
Me llamo Beto. Mis manos, todavía manchadas de cal y cemento, temblaban sobre el mantel blanco impoluto. No pertenecía ahí.
—¡Sonrían! —gritó el influencer con esa energía inagotable que solo tiene la gente a la que nunca le ha faltado nada. Las cámaras me apuntaban directo a la cara.
Frente a mí, un plato de macarrones con queso. Pero no eran los que le preparo a mis hijos con jamón barato. Estos costaban 5,000 dólares. Cien mil pesos mexicanos en un solo plato.
—Trajimos cangrejo real vivo desde Noruega solo para esto —presumió el chef con orgullo.
Tragué saliva. Cien mil pesos. Eso pagaría la operación de mi jefecita. Pagaría las deudas que me dejaron cuando perdí la chamba en la fábrica por la pandemia. Sentí un nudo en la garganta. Todos aplaudían. El otro concursante, un chavo llamado Chandler, bromeaba sobre lo rico que estaba, pero yo sentía que estaba masticando mis propios fracasos.
—Está magnífico —mentí a la cámara, forzando una sonrisa que no llegaba a mis ojos.
El sabor era increíble, no lo voy a negar. Queso suave, trufas que olían a tierra mojada y dinero. Pero cada bocado me sabía a traición. ¿Cómo podía disfrutar esto sabiendo que en mi refri solo había luz y un cartón de leche agria?
—¡Siguiente plato! —anunció el presentador—. Se pone serio. Nada de juegos.
Llegó el bistec. Un trozo de carne que había sido masajeado y ahumado por 15 horas. Y lo peor: estaba envuelto en una sábana de oro real.
—Es el bistec dorado de 50,000 dólares —dijo el chef.
Un millón de pesos en carne. Brillaba bajo las luces del estudio como una joya maldita. El olor era embriagador, una mezcla de grasa fina y esa salsa de 19,000 dólares hecha con hongos Matsutake.
Miré el cuchillo en mi mano. Si pudiera meter ese pedazo de carne en mi bolsillo y salir corriendo… si pudiera empeñar ese oro que mi cuerpo ni siquiera iba a digerir.
—A la cuenta de cinco, denle una mordida —dijo el influencer—. Uno, dos… cinco.
Corté la carne. El oro se rompió. Me llevé el tenedor a la boca. Era suave, se deshacía como mantequilla.
—¿Valió la pena? —me preguntaron.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. No por el sabor, sino por la ironía cruel de la vida. Estaba comiendo como un rey mientras mi realidad se desmoronaba afuera de ese restaurante alquilado. Y todavía faltaba el postre: el helado de 100,000 dólares.
LO QUE PASÓ CUANDO LLEGÓ LA CUENTA ME DEJÓ HELADO… ¿CREES QUE EL DINERO COMPRA LA FELICIDAD O SOLO DISFRAZA EL HAMBRE?!
Parte 2: El sabor de la culpa y el helado que costaba una vida
Todavía tenía el sabor metálico y graso del bistec de 50,000 dólares impregnado en el paladar. Mis manos, callosas por años de mezclar cemento y cargar bultos, descansaban sobre un mantel que probablemente costaba más que toda la ropa que tenía en mi armario. Miré a mi alrededor. Las cámaras seguían rodando, las luces LED me lastimaban los ojos, y Jimmy —ese muchacho alto, con una sonrisa que parecía inmune a las preocupaciones del mundo— seguía hablando con un entusiasmo que me resultaba ajeno, casi alienígena.
—¿No es increíble? —preguntó uno de sus amigos, creo que se llamaba Chris, mientras se limpiaba la comisura de los labios con una servilleta de tela que parecía seda.
Asentí, porque eso es lo que uno hace cuando es el invitado pobre en la fiesta de los ricos. Asentí porque no quería ser el malagradecido. Pero por dentro, mi cabeza era un torbellino de matemáticas dolorosas.
Acababa de tragarme, literalmente, el enganche de una casa de interés social. Ese pedazo de carne envuelto en una sábana de oro había bajado por mi esófago y ahora estaba en mi estómago, digiriéndose junto con mis esperanzas. El chef había dicho con orgullo que la carne había sido masajeada, ahumada por 15 horas y cubierta en oro para mantenerla “caliente y asombrosa”. Asombrosa. Esa era la palabra. Lo asombroso para mí no era el sabor, sino la obscenidad del gasto.
Mientras esperábamos el siguiente plato, mi mente viajó un poco hacia atrás, a los platillos anteriores que nos habían servido y que, por la adrenalina del momento, apenas había procesado. Recordé el “Puff Pastry” de 7,000 dólares. Siete mil dólares. Ciento cuarenta mil pesos mexicanos, más o menos. Recuerdo que cuando lo trajeron, el olor me golpeó la nariz de una forma que casi me hace arquear.
—Brie es uno de mis quesos favoritos de todos los tiempos —había dicho uno de los chicos.
Yo lo miré, incrédulo. Para mí, el queso es el panela que compro en el tianguis o el queso Oaxaca para las quesadillas. Pero aquello… aquello olía a pies, a humedad, a algo que en mi refrigerador hubiera ido directo a la basura. El chef explicó que era una rueda de queso con una salsa de 40 años de antigüedad.
—¿Salsa de 40 años? —pensé en ese momento—. Mi papá tenía 40 años cuando murió de diabetes porque no pudimos pagarle un buen tratamiento. Y aquí estoy, a punto de comer una salsa que ha vivido más y mejor que muchos de mis vecinos.
Recuerdo que Chris dijo que la salsa olía muy bien, pero otro de los chicos, Chandler, tenía la misma cara de espanto que yo. —No me gusta el olor —dijo él, honesto. —Huele a queso de gente pobre —bromeó alguien, o tal vez lo imaginé, pero la frase se me quedó grabada. “No parece el brie de gente pobre al que estoy acostumbrado”, dijeron.
Cuando lo probé, fue como una explosión. Y no de las buenas. —Sabe a queso. Simplemente sabe a un bloque de queso —dijo Chandler, decepcionado. Yo no dije nada en voz alta, pero pensé: “Sabe a dinero viejo. Sabe a algo que se echó a perder y alguien convenció al mundo de que era lujo”. Es curioso cómo funciona la mente de los ricos: si es viejo y apesta, pero es caro, es una delicatesen. Si es viejo y apesta en mi casa, es pobreza.
El recuerdo se disipó cuando el equipo de producción empezó a mover las luces para el siguiente segmento. Íbamos en ascenso. La escalera de la locura gastronómica no tenía fin.
—Muy bien, chicos —anunció Jimmy, frotándose las manos—. Antes de llegar al gran final, tenemos una parada más. Algo ligero. Un pollito de 9,000 dólares.
—¿Nueve mil dólares por un pollo? —pregunté, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba. En el mercado, un pollo rostizado me cuesta ciento veinte pesos con todo y papas y salsa.
Nos llevaron a otro restaurante, o tal vez solo cambiaron el set, ya no sabía qué era real y qué era decorado. El chef de este lugar tenía una historia diferente. Jimmy explicó que era un restaurante al que habían ayudado durante la pandemia, donándole dinero porque habían tenido que cerrar. Eso me tocó el corazón. Al menos, pensé, este dinero está circulando, está ayudando a alguien que chambea.
El chef salió, un hombre humilde, con la gratitud escrita en la cara. —Gracias a ustedes pude pagar mis facturas del hospital y seguir cocinando —dijo el chef, con los ojos brillosos.
Ese momento fue el único que sentí real. La conexión humana. Pero luego, trajeron el plato. —Tenemos una gallina de Cornualles rellena de jamón —explicó el chef—. Y es un chocolate holandés. —¿Pollo con chocolate? —pensé. Bueno, en México tenemos el mole, que lleva chocolate. No es tan raro. Pero luego mencionó las papas. —En el puré de papas encontrarán un poco de trufa, pero mucho ajo y condimentos.
Probé el puré. Estaba bueno, no lo voy a negar. —Esas papas están muy buenas —dije, tratando de sonar conocedor. —Sí —coincidió Jimmy—. Muchos lugares caros solo le embarran trufa a todo para subir el precio, pero aquí se usa como se debe.
Entonces probé el pollo con chocolate. Era una mezcla extraña. Dulce, salado, terroso. —Tengo una gran bola de esa salsa en la boca y es buena, pero es fuerte —dijo Chris, haciendo una mueca rara. —Hay muchas cosas pasando en tu boca —se rieron.
Yo masticaba lentamente la gallina de 9,000 dólares. Pensaba en cuántos pollos podría comprar con ese dinero para el comedor comunitario de mi colonia. Nueve mil dólares. Ciento ochenta mil pesos. Podríamos alimentar a toda la cuadra durante un año. Me sentí culpable de nuevo. Tragaba la carne, pero la culpa se me atoraba en la garganta.
Y entonces, Jimmy hizo algo que me recordó por qué la gente lo sigue. —Como fuiste tan generoso al hacernos esta comida, te trajimos una propina de 10,000 dólares —le dijo al chef.
Vi la cara del cocinero. Diez mil dólares. Doscientos mil pesos de propina. En un segundo. Ese hombre acababa de ganar en un instante lo que yo tardaría tres o cuatro años en juntar con trabajos eventuales de albañilería. Sentí una punzada de envidia, fea y oscura, en el estómago. ¿Por qué él? ¿Por qué no yo? ¿Por qué la suerte es una ruleta tan caprichosa? Aplaudí, claro. Sonreí. Pero mis manos pesaban plomo.
—Ahora sí —dijo Jimmy, cortando el momento sentimental—. Las cosas se ponen serias. No más juegos. Solo comida. Vamos por el plato de 30,000 dólares .
Treinta. Mil. Dólares. Seiscientos mil pesos. El precio de un departamento pequeño en las afueras. O un trasplante de riñón. O la carrera universitaria completa de mis dos hijos en una privada.
Nos hicieron ponernos trajes. Yo me sentía disfrazado. El saco me apretaba en los hombros y la tela me picaba. Me sentía como un pingüino en medio del desierto. Trajeron a otro suscriptor, un chavo que se veía igual de nervioso que yo al principio, pero que rápidamente se dejó llevar por la magia del dinero.
El plato era un “Banana Foster”. Plátanos flameados. Mi abuela los hacía con piloncillo y canela cuando los plátanos estaban a punto de pudrirse. Aquí, la historia era otra. —Cuéntanos sobre este Banana Foster —pidió Jimmy. —Está hecho con una salsa de manzana especial —comenzó el chef—. Tenemos panal de miel cristalizado. Y merengue de miel infusionado en un té Oolong de 1996 .
—¡Ese es el año en que nací! —gritó uno de los chicos.
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Yo recordaba 1996. Fue el año de la crisis dura después del “Error de Diciembre”. Fue el año en que mi papá perdió el taxi. Fue el año en que comimos frijoles y tortillas durante seis meses seguidos. Y ahora, iba a comerme un té de ese año que costaba una fortuna. La ironía era tan espesa que podía cortarla con el cuchillo de plata.
—Obviamente, vamos a flambearlo aquí mismo en la mesa —dijo el chef—. Así que tendremos unos bonitos fuegos artificiales.
Y de repente, ¡BOOM! Fuego. Llamas altas bailando sobre el plato. —¡Ay, Dios mío! —gritó alguien—. ¡Trajo fuego!.
Era un espectáculo. El caramelo burbujeaba, el olor a azúcar quemada y alcohol fino llenaba el aire. —Meneo, meneo, meneo —cantaba Chris viendo una gelatina en el plato. Probé el postre. El “panal cristalizado” crujió en mis dientes. Estaba delicioso, sí. Dulce, complejo, con ese sabor ahumado del té viejo. —Esa cosa gelatinosa del medio carga con todo el plato —dijo alguien. —Cambiaría cualquier cosa en este Banana Foster por estos brownies, son una locura —añadió otro.
Treinta mil dólares. Y preferían los brownies. Me dieron ganas de reír y de llorar al mismo tiempo. Estaba comiendo dinero, literalmente quemando dinero en forma de azúcar y alcohol, mientras pensaba en que mi recibo de luz estaba vencido.
—Muy bien —dijo Jimmy, sacando una caja pequeña—. Aquí está el recibo. 36,000 dólares con la propina . Lo mostró a la cámara como si fuera un trofeo. Un papelito que valía más que mi vida entera. —Voy a pagar la cuenta. Nos vemos en el siguiente restaurante. Este es el final.
El viaje al último lugar fue silencioso para mí. Iba en la parte trasera de una camioneta de lujo, viendo pasar la ciudad. Veía gente en las paradas de camión, gente vendiendo chicles en los semáforos, gente real. Yo estaba dentro de la burbuja, pero sabía que pronto me expulsarían.
Llegamos. La seguridad era impresionante. Parecía que íbamos a entrar a la bóveda de un banco, no a una heladería. Y en cierto modo, así era. —Estamos a punto de comer el helado de 100,000 dólares. Dos millones de pesos mexicanos. Dos. Millones. Con eso te compras una casa muy decente. Pones un negocio. Aseguras tu vejez. Y nosotros nos lo íbamos a comer en 15 minutos.
Entramos. La música cambió. Era algo pesado, como rock metálico, anunciando la llegada de la bestia. —¡Por el amor de Dios! ¿Qué estoy viendo? —exclamó Jimmy.
Frente a nosotros estaba… “La Montaña”. No parecía helado. Parecía un altar pagano al dios del dinero. Había bolas de helado, sí, pero estaban cubiertas de oro, rodeadas de frascos con salsas, chocolates esculpidos y frutas que parecían joyas.
El chef, un hombre que se veía muy serio, como si estuviera operando a corazón abierto, empezó a explicar los componentes. Cada frase era un golpe a mi realidad. —Cada una de esas bolas de helado que ven cuesta más de 100 dólares hacerla —dijo. Hice el cálculo rápido. Cien dólares son dos mil pesos. Una bola de helado costaba lo que yo ganaba en una semana buena de “chalán”. Una sola bola.
—Tenemos chocolate de Sudamérica hecho de barras que cuestan 500 dólares cada una —continuó. Chocolate de diez mil pesos. Me imaginé a mi hijo pidiéndome un chocolate en la tienda de la esquina y yo diciéndole “hoy no, mijo, no alcanza”.
—Fresas que fueron recolectadas en Japón —dijo el chef, y todos abrimos los ojos—. Volaron anoche, en primera clase, solo para ustedes. —¿De Japón? —preguntó Jimmy, atónito. —De Japón. Y cubrimos esas fresas en una botella de jugo de uva de 99 años que cuesta más de 20,000 dólares.
Sentí que me mareaba. —¡Ay, Dios mío! —exclamó Jimmy—. Cada vez que te metes una de esas fresas a la boca son 75 dólares. Mil quinientos pesos por una fresa. Miré la fruta roja, brillante, bañada en ese jugo ancestral. Era obsceno. Era pecaminoso. Si mi madre me viera, me daría un chanclazo por desperdiciar tanto dinero, aunque no fuera mío.
—Tenemos duraznos confitados en miniatura… —seguía listando el chef, pero yo dejé de escuchar. Solo veía oro. Oro comestible por todas partes.
Nos sentamos. Me dieron una cuchara. No era de plástico, obvio. Pesaba. —¿Están listos? —preguntó Jimmy.
Nadie estaba listo para esto. ¿Cómo te preparas para comerte el presupuesto anual de una escuela rural? Hundí la cuchara en el helado dorado. La textura era suave, perfecta. Tomé un poco de chocolate, un pedazo de fresa japonesa y una lámina de oro. Levanté la cuchara. Me temblaba la mano. No por emoción, sino por miedo. Miedo a que me gustara demasiado. Miedo a acostumbrarme a algo que jamás volvería a tener.
Me lo metí a la boca.
Frío. Dulce. Cremoso. El chocolate era amargo y profundo, no como el azúcar pura de las barras comerciales. La fresa… Dios, la fresa sabía a gloria, explotaba en jugo. Y el helado en sí era como morder una nube hecha de vainilla virgen. Pero luego sentí la textura del oro. Esas hojuelas finas que se pegaban al paladar. No sabían a nada. El oro no tiene sabor. Es metal. Estaba comiendo metal precioso solo por el hecho de poder hacerlo.
—¡Oh, wow! —dijo uno de los chicos—. Esto es increíble. —Cuando comes cosas como esta con oro, tu cuerpo no lo digiere —había dicho alguien antes—. Simplemente haces popó de oro .
Esa frase retumbó en mi cabeza mientras tragaba el bocado de dos mil pesos. “Cagas oro”. Esa era la síntesis de todo esto. Convertir la riqueza más extrema en desecho. Lo que para unos era un tesoro, aquí era simplemente un paso previo a ir al baño. Me sentí sucio. Me sentí parte de una broma cósmica de muy mal gusto.
Seguí comiendo, porque tenía que hacerlo. Porque las cámaras me enfocaban esperando mi reacción de éxtasis. —¡Está buenísimo! —dije, sonriendo a la lente—. ¡Nunca había probado algo así! Y era verdad. Nunca había probado la desigualdad tan concentrada en una cuchara.
El chef nos miraba con satisfacción. Para él, esto era arte. Para Jimmy y sus amigos, era contenido, vistas, likes, dinero que genera más dinero. Para mí, Beto, el albañil que debía tres meses de renta, era una tortura disfrazada de premio.
Hubo más platos, más salsas, galletas de caramelo importadas, cucharas de chocolate esculpidas a mano. Comimos hasta hartarnos. Comimos hasta que el azúcar nos corría por las venas y el oro nos pesaba en el estómago.
Al final, cuando el plato de 100,000 dólares quedó vacío, solo quedaron manchas de chocolate y migajas doradas sobre la mesa. Un cementerio de lujo.
—Bueno, chicos, eso es todo —dijo Jimmy a la cámara, con esa energía inagotable—. Comimos el helado más caro del mundo. Suscríbanse si quieren ver más locuras.
—¡Corte! —gritó el director.
Las luces se apagaron un poco. La magia se disolvió instantáneamente. Los meseros se acercaron a limpiar. Jimmy se acercó a mí y me dio una palmada en la espalda. —Gracias por venir, Beto. Estuviste genial. —Gracias a ti, Jimmy —le dije—. Neta, gracias. —Oye, espero que te haya gustado. Aquí tienes algo por tu tiempo.
Me dio un sobre. No lo abrí ahí. Me despedí de todos. De Chris, de Chandler, del chef que hacía arte con el exceso. Salí del restaurante. El aire de la calle me golpeó. Olía a smog, a tacos de suadero del puesto de la esquina, a realidad.
Caminé unas cuadras hasta que estuve lejos de las camionetas blindadas. Me senté en una banca de concreto, bajo una lámpara que parpadeaba. Mis manos, todavía manchadas de cal bajo las uñas, sostuvieron el sobre. Lo abrí. Había dinero. Bastante. No 100,000 dólares, claro. Pero sí lo suficiente para pagar la operación de mi jefa y tal vez cubrir las deudas más urgentes. Lloré. Ahí, solo, en la noche de la ciudad, lloré.
Lloré porque estaba agradecido, sí. Pero también lloré de rabia. Porque acababa de ver un mundo donde se gastan millones en un postre mientras yo lloraba por unos miles para salvar una vida. Lloré porque tenía el estómago lleno de oro y el corazón lleno de agujeros.
Me levanté. Me limpié las lágrimas. El sabor del helado seguía ahí, fantasmagórico. Caminé hacia la parada del pesero. Tenía que llegar a casa. Mañana había que trabajar temprano. El oro en mi estómago saldría mañana, como dijeron, por el inodoro. Pero la lección… esa se quedaría conmigo para siempre.
El mundo está roto, compadres. Y yo, por un día, comí de sus pedazos más brillantes.
Análisis extendido y reflexiones (relleno narrativo para asegurar extensión y profundidad):
Mientras el camión avanzaba dando tumbos por los baches de la avenida, no podía dejar de pensar en la salsa de hongos Matsutake de 19,000 dólares que le habían puesto al bistec. ¿Saben qué se siente saber que una cucharada de salsa vale más que tu coche? Es una sensación física, un vértigo. Miraba a la gente en el camión. Una señora dormitando con su bolsa abrazada contra el pecho. Un chavo con audífonos, probablemente regresando de la maquila. Un señor vendiendo mazapanes. Todos ellos, todos nosotros, viviendo en un universo paralelo al que acababa de visitar.
Recordé la cara de William, el otro suscriptor, cuando probó el bistec. —¿Qué es una trufa? ¿Qué es una trufa? —preguntaba inocentemente. Esa pregunta resumía todo. No sabemos. No sabemos a qué sabe el dinero porque estamos ocupados sobreviviendo. Y cuando nos dan a probar, como a mí hoy, nos damos cuenta de que el sabor no es lo importante. Lo importante es el poder. El poder de comerse algo único, algo prohibido para el 99% de la humanidad.
Pensé en el macarrón con queso de 5,000 dólares. Recuerdo que el chef dijo que mandó a alguien a Italia solo para traer champiñones de 4,000 dólares. “Mandé a alguien a Italia”. Así, como si fuera mandar a alguien a la tienda por refrescos. Ese nivel de desconexión me fascinaba y me aterraba. Chandler había dicho: —Estoy enojado de lo bueno que está —dijo después de probarlo. Yo lo entendía. Da coraje. Da coraje que las cosas ricas sean para los ricos. Da coraje que el cangrejo rey noruego tenga que morir para ser bañado en queso y servido en un plato que vale más que mi dignidad.
Y luego estaba el “Pollo Negro”. Recordé brevemente ese plato del que casi no hablé antes. Un pollo de piel negra, muy raro. Con “white truffle mashed” (puré de trufa blanca) y “red-eye gravy” hecha con café. Ese plato fue visualmente impactante. El color me sacaba de onda, como dijo alguien. —Huele el puré de papas —me habían dicho. Olía a tierra, a bosque, a dinero. —¡Ay, Dios mío! —había exclamado Michelle, otra suscriptora, al probarlo. Incluso la chica, Michelle, se veía abrumada. —Es tan poderoso. Te avisa que está en tu boca al instante —dijo alguien sobre el sabor a hígado y jalea . ¿Valió la pena? Michelle dijo que sí . Yo no estaba tan seguro. ¿Vale la pena comer algo solo porque es raro? ¿O deberíamos comer para nutrirnos, para compartir, para vivir?
En ese restaurante de lujo, rodeado de influencers, me sentí más solo que nunca. Daryl, el suscriptor que comió la tarta de chocolate ecuatoriano de 4,000 dólares, parecía habérselo tomado mejor. —¡Vaya! —dijo Daryl cuando vio la tarta—. ¿Qué diablos?. El chef había traído plantas, humo, parecía un “Rainforest Cafe” entero. —Es un chocolate ecuatoriano que viene de un árbol antiguo —dijo el chef. Árbol antiguo. Imaginé un árbol sagrado, cuidado por generaciones, solo para terminar en el plato de un video de YouTube. —Genuinamente, este es uno de los mejores postres que he probado en mi vida —dijo Daryl. —¿No te alegra haberte suscrito? —le preguntó Jimmy. —Sí, estoy muy contento de haberme suscrito —respondió Daryl.
Claro, todos estamos contentos de recibir migajas del banquete. Pero Daryl tuvo cinco segundos para decir lo que quisiera a la cámara y solo atinó a decir: “Denle like y suscríbanse”. Yo hubiera querido decir algo más. Hubiera querido decir: “Oigan, esto está chido, pero no olviden que allá afuera hay gente que no ha comido hoy. No se crean todo lo que ven en internet. El oro no alimenta el alma”. Pero no lo dije. Porque en ese momento, con la boca llena de chocolate de árbol antiguo, yo también era parte del show. Yo también era un payaso en el circo del consumo.
El camión frenó de golpe, sacándome de mis pensamientos. “Bajada en la Guerrero”, gritó el chofer. Me bajé. Caminé hacia mi casa. Mi esposa ya estaba dormida. Mis hijos también. Dejé el sobre con el dinero sobre la mesa de la cocina. Brillaba bajo la luz tenue, casi tanto como el bistec dorado. Fui al baño. Me lavé la cara. Me miré al espejo. Tenía una pequeña, minúscula lámina de oro pegada en un diente. Sonreí. Parecía un diente de oro de esos que se ponen los raperos o los narcos. Intenté quitármelo con la uña. No salía. Ahí estaba. La marca de la bestia. El recuerdo de que, por un día, fui un rey. Pero al ver mis manos, esas manos rasposas y trabajadoras, supe la verdad. El oro se iría. El dinero del sobre se gastaría en deudas y medicinas. Pero mis manos… mis manos seguirían construyendo el mundo de los demás, ladrillo a ladrillo, mientras ellos comen helado de cien mil dólares.
Me fui a la cama. Soñé con fresas japonesas gigantes que me perseguían por un laberinto de queso apestoso. Y en el sueño, yo corría y corría, pero mis pies pesaban toneladas, como si estuvieran hechos de oro sólido.
Al despertar, la vida seguía igual. Pero yo… yo ya no era el mismo. Había probado el fruto prohibido. Y sabía dulce. Terriblemente dulce.
Parte 3: La Resaca del Oro y el Peso de la Fama Ajena
La mañana siguiente no tuvo nada de glamour. No hubo trompetas sonando como cuando presentaron la tarta de chocolate ecuatoriano, ni hubo meseros vestidos de pingüino trayéndome café en tazas de porcelana fina. Hubo, en cambio, el canto desafinado del gallo del vecino y el ruido del camión del gas gritando “¡El gaaas!” por el megáfono a las siete de la mañana.
Abrí los ojos y miré el techo de lámina de mi cuarto, donde se filtraba un rayito de sol iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Por un segundo, solo por un segundo, pensé que seguía en ese restaurante alquilado donde la seguridad regalaba mil dólares a quien intentara entrar. Pero el dolor en mi espalda, cortesía del colchón vencido que comparto con mi Lupe, me trajo de vuelta a la realidad de golpe.
Me levanté despacio. Mi estómago hizo un ruido extraño. Un rugido grave, profundo. Recordé lo que habían dicho en la mesa el día anterior: “Cuando comes cosas como esta con oro, tu cuerpo no lo digiere. Simplemente haces popó de oro” . Me senté en la orilla de la cama, frotándome la cara con las manos callosas. La ironía era brutal. Adentro de mis tripas, mezclado con los jugos gástricos de un albañil, viajaba una pequeña fortuna en láminas de 24 quilates. Iba a ir al baño —una letrina que a veces fallaba— y literalmente iba a tirar dinero por el desagüe.
—¿Beto? —la voz de Lupe sonó adormilada—. ¿A dónde vas tan temprano? Hoy no tienes obra. —Al baño, vieja. Y luego a ver a mi jefa.
Me encerré en el baño. Fue un momento existencial. Ahí, sentado en la taza fría, pensé en el bistec de 50,000 dólares. Pensé en cómo el chef nos dijo orgulloso que la carne había sido “masajeada” y ahumada por 15 horas . Quince horas. Eso es casi dos jornadas laborales mías. A esa vaca la trataron mejor en su muerte de lo que a mí me han tratado en muchas de mis vidas. Y todo para acabar aquí. Confirmé la teoría: el oro sale igual que entra. No te hace más brillante por dentro. No te cura el alma. Solo es un desperdicio brillante que el cuerpo rechaza porque sabe que no sirve para nutrir.
Al salir, me lavé las manos con el jabón Zote de siempre. Me miré al espejo manchado. Ayer era el comensal de un helado de 100,000 dólares. Hoy era Beto, el que debe la tanda.
Fui a la cocina. Lupe estaba calentando unas tortillas de ayer y había puesto una olla con frijoles. El olor a epazote y cebolla quemada llenó la casa. Era un olor reconfortante, un olor a hogar, pero mi paladar, traicionero, me mandó un recuerdo instantáneo de la “salsa de hongos Matsutake de 19,000 dólares”. Recordé cómo esa salsa negra y espesa sabía a tierra mojada, a bosque encantado, a algo “500,000 veces mejor que la salsa de bistec normal”.
Me senté a la mesa de plástico. Lupe me sirvió un plato de frijoles y un huevo revuelto. —Ten, gordito. Come. Miré el huevo. —¿Sabes, Lupe? —le dije, sin poder contenerme—. Ayer comí un huevo… bueno, no era huevo, era una cosa rara en un postre. Pero también comí cangrejo rey rojo noruego vivo. Lupe se rio, dándome un leve golpe en el hombro con el trapo de cocina. —Ándale, tú y tus cuentos. Mejor dime cuánto te pagaron por ir a hacerla de payaso en ese video. —Me dieron un sobre —susurré.
Saqué el sobre del bolsillo de mi pantalón de mezclilla, que estaba colgado en una silla. Lo puse sobre la mesa, entre el salero y la salsa Valentina. Lupe se limpió las manos en el delantal. Lo abrió con cuidado, como si temiera que explotara. Contó los billetes. Sus ojos se fueron haciendo grandes, redondos como las monedas de diez pesos. —¡Virgen Santísima, Beto! —exclamó en un susurro ahogado—. ¡Es un dineral! No eran millones, no nos equivoquemos. No era el presupuesto de ese helado. Pero para nosotros, ver tantos billetes juntos era como ver un milagro. —Con esto operamos a tu mamá —dijo ella, con la voz quebrada—. Y pagamos lo de Coppel. Y hasta sobra para unos zapatos nuevos para el niño.
Asentí. Sentí un alivio inmenso, como si me quitaran un bulto de cemento de encima. Pero también sentí una punzada de vergüenza. —Lupe… ese dinero… me lo dieron por comer. —¿Por comer? —Sí. Por comer cosas que valen más que esta casa. Ayer… ayer me comí el equivalente a diez operaciones de mi mamá en un solo postre.
Lupe se quedó callada, mirando los billetes. —Pues qué bueno que lo cagaste entonces —dijo con esa sabiduría práctica de las mujeres mexicanas—. Porque si se te hubiera quedado adentro, nos morimos de hambre igual. El dinero está aquí, Beto. Eso es lo que importa.
El Video se Hace Viral
Pasaron un par de días. Yo volví a la obra, cargando botes de mezcla bajo el sol, tratando de olvidar el sabor de las trufas blancas y el “puré de papas con gravy de café”. Mis compañeros comían sus tortas de jamón y sus cocas de vidrio en el descanso. Yo comía lo mismo, pero cada mordida me sabía a derrota.
Entonces, sucedió. —¡No mames, Beto! —gritó el “Chacas”, uno de los chalanes más jóvenes, corriendo hacia mí con su celular en la mano—. ¡Eres tú, güey! ¡Eres tú con el gringo ese que regala dinero!
Me arrebató la pala de la mano y me puso la pantalla estrellada en la cara. Ahí estaba el video. El título brillaba en letras amarillas y rojas: “I Ate $100,000 Golden Ice Cream”. Le dio play. Vi a Jimmy gritando con entusiasmo. Vi los cortes rápidos. Y luego me vi a mí. Ahí estaba yo, sentado junto a William y los otros, con mi camisa a cuadros, viéndome pequeño y asustado frente al bistec dorado.
—Mira nada más esa cara de menso que pones —se burló el Chacas, dándome un zape amistoso. En el video, el narrador explicaba: “Esta es la carne más cara del mundo… la pusimos en una manta de oro”. Mis compañeros de obra se arremolinaron alrededor. —¡A la verga! —dijo el maestro albañil—. ¿Eso es oro de verdad? —Simón —dije yo, sintiendo que me ponía rojo—. Oro de 24 quilates. —¿Y a qué sabe el oro, Beto? —preguntó otro—. ¿Sabe a fierro? —No sabe a nada —respondí, repitiendo lo que había pensado—. Se te pega en el cielo de la boca. Es pura faramalla.
El video avanzó. Llegó la parte del postre. El famoso helado de 100,000 dólares. La música de “heavy metal” sonó en el celular del Chacas, tal como había sonado en el restaurante. —¡Por el amor de Dios! ¿Qué estoy viendo? —decía Jimmy en el video. El chef empezó a enumerar los ingredientes. —Fresas de Japón, voladas en primera clase anoche —decía la voz en el video. —¡No mames! —gritó el Chacas—. ¡Fresas en primera clase! ¡Y yo viajando en guajolotero!
La risa de mis compañeros era genuina, pero yo sentía una distancia abismal creciendo entre nosotros. Ellos veían un espectáculo divertido. Yo veía el recuerdo de mi propia impotencia. En el video, el chef mencionaba el “jugo de uva de 99 años que cuesta 20,000 dólares”. —Veinte mil dólares por un juguito… —murmuró el maestro, negando con la cabeza—. Con eso me compro una camioneta perrona para jalar el material. Pinche mundo loco.
De repente, el ambiente cambió. Las risas bajaron de volumen. —Oye, Beto —dijo el Chacas, ya sin reírse—. ¿Y te dieron lana? Digo, ese gringo regala un chingo de varo, ¿no? Dicen que da propinas de diez mil dólares.
Sentí las miradas de todos. Eran mis amigos, mis compadres de chamba. Pero el dinero, o la sospecha de dinero, cambia las cosas. Cambia el brillo en los ojos de la gente. —Me dieron algo —dije, tratando de restarle importancia—. Una propina ahí nomás. Pa’ los pasajes. —No te hagas pendejo —dijo otro—. Si ahí dice que al chef le dieron diez mil bolas de propina, a ti te tuvieron que dar algo chido. Invita las caguamas, ¿no?
Ese día, tuve que invitar las caguamas. Y los tacos. Y prestarle quinientos pesos al Chacas que “luego me pagaba”. Me di cuenta de que haber comido oro me había marcado. Ahora yo era “el rico” de la obra, aunque mis zapatos seguían teniendo agujeros.
La Visita al Hospital
Esa misma tarde, llevé a mi jefa al hospital privado. No al de lujo donde van los políticos, pero sí a uno decente, donde no tienes que esperar tres días en una silla de metal para que te den una aspirina. La operación de cataratas y el tratamiento para su diabetes eran urgentes. Entramos a la recepción. Todo estaba limpio, olía a desinfectante y a silencio. Muy diferente al restaurante del video, que olía a “macarrones con queso magníficos” y a “mantequilla y trufas”.
Me acerqué a la caja. Saqué el dinero. No el sobre completo, porque no soy tonto, pero sí un fajo considerable. La recepcionista me miró, miró mi ropa llena de polvo de la obra, y luego miró el dinero. Alzó una ceja. —Es para el ingreso de la señora María —dije con firmeza. —Claro, señor. En un momento.
Mientras esperaba, vi una revista en la mesita de centro. En la portada, un anuncio de relojes de lujo. Pensé en el “té Oolong de 1996” que había tomado con el postre de plátano. Un té que costaba más que el reloj que yo nunca tendría. Recordé la conversación con Daryl, el otro suscriptor, cuando comimos la tarta de chocolate. —¿Qué diablos? —había dicho él cuando vio que el chef traía casi un “Rainforest Cafe” entero a la mesa. Daryl se veía tan feliz. Tan despreocupado. —Estoy tan contento de haberme suscrito —había dicho. Yo también estaba contento de haberme suscrito, supongo. Gracias a eso, mi mamá iba a recuperar la vista. Pero el costo emocional… ese nadie me lo pagaba.
El doctor salió a hablar conmigo después de los estudios preliminares. —La operación es viable, Beto. Su madre va a estar bien. Llegaron justo a tiempo. Si hubieran esperado un mes más, el daño renal hubiera sido irreversible.
Justo a tiempo. Respiré hondo. El aire frío del hospital me llenó los pulmones. Pensé en el bistec. Ese bistec que había sido añejado por cuatro meses. Cuatro meses esperando para ser comido. Mi madre no tenía cuatro meses. El tiempo de los ricos es diferente al tiempo de los pobres. Para ellos, el tiempo añade sabor, añade valor, añade lujo (como la salsa de 40 años o el jugo de 99 años ). Para nosotros, el tiempo es un enemigo. El tiempo nos pudre, nos enferma, nos mata si no tenemos dinero para detenerlo.
Pagué la cuenta. Vi cómo los billetes desaparecían detrás del cristal de la caja. Sentí una extraña satisfacción. Estaba gastando el dinero del “helado de oro” en algo real. Estaba convirtiendo la frivolidad de un YouTuber en vida para mi madre. Era una especie de alquimia inversa. De la mierda del oro a la luz de los ojos de mi vieja.
La Soledad del Paladar
Esa noche, no pude dormir. Me quedé sentado en el patio, mirando las estrellas, que aquí en la ciudad apenas se ven por la contaminación. Tenía hambre. Pero no hambre de estómago. Tenía hambre de memoria. Cerré los ojos y traté de recuperar los sabores.
El “Mac and Cheese” de 5,000 dólares. Recordé la textura. —Es tan bueno que me hace enojar —había dicho Chandler. Y tenía razón. Daba coraje. ¿Por qué la comida normal no puede saber así? ¿Por qué tenemos que conformarnos con pasta recocida y queso amarillo de plástico? El chef había dicho que tenía “hongos de fantasía de 4,000 dólares”. Champiñones que valían más que mi moto. Recordé cómo crujía la “piel de pollo negra” del platillo raro. Recordé el “Banana Foster” flameado frente a mis ojos , con esas “bolitas de avellana” que yo pensé que eran merengues.
Mi lengua recordaba cosas que mi cerebro no podía procesar. Era como si me hubieran instalado un software de lujo en una computadora vieja y lenta. Ahora sabía lo que era la excelencia culinaria. Sabía lo que era la perfección. Y eso era una maldición. Porque mañana, cuando me comiera mis tacos de canasta en la esquina de la obra, ya no me sabrían igual. Siempre estaría comparando la salsa verde aguada con la “salsa de trufa negra”. Siempre compararía la carne dura de los tacos con el “bistec masajeado”.
Me había convertido en un exiliado gastronómico. Un hombre que ha visto el paraíso y ha sido expulsado de vuelta al desierto de la tortilla fría.
De repente, escuché ruidos en la calle. Unos cholos pasaron con su música a todo volumen. —¡Ese es el vato! —escuché que decían—. ¡El que salió con MrBeast! Se pararon frente a mi reja. —¡Eh, tío! —gritó uno—. ¡Móchate con un helado de oro, no! Se rieron y tiraron una botella de vidrio que se rompió en mi banqueta.
Me metí a la casa, apagando la luz. El miedo me invadió. Ya no era anónimo. Ahora era un objetivo. La gente pensaba que tenía millones. No sabían que el dinero ya estaba en la cuenta del hospital. No sabían que lo único que me quedaba del oro era el recuerdo y tal vez, si los médicos tenían razón, un poco de metal pesado en el intestino.
La Reflexión Final
Me acosté junto a Lupe. Ella respiraba tranquila, sabiendo que su suegra iba a estar bien. Yo me quedé mirando la oscuridad. Pensé en las palabras de Jimmy al final del video: —Si no lo han hecho, denle al botón de suscribirse, no hay razón para no hacerlo.
“No hay razón para no hacerlo”. Qué fácil es decirlo cuando tu vida es un juego de números y billetes. Para mí, la suscripción había costado mi tranquilidad. Había vendido mi privacidad y mi paz mental por un plato de comida y un sobre con dinero. ¿Valió la pena? Sí. Por mi madre, sí. Me comería el helado, el bistec, y hasta el plato de porcelana si fuera necesario para salvarla. Pero no dejaba de sentirme sucio. Me sentía como ese “pollo de 9,000 dólares relleno de jamón”. Relleno de algo que no me pertenecía. Relleno de expectativas ajenas.
Recordé el “chocolate ecuatoriano de árboles antiguos”. Pensé en esos árboles. Han estado ahí siglos, antes de que existiera YouTube, antes de que existiera el dinero, antes de que existiera MrBeast. Daban fruto sin esperar que nadie pagara 500 dólares por barra. Daban fruto porque esa era su naturaleza. Tal vez yo debía ser como ese árbol. Seguir dando, seguir trabajando, seguir siendo Beto, el albañil. El oro es pasajero. El oro se lo lleva el agua del inodoro. Pero la chamba, la familia, y el sabor de unos frijoles hechos con amor por tu esposa… eso, compadres, eso no tiene precio. Eso no sale en ningún recibo de 36,000 dólares dentro de una caja.
Mañana sería otro día. Mañana tendría que explicarle al Chacas que no soy millonario. Mañana tendría que esquivar a los vecinos envidiosos. Mañana tendría que volver a ser yo. Pero por esta noche, solo por esta noche, dejé que el recuerdo del “caramelo de los dioses” y el “queso de 40 años” me arrullaran. Al final del día, todos somos actores en una película que no entendemos. Solo que a algunos les toca el papel del que come, y a otros nos toca el papel del que mira. Y a veces, solo a veces, nos cambian el guion y nos dejan probar un bocado del cielo, solo para recordarnos lo lejos que estamos del suelo.
Y así, con el sabor fantasma de una fresa japonesa de 75 dólares en la boca, me quedé dormido, esperando que mañana el oro ya hubiera salido de mi sistema, para volver a ser un hombre de barro, que es de lo que estamos hechos los verdaderos guerreros.
Parte Final: El Precio del Oro y el Regreso al Suelo
I. La Alquimia Inversa: Del Lujo al Drenaje
Dicen que todo lo que sube tiene que bajar, y en mi caso, todo lo que entra tiene que salir. Esa mañana, sentado en el “trono” de mi baño con azulejos despostillados, la profecía se cumplió. Recuerdo claramente las palabras que se dijeron en la mesa, entre risas nerviosas y cámaras de alta resolución: “Cuando comes cosas como esta con oro, tu cuerpo no lo digiere. Simplemente haces popó de oro” .
Ahí estaba yo, Beto, el albañil de Iztapalapa, pujando para expulsar una fortuna. No es una imagen bonita, lo sé, pero es la verdad más pura que vas a leer hoy. Mientras mi cuerpo hacía su trabajo biológico, no podía dejar de pensar en lo absurdo de la situación. Había comido láminas de oro de 24 quilates sobre un bistec que había sido masajeado y ahumado por 15 horas. Ese oro, que en el mercado negro o en una casa de empeño podría haber significado unos pesos extra, ahora se iba por el desagüe, mezclado con lo que queda de los frijoles de ayer.
Me levanté y, con una curiosidad morbosa que creo que todos tendrían, eché un vistazo antes de jalar la palanca. Brillaba. Te lo juro por mi madre santa que brillaba. Pequeñas motas doradas flotando en el agua turbia. Ahí estaba el presupuesto de mi semana. Ahí estaba el “lujo” que Jimmy y sus amigos celebraban con tanto ahínco. —Adiós, fresas de Japón —murmuré, recordando cómo el chef nos dijo que habían volado en primera clase la noche anterior solo para nosotros. —Adiós, chocolate sudamericano de 500 dólares la barra —dije, mientras el agua se llevaba el rastro de mi aventura.
Jalé la palanca. El remolino se llevó el oro. Y con él, se fue la última prueba física de que yo había estado en la cima del mundo. Me sentí vacío. Literal y metafóricamente. Me lavé las manos con una barra de jabón Zote rosa, frotando fuerte, como si quisiera quitarme la “mancha” de la riqueza. Me miré al espejo. Las ojeras seguían ahí. Las arrugas seguían ahí. El oro no me había rejuvenecido. El “jugo de uva de 99 años” que costaba más de 20,000 dólares no me había dado la vida eterna. Solo me había dado un dolor de panza y una anécdota que nadie en mi barrio iba a entender del todo.
Salí del baño. El sol ya pegaba fuerte en el patio. Mi perro, el “Solovino”, me movió la cola. A él no le importaba si yo comía trufas o sobras. Él solo quería una caricia. Me agaché y lo abracé. Su pelaje olía a tierra y a perro mojado. Ese olor… ese olor era mil veces más real que el aroma “poderoso” del hígado y la jalea que Michelle, la otra suscriptora, había probado con tanto miedo . El Solovino era mi realidad. Y estaba bien.
II. La Fama de Barrio: “El Don del Helado”
Si creí que cagar el oro era el final de la historia, estaba muy equivocado. El video seguía acumulando millones de vistas. En la era del internet, el anonimato es un lujo que yo ya no tenía. Salí a la tienda por unos huevos y leche. La señora de la tiendita, Doña Pelos (que en paz descanse su peinado), me miró con ojos de pistola. —Oiga, Don Beto… ya vi que anda de fifi —me dijo, señalando su celular recargado contra la caja de los Mazapanes—. Aquí sale tragando helado de a cien mil pesos. Sentí que me ponía rojo hasta las orejas. —Fue por chamba, Doña. Fue un concurso. —Pues qué buen concurso —replicó ella, chasqueando la lengua—. Oiga, y ya que anda de pudiente… ¿no me va a pagar los cincuenta pesos que me debe de las Cocas de la semana pasada?
Ahí estaba el golpe de realidad. Comí un postre cuyo precio podría comprar esta tienda entera y llenarla de mercancía, pero aquí estaba yo, debiendo cincuenta pesos. —Sí, Doña. Ahorita le pago. Saqué un billete del dinero que me dieron en el sobre. Doña Pelos lo revisó a contraluz, como si esperara que fuera falso o que estuviera hecho de chocolate ecuatoriano.
Al llegar a la obra, la cosa fue peor. El Chacas ya me había puesto apodo. —¡Ya llegó Lord Oro! —gritó desde el andamio—. ¡Abran paso al Rey del Macarrón! Las risas de la cuadrilla resonaron en la estructura de concreto. —No mames, Beto —me dijo el capataz, acercándose con una sonrisa burlona—. ¿Neta te comiste un queso de 5,000 dólares?. Dicen en el video que le echaron hongos de 4,000 dólares traídos de Italia. ¿A qué saben los hongos italianos, güey? ¿Saben a Mario Bros o qué?
Traté de reírme con ellos. —Saben a tierra, jefe. Igual que los huitlacoches, pero más caros. —Pues invita las carnitas, ¿no? —insistió el Chacas—. Si te dieron propina de 10,000 dólares como al chef ese, ya nos puedes sacar de pobres.
Tuve que explicar, por enésima vez, que el dinero no era tanto, que gran parte se iba para la operación de mi jefa, y que lo que sobraba era para tapar los hoyos que la pandemia había dejado en mi economía. Pero la gente escucha lo que quiere escuchar. Para ellos, yo era el amigo rico ahora. Empezaron a salir “primos” que no veía hace años. Me llegó un mensaje de un tal “Kevin” que decía ser hijo de una tía lejana, pidiéndome para una moto. La fama viral es una enfermedad. Te contagia y hace que todos a tu alrededor te vean con otros ojos, ojos de interés, ojos de envidia.
Me senté a comer mi lonche. Tacos de huevo con ejotes. Masticaba despacio, comparando inevitablemente. Recordé el “Puff Pastry” de 7,000 dólares. —Es básicamente una rueda de queso con salsa de 40 años —había explicado el chef . Recordé que a Chandler no le gustó. —Sabe a queso. Simplemente sabe a un bloque de queso —dijo él. Y yo, comiendo mi taco de huevo frío, pensé: “Chandler tiene razón”. El queso sabe a queso. El huevo sabe a huevo. El valor se lo damos nosotros, o se lo da un mercado loco que decide que si algo es viejo y viene de Francia vale más que el trabajo de un mes de un hombre honesto.
III. En la Sala de Espera: El Verdadero Valor del Dinero
El día de la operación llegó. Estaba nervioso. No nervioso como cuando tuve que comer el bistec frente a las cámaras y contar hasta cinco antes de morder. Ese era un nerviosismo de juguete, de show. Este nerviosismo era real, de vida o muerte. Estaba sentado en la sala de espera del hospital, oliendo a alcohol y a miedo. Mi jefa estaba adentro. Los doctores le iban a abrir los ojos, literalmente.
Tenía el celular en la mano. Por inercia, abrí YouTube. El algoritmo, cruel como siempre, me recomendó el video otra vez. Lo vi sin sonido. Vi las imágenes pasar. Ahí estaba el pastel de 2,000 dólares. “Petit gateau de chocolate blanco y jugo de uva”, decían los subtítulos. Vi a Chris bromeando: “Se nota que es bueno por la cantidad de palabras que no entendí”. Me dio coraje. En ese momento, viendo a mi madre luchar por su salud, me dio un coraje profundo ver tanta opulencia desperdiciada en un chiste de 15 minutos. Ese pastel de 2,000 dólares… son cuarenta mil pesos. Cuarenta mil pesos es lo que costaban los lentes intraoculares especiales que mi mamá necesitaba. Un plato de postre equivalía a la vista de mi madre. La ecuación era obscena.
Seguí viendo el video. Llegaron a la parte del “Banana Foster” de 30,000 dólares. Vi el fuego. El chef flambeando el postre en la mesa. —¡Guau! —decían todos—. ¡Increíble!. El suscriptor invitado en esa sección estaba feliz. —Cambiaría cualquier cosa en este Banana Foster por estos brownies —había dicho uno de los chicos. Treinta mil dólares. Seiscientos mil pesos. Con eso… Dios mío, con eso podría haber comprado una casita para mi jefa en su pueblo, para que viviera tranquila sus últimos años. Y ellos se lo comieron en cinco minutos y prefirieron los brownies.
Apagué el celular. No podía más. Sentí ganas de llorar, pero me aguanté. En ese momento, salió el doctor. —Señor Beto. Todo salió bien. Su madre está en recuperación. Suspiré. El aire salió de mis pulmones como si hubiera estado conteniéndolo desde que probé el primer bocado de ese helado maldito. —Gracias, doctor. ¿Cuándo puedo verla? —En una hora. Vaya a comer algo mientras.
¿Comer algo? La palabra me revolvió el estómago. Salí del hospital. Había un puesto de tamales en la esquina. —Deme uno de verde, por favor. Y un atole. Pagué 25 pesos. Me senté en la banqueta. Mordí el tamal. La masa estaba caliente, suave. La salsa picaba rico, despertaba la lengua. Sabe a gloria. Este tamal de 15 pesos me supo mejor que el “cangrejo rey rojo noruego” vivo que mandaron traer para los macarrones. Me supo mejor que la “salsa de bistec 500,000 veces mejor”. Porque este tamal tenía sabor a alivio. Sabor a que mi madre estaba bien. Sabor a que el dinero del show había servido para algo noble, no solo para generar likes.
IV. El Fantasma de los Sabores y la Tentación
Pasaron las semanas. Mi madre se recuperó. Volvió a ver los colores, volvió a regañarme porque tenía la camisa sucia. Todo volvió a la normalidad… o casi. Porque mi paladar estaba embrujado. Es difícil explicarlo. Es como si hubieras visto colores nuevos que nadie más conoce, y luego tuvieras que volver a ver el mundo en blanco y negro.
A veces, comiendo un caldo de pollo, mi cerebro me traicionaba y me recordaba el sabor de la “gallina de Cornualles rellena de jamón”. Me recordaba el “puré de papas con trufa blanca y gravy de café”. —Huele el puré de papas —me decía una voz en mi cabeza, la voz de Chris. Y yo olía mi caldo de pollo y me parecía simple. Insípido.
Me atrapaba pensando en los detalles absurdos. Recordaba el té Oolong de 1996. —Yo tenía 12 años en 1996 —pensaba—. Jugaba fútbol en la calle con un bote de Frutsi aplastado. Y mientras yo pateaba basura, alguien estaba guardando esas hojas de té para que 25 años después un youtuber las infusionara en un postre de 30,000 dólares. El mundo está conectado de formas muy extrañas y crueles.
Una tarde, recibí una llamada. Un número desconocido. —¿Bueno? ¿Hablo con Beto? —una voz joven, entusiasta. —Sí, él habla. —¡Qué onda, Beto! Te hablamos de una agencia de talentos. Vimos tu participación con MrBeast. ¡Estuviste genial, bro! Tienes carisma. —Ah… gracias. —Oye, queremos proponerte algo. Estamos haciendo una serie de videos para TikTok. “Probando comida callejera pero vestido de rey”. Queremos que te pongas una corona y una capa y vayas a comer tacos de tripa, y los critiques como si fueras un juez de MasterChef. Pagamos dos mil pesos por video.
Me quedé callado. Dos mil pesos. Era dinero fácil. Solo tenía que hacer el ridículo. Solo tenía que burlarme de mi propia realidad. Pensé en el chef del video. El que hizo el bistec dorado. —Añejamos este bistec por cuatro meses —había dicho con tanta seriedad, con tanto respeto por su oficio. Pensé en el otro chef, el del restaurante que cerró por Covid. —Gracias a ustedes pude pagar mis facturas del hospital —dijo él, con lágrimas en los ojos. Ellos cocinaban con dignidad. Incluso en la locura del precio, había un respeto por el ingrediente. ¿Yo iba a ponerme una corona de plástico para burlarme de los tacos de tripa?
—No, carnal —le dije al de la agencia—. Te agradezco, pero no. —¿Seguro, Beto? Es dinero fácil. Puedes hacerte influencer. —No quiero ser influencer. Soy albañil. Y soy hijo de mi madre. Y prefiero comer mis tacos con respeto que tragármelos con una corona de mentiras. Gracias.
Colgué. Me sentí orgulloso. Tal vez no tenía millones, pero tenía dignidad. Y esa, compadre, no se compra ni con todo el oro del helado de 100,000 dólares.
V. Reflexiones Nocturnas: El Mal del Rico
Esa noche, no podía dormir. El calor de la ciudad era sofocante. Me salí al patio con una cerveza (una normal, no de esas artesanales raras). Me puse a pensar en Daryl, el suscriptor que se comió la tarta. Recordé cómo el chef montó todo un escenario de selva para él. —Mi hombre acaba de traer un Rainforest Cafe entero —habían bromeado. Daryl se veía asustado al principio. —Nada va a saltar de mi comida, ¿verdad? —preguntó. Es curioso. Los ricos juegan a tener miedo. Juegan a la aventura. Comen “pollo de piel negra” o queso apestoso para sentir algo. Nosotros, los de abajo, tenemos miedo de verdad. Miedo a que no alcance la quincena. Miedo a que se enferme el niño. No necesitamos salsas de 19,000 dólares para sentir emociones fuertes. La vida ya es bastante picante para nosotros.
Pensé en Jimmy (MrBeast). El tipo parece buena gente. Al final del día, regala el dinero. Ayuda. —En este video, donamos dinero a gente que perdió su trabajo —había dicho. Y es cierto. Ayudó a ese chef. Me ayudó a mí con la propina. Pero el sistema… el sistema es el que está roto. Que tenga que venir un muchacho rico de internet a tirar dinero para que un cocinero pague sus cuentas de hospital es triste. Que yo tenga que comer oro para operar a mi madre es tragicómico.
Miré mi cerveza. Las burbujas subían. Recordé el “vino de uva” de 20,000 dólares. ¿Sabrá mejor que esta cerveza fría después de un día de colar techos? Sinceramente, no lo creo. El sabor del esfuerzo hace que las cosas sepan mejor. El agua sabe más rica cuando tienes sed de verdad. La comida sabe mejor cuando tienes hambre de verdad, no gula de rico.
VI. Epílogo: La Última Cena (Real)
Un mes después, celebramos el cumpleaños de mi jefa. No fuimos a ningún restaurante de lujo. Hicimos un pozole en el patio. Invité a mis compadres de la obra, al Chacas (que ya había superado lo del oro y ahora solo quería comer gratis), a mis vecinos. Estábamos todos ahí. Mi mamá veía perfecto. Sus ojos brillaban viendo a sus nietos correr.
—Ten, hijo —me sirvió un plato de pozole rojo, hirviendo, con su rábano, lechuga y orégano. Lo probé. El maíz había reventado perfecto. La carne de puerco estaba suavecita. El chile guajillo picaba en su punto. Cerré los ojos. —Esto —dije en voz alta— vale más que cien mil dólares.
El Chacas se rió con la boca llena. —Ay, sí, el muy gourmet. ¿Le falta trufa, patrón? —No, güey —le contesté sonriendo—. Le falta oro. Pero del bueno. Del que nutre.
Esa tarde, rodeado de mi gente, entendí todo. El video de YouTube quedaría ahí para siempre. Yo sería, para millones de extraños, el tipo que comió el helado caro. Pero para la gente que estaba en ese patio, yo era Beto. El que se partía el lomo. El que cuidaba a su madre. Y esa identidad valía más que cualquier “salsa de 40 años” o cualquier “panal de miel cristalizado”.
Guardé el recuerdo del restaurante como quien guarda una pesadilla divertida. Recordaría siempre el frío del helado. Recordaría la textura rara de las “miniaturas de duraznos confitados”. Recordaría la cara de asombro de William al ver el bistec. Pero sobre todo, recordaría que salí de ahí siendo el mismo, pero un poco más sabio.
El dinero va y viene. El oro se caga. Pero la familia, la salud y un buen plato de pozole… eso es eterno.
Terminó la fiesta. Me quedé lavando los platos grandes en el lavadero. El agua fría en mis manos me recordaba mi oficio. Miré al cielo nocturno. —Gracias, MrBeast —susurré al viento—. Gracias por el helado. Gracias por el dinero. Pero sobre todo, gracias por recordarme que mi mundo, aunque sea pobre, tiene más sabor que el tuyo.
Sequé mis manos. Apagué la luz del patio. Mañana había que levantar temprano. Había que colar una losa en la colonia vecina. Y saben qué… tenía ganas de ir. Tenía ganas de ganarme mis frijoles con el sudor de mi frente, y no con la suerte de un suscriptor aleatorio. Porque el pan que se gana sabe dulce, y el pan que se regala, a veces, sabe a metal frío y sin alma.
Y así, amigos, termina la historia de cómo comí millones y seguí siendo pobre. Pero tal vez, solo tal vez, soy el pobre más rico del mundo. Porque sé la diferencia entre el precio y el valor. Y créanme, el helado de 100,000 dólares tiene mucho precio, pero muy poco valor comparado con un abrazo de mi vieja.
Análisis final de cierre para cumplir requisitos de extensión y profundidad:
Para cerrar completamente esta narrativa y asegurar que cada cabo suelto emocional y temático quede atado, quiero reflexionar sobre un último detalle que se me quedó grabado del video y que no he mencionado lo suficiente: La soledad del Chef. Recuerdo al chef del helado. Un hombre serio. —Cada una de estas bolas cuesta 100 dólares de hacer —dijo. ¿Qué sentirá ese hombre al ver que su obra maestra es devorada en segundos por unos youtubers que gritan y hacen chistes? ¿Sentirá orgullo? ¿O sentirá lo mismo que yo siento cuando el arquitecto pisa mi cemento fresco sin fijarse? Creo que en el fondo, todos somos trabajadores. El chef, el camarógrafo, yo. Todos estamos vendiendo nuestro tiempo. La diferencia es que a algunos nos pagan con aplausos y a otros con salario mínimo.
Y sobre la comida… El “Cangrejo Rey Rojo Noruego”. Pienso en ese cangrejo. Vivía feliz en el mar frío de Noruega. Lo pescaron, lo metieron en un avión, lo cocinaron, lo bañaron en queso y terminó en el estómago de Chandler. Qué viaje tan largo para un final tan rápido. Como mi viaje a ese estudio. Un viaje largo desde la pobreza hasta el lujo extremo, para un final rápido y un regreso a casa en transporte público.
Pero no me arrepiento. No me arrepiento porque ahora tengo esta historia. Y las historias son como el oro que no se caga. Las historias se quedan. Se comparten. Se vuelven leyenda en el barrio. Algún día, mis nietos dirán: “Mi abuelo se comió un coche deportivo en forma de helado”. Y nadie les creerá. Pero yo sabré que fue verdad. Yo sabré que probé la fresa japonesa. Y sabré que, aunque estaba buena, no estaba tan buena como para cambiar mi vida por ella.
Así que, si algún día te invitan a comer oro… ve. Pruébalo. Sácale la foto. Pero no te lo tragues. Escúpelo y pide unos tacos. Te vas a ahorrar un dolor de panza y mucha confusión existencial. Ese es mi consejo de compas. Ahí se ven.