 pies es algo que mi cerebro reptiliano no podía procesar. Estaba desnudo, enjabonándome, volando sobre el Atlántico. Es la cúspide de la civilización y, al mismo tiempo, una tontería monumental. ¿Realmente necesitas bañarte en un vuelo? No. ¿Es chido? Cañón.

  • La estafa: El internet. Pagas 200 mil pesos por el boleto y te cobran 400 pesos por el Wi-Fi . Eso es no tener madre. Es como comprar un Ferrari y que te cobren las llantas aparte.

  • El veredicto: Este fue mi favorito “realista”. Tienes privacidad (puertas que cierran), comida ilimitada y la ducha. Si fuera millonario, aquí viajaría. Es lujo, pero funcional.

Nivel 4: La Residencia de $25,000 USD (500,000 Pesos) – El Departamento Volador Medio millón de pesos. Piensen en eso. Medio. Millón. .

  • La experiencia: Tienes tres cuartos. Sala, dormitorio y baño propio. Tienes mayordomo . Te sirven caviar aunque sepa a pescado salado y no te guste .

  • La cama: Una cama Queen real . No un asiento que se reclina. Una cama con colchón. Dormí mejor ahí que en mi casa.

  • La decepción: El baño era peor que el del vuelo de 10 mil dólares. Sin regadera, sin piso caliente . Ahí te das cuenta de que más caro no siempre es mejor.

  • El veredicto: Una estupidez. Como dije en el video, mejor cómprate un coche . Pagar medio millón por 12 horas de vuelo es un insulto a la pobreza. Sí, está increíble, pero te sientes solo. Estás aislado en tu palacio de nubes. Le falta alma.

Nivel 5: El Jet Privado de $100,000 USD (2 Millones de Pesos) – El Sueño Guajiro Aquí es donde te sientes Tony Stark .

  • La experiencia: No hay reglas. Haces lo que quieres. Caminas, gritas, pones música. Es tu casa.

  • El baño: Inodoro con TV . Puedes ver las noticias mientras haces tus necesidades. Eso es poder.

  • La comida: Pizza y bistec . La combinación de campeones. Comer pizza grasosa en un asiento de cuero fino es mi definición de éxito.

  • Lo mejor: Encerrar a tus amigos en el baño . La convivencia. En los vuelos comerciales, el lujo te aísla. En el jet privado, el lujo es compartido. Es una fiesta en el cielo.

  • El veredicto: Si tuviera el dinero de Elon Musk, tendría uno. No por el lujo, sino por el tiempo. No haces filas, no te quitas los zapatos en seguridad . Llegas, subes y te vas. Eso es lo que realmente compran los ricos: tiempo. Y privacidad para hacer tonterías con sus amigos.

Nivel 6: El Dirigible de $300,000 USD (6 Millones de Pesos) – La Broma Maestra El más caro y el más lento .

  • La experiencia: Flotar. Ver el mundo despacito.

  • El propósito: Ninguno. Es inútil para viajar. Es solo para presumir o, en nuestro caso, para trolear.

  • El veredicto: Es arte performativo. Gastar esa lana para poner un mensaje sobre la mamá de Karl es la mejor inversión de comedia que he visto. No es transporte, es una declaración de principios: “Tengo tanto dinero que puedo gastarlo en aire caliente y chistes”.

Capítulo 4: La Filosofía del Taco y el Valor del Dinero

Después de horas de tráfico, llegamos a la taquería. No era un lugar de lujo. Era “Los Primos” o “El Paisa”, con sillas de plástico rojo y servilleteros de metal que pellizcan los dedos. Nos sentamos. El olor a carne al pastor, cilantro, cebolla y piña nos recibió como un abrazo maternal.

Pedimos una orden de cinco con todo para cada uno y sus respectivas cocas de vidrio bien frías. —¿Saben qué? —dije, mordiendo mi primer taco y sintiendo cómo la salsa verde me quemaba rico la lengua—. Esto sabe mejor que el caviar del avión de 25 mil dólares.

Todos asintieron con la boca llena. —Neta sí —dijo Karl—. El caviar sabe a mar. Esto sabe a gloria.

Ahí, entre mordidas y tragos de refresco, empezamos a filosofar. Nos dimos cuenta de algo importante sobre la riqueza. La gente piensa que ser rico es tener cosas. Tener el avión, tener el reloj, tener la ropa. Pero después de probarlo todo en un día, me di cuenta de que las “cosas” te aburren rápido. La cama del avión de medio millón estaba cómoda, sí, pero me desperté igual que siempre. El baño con tele estaba chistoso, pero al final, es solo un baño.

Lo que realmente valió la pena no fue el lujo per se, sino con quién lo compartí. El vuelo de un dólar fue terrorífico, pero ver la cara de miedo de Doug y reírnos de nuestra propia estupidez fue impagable. El jet privado fue increíble no por los asientos de cuero, sino porque pudimos aventarnos almohadas, comer pizza y burlarnos de Nolan atrapado en el baño. El dirigible fue épico no por la tecnología, sino por la broma de la mamá de Karl.

El dinero, concluimos mientras pedíamos otra ronda de tacos, es un amplificador. Si eres aburrido y tienes dinero, te aburrirás en primera clase. Si eres un amargado, te amargarás en tu mansión. Pero si tienes buenos amigos y ganas de echar desmadre, puedes divertirte igual en una avioneta destartalada que en un jet de cien mil dólares. Claro, en el jet es más cómodo y huele mejor, pero la risa es la misma.

—¿Volverían a hacerlo? —les pregunté. —¿El vuelo de un dólar? ¡Ni loco! —gritó uno. —¿El jet privado? Mañana mismo —dijo otro.

Pero había algo más. Una sensación de gratitud extraña. Durante el vuelo de $10,000 dólares, cuando me estaba bañando, me miré al espejo y pensé en mi yo de hace 10 años. Ese chavito que juntaba monedas para el camión. Si le hubiera dicho “güey, un día te vas a bañar en un avión sobre las nubes”, me hubiera tirado de a loco. México es un país de contrastes brutales. Vemos la riqueza extrema y la pobreza extrema conviviendo en la misma calle. Haber vivido ambos extremos en 24 horas me dejó un sabor agridulce.

Me sentí culpable. Sí, lo admito. Pensar que lo que costó mi boleto de “La Residencia” podría comprar una casa para una familia entera me hizo sentir sucio. Es el dilema moral del éxito. ¿Está bien disfrutar tanto cuando hay tanta necesidad? Jimmy, que siempre va un paso adelante, parece entender esto. Por eso usa estos videos locos para financiar cosas buenas. El dinero del dirigible salió de un patrocinio, y las vistas del video pagarán pozos de agua en África o cirugías para gente que no ve. Es un ciclo extraño: gastamos dinero a lo estúpido para entretener a la gente, para ganar dinero, para ayudar a la gente. Es el Robin Hood moderno y digital.

Capítulo 5: El Regreso a Casa y la Lección Final

La cena terminó. Pagamos la cuenta. Fueron como 500 pesos por todos. Menos de lo que costaba el Wi-Fi en el avión árabe. Nos reímos de la ironía.

Me subí a un Uber para ir a mi casa. No era una limusina. El chofer escuchaba cumbias a todo volumen y el auto olía a aromatizante de pino barato. Y me sentí… en casa. Me recargué en la ventana y vi la ciudad pasar. Las luces de los puestos callejeros, la gente caminando cansada de trabajar, las parejas besándose en las esquinas. Saqué mi celular y empecé a ver las fotos y videos del día. Yo gritando en la avioneta. Yo con la bata de baño en el cielo. Yo brincando en la cama queen size. La foto del dirigible con el mensaje a la mamá de Karl.

Sonreí como idiota. “Nadie me va a creer esto”, pensé. Pero luego recordé que todo estaba grabado. Millones de personas lo verían. Pero ellos solo verían la edición rápida, los cortes divertidos, la música emocionante. No sentirían el miedo real del motor fallando, ni la textura de las sábanas de hilo egipcio, ni el silencio incómodo de la soledad en primera clase, ni el sabor de la pizza fría en el jet. Eso era mío. Esas sensaciones se quedaban conmigo.

Llegué a mi departamento. Abrí la puerta. Todo estaba igual. Mi sillón viejo, mi tele normal, mi refri que hace ruido. Me tiré en mi cama. No era “La Residencia”. No había azafata para traerme agua. Pero estaba en mi casa. Cerré los ojos y, por un momento, sentí que la cama se movía, como si todavía estuviera en el dirigible. El efecto del “mal de tierra”.

Pensé en Doug, el piloto loco del avión de un dólar. Probablemente ya estaba en su casa, contando sus 20 pesos, feliz de seguir vivo. Pensé en las azafatas del vuelo de 25 mil dólares, que deben ver a gente rica y caprichosa todos los días y probablemente se burlan de ellos en secreto. Pensé en Thomas, el nuevo editor, cuya vida acababa de cambiar por una llamada telefónica desde un globo.

La vida es un viaje, literal y figurativamente. A veces vas en primera clase, a veces vas colgado de la puerta del microbús. A veces te toca caviar y a veces te tocan frijoles. Lo importante no es el asiento que te toca, sino no perder la capacidad de asombrarte. Hoy aprendí que el miedo a morir (en el avión de $1) te hace sentir más vivo que la seguridad absoluta del lujo. Aprendí que la comodidad extrema (en el avión de $25k) puede ser aburrida y solitaria. Y aprendí que la verdadera felicidad (en el jet y el dirigible) está en el desmadre, en la risa compartida y en la libertad de ser tú mismo, tengas un peso o un millón en la bolsa.

Epílogo: ¿Qué sigue?

Mañana me levantaré, me haré un café soluble y me sentaré a editar este video. Volveré a mi rutina. Pero algo cambió. Ya no veo los aviones en el cielo igual. Antes los veía como tubos de metal inalcanzables. Ahora sé lo que hay dentro. Sé que allá arriba hay alguien bañándose, alguien comiendo pizza y alguien durmiendo en una cama mejor que la mía. Y también sé que, en algún lugar, hay un loco en una avioneta de cartón desafiando a la muerte por unas monedas.

Y yo estoy aquí, en medio. Con mis tacos, mis amigos y una historia que contar. ¿Saben qué? Me quedo con esto. Me quedo con la taquería. Me quedo con el Uber con cumbias. Porque el lujo es prestado. El jet aterriza, la champaña se acaba, el dirigible se desinfla. Pero las historias… las historias duran para siempre. Y esta, mis amigos, fue una historia de altura.

Si alguna vez tienen 20 pesos y ven a un tipo llamado Doug con una avioneta que parece papalote… córranle. O súbanse. Depende de qué tantas ganas tengan de vivir una anécdota. Pero si tienen 25 mil dólares… invítenme los tacos. Nos va a rendir más.

Gracias por volar con nosotros en esta locura. Abrochen sus cinturones, porque la vida real tiene más turbulencia que cualquier avión, pero la vista… la vista siempre vale la pena.

¡Vámonos, que aquí espantan!

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