
—¡Diez segundos, Beto! ¡Dame algo o no hay lana! —gritó Jimmy, con esa sonrisa que mezcla generosidad con sadismo.
El corazón se me subió a la garganta. Apenas llevaba 24 horas en aquel cuarto. Un búnker de concreto que habían amueblado como si fuera el departamento de soltero soñado en la Condesa, pero sin ventanas.
Todo parecía un juego de niños al principio: “Sobrevive aquí y te doy 200 mil pesos cada día”. ¿Quién en su sano juicio diría que no? Pensé en las deudas, en la casa para mi jefecita, en el anillo para Kenna. Dije que sí sin pensarlo.
Pero entonces, la regla cambió.
Jimmy entró con un fajo de billetes que olía a tinta fresca y a libertad, pero lo retuvo en el aire.
—No es tan fácil, carnal. Para cobrar hoy, tienes que dejarme sacar una cosa de este cuarto. Tienes diez segundos. Nueve… ocho…
Me quedé paralizado. Miré a mi alrededor. Tenía de todo: una batería, un jacuzzi, una mesa de billar, una máquina de helados industrial que hacía un ruido infernal pero sabía a gloria.
—¡Tres… dos…! —la voz de Jimmy retumbaba en las paredes.
El pánico me nubló la vista. No era por el objeto, era por el control. Me di cuenta de que no era mi casa; era su jaula.
—¡Ya, llévate la máquina de helados! —grité, señalando el armatoste metálico.
Los chalanes de Jimmy entraron como hormigas, cargaron la máquina y se la llevaron entre risas. El portón de acero se cerró con un golpe seco que resonó en mis huesos. Clang.
Silencio total.
Me quedé ahí, con 200 mil pesos en las manos, sintiéndome el hombre más rico y a la vez más estúpido del mundo. Miré el resto de mis cosas. Quedaban 24 objetos. Si quería salir de aquí millonario, iba a terminar durmiendo en el suelo frío, sin nada más que billetes para taparme.
Me acerqué a la única foto que tenía de Kenna, pegada en la pared.
—No dejes que me lleven esto —susurré, sintiendo cómo el encierro empezaba a arañar mi cordura.
Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue cuando Jimmy regresó al día siguiente, miró la batería donde desahogaba mi ansiedad y dijo: “¿Y ahora qué sigue?”.
Sabía que tarde o temprano, me pediría lo único que me mantenía cuerdo.
¿ESTÁS DISPUESTO A PERDERLO TODO POR DINERO O HAY COSAS QUE NO TIENEN PRECIO?!
Crónicas del Encierro: El Precio de la Cordura (Días 2 al 15)
Día 2: La Estrategia del Desapego
Después de que se llevaran la máquina de helados, el silencio en el cuarto cambió. Ya no era un silencio de paz, era un silencio de ausencia. Me desperté con esa sensación rara de no saber dónde estás, hasta que vi las paredes de concreto gris. Me subí a la caminadora para quemar la ansiedad, tratando de convencerme de que esto era pan comido. “Solo corre, Beto, corre hacia los billetes”, me decía.
Pero Jimmy no tardó en aparecer. Esa sonrisa suya es peligrosa. Me soltó la bomba: ya no era solo sobrevivir; era un intercambio. Él me daba diez mil dólares (casi 200 mil pesos, ¡imagínense!), pero yo tenía que darle un objeto. Y no cualquier cosa, tenía que ser algo que doliera.
Me puse a analizar mi entorno como un general en guerra. Tenía 24 ítems restantes. Miré el pizarrón blanco. Lo usaba para contar los días, para dibujar tonterías, para no sentirme solo. Pero luego miré las paredes. Blancas, enormes, vacías.
—A ver, piensa, cabrón —me dije—. Si me quitan el pizarrón, todavía tengo los plumones. Puedo escribir en las paredes como un prisionero de película o un artista loco.
Así que cuando llegó el momento del sacrificio, señalé el pizarrón. —Llévatelo —le dije a Jimmy, haciéndome el valiente—. Puedo escribir en los muros. Él se rió, como si supiera que poco a poco me estaba orillando a vivir como un animal en una jaula. Se llevaron el pizarrón y, en un acto de rebeldía, empecé a rayar las paredes. “Día 2”, escribí con letras gigantes. Sentí una pequeña victoria, pero en el fondo sabía que mi mundo se estaba haciendo más pequeño.
Día 3 y 4: El Chef, la Foto y el Dolor
Para el tercer día, la comida de microondas me tenía harto. Y como si Jimmy me leyera la mente —o más bien, como si quisiera ablandarme—, trajo a un chef privado. Se llamaba Carl.
—Este compa te va a cocinar lo que se te antoje —me dijo Jimmy.
No tienen idea lo que es oler un corte de carne recién hecho después de días de encierro. El olor a ajo, mantequilla y romero inundó el búnker. Me sirvieron un platillo que parecía sacado de un restaurante de Polanco. —¡No manches! —exclamé con el primer bocado—. Es lo mejor que he probado en mi vida.
Estaba en el cielo, comiendo como rey, olvidando por un momento dónde estaba. Pero Jimmy, ese genio malvado, sabía cuándo golpear.
—Te doy otros 5,000 dólares si dejas que Carl elija el siguiente objeto que se va.
Cinco mil dólares extra. Cien mil pesos más por dejar que el cocinero decida. Mi avaricia pudo más que mi prudencia. “Dale”, dije con la boca llena. “Tres, dos, uno…”.
Carl, con una frialdad que me heló la sangre, señaló la pared. —La foto de él con su hermana.
Se me cayó el tenedor. —¿Neta, Carl? —le grité. Sentí un hueco en el estómago que ni el mejor filete podía llenar. Esa foto era mi ancla. Ver la cara de mi hermana me recordaba quién era yo afuera de este cubo. —Quedará genial en mi sala —dijo el muy cínico.
Cuando descolgaron el cuadro, sentí que me arrancaban un pedazo de piel. Me quedé mirando el clavo vacío en la pared. Ahora solo me quedaba la foto de mi novia, Kenna. Me aferré a esa imagen como un náufrago a una tabla. —Me voy a volver loco —murmuré—. Esa es la única vez que puedo ver a mi novia, mirando esa foto.
Jimmy se fue, alegando que tenía que grabar un video sobre tiburones, y me dejó a merced de Carl. “¿O sea que estoy a cargo?” preguntó Carl con una sonrisa maliciosa. “Ya valiste”, pensé.
Día 5: La Furia y el Error del Millón
La tensión se acumulaba en mis hombros como sacos de cemento. Necesitaba sacar la rabia. Tenía una batería, un set de percusión bastante decente que había sobrevivido las primeras purgas. Me senté tras los tambores y empecé a tocar. No era música, era ruido. Era frustración pura.
Le pegué a los platillos con tanta fuerza que sentí la vibración en los dientes. ¡Pum! ¡Pum! ¡Tras! —¡Sácalo todo, Beto! —me grité a mí mismo.
En un arranque de furia rockera, pateé el bombo y tiré los toms al suelo. Rompí la batería. El estruendo fue magnífico. Me quedé jadeando entre los escombros de metal y madera. Jimmy entró, viendo el desastre. —¿Mentalmente estás bien? —preguntó, medio en broma, medio en serio. —Sí, güey. De hecho, saqué mucha ira, me siento bien suelto —le contesté, sudando.
Decidí que la batería sería el objeto del día. Ya estaba rota, ¿para qué la quería? Se la llevaron.
Lo que no sabía en ese momento, y me enteré mucho después viendo el video ya editado, es que me jugaron la broma más cruel de la historia. Dentro de la guitarra, que todavía estaba en el cuarto, habían escondido un cheque por cien mil dólares. Si hubiera roto la guitarra o la hubiera entregado sin revisar, habría perdido una fortuna. Pero ese día, mi ignorancia me salvó… o tal vez me condenó a seguir en el juego sin ese bono extra.
Día 6 al 8: El Tiempo se Derrite
A partir del sexto día, el tiempo dejó de existir. Sin ventanas, sin reloj, mi ritmo circadiano se fue al diablo. Dormía a ratos, despertaba sin saber si era amanecer o anochecer.
Me contaron después que mi cuarto se había vuelto un chiquero, lleno de ropa sucia y envases. Jimmy, en un acto de “piedad”, mandó un equipo de limpieza mientras yo dormía. Entraron con aspiradoras, trapeadores, movieron cosas… y yo ni me enteré. Estaba en un coma profundo provocado por el aburrimiento y el agotamiento mental.
Me desperté a las 6:00 PM pensando que era de mañana. —Buenos días, Josh —me dijo Jimmy (siempre me llamaba por mi nombre en inglés para el show, pero yo me sentía más Beto que nunca). —¿Qué hora es? —pregunté, tallándome los ojos. —Son las seis de la tarde, dormilón. Toma tus 10 mil dólares. ¿Qué se va hoy?.
Miré a mi alrededor. Mis opciones se agotaban. Vi el lanzallamas. Sí, tenía un maldito lanzallamas en el cuarto. ¿Por qué? Quién sabe. Nunca lo usé. —El lanzallamas. Que se vaya. Adiós al fuego. Mi mundo se volvía más estéril cada día.
Día 10: Distorsión y Compañía
El día diez fue un punto de quiebre. Empecé a ver cosas raras. Me miraba en el espejo y sentía que mi cara se derretía o se distorsionaba. La soledad es un veneno lento. Le hablaba a las cámaras, le hablaba a mis zapatos. —Chris, enséñame el mundo exterior —le supliqué a uno de los chicos de producción a través del micrófono.
Chris abrió la puerta un segundo. Solo vi oscuridad. —No se ve nada más que el cielo negro —me dijo. —¿Ya es de noche? —pregunté, aterrado. Había perdido toda noción de la realidad.
Entonces, Jimmy decidió apiadarse (o torturarme de otra forma). —Si Nolan pasa las próximas 24 horas contigo, te doy 10 mil extra hoy.
¡Gente! ¡Un ser humano real! Nolan entró al búnker. —¿Yo también recibo dinero? —preguntó Nolan. —No, solo él —dijo Jimmy. Pobre Nolan, lo metieron gratis al infierno.
Pero no me importaba. Tenía con quien hablar. Nos sentamos en el jacuzzi, dos vatos platicando de la vida mientras el agua burbujeaba. —No debiste deshacerte de la batería, güey —me dijo Nolan. —Ya sé, ya sé —le contesté.
Hicimos un concurso de clavadas con una canasta improvisada, platicamos puras tonterías. Por un momento, olvidé el encierro. Pero Nolan se desesperó rápido. —Ya me voy, voy a apretar el botón —bromeó, acercándose al botón rojo de salida. —¡No, no, cálmate! —salté como resorte. Si él se iba, mi mente colapsaba.
Para celebrar los 10 días, metieron un pastel gigante de 10 mil dólares. Era una monstruosidad de cinco pies de altura. —¡Cómetelo! —me gritaban. El pastel sabía bien, pero lo mejor eran las barras de chocolate Feastables que le pusieron encima. (Tengo que admitir, el chocolate estaba mejor que el bizcocho seco). Terminó el día, Nolan se fue, y mi cuenta subió a 115 mil dólares. Me sentía rico, pero el silencio volvió más pesado que antes.
Día 12: La Visita que Rompió mi Corazón
Llegamos al día doce. La euforia de Nolan se había esfumado. La tristeza me pegó duro. Extrañaba a Kenna. Llevábamos seis años juntos y nunca habíamos estado separados tanto tiempo.
Jimmy notó mi bajón. —Josh está súper solo —le oí decir a la cámara.
Entró con una propuesta que me hizo temblar. —¿Prefieres que te dé otros 10 mil en un maletín… o que venga tu novia a dártelo, pero el maletín solo tenga cinco mil?.
¿Era una pregunta real? ¿Cinco mil dólares menos por ver a la mujer que amo? —¡¿Está aquí?! —pregunté, ignorando el dinero. —Sí, justo afuera. —¡Me valen los cinco mil! ¡Que pase!.
La puerta se abrió. Y ahí estaba ella. Kenna. —¡Oh, Dios mío! —grité. Corrí hacia ella, pero había un problema. Habían puesto una barrera, o tal vez fue la regla de no contacto físico total, todo era confuso. Ella traía el maletín. —Deja eso, no me importa —le dije, tirando el dinero a un lado.
La abracé como si fuera el último oxígeno del planeta. Olía a su perfume, a casa, a realidad. —Se ven tan felices —dijo alguien del equipo. —Siento que mientras sepa que estás bien allá afuera, yo voy a estar bien aquí adentro —le dije, con la voz quebrada. Era surrealista tenerla ahí.
Pero Jimmy, el guardián del tiempo, interrumpió. —Odio arruinar el momento, pero el temporizador de 10 minutos se acabó.
—¡No! —grité. —¡Qué rápido! —dijo Kenna. —Te amo, adiós —me dijo mientras la sacaban.
Cuando la puerta se cerró de nuevo, el dolor fue físico. —No sé si esto me ayudó o me hizo daño —confesé a la cámara, tocándome el pecho—. Me duele. Me duele de verdad.
Día 13: La Apuesta y El Anillo
El dolor de ver irse a Kenna se transformó en determinación. Recordé una apuesta estúpida que hice con Chandler antes de entrar. —Te apuesto 10 mil a que duro más de 10 días —le había dicho. —Trato hecho —dijo él.
Ahora, en el día 13, yo había ganado. Pero no quería ese dinero para gastarlo en tonterías. Tenía un plan. Llamé a Chris y a Chandler. —Oigan, gané la apuesta. Pero quiero que tomen esos 10 mil, y otros 10 mil de mis ganancias… tomen estos 20 mil dólares y vayan a comprar un anillo.
Se quedaron callados. —¿Un anillo? —Sí. Voy a proponerle matrimonio a mi novia al final de este video.
—¿Confías en estos hooligans para comprarte un anillo? —preguntó Jimmy, incrédulo. —No confío, pero no tengo otra opción —respondí honestamente.
La verdad es que estar encerrado me hizo darme cuenta de lo valioso que es el tiempo. Llevaba años queriendo hacerlo, pero siempre ponía excusas. “Cuando tenga más dinero”, “cuando sea el momento perfecto”. Bueno, el momento perfecto no existe, pero el amor sí. Ya no quería esperar más.
Los chicos fueron a una joyería local. Según me contaron después, Chris y Chandler negociaron como tiburones y consiguieron exactamente lo que yo quería. Cuando volvieron y me mostraron el anillo a través del cristal de seguridad (o tal vez me lo pasaron un momento, mi memoria es borrosa), me quedé helado. —Es exactamente lo que quería —dije, admirando la piedra—. Literalmente no puedo dejar de verlo.
Pero tener el anillo ahí fue una tortura doble. Ahora tenía el motivo perfecto para salir, pero tenía que quedarme para pagar la boda y la casa. —Cada día que paso aquí es como si me estuviera reteniendo de estar comprometido —pensé.
Día 15: La Llamada y la Caída
Para el día 15, ya había acumulado 160 mil dólares. Jimmy estaba fuera de la ciudad, así que me hizo una videollamada. —¡Hola amigo! —dijo desde la pantalla de una tablet que me pasaron. Junto a él estaba Jake Paul. Sí, el boxeador/youtuber. —¿Ese es Jake Paul? —pregunté, frotándome los ojos. Ya no sabía si alucinaba. —¡Estás ganando en la vida! —me gritó Jake.
Fue un momento breve de emoción, pero la realidad de mi entorno volvió a golpearme. Me quedaban solo nueve ítems. El sillón reclinable ya se había ido. Mi cuarto se veía enorme y vacío.
Decidí deshacerme del set de Realidad Virtual (VR). —Me veo estúpido jugando VR —me dije. Además, ya me estaba mareando—. Adiós al VR.
Pero entonces, mi cuerpo empezó a fallar. No era solo cansancio mental. Me sentía físicamente enfermo. Me dolía la garganta, sentía el cuerpo cortado. —Es la falta de aire fresco —le dije al médico que entró a revisarme—. Me siento enfermo.
La idea de apretar el botón rojo empezó a bailar en mi cabeza. —Llorón, soy Josh —me burlaba de mí mismo—. Estoy ganando cientos de miles de dólares por echarme en un cuarto y no hacer nada. Pero no era “hacer nada”. Era luchar contra tu propia mente. —Es muy difícil, deberías irte —me dijo Jimmy en una de sus visitas, usando psicología inversa. —No, no puedo —le respondí. Tenía que aguantar por Kenna. Por el anillo.
Día 16: El Desastre del Jacuzzi (La Gran Demolición)
Llegó el día en que tomé una decisión drástica. Miré el jacuzzi. Ocupaba mucho espacio, hacía ruido y ya casi no lo usaba porque el agua estaba rara. —El ítem que se va hoy es el jacuzzi —anuncié.
Jimmy se frotó las manos. —Tú estás a cargo de sacarlo —le dijo a Chris—. Enciendan las luces.
El problema es que el jacuzzi no cabía por la puerta. —No creo que quepa —dijo alguien. —¿No sería más fácil drenarlo y desarmarlo en el cuarto? —sugirió alguien con sentido común. —¿No sería más fácil preocuparte por ti mismo? —le contestó Chris, que ya traía el modo destrucción activado.
Lo que pasó a continuación fue una escena de terror y comedia. Chris trajo un montacargas. ¡Un maldito montacargas adentro del set! —Creo que puedo embestirlo con el montacargas y simplemente caerá —dijo Chris.
Yo me replegué contra la pared más lejana. —¡Oh, Dios mío! ¡No! —grité. El motor rugió. El metal crujió. Chris embistió el jacuzzi. El sonido fue ensordecedor. Madera rompiéndose, fibra de vidrio estallando. —Honestamente, Jim, esta es la mayor emoción que he tenido en todo el tiempo que he estado aquí —admití, viendo el caos. Era entretenido ver a alguien más ser el idiota por un rato.
Pero Chris perdió el control. —¡Oh, Dios, mi cuarto! —grité cuando el montacargas golpeó una pared. De repente, el piso crujió. —¿Estoy atravesando el piso? —preguntó Chris, pálido. —¡Estás a punto! —le gritaron. El montacargas rompió la tarima, se hundió en el suelo falso. Hubo gritos, pánico real. —¡Sácalo, vete! —Jimmy gritaba.
Finalmente, lograron sacar los restos del jacuzzi y el montacargas. Mi “departamento” quedó en ruinas. Había marcas de llantas en el piso, agujeros, agua por todos lados. —Mira este lugar. Siento que vivo en una zona de construcción —dije, caminando entre los escombros.
Las marcas de neumáticos le daban “carácter”, según Jimmy, pero para mí, era la señal de que el final estaba cerca. Mi refugio se había convertido en un basurero industrial.
El Final: La Mesa de Billar y La Libertad
Había olvidado los garrafones de agua que tiré encima de una estructura alta para rellenar el jacuzzi días atrás. Ahora colgaban ahí como gárgolas burlonas. Me subí a la estructura para bajarlos o simplemente para alejarme del desastre del suelo. —¡Luces encendidas! ¿Qué onda, Josh? —escuché a Jimmy. —¡Estoy aquí arriba, Jim! —le grité desde las alturas.
Jimmy me mostró el dinero del día. —Aquí tienes tus 10 mil. ¿Qué objeto vas a dar hoy?.
Miré hacia abajo. Quedaba la mesa de billar. Era hermosa, pesada, verde. Pero ya no tenía sentido tenerla en una zona de guerra. —Creo que va a ser la mesa de billar hoy —dije, bajando con cuidado.
Pero al poner los pies en el suelo, algo hizo clic en mi cerebro. Vi el anillo en mi mente. Vi a Kenna. Vi el cheque gigante imaginario. Vi las ruinas de mi cordura.
—Jimmy, ¿puedes bajarme primero? —pedí. Y luego, solté la verdad que llevaba días guardando—. Jimmy, no… ya no quiero estar aquí.
Se hizo un silencio. —Entonces vete. Acabo de hacerte rico —me dijo él, directo.
Sentí un alivio que recorrió mi columna vertebral, más intenso que cualquier masaje. —Sí, lo sé. Gracias, Jim. Neta, eres el mejor —le dije, y lo decía en serio. A pesar de la tortura, me había cambiado la vida.
—Te quiero —me dijo. —Hablando de amor… hablé con tu novia —añadió él con una sonrisa cómplice.
Sabía lo que venía. Era el momento. Tomé el anillo, tomé mi libertad y salí de esa caja de concreto hacia la luz del sol (o de los reflectores). Había sobrevivido. Tenía el dinero, tenía el anillo, y tenía una historia que nadie me creería si no estuviera grabada.
Pero esa, mis amigos, es la historia de cómo gané una fortuna perdiendo todo lo demás, paso a pasito, día a día, hasta que solo quedé yo y mi voluntad de salir para hincarme ante la mujer que amo.
Reflexión Final de Beto (Epílogo Interno)
Ahora que estoy afuera, veo las cosas diferentes. La gente piensa: “Uy, qué fácil, yo me aviento un mes”. No tienen idea. Cuando te quitan el sol, cuando te quitan tu privacidad, cuando te obligan a decidir entre tu comodidad y tu futuro financiero cada 24 horas, algo cambia en tu cerebro.
El dinero es chido, no lo niego. Pagar las deudas de mi familia se sintió increíble. Pero ese momento en que el montacargas casi nos mata a todos, o ese instante en que vi a Kenna tras el vidrio… eso me enseñó que la lana no sirve de nada si estás solo en una caja vacía.
Salí con los bolsillos llenos, sí. Pero salí valorando más un taco en la calle con mis compas que cualquier banquete de chef privado en soledad. Y si me preguntan si lo volvería a hacer… Híjole. Por esa cantidad de varo, tal vez sí. Pero esta vez, pediría que me dejen quedarme con la foto de mi hermana desde el principio.
¿Y el anillo? Bueno, esa es otra historia, pero les adelanto que el “Sí” valió cada segundo de encierro.
Crónicas del Encierro: El Renacer de Beto (El Gran Escape y La Promesa)
Capítulo 1: El Peso de la Libertad
—Jimmy, no… ya no quiero estar aquí.
Esas palabras salieron de mi boca y, por un segundo, sentí que el tiempo se detenía. No era el tiempo distorsionado del cuarto, ese que se estiraba como chicle en los días de aburrimiento; era un silencio absoluto, el tipo de silencio que precede a una explosión.
Jimmy me miró. No había juicio en sus ojos, solo esa chispa de entretenimiento y, quizás, un poco de alivio. —Entonces vete. Acabo de hacerte rico.
La frase me golpeó más fuerte que el olor a ozono y madera quemada que había dejado el desastre del montacargas. “Rico”. La palabra rebotaba en las paredes de concreto que habían sido mi hogar, mi cárcel y mi banco durante semanas. Miré a mi alrededor una última vez. El caos era absoluto. Marcas de neumáticos en el piso, restos de lo que alguna vez fue un jacuzzi de lujo, la mesa de billar solitaria como un monumento al absurdo . Ese cuarto ya no era un set de grabación; era un campo de batalla donde yo había luchado contra mis propios demonios.
—Sí, lo sé, gracias Jim. Neta, eres el mejor.
Bajé de la estructura donde me había refugiado junto a los garrafones de agua. Mis piernas temblaban. No por miedo, sino por la adrenalina de saber que la puerta se abriría para no cerrarse jamás. La estructura de madera crujió bajo mis pies, un último quejido del escenario que se despedía de su protagonista.
Jimmy sonrió, esa sonrisa que millones ven en YouTube, pero que ahí, en corto, se sentía genuina. —Te quiero —me dijo. —Yo también, cabrón —pensé, aunque solo alcancé a asentir. La camaradería que se forma en situaciones extremas es rara. Él era mi carcelero y mi salvador al mismo tiempo.
Pero entonces, Jimmy soltó la carta que yo sabía que tenía bajo la manga, el as de oros que haría que todo este sufrimiento valiera la pena. —Hablando de amor, hablé con tu novia….
El corazón me dio un vuelco. Kenna. La imagen de su visita anterior, separada por barreras, con el cronómetro de diez minutos en mi contra, me vino a la mente como un flashazo doloroso. Aquella vez me había quedado con un sabor amargo, con la sensación de que el dinero me estaba costando lo más importante. Pero ahora… ahora tenía el anillo.
Me toqué el bolsillo. Ahí estaba. La cajita dura que Chris y Chandler habían comprado con mis ganancias. Ciento sesenta mil dólares ganados a pulso de locura, más el dinero de la apuesta. Todo se resumía a este momento.
Capítulo 2: El Túnel hacia la Realidad
Caminar hacia la salida fue una experiencia casi religiosa. Imaginen a un buzo saliendo a la superficie después de semanas bajo el agua; la presión cambia, la luz lastima, los pulmones arden.
Al cruzar el umbral de la puerta de acero, el aire cambió. Ya no olía a aire acondicionado reciclado ni al polvo de la construcción del set. Olía a… gente. A cables eléctricos calientes, a café rancio del equipo de producción, a libertad.
Las cámaras me seguían. Los camarógrafos, tipos que durante días fueron sombras mudas detrás de los cristales o lentes intrusos, ahora me sonreían. —¡Lo lograste, Beto! —escuché a alguien gritar. —¡Ese es mi gallo! —gritó otro.
Pero yo iba en piloto automático. Mis ojos buscaban una sola cosa. O más bien, a una sola persona. El pasillo del estudio parecía interminable. Mis pasos resonaban en el piso pulido, un contraste brutal con el concreto sucio de mi celda. Me sentía sucio, barbón, probablemente olía a tigre, pero me sentía más poderoso que nunca. Llevaba la “armadura” del sobreviviente: ropa cómoda, ojeras de mapache y una cuenta bancaria que cambiaría el destino de mi familia en México.
—Por aquí, Josh —indicó Jimmy, guiándome como un maestro de ceremonias.
Llegamos a un área más abierta del estudio. La iluminación era cálida, diseñada para el “momento emotivo”. Pero a mí me valía la producción. Me valían las luces. Ahí estaba ella.
No había barreras esta vez. No había cristal blindado. No había temporizador de diez minutos. Estaba parada allí, con esa expresión que mezcla preocupación y orgullo, la misma que ponía cuando me iba a trabajar doble turno para pagar la renta. Pero esta vez, la renta estaba pagada de por vida.
—¡Kenna! —mi voz se quebró. Salió rasposa, débil, pero cargada de todo lo que no había podido decir en semanas.
Ella corrió. Yo corrí. El choque de nuestros cuerpos fue lo único real que había sentido en lo que parecía una eternidad. Me aferré a ella como si la gravedad dependiera de su abrazo. —Estás aquí, estás bien —me susurró al oído. Su voz era la medicina que me faltaba. —Ya salí, mi amor. Ya acabó.
Capítulo 3: La Pregunta del Millón
Nos separamos un poco, lo suficiente para mirarnos a los ojos. Ella me acarició la cara, revisando cada nueva línea de expresión, cada rastro de cansancio. —Hueles horrible —dijo riendo, con lágrimas en los ojos. —Lo sé, es el perfume Eau de Encierro —bromeé, tratando de aligerar el nudo en mi garganta.
Jimmy, Chris, Chandler y todo el equipo estaban alrededor, manteniendo una distancia respetuosa pero con las cámaras rodando. Sabía que este era el clímax del video. Pero por primera vez, olvidé las cámaras.
Recordé la apuesta con Chandler. Recordé cuando le dije: “Quiero que compren un anillo porque voy a proponerle matrimonio al final de este video”. Recordé la ansiedad de pensar que no encontrarían el anillo correcto, y el alivio al verlo y pensar “es exactamente lo que quería”.
Di un paso atrás. Me temblaban las manos, y no era por el síndrome de abstinencia de la luz solar. Era el miedo puro y hermoso de jugársela todo por amor. Metí la mano en el bolsillo. Sentí la textura de terciopelo de la caja.
—Kenna —dije, y el estudio entero guardó silencio. Incluso creo que el zumbido de los aires acondicionados bajó de volumen. Ella se detuvo, secándose una lágrima. —¿Qué pasa?
Me hinqué. El suelo estaba frío, pero mis rodillas no lo sintieron. Al verla desde abajo, me di cuenta de que ella había sido mi motivación real. No el dinero, no la fama, no el reto viral. Ella.
—Llevamos seis años juntos —empecé, con la voz temblorosa pero firme—. Y estos días encerrado, sin saber si era de día o de noche, sin saber nada del mundo… lo único que tenía claro era que no quiero pasar ni un minuto más de mi vida sin ti. Saqué la cajita. La abrí. El diamante brilló bajo las luces del estudio, un destello de esperanza pura que eclipsó cualquier fajo de billetes que Jimmy me hubiera dado.
—El dinero va y viene, mi amor. Pero el tiempo… el tiempo no regresa. Y yo quiero gastar todo mi tiempo contigo. Kenna, ¿te quieres casar conmigo?
Ella se llevó las manos a la boca. El shock fue genuino. No se lo esperaba. Sus ojos se abrieron como platos y luego se inundaron de lágrimas nuevas, lágrimas de felicidad. —¡Sí! ¡Claro que sí, tonto! —gritó, lanzándose sobre mí.
Casi nos caemos. Me abrazó en el suelo. Los aplausos estallaron. Escuché los gritos de Jimmy, de Chris, de Chandler. —¡Eso es! ¡Vivan los novios! —gritaban. Le puse el anillo. Le quedaba perfecto. Chris y Chandler, esos locos, habían hecho bien su trabajo. —Es hermoso —dijo ella, mirando la joya y luego a mí—. Estás loco. —Loco por ti, y ahora… un poquito rico también —le guiñé un ojo.
Capítulo 4: El Recuento de los Daños (y las Ganancias)
Después de la euforia, vino la realidad administrativa. El momento de “cerrar el trato”. Jimmy se acercó con esa energía inagotable que lo caracteriza. —¡Felicidades, Josh! O debería decir… ¿futuro esposo millonario? Nos reímos. —Gracias, Jimmy. Neta, gracias por todo. Aunque casi me vuelves loco con lo del jacuzzi y el montacargas. —¡Eh! Eso fue culpa de Chris —se defendió Jimmy, señalando a su amigo. —¡Oye! Le di carácter al cuarto —respondió Chris, riendo.
Hicimos el recuento final. —Haber sobrevivido todo este tiempo… —Jimmy sacó su calculadora mental (o tal vez alguien le pasó el dato)—. Tienes más de 160,000 dólares acumulados. Más los 10 mil extra de cuando se quedó Nolan. —Y no olviden la apuesta —intervine, señalando a Chandler—. Me debes lana, compadre. Chandler rodó los ojos, pero sonreía. —Sí, sí. La apuesta de los 10 días. Pero usaste eso para el anillo, así que técnicamente ya te pagué.
Miré el cheque gigante que me entregaron. Ciento setenta y tantos mil dólares. En pesos mexicanos, eso era una fortuna. Eran más de tres millones de pesos. Pensé en mi mamá. Pensé en la casa que se estaba cayendo a pedazos en mi barrio. Pensé en las deudas que me quitaban el sueño. Con ese papel en la mano, sentí que me quitaban una mochila de piedras de la espalda.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Jimmy a la cámara. Abracé a Kenna por la cintura. —Primero, bañarme. Definitivamente bañarme. Luego, comer unos tacos de verdad, nada de comida gourmet de chef. Y después… planear una boda. —¡Invítanos! —gritó Karl desde atrás. —Si no me quitas otro cuadro de la pared, estás invitado —le contesté, y todos rieron recordando el incidente de la foto de mi hermana.
Capítulo 5: El Regreso a la “Normalidad”
Salir del estudio fue otro shock. Ver el cielo real, el sol de verdad, no las luces LED que simulaban el día. Sentí la brisa en la cara y casi lloro de nuevo.
El viaje al hotel (porque todavía no volvíamos a casa) fue silencioso. Kenna iba manejando. Yo iba de copiloto, mirando por la ventana como un perro que saca la cabeza. Los coches, los árboles, la gente caminando… todo me parecía un milagro. La banalidad de la vida cotidiana se había vuelto extraordinaria.
Llegamos a la habitación. Me miré en el espejo del baño. Estaba más delgado. Tenía la piel pálida. Mis ojos tenían esa mirada de “las mil yardas” que tienen los soldados. —¿Quién eres, Beto? —me pregunté. Ya no era el mismo vato que entró al reto pensando que sería “pan comido” . Había entrado un niño ambicioso y había salido un hombre con cicatrices invisibles y un anillo en la mano de su prometida.
Esa noche no pude dormir en la cama. Era demasiado suave. Demasiado grande. Terminé tirando unas cobijas al suelo y durmiendo ahí, hecho bolita. Kenna me encontró en la madrugada y, sin decir nada, se acostó en el suelo conmigo. Ahí entendí que había elegido bien.
Capítulo 6: Reflexiones de un Millonario Accidental
Han pasado un par de meses desde que salí de esa caja. El video se hizo viral. Millones de personas me vieron perder la cabeza, romper una batería , hablar con un calcetín y ver cómo destruían mi jacuzzi con un montacargas. Para ellos, fui entretenimiento de 20 minutos. Para mí, fue una vida entera comprimida en semanas.
Con el dinero compramos una casa. No una mansión, pero sí una casa propia, con un jardín grande donde no hay muros de concreto gris. Mi mamá ya no tiene deudas. Y la boda… la boda va a ser a toda madre.
A veces, cuando estoy solo en la sala, me entra el pánico. Busco las cámaras. Siento que Jimmy va a salir de atrás del sofá para decirme: “Dame un objeto o pierdes 10 mil pesos”. Es un trauma raro, el trauma del reality show.
La gente me pregunta en la calle: —¡Ese Beto! ¿Lo volverías a hacer? Siempre lo pienso. Recuerdo la soledad. Recuerdo el miedo de perder la noción del tiempo. Recuerdo la desesperación de ver cómo se llevaban mis cosas una por una. Pero luego veo a Kenna tranquila, veo a mi familia segura, veo mi cuenta de banco y pienso en la realidad de México, donde ganar esa lana te tomaría tres vidas de trabajo honesto y mal pagado.
Y les contesto con la verdad: —Por esa lana… sí. Pero esta vez me llevaría un reloj y escondería la foto de mi hermana.
Epílogo: La Lección del Vacío
Lo más cabrón de todo no fue el encierro físico. Fue el encierro mental. Allá adentro aprendí que las cosas materiales —la mesa de billar, el jacuzzi, la máquina de helados — valen madre si no tienes con quién compartirlas. Cuando Chris rompió el jacuzzi, me dolió, pero me dio risa. Cuando me quitaron la foto de mi familia, me rompieron el alma. Esa es la diferencia.
El minimalismo forzado al que me sometió Jimmy me enseñó a valorar lo esencial. Hoy, mi casa no tiene muchas cosas. No quiero acumular. No quiero tener miedo de perder objetos. Solo quiero acumular momentos. Quiero acumular domingos de carne asada. Quiero acumular tardes viendo la tele con Kenna sin que nadie me esté grabando. Quiero acumular la libertad de abrir una puerta y salir a caminar sin pedir permiso.
El “Reto de la Prisión” de MrBeast fue mi boleto de salida de la pobreza, pero también fue mi curso intensivo de humanidad. Salí de ahí con los bolsillos llenos, sí. Pero salí con el corazón más grande y la mente más clara.
Y para todos los que vieron el video y pensaron “yo aguanto 100 días fácil”… inténtenlo. Intente sentarse en un cuarto sin celular, sin reloj, sin internet, solo con sus pensamientos durante 24 horas. A ver si es cierto que muy “salsas”. Ahí se darán cuenta de que el verdadero reto no es sobrevivir al aburrimiento, sino sobrevivir a uno mismo.
Yo sobreviví a Beto. Y el Beto que salió, está listo para comerse al mundo. Pero primero, voy por otros tacos. Porque neta, la comida de Carl estaba buena, pero nada le gana a unos de pastor con piña y salsa roja en la banqueta de tu barrio.
Crónicas del Encierro: El Último Aliento de la Caja (Parte Final)
I. La Epifanía en las Alturas
Ahí estaba yo, trepado como un gato asustado en lo más alto de aquella estructura improvisada, rodeado de garrafones de agua vacíos que me miraban como cráneos de plástico. Abajo, el desastre era total. El piso, que alguna vez fue impecable, parecía una zona de guerra después de que Chris y su locura con el montacargas destrozaran el jacuzzi. Había marcas de llantas negras surcando el suelo, pedazos de madera astillada y charcos de agua que reflejaban las luces artificiales del estudio.
Desde esa altura, todo se ve diferente. Dicen que cuando estás a punto de morir ves pasar tu vida frente a tus ojos. Bueno, yo no estaba muriendo, pero algo dentro de mí, el “Beto del encierro”, estaba dando sus últimas bocanadas de aire.
—¡Luces encendidas! ¿Qué onda, Josh? —la voz de Jimmy rompió mi trance. Era alegre, potente, la voz de un hombre que controla el universo dentro de esas cuatro paredes. —¿Josh? —insistió, buscándome entre los escombros.
—¡Estoy aquí arriba, Jim! —le grité. Mi voz rebotó en el techo alto de la bodega. Me sentía ridículo y, al mismo tiempo, extrañamente poderoso. Estaba por encima del caos.
Jimmy levantó la vista, con ese fajo de billetes en la mano que se había convertido en mi rutina, mi salario y mi cadena. —Aquí tienes tus 10 mil para el día. ¿Qué objeto vas a dar hoy? —preguntó, como si fuera la cosa más normal del mundo pedirle a un hombre que desmantele su vida.
Miré hacia abajo. Mis ojos se posaron en la mesa de billar. Era una belleza, con su paño verde esmeralda y su madera robusta. Había pasado horas intentando meter las bolas en las troneras, jugando contra mí mismo, imaginando que estaba en un bar con mis compas, echando relajo y tomando una cerveza fría. Pero ahora, allí abajo, sola en medio de la destrucción, la mesa se veía triste. Absurda.
—Creo que va a ser la mesa de billar hoy —dije, y empecé a bajar con cuidado por la escalera de mano. Cada escalón era un segundo más de duda.
Pero mientras mis pies tocaban el suelo frío y sucio, algo hizo “clic” en mi cerebro. No fue un pensamiento racional, fue una visceralidad pura. Sentí el peso de los 160 mil dólares imaginarios en mi espalda. Sentí el fantasma del anillo de compromiso en mi bolsillo. Sentí el vacío de la foto de mi hermana que ya no estaba en la pared.
Me detuve en seco antes de llegar a Jimmy. El dinero es una droga poderosa, raza. Te hace aguantar humillaciones, te hace soportar el silencio, te hace vender tu comodidad. Pero hay un punto, una línea invisible, donde el costo del alma supera al beneficio de la cartera.
Miré a Jimmy a los ojos. Él esperaba que yo señalara la mesa, que hiciera una broma, que siguiera el guion del “concursante resistente”. —Jimmy, ¿puedes bajarme primero? —le dije, ganando tiempo, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón. —Jimmy, no… —la negación salió de mi garganta como un tapón de corcho a presión—. Ya no quiero estar aquí.
El silencio que siguió fue más pesado que el montacargas. Los camarógrafos se tensaron. ¿Era real? ¿Era parte del show? Jimmy me miró, y por primera vez, dejó de ser el presentador MrBeast y fue solo un vato preocupado por otro vato. —¿Entonces vete? —dijo, pero no como una orden, sino como una confirmación—. Acabo de hacerte rico.
Esa frase. “Acabo de hacerte rico”. Me retumbó en la cabeza. Tenía razón. En ese momento, yo tenía más dinero del que mi papá ganó en diez años de trabajo duro. Había cumplido. Había ganado. No necesitaba llegar a los 100 días para demostrar nada. Mi cuenta bancaria estaba llena, pero mi tanque emocional estaba en reserva.
—Sí, lo sé, gracias Jim. —Sentí un nudo en la garganta. La gratitud se mezclaba con el alivio—. Hey, en una nota real, eres el mejor. Y lo decía en serio. A pesar de la tortura psicológica, de las bromas pesadas, de la soledad… ese hombre me había dado la oportunidad de cambiar mi destino.
—Te quiero —me dijo Jimmy. Una despedida simple, honesta. —Y yo a ti, cabrón —pensé, aunque solo sonreí.
Entonces, Jimmy soltó la bomba final, el empujón que necesitaba para no arrepentirme. —Hablando de amor, hablé con tu novia….
Al escuchar “tu novia”, mis piernas se movieron solas. Ya no había vuelta atrás. La mesa de billar se quedó ahí. El dinero del día se quedó ahí. Yo iba hacia la puerta. Hacia Kenna.
II. El Umbral de la Realidad
Caminar hacia la salida fue como despertar de un sueño febril. ¿Han tenido esa sensación cuando tienen una fiebre muy alta y deliran, y de repente se les rompe la fiebre y sienten una claridad inmensa, aunque estén empapados en sudor y débiles? Así me sentía.
Mis pasos resonaban en el concreto. Dejé atrás los escombros del jacuzzi, dejé atrás las paredes rayadas con mi locura, dejé atrás los fantasmas de mis conversaciones con las cámaras. Empujé la puerta pesada. Esa puerta que había estado sellada “dramáticamente” al principio.
Al abrirse, la luz del exterior (o bueno, del pasillo del estudio, pero para mí era el cielo) me golpeó. El aire olía diferente. Olía a libertad. Olía a polvo, a cables, a café, a gente viva. Los técnicos me aplaudían mientras pasaba. —¡Bravo, Beto! —¡Te la rifaste!
Pero yo iba en visión de túnel. Mi mente estaba procesando dos cosas a la velocidad de la luz:
-
Soy libre.
-
Soy millonario (en pesos).
El pasillo parecía eterno. Mis rodillas temblaban, no por miedo, sino por la descarga de adrenalina. Mi cuerpo, que había estado en modo “ahorro de energía” tirado en la cama o en el jacuzzi durante semanas, ahora estaba bombeando sangre a mil por hora.
Al final del pasillo, vi la silueta. Kenna.
No era una alucinación como las que tuve en el día 10. No era una visita a través de un vidrio. Era ella, de carne y hueso, parada allí, esperándome. Jimmy había cumplido su palabra.
III. El Reencuentro y la Rodilla al Suelo
—¡Kenna! —grité, y mi voz se quebró. Sonó como el aullido de un animal herido que encuentra su hogar. Ella corrió hacia mí. Yo aceleré el paso, ignorando el dolor en mis articulaciones entumidas. Nos chocamos en un abrazo que sacó el aire de mis pulmones. La sentí temblar. O tal vez era yo el que temblaba. —¡Lo hiciste! ¡Lo hiciste! —me decía al oído, llorando. —Ya salí, mi amor. Ya acabó. Vámonos a casa —le susurré, hundiendo mi cara en su cabello. Olía a shampoo de vainilla, el olor más hermoso del mundo en ese momento.
Nos separamos un poco. Ella me tomó la cara con sus manos, revisándome como si buscara heridas de guerra. —Te ves… cansado —dijo, con una sonrisa triste. —Me siento como si me hubiera atropellado un camión, pero estoy bien —le contesté.
Entonces, recordé. El anillo. La apuesta con Chandler y Chris. Los 20 mil dólares que invertí sin ver. El anillo que me mostraron a través del cristal. Este era el momento. No había guion, no había productor diciéndome qué hacer. Era solo yo, el hombre que sobrevivió a la caja, queriendo asegurar su futuro con la mujer que lo mantuvo cuerdo.
El equipo de grabación nos rodeaba, pero en ese instante, desaparecieron para mí. Me metí la mano al bolsillo del pants sucio. Mis dedos rozaron la cajita de terciopelo. Respiré hondo. Un suspiro que venía desde los talones.
—Kenna —dije, y mi tono cambió. Ella lo notó. Se detuvo, secándose las lágrimas. —¿Qué pasa? —Allá adentro… tuve mucho tiempo para pensar. Demasiado tiempo —empecé a decir, y sentí que las palabras fluían solas—. Pensé en rendirme muchas veces. Cuando se llevaron la foto de mi hermana, cuando rompieron el jacuzzi, cuando me sentía enfermo… Hice una pausa. Ella me miraba fijamente, con los ojos grandes. —Pero cada vez que pensaba en apretar el botón rojo, pensaba en ti. Pensaba en que necesitaba aguantar un día más, una hora más, para poder darte la vida que te mereces. Para poder construir algo juntos.
Me hinqué. El movimiento fue lento, solemne. Mi rodilla tocó el suelo del estudio. Kenna se llevó las manos a la boca. Escuché un “¡Oh por Dios!” ahogado. Saqué la cajita y la abrí. Ahí estaba. El anillo brillaba bajo las luces del estudio con una intensidad que casi me ciega. Chris y Chandler, esos locos, habían hecho un trabajo espectacular. Era elegante, clásico, perfecto.
—El dinero va y viene, mi amor. Pero el tiempo que pasamos separados me enseñó que no quiero perder ni un segundo más sin que seas mi esposa. Kenna, ¿te quieres casar conmigo?
El silencio duró un microsegundo, pero se sintió eterno. —¡Sí! ¡Claro que sí! —gritó ella, y se lanzó sobre mí otra vez. Casi nos vamos de espaldas. Me abrazó en el suelo, llorando de felicidad. Escuché los aplausos de Jimmy, los gritos de “¡Vivan los novios!” del equipo, los silbidos de celebración.
Le puse el anillo. Le quedaba perfecto. —Estás loco —me dijo, mirando la joya y luego a mis ojos cansados. —Loco y millonario, nena. La mejor combinación —le guiñé un ojo, aunque por dentro estaba llorando de emoción.
IV. El Recuento de los Daños (La Contabilidad de la Libertad)
Una vez que pasó la euforia del momento, Jimmy se acercó para cerrar el video. El show debe continuar, después de todo. —¡Felicidades, amigo! —me dio un abrazo rápido—. De verdad, te la rifaste. —Gracias, Jimmy. Neta, no sé cómo agradecerte… y cómo no golpearte por lo del chef —bromeé. —¡La comida estaba buena! —se defendió Carl, apareciendo de la nada. —¡Buenísima! Pero me costó la foto de mi familia, desgraciado —nos reímos todos. Fue una risa catártica, liberadora.
Hicimos las cuentas finales frente a la cámara. —A ver, Josh. Estuviste ahí adentro una eternidad. Acumulaste 10 mil dólares por día. Sobreviviste a la visita de Nolan que te dio un bono. Sobreviviste a las tentaciones. Jimmy sacó un cheque gigante de cartón, de esos que te hacen sentir que ganaste la lotería. —El total es… ¡Ciento sesenta y tantos mil dólares!.
Miré la cifra. Ciento sesenta mil dólares. En mi cabeza, hice la conversión rápida a pesos. Eran más de tres millones de pesos mexicanos. Tres millones. Para un vato como yo, que vive al día, que se preocupa por si alcanza para la renta o si el coche va a arrancar mañana, esa cifra era irreal. Era dinero de Monopoly, pero real.
—Y no olviden la apuesta —intervino Chandler, asomándose—. Me ganaste los 10 mil. —Ya te los cobraste con el anillo, compadre —le dije, señalando la mano de Kenna—. Y valió cada centavo.
Me entregaron el cheque. Pesaba. No físicamente, sino simbólicamente. Pesaba el sacrificio de mi salud mental, pesaba la soledad, pesaba el miedo. Pero al ver a Kenna sonriendo con su anillo, supe que el peso valía la pena.
—¿Qué es lo primero que vas a hacer? —preguntó Jimmy. —Comerme unos tacos al pastor. De verdad. Nada de filet mignon. Tacos, con mucha salsa, en la calle. Y luego… dormir en una cama que no esté en una zona de construcción.
V. El Regreso al Mundo Real (Epílogo Extendido)
La salida del estudio fue extraña. El sol real lastimaba mis ojos. Había pasado tanto tiempo bajo luz artificial que había olvidado que el sol calienta la piel. Nos subimos al coche. Kenna manejaba. Yo iba de copiloto, agarrando su mano como si fuera mi salvavidas. No quería soltarla. Tenía un miedo irracional a que, si la soltaba, despertaría de nuevo en el búnker de concreto.
Llegamos al hotel. Me miré en el espejo del baño. Lo que vi me asustó un poco. Estaba pálido. Tenía ojeras profundas. Mi barba estaba dispareja. Pero mis ojos… mis ojos tenían una mirada diferente. Una mirada más vieja. —Sobreviviste, cabrón —le dije a mi reflejo.
Me metí a bañar. El agua caliente cayendo sobre mi espalda fue el primer lujo real que disfruté. No era un jacuzzi que se rompía con un montacargas. Era una regadera simple, honesta. Lloré ahí adentro. Lloré por todo lo que no había llorado en la cámara. Lloré por la presión, por el alivio, por la felicidad.
Esa noche, soñé con el cuarto. Soñé que las paredes se cerraban. Soñé que Jimmy me pedía un ítem y yo no tenía nada que dar, así que tenía que darme a mí mismo. Me desperté sudando, gritando. Kenna estaba ahí. Me abrazó. —Estás aquí. Estás en casa —me repitió hasta que me calmé.
Los Meses Siguientes
Ahora, meses después, escribo esto desde la sala de mi propia casa. Sí, compramos una casa. Con el dinero del premio, pagamos las deudas de mi mamá. Le arreglamos el techo que se goteaba cada temporada de lluvias. Y dimos el enganche para una casa bonita, en un barrio tranquilo. No es una mansión de Youtuber. No tiene cancha de basquetbol ni cine privado. Pero tiene ventanas. Muchas ventanas. Y entra luz de sol todo el día.
El anillo de Kenna sigue brillando. Ya estamos planeando la boda. Va a ser un fiestón. Quiero invitar a Jimmy, a Chris, a Chandler, incluso a Carl el chef (si promete no llevarse mis cuadros).
Pero la experiencia me cambió. La gente ve el video y se ríe. “Jaja, mira cómo rompe la batería”. “Jaja, mira su cara cuando ve a Jake Paul”. Pero no ven lo que pasa adentro de tu cabeza cuando pierdes la noción del tiempo. Desarrollé una especie de ansiedad con los relojes. Si no sé qué hora es, me pongo nervioso. Necesito saber cuánto tiempo ha pasado. Tampoco puedo tener cosas acumuladas. Me volví minimalista a la fuerza. Antes guardaba todo “por si acaso”. Ahora, si algo no sirve, lo tiro o lo regalo. Siento que si acumulo cosas, alguien vendrá a quitármelas.
Reflexión Filosófica: El Verdadero Costo del Dinero
Mucha gente me escribe en redes sociales: “Oye Beto, yo hubiera aguantado los 100 días”, “Yo por esa lana me corto un dedo”. Y yo les digo: No saben lo que dicen. El dinero es increíble. Me quitó el estrés financiero. Me dio seguridad. Me permitió consentir a mi familia. Pero el dinero no compra la paz mental.
Estando encerrado, me di cuenta de que somos esclavos de nuestras cosas. “No me quites mi cama”. “No me quites mi guitarra”. “No me quites mi mesa”. Sufría más por perder un objeto que por estar encerrado. Y eso está mal, raza. Somos adictos a la comodidad. Jimmy me enseñó, a la mala, que puedo dormir en el suelo y seguir vivo. Que puedo comer atún de lata y seguir vivo. Que puedo estar sin celular y seguir vivo.
Lo único sin lo que no podía “vivir”, lo único que realmente me quebró, fue la falta de contacto humano. Fue no ver a mi hermana. Fue no tocar a mi novia. El ser humano no está hecho para estar solo. Ni por todo el oro del mundo.
Cuando Chris rompió el jacuzzi con el montacargas, me reí. Fue absurdo. Fue material. Pero cuando me quitaron la foto de mi hermana… sentí que me borraban la identidad. Ahí está la lección. Las cosas se rompen, se pierden, se compran. Las personas no.
El Mensaje para Ustedes
Si llegaron hasta aquí leyendo mi historia, gracias. No lo hice solo por la fama. Lo hice para probarme a mí mismo. Y descubrí que soy más fuerte de lo que pensaba, pero también más frágil.
Si tienen un sueño, persíganlo. Si tienen deudas, trabajen duro. Pero nunca, nunca vendan su tiempo de vida por algo que no vale la pena. Yo vendí 16 días de mi vida. Y me pagaron muy bien. Fue un negocio justo. Pero si Jimmy me dijera mañana: “Te doy un millón de dólares por un año de tu vida en esa caja”… Le diría que no. Porque ese año quiero pasarlo viendo crecer a mis sobrinos, abrazando a mi esposa, comiendo tacos y sintiendo el sol en la cara.
El tiempo es la única moneda que no se recupera. Yo recuperé mi cuenta bancaria, pero esos 16 días de juventud se quedaron para siempre entre esas cuatro paredes de concreto.
Así que, vivan. Salgan. Abracen. Y si alguna vez se encuentran con un MrBeast salvaje que les ofrece dinero por entrar a un cuarto… Piénsenlo dos veces. Y si aceptan, asegúrense de esconder bien la foto de su mamá y lleven un reloj de pulsera escondido en donde no les da el sol.
Postdata: El Destino del Billete
Ah, una última cosa. Guardé un billete de los que me dio Jimmy. Uno solo. De 10 mil dólares (falso, de utilería, porque los reales los depositaron al banco, obvio, no iba a andar cargando efectivo por la calle). Lo enmarqué y lo puse en la entrada de mi casa. No para presumir. Sino para recordar que cada día que me levanto y puedo abrir la puerta y salir a la calle, ya soy millonario. La libertad no tiene precio, compadres. Y la neta, los tacos saben mejor cuando eres libre.
CRÓNICAS DEL ENCIERRO: EL RENACER DE BETO (LA GRAN EVASIÓN Y EL DÍA DESPUÉS)
CAPÍTULO I: EL REINO DE LOS ESCOMBROS
El silencio que siguió al estruendo del montacargas fue lo que realmente me rompió. No fue el ruido del motor diésel rugiendo dentro de un cuarto cerrado, ni el crujido de la madera del jacuzzi partiéndose como un hueso seco. Fue el silencio de después. Ese silencio polvoriento, cargado de partículas de tablaroca y olor a neumático quemado.
Me encontraba trepado en la estructura de madera, casi pegado al techo, junto a los garrafones de agua vacíos que había tirado ahí días atrás. Me sentía como una gárgola observando la caída de su propia catedral. Abajo, lo que alguna vez fue mi “departamento de lujo” de 10 mil dólares diarios, ahora parecía una zona de desastre, una obra negra abandonada en la periferia de la Ciudad de México. Había marcas de llantas negras surcando el piso brillante, restos de fibra de vidrio y un vacío existencial que ni todo el dinero de MrBeast podía llenar.
—¡Luces encendidas! ¿Qué onda, Josh? —la voz de Jimmy rompió mi trance.
Ahí estaba él, el maestro de ceremonias, parado entre los escombros con esa energía inagotable que lo hace el rey de YouTube. Para él, esto era contenido. Para mí, era mi vida desmoronándose. —¡Estoy aquí arriba, Jim! —le grité, sintiéndome ridículo. Un hombre adulto escondido en las vigas.
Jimmy levantó la vista, sonriendo. Traía el fajo de billetes habitual. —Aquí tienes tus 10 mil para el día. ¿Qué objeto vas a dar hoy? —preguntó.
La pregunta flotó en el aire viciado. Miré hacia abajo. Mis ojos se posaron en la mesa de billar. Era el último bastión de entretenimiento que me quedaba. Una mesa preciosa, pesada, con el paño verde impoluto que contrastaba violentamente con el caos del piso. Había pasado horas ahí, golpeando bolas, intentando olvidar que no tenía ventanas, que no sabía si era de día o de noche, que extrañaba el olor de mi casa.
—Creo que va a ser la mesa de billar hoy —dije, y mi voz sonó hueca. Empecé a bajar de la estructura, mis tenis resbalando un poco en la madera.
Pero mientras descendía, escalón por escalón, algo sucedió en mi química cerebral. Fue como si de repente, alguien hubiera encendido la luz principal de mi conciencia. Miré el dinero en la mano de Jimmy. Miré los escombros. Miré las cámaras que me apuntaban como fusiles. Y pensé en mi novia, Kenna. Pensé en el anillo que Chris y Chandler habían comprado con mis ganancias.
¿Cuánto vale la dignidad de un hombre? ¿200 mil pesos al día? Al principio pensé que sí. Pensé que mi dignidad tenía precio de liquidación. Pero viendo mi refugio destruido, entendí que el dinero ya no estaba pagando por mi tiempo; estaba pagando por mi cordura. Y esa no estaba a la venta.
Mis pies tocaron el suelo. El polvo se levantó alrededor de mis tobillos. —Jimmy, ¿puedes bajarme primero? —dije, sintiendo un nudo en el estómago. —Jimmy, no… —La negación salió sola. No la planeé. Fue un vómito verbal de honestidad—. Ya no quiero estar aquí.
El set se congeló. Jimmy me miró. Su sonrisa cambió. Dejó de ser el presentador y se convirtió en el amigo. —¿Entonces vete? —dijo, simple, directo—. Acabo de hacerte rico.
Esa frase me golpeó más fuerte que cualquier demolición. “Acabo de hacerte rico”. Tenía razón. Hice la suma mental rápida. Ciento sesenta mil dólares acumulados, más los bonos. En pesos mexicanos, eso era una fortuna. Eran años de trabajo de mi papá. Eran la hipoteca de mi mamá pagada tres veces. Era la libertad.
—Sí, lo sé, gracias Jim. —Sentí que las lágrimas me picaban en los ojos, no de tristeza, sino de gratitud y alivio—. Hey, en una nota real, eres el mejor. —Te quiero —me dijo él.
Y entonces, soltó la frase que selló mi destino, la llave que abrió la cerradura mental que me mantenía prisionero. —Hablando de amor, hablé con tu novia….
Al escuchar eso, el mundo se detuvo. Mi corazón, que había estado latiendo al ritmo lento del encierro, arrancó como un motor de Fórmula 1. Ya no me importaba la mesa de billar. No me importaban los billetes del día. Solo me importaba cruzar esa puerta.
CAPÍTULO II: EL TÚNEL DE LA TRANSICIÓN
Caminar hacia la salida fue una experiencia alucinógena. Imaginen estar en el fondo del mar durante semanas y salir a la superficie de golpe. La “descompresión” fue brutal.
Dejé atrás el jacuzzi roto. Dejé atrás las paredes donde había escrito mi locura con plumones. Dejé atrás el fantasma de la máquina de helados y el recuerdo doloroso del cuadro de mi hermana que Carl se había llevado. Todo eso ya no era mío. Eran artefactos de una vida pasada.
Empujé la puerta de seguridad. Esa puerta pesada que Jimmy había sellado “dramáticamente” al inicio. Se abrió con un gemido metálico, como si la bestia no quisiera dejarme ir.
Al cruzar el umbral, mis sentidos fueron bombardeados. El aire. Dios mío, el aire. Adentro, el aire estaba filtrado, reciclado, frío, estéril. Afuera (aunque seguía siendo un estudio), el aire tenía olor. Olía a cables calientes, a café barato de la producción, a polvo, a sudor de los camarógrafos. Olía a humanidad. Respiré profundo, llenando mis pulmones hasta que me dolieron las costillas. Era el sabor de la libertad.
El pasillo era largo. Mis pasos resonaban: clac, clac, clac. Me sentía ligero, como si me hubieran quitado un chaleco de plomo de cien kilos. Me toqué el bolsillo del pantalón deportivo sucio que llevaba puesto. Ahí estaba. La cajita. El anillo.
Chris y Chandler habían cumplido su parte del trato. Habían ido a la joyería con mis 20 mil dólares. Me habían mostrado el anillo a través de un cristal o en una foto, ya ni recuerdo bien, mi mente estaba nublada esos días. Pero ahora lo tenía conmigo. Era real.
Mientras caminaba, pensaba en Kenna. Pensaba en los seis años que llevábamos juntos. Pensaba en cómo ella había venido a verme y yo, como un idiota, le había gritado que tirara el dinero porque solo quería abrazarla, aunque solo fueran diez minutos. Ese momento me había dolido más que cualquier otra cosa. Me había enseñado que el dinero, sin ella, era solo papel pintado.
Al final del pasillo, las luces eran más brillantes. Y ahí estaba ella.
CAPÍTULO III: LA RODILLA EN EL SUELO
No hubo música de fondo ni efectos especiales. Solo el sonido de mi respiración agitada y el murmullo del equipo de producción. Kenna estaba parada allí, con esa mirada que conozco tan bien, una mezcla de preocupación maternal y amor incondicional. Se veía hermosa, real, tridimensional.
—¡Kenna! —mi voz salió ronca, quebrada por la falta de uso y la emoción. —¡Beto! —gritó ella.
Corrimos. Fue un cliché de película, lo admito, pero los clichés existen por una razón: porque se sienten verdaderos. Chocamos en un abrazo que casi nos derriba. Sentí su calor, su solidez. No era una pantalla de Zoom, no era un vidrio blindado. Era ella. —Lo lograste, lo lograste —me susurraba al oído mientras lloraba. —Ya salí, nena. Ya acabó. Vámonos a la chingada de aquí —le dije, usando mi francés más fino, mientras hundía mi cara en su cuello.
Pero todavía tenía una misión. La última misión del reto. Me separé de ella suavemente. Ella me miró confundida, limpiándose las lágrimas. Me vio sucio, barbón, con ojeras de mapache, oliendo probablemente a tigre después de días de no bañarme bien. Y aun así, me miraba como si fuera un premio.
—Espera —le dije. El equipo de MrBeast nos rodeó. Las cámaras estaban rodando. Sabía que esto saldría en el video, pero en ese momento, me valió gorro la audiencia de millones. Solo éramos ella y yo.
Metí la mano al bolsillo. Mis dedos temblaban tanto que casi se me cae la caja. —Kenna… —empecé. Mi voz temblaba. —Allá adentro, tuve mucho tiempo para pensar. Demasiado tiempo. Pensé que me volvía loco. Hablé con calcetines, le grité a las paredes. Ella soltó una risita nerviosa. —Pero lo único que me mantuvo cuerdo, lo único que me impidió apretar ese botón rojo el primer día… fuiste tú. Pensar en ti. Pensar en nuestro futuro. Me hinqué. El suelo del estudio estaba frío bajo mi rodilla, pero sentí un fuego en el pecho. —Me di cuenta de que no quiero pasar ni un día más, ni un minuto más, sin tenerte segura en mi vida. El dinero va y viene, pero tú… tú eres mi premio mayor.
Abrí la caja. El diamante brilló. No sé de quilates, no sé de cortes, pero brillaba como una estrella en medio de la oscuridad que había vivido. —Kenna, ¿te quieres casar conmigo?
Su reacción fue todo. Se llevó las manos a la boca. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. —¡No es cierto! —gritó, incrédula. —¿Es en serio? —Muy en serio. Me costó 20 mil dólares de sufrimiento, así que más te vale que digas que sí —bromeé, con la voz quebrada. —¡SÍ! ¡Claro que sí, tonto!
Se lanzó sobre mí. Me abrazó en el suelo. Escuché los aplausos estallando alrededor. Escuché a Jimmy gritando “¡Loooogróoooo!”. Escuché a Chris y Chandler haciendo ruido. Le puse el anillo. Le quedaba perfecto. —Estás loco —me dijo, besándome toda la cara. —Loco por ti. Y ahora… tenemos casa, mi amor. Tenemos casa.
CAPÍTULO IV: EL RECUENTO DE LOS DAÑOS (LA CONTABILIDAD)
Después de la euforia, vino la realidad. Jimmy se acercó con el cheque gigante de utilería. Esos cheques que ves en la tele y piensas que son de mentira, pero que representan un cambio de vida brutal.
—¡Felicidades, Josh! —me dijo Jimmy, dándome un abrazo de oso. —De verdad, eres un guerrero. Aguantaste varas que mucha gente no hubiera aguantado. —Gracias, Jimmy. Aunque casi me matan con el montacargas, güey —le reclamé riendo. —Detalles, detalles —dijo él, restándole importancia. —A ver, hagamos cuentas.
Empezamos a sumar. —Estuviste días y días. Cada día eran 10 mil dólares. —Luego estuvo el bono de Nolan. Otros 10 mil. —Menos lo que gastaste en el anillo… bueno, eso es tuyo, así que cuenta como ganancia en especie. —Más la apuesta que le gané a Chandler —señalé a Chandler, que se escondía detrás de una cámara.
El total ascendía a más de 160,000 dólares. Hice la conversión mental rápida a pesos. El tipo de cambio estaba fluctuando, pero eran más de tres millones de pesos mexicanos. Tres. Millones.
Me quedé mirando el número. Para un gringo, quizás 160 mil dólares es un buen año de salario, o el enganche de una casa en Los Ángeles. Pero para mí… para un mexicano promedio… eso era la vida resuelta. Pensé en mi mamá. Pensé en las goteras de su techo. Pensé en las deudas del banco que nos comían los intereses. Pensé en el coche viejo que se calentaba en el tráfico. Todo eso desapareció con un plumazo. Ese cheque era un borrador mágico de problemas.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Jimmy a la cámara. —Primero, tacos. Tacos de verdad. Al pastor, con piña, salsa roja que pique, cebollita y cilantro. Nada de comida gourmet de Carl. Y luego… dormir. Dormir en una cama donde no tenga miedo de que entre un payaso o un montacargas.
CAPÍTULO V: EL REGRESO A LA TIERRA (LA PRIMERA NOCHE)
Salimos del estudio. El sol de la tarde nos golpeó. Me tuve que tapar los ojos. Me dolían. Había olvidado lo brillante que es el mundo real. Los colores eran saturados, vibrantes. El cielo no era un techo negro pintado; era azul, infinito.
Nos subimos al coche de Kenna. Ella manejaba. Yo iba de copiloto, agarrando su mano derecha (la que tenía el anillo) con mis dos manos, como si tuviera miedo de que se desvaneciera. —¿Estás bien? —me preguntó. —No sé. Me siento raro. Me siento… flotando.
Llegamos al hotel. No podía irme a México todavía, tenía que hacer papeleo y entrevistas. Entré a la habitación del hotel. Era una habitación normal, pero para mí parecía un palacio. Había una ventana. Me acerqué a la ventana y la abrí. El ruido del tráfico, las sirenas, el viento… música para mis oídos.
Me metí a bañar. Esa ducha fue espiritual. Ver el agua negra salir de mi cuerpo, llevándose la mugre del encierro, el polvo del jacuzzi roto, el estrés acumulado. Me tallé hasta que la piel me quedó roja. Quería quitarme la sensación de ser observado. En el baño, me miré al espejo. Estaba más flaco. Mis ojos tenían unas bolsas oscuras. Me veía más viejo. —Valió la pena, cabrón —le dije a mi reflejo. —Valió la pena.
Esa noche, pedimos tacos por aplicación. No eran los mejores tacos del mundo, eran tacos gringos medio chafas, pero me supieron a gloria. Comí hasta que me dolió la panza. Kenna se acostó a mi lado. —Duérmete, amor. Ya estás a salvo. Pero no podía dormir. El silencio del hotel me asustaba. Estaba acostumbrado al zumbido de las cámaras, a las luces que nunca se apagaban del todo. Tuve que prender la televisión y dejarla en volumen bajo para poder cerrar los ojos. Soñé que Jimmy entraba por la puerta y me decía: “Dame la almohada o pierdes 10 mil dólares”. Me desperté sudando. Kenna me abrazó fuerte. —Shh, shh. Estás aquí. Estás conmigo.
CAPÍTULO VI: LA VIDA DESPUÉS DEL CLICKBAIT (REFLEXIÓN A LARGO PLAZO)
Han pasado seis meses desde que salí de esa caja. El video salió. Se hizo viral en todo el mundo. Millones de personas me vieron perder la cabeza. Me vieron romper la batería. Me vieron llorar por la foto de mi hermana. Me vieron hablar con un calcetín. Me convertí en un meme. “El mexicano que se hizo rico durmiendo”.
Pero nadie vio lo que pasó después. Regresamos a México. El dinero tardó un poco en llegar por temas de impuestos y bancos, pero llegó. Fuimos al banco. Ver esos ceros en mi cuenta fue surrealista. El cajero me miraba raro, como pensando “¿de dónde sacó este vato tanta lana?”.
Lo primero que hicimos fue pagar la casa de mi mamá. Fuimos al banco, pedimos el saldo de la hipoteca y lo liquidamos de un golpe. La cara de mi jefa cuando le entregué las escrituras libres de gravamen… eso valió más que cualquier video de YouTube. Lloramos abrazados en la cocina. —Gracias, mijo. Pero estás loco, ¿cómo te encerraste tanto tiempo? —Por ti, jefa. Por ti me encierro cien años.
Luego, compramos nuestra casa. No una mansión, no se confundan. Una casa bonita, en una privada segura. Con jardín. Con ventanas grandes. Kenna y yo nos casamos. La boda fue un fiestón. Invitamos a la familia, a los amigos. No invitamos a Jimmy porque estaba grabando en la Antártida o algo así, pero mandó un regalo (una cafetera increíble, irónicamente).
Pero no todo es color de rosa. El encierro dejó cicatrices. Desarrollé una especie de ansiedad por las cosas materiales. Me volví minimalista a la fuerza. Antes del reto, yo era de los que guardaban todo. “Guarda esa caja, puede servir”. “No tires esa silla vieja”. Ahora, no soporto el desorden. Si veo muchas cosas en un cuarto, siento que las paredes se cierran. Siento que tengo que elegir qué tirar para “sobrevivir”. Me deshice de mucha ropa, de muebles viejos. Quiero espacios vacíos. Quiero ver las esquinas de mi casa.
También tengo un tema con la comida. Después de probar la comida del Chef Carl y luego volver a la comida normal, aprendí a valorar la sencillez. Pero a veces, cuando abro el refri y lo veo lleno, me da un ataque de pánico breve. Pienso: “¿Y si mañana no hay? ¿Y si Jimmy cierra la puerta?”. Tengo que recordarme a mí mismo: “Beto, eres libre. Puedes ir al Oxxo cuando quieras”.
CAPÍTULO VII: FILOSOFÍA DE UN SUPERVIVIENTE MILLONARIO
La gente me pregunta en la calle: “¿Lo volverías a hacer?”. Es la pregunta del millón. Literalmente. Y mi respuesta siempre cambia.
Cuando veo mi cuenta de banco y sé que mis hijos (cuando los tengamos) no van a pasar hambre, digo: “Sí, claro, fácil”. Pero cuando estoy solo en la noche y recuerdo la sensación de la soledad absoluta, de no saber si era martes o domingo, de sentir que mi mente se fracturaba como un vidrio… digo: “Ni madres”.
Aprendí algo muy cabrón allá adentro. Vivimos obsesionados con el dinero. Pensamos que el dinero es la meta. “Si tuviera un millón, sería feliz”. Yo tuve el millón (en pesos). Lo tuve ahí, en mis manos. Y déjenme decirles: el dinero no te abraza cuando tienes miedo. El dinero no te dice que todo va a estar bien. El dinero no huele a vainilla como el pelo de Kenna.
Cuando Chris destruyó el jacuzzi, me dolió el ego, pero fue divertido. Cuando me quitaron la foto de mi hermana, me dolió el alma. Esa es la diferencia. Las cosas se reponen. Las personas no.
El “Reto de MrBeast” fue un experimento social, sí. Pero para mí fue un retiro espiritual forzado. Me enseñó a valorar lo que es gratis. El sol. El aire. El poder caminar en línea recta más de diez metros. El poder ver a los ojos a alguien y saber que es real.
Hoy, mi mayor lujo no es mi coche nuevo ni mi tele de 80 pulgadas. Mi mayor lujo es sentarme en el porche de mi casa, con una taza de café, viendo atardecer, sabiendo que nadie me está grabando. Sabiendo que no tengo que “pagar” por ver el sol con un objeto de mi casa.
CONCLUSIÓN FINAL: EL LEGADO DE BETO
Así termina mi historia. Entré como un chavo con deudas y sueños guajiros. Salí como un hombre con patrimonio y traumas, pero con una claridad mental que envidio a veces.
A todos los que están leyendo esto, soñando con el dinero fácil, con ser influencers, con ganar la lotería: Trabajen duro. Échenle ganas. Pero no vendan su alma. No sacrifiquen su tiempo con su familia por unos pesos más. El tiempo es el único recurso que no se renueva. Yo vendí unas semanas de mi tiempo a un precio muy alto, y tuve suerte de salir bien. Pero pude haber salido loco.
Valoren a su “Kenna”. Valoren a su familia. Valoren sus tacos de la esquina. Y si alguna vez ven una caja grande de concreto y un tipo les ofrece dinero por entrar… corran. O entren, pero lleven una foto de su mamá escondida en el zapato.
Gracias por leer. Gracias por seguir mi locura. Soy Beto, el sobreviviente del cuarto de MrBeast. Y ahora, si me disculpan, voy a sacar a pasear a mi perro. Porque puedo. Porque soy libre. Y porque el sol está brillando a toda madre.