En nuestro pueblo las vacas amanecían destrozadas y creíamos que eran los coyotes del desierto, pero el terror real comenzó cuando esa cosa decidió que nosotros éramos su nueva y verdadera presa.

El chillido de los perros de don Chuy se apagó de golpe, y lo único que quedó en el aire fue el sonido de nuestra propia respiración agitada detrás de ese tinaco viejo y oxidado.

Habíamos caminado casi tres kilómetros monte adentro, alejándonos de las últimas casas del pueblo, convencidos de que íbamos a encontrar la madriguera de los coyotes que le estaban partiendo la madre al ganado de nuestras familias. Qué chamacos tan más idiotas fuimos. El viento caliente de la noche nos pegaba en la cara, trayendo ese olor insoportable a cobre y a carne echada a perder que ya habíamos sentido cerca de los corrales.

Beto estaba arrodillado a mi lado en la tierra seca, apretando una linterna que no se atrevía a prender. Temblaba de tal forma que yo podía escuchar cómo rechinaban las suelas de sus tenis contra las piedras.

—No son coyotes, güey… —me susurró Lalo con la voz completamente rota, señalando con un dedo manchado de polvo hacia el matorral que teníamos a unos veinte metros—. Los coyotes no caminan así.

El silencio se volvió asfixiante. Ya no se escuchaban ni los grillos, ni el viento. La poca luz de la luna apenas nos dejaba ver una silueta encorvada, alta, demasiado grande para ser cualquier animal de por acá, moviéndose entre los sahuaros con un sonido húmedo, como si estuviera masticando algo. El corazón me latía tan fuerte que sentía punzadas en el pecho, y el sudor frío me escurría por el cuello ensuciando el cuello de mi playera.

Y entonces, la silueta dejó caer lo que traía en el hocico. Se enderezó lentamente sobre dos patas largas, casi deformes, y giró su cabeza directo hacia donde estábamos escondidos en la penumbra.

Parte 2

El tiempo pareció detenerse por completo. Esa cosa nos estaba mirando fijamente, parada sobre esas patas largas y casi deformes, y yo sentía que se me iba a salir el corazón por la boca. No era un coyote, no era un lobo, no era un puto oso. Era algo que no debería existir. Sus ojos, bajo la luz cenicienta de la luna, brillaban con un tono rojizo, enfermo, como si estuvieran inyectados de sangre. No parpadeaba. Y lo peor de todo no era su tamaño, ni las garras que le colgaban de los brazos largos y flacos, sino la inteligencia en su mirada. Sabía perfectamente que estábamos escondidos detrás de ese tinaco oxidado. Nos estaba evaluando.

Beto seguía arrodillado a mi lado en la tierra seca, apretando la linterna que no se atrevía a prender, temblando tanto que sus tenis rechinaban contra las piedras. Yo quería decirle que se callara, que no hiciera ruido, pero no me salía la voz. Tenía la garganta completamente cerrada por el pánico. El viento caliente nos volvía a golpear la cara, trayendo de nuevo ese olor insoportable a cobre y carne podrida, pero ahora era tan fuerte que me daban arcadas.

Lalo, que estaba a mi otro lado, soltó un quejido pequeñito, como un perro asustado. Ese sonido, por más leve que fue, rompió el encanto.

La criatura ladeó la cabeza, con un movimiento brusco, antinatural, como si tuviera el cuello roto. Abrió el hocico y dejó salir un sonido que me va a atormentar hasta el día que me muera. No fue un rugido. Fue una especie de silbido agudo, mezclado con un chasquido húmedo, como si estuviera tragando aire y escupiéndolo a la vez.

“¡Córranle, a la verga!” gritó Lalo, poniéndose de pie de un salto.

Ese fue nuestro peor error. En cuanto Lalo rompió a correr hacia los matorrales, dándonos la espalda, la bestia se dejó caer sobre sus cuatro patas con una agilidad espantosa y se lanzó hacia nosotros. No corría como un perro; daba zancadas larguísimas, como si la gravedad no le afectara igual.

“¡Beto, párate, güey, párate!” le grité, jalándolo de la playera con todas mis fuerzas.

Beto reaccionó tarde, soltó un grito ahogado y se tropezó con sus propios pies antes de empezar a correr detrás de mí. Nos metimos de lleno al monte. La oscuridad era casi total. Las ramas de los mezquites y los sahuaros me rasguñaban la cara y los brazos, desgarrándome la ropa, pero yo no sentía dolor, solo sentía el terror más puro y primitivo inyectado en las venas.

“¡No mames, no mames, no mames!” repetía Beto detrás de mí, llorando, tropezando con las piedras, pisando los nopales.

Yo corría a ciegas, intentando seguir la silueta de Lalo que se perdía metros adelante. El sonido de nuestras propias respiraciones agitadas era ensordecedor, pero por encima de todo, escuchaba cómo esa cosa venía destrozando la maleza detrás de nosotros. Y venía rápido. Jugando. Si hubiera querido, nos habría alcanzado en los primeros tres segundos. Estaba disfrutando la cacería.

De repente, la tierra desapareció bajo mis pies. Habíamos llegado a la orilla de un arroyo seco. Sentí el golpe seco en las rodillas y el sabor a polvo llenándome la boca al caer por una pendiente de tierra suelta y piedras. Rodé varios metros, golpeándome la cabeza contra algo duro, hasta quedar tendido en el fondo del cauce. Un par de segundos después, escuché el golpe sordo de Beto cayendo cerca de mí, quejándose con un dolor profundo.

Me quedé quieto, escupiendo tierra, tratando de ubicarme. Todo me daba vueltas.

“¿Lalo?” susurré, con la voz quebrada. “¿Lalo, dónde estás?”

No hubo respuesta. El arroyo formaba una especie de trinchera natural, hundida un par de metros bajo el nivel del desierto. La oscuridad ahí abajo era absoluta. Me arrastré sobre el polvo, tanteando a ciegas hasta que toqué la pierna de Beto. Estaba hecho un ovillo, agarrándose el tobillo, sollozando en silencio. Le tapé la boca con la mano rápidamente. Estaba empapado en sudor frío, igual que yo.

Le acerqué la boca a la oreja. “Cállate, güey, por tu puta madre, cállate,” le supliqué.

Nos quedamos petrificados, pegados a la pared de tierra del arroyo. El silencio se volvió asfixiante otra vez. Los grillos habían desaparecido. Lo único que se escuchaba era el viento rozando las espinas allá arriba. Y entonces, justo en el borde por donde habíamos caído, escuchamos las pisadas. Eran lentas. Pesadas. El sonido de la arena aplastándose bajo unas garras enormes.

La bestia estaba ahí arriba, asomada.

Podía escuchar su respiración ronca, ese gorgoteo horrible en su garganta. Estaba buscando. Olfateando. El olor a carne echada a perder inundó el arroyo, tan concentrado que sentí que el estómago se me revolvía. Cerré los ojos con tanta fuerza que me dolieron los párpados, rezándole a Dios, a la Virgen, a quien fuera que estuviera escuchando, prometiendo que si salía vivo de esta, jamás volvería a salir de mi casa de noche. Qué estúpidos habíamos sido. Fuimos alejándonos de las casas del pueblo creyendo que éramos muy cabrones, buscando respuestas, y ahora íbamos a morir aquí, destrozados en el polvo como las putas vacas de don Chuy.

Pasaron los minutos más largos de mi vida. La respiración allá arriba se alejó lentamente. Escuché cómo las pisadas se movían por la orilla del arroyo y luego se desvanecían hacia el norte.

Beto me quitó la mano de la boca. Estaba hiperventilando.

“¿Ya se fue?” me preguntó en un susurro apenas audible.

“No sé… creo que sí,” le contesté, tragando saliva que sabía a sangre y tierra. “Tenemos que buscar a Lalo. Tenemos que largarnos de aquí.”

“No puedo, me chingué el pie,” sollozó Beto. “Me duele un chingo, no me puedo parar.”

“Tienes que poder, cabrón, si nos quedamos aquí nos va a matar. Apóyate en mí.”

Lo ayudé a levantarse. Apenas podía pisar. Le pasé un brazo por el hombro y empezamos a caminar por el fondo del arroyo, rezando para que este camino conectara eventualmente con el camino de terracería que llevaba de regreso al pueblo. Cada paso era una tortura. Las piedras nos cortaban a través de las suelas de los tenis y la oscuridad nos hacía chocar contra las paredes de tierra.

“Lalo se adelantó,” le dije, tratando de convencerme a mí mismo. “Seguro ya llegó a las luces de las casas, güey. Seguro ya fue a avisar.”

Pero yo sabía que era mentira. Lalo iba en la misma dirección que nosotros cuando caímos. Si él no estaba en el arroyo, es que se había quedado arriba.

Caminamos arrastrando los pies durante lo que parecieron horas, pero probablemente fueron solo unos veinte minutos. La adrenalina se me estaba bajando y empezaba a sentir el dolor de los cortes en mis brazos y el golpe en la cabeza. Beto estaba cada vez más pálido, se recargaba en mí con todo su peso.

De pronto, un ruido nos congeló la sangre.

Venía de enfrente. En la oscuridad del arroyo seco.

Era un llanto.

“Ayúdenme…” se escuchó, débil, quebrado. Era la voz de Lalo.

Beto y yo nos frenamos en seco. Se me puso la piel de gallina.

“¿Lalo?” pregunté en voz alta, sin importarme ya el silencio. “¡Lalo, estamos aquí, güey!”

“Ayúdenme… por favor, me duele…” repitió la voz, un par de metros más adelante.

Beto intentó soltarse de mi brazo para cojear hacia adelante. “¡Es Lalo, hay que sacarlo!”

Pero algo me detuvo. Una punzada de terror absoluto en el centro del estómago. La voz… sonaba igual a Lalo, sí. Era su tono, su forma de hablar. Pero no tenía eco. No tenía emoción. Sonaba hueca, metálica, como si la estuvieran reproduciendo desde una grabadora barata dentro de una lata. Además, la voz venía de un nivel más bajo. Como si Lalo estuviera tirado en el suelo.

“Espérate,” le dije a Beto, agarrándolo fuerte de la camisa. “Espérate, algo no cuadra.”

“Ayúdenme… me duele…” repitió exactamente la misma frase, con la misma entonación, ni una sílaba diferente.

“Lalo, levántate,” le dije, con la voz temblando. “Ven para acá.”

Hubo un silencio. Un silencio pesado, muerto.

Y entonces, desde la oscuridad absoluta a cinco metros de nosotros, escuchamos una risa. Pero no era una risa humana. Era un sonido ahogado, como si un perro intentara imitar a un humano riendo. Un gorgoteo espantoso que hizo eco en las paredes del arroyo.

“La linterna,” le dije a Beto, sintiendo cómo se me aflojaban las rodillas. “Prende la pinche linterna.”

“Nos va a ver…” lloró Beto.

“¡Que la prendas!”

Beto sacó la linterna de plástico de su bolsillo con manos temblorosas. El botón hizo un ‘clic’ seco, y un rayo de luz amarilla, débil y parpadeante, cortó la oscuridad.

El haz de luz iluminó el fondo del arroyo.

No estaba Lalo.

La luz nos mostró lo que esa cosa había dejado caer de su hocico cuando estábamos escondidos detrás del tinaco.

Estaba ahí, tirado en la tierra seca. Era la mitad del torso de uno de los becerros de don Chuy, con la carne desgarrada y negra por la sangre coagulada. La bestia lo había arrastrado hasta aquí. Lo había usado de señuelo. Y justo detrás de ese pedazo de carne putrefacta, agazapada, pegada al suelo casi como una araña enorme, estaba la criatura.

Sus ojos brillaron directamente en la luz de la linterna. La bestia abrió el hocico, enseñando unas hileras de dientes afilados, manchados de sangre y babas, y de su garganta salió otra vez esa imitación perfecta, mecánica y horrenda:

“Ayúdenme… por favor, me duele…”

Beto soltó un grito que me reventó los tímpanos. Dejó caer la linterna y se echó a correr hacia atrás, olvidándose por completo de su pie lastimado, en un estallido de adrenalina pura. Yo me quedé paralizado un segundo de más, viendo cómo esa aberración se impulsaba hacia adelante con sus patas deformes.

La linterna cayó al polvo, apuntando hacia un lado, proyectando sombras alargadas contra la pared de tierra. Vi cómo la sombra de la criatura se levantaba, enorme, y se abalanzaba.

Salí de mi trance y corrí detrás de Beto. Trepé por la pared del arroyo arañando la tierra suelta con las uñas, desesperado, sintiendo que en cualquier momento unas garras me iban a perforar la espalda y me iban a arrastrar hacia abajo. El pánico me daba una fuerza bruta que no sabía que tenía. Logré llegar al borde y rodé hacia la superficie plana del desierto, justo a tiempo para escuchar el grito de Beto.

Fue un grito desgarrador, agudo, lleno de un dolor inimaginable. Se cortó casi de inmediato con un sonido húmedo, como cuando un machete corta un costal de arena.

“¡BETO!” grité, asomándome al borde del arroyo.

Desde la oscuridad allá abajo, solo escuché el sonido de huesos rompiéndose y carne desgarrándose. Y luego, ese gorgoteo satisfecho. La bestia no me estaba persiguiendo. Ya tenía lo que quería. Estaba comiendo.

Lloré. Lloré como un niño chiquito, de rodillas en la tierra polvorienta, tapándome los oídos para no escuchar cómo mi amigo era devorado vivo a unos metros de mí. El olor a hierro y excremento llenó el aire. El asco y la culpa me golpearon con tanta fuerza que vomité ahí mismo, manchándome las manos y las rodillas.

Sabía que si me quedaba ahí, iba a ser el siguiente. Lalo estaba desaparecido, probablemente muerto, y Beto… Beto ya no existía. Solo quedaba yo.

Me levanté a trompicones y empecé a correr de nuevo. Ya no me importaba hacer ruido. Ya no me importaba si me clavaba espinas en las piernas. Corrí en línea recta, guiándome por el instinto, rogando que mis pasos me llevaran hacia el sur, hacia las luces del pueblo que parpadeaban pálidas a lo lejos, a kilómetros de distancia.

Corrí hasta que sentí que los pulmones se me iban a reventar. Corrí hasta que los pies se me llenaron de ampollas y las suelas de mis tenis se empezaron a deshacer contra las piedras. A cada paso, sentía que la criatura venía detrás de mí, que su aliento podrido me rozaba la nuca. Miraba por encima de mi hombro a cada segundo, viendo sombras moviéndose entre los cactus. El desierto entero parecía estar vivo, burlándose de mí.

La luna empezó a esconderse y el frío de la madrugada del desierto me caló hasta los huesos, congelando el sudor en mi playera. Ya no podía correr. Empecé a caminar, cojeando, abrazándome a mí mismo. Mi mente estaba rota. Solo podía pensar en la voz de Lalo saliendo de la boca de esa cosa. Solo podía pensar en el ‘clic’ de la linterna de Beto y en el silencio que vino después de su grito.

A lo lejos, vi los primeros postes de luz.

El amanecer empezaba a teñir el cielo de un tono morado sucio por encima de los cerros orientales. Las primeras casas, las de lámina y bloque sin enjarrar en las afueras del pueblo, aparecieron frente a mí. Nunca antes en mi vida había sentido tanto alivio de ver esas calles de tierra y esos tinacos viejos.

Llegué tambaleándome hasta la casa de Lalo. Quería gritar, quería tocar la puerta a golpes, pero no tenía fuerzas. Caí de rodillas frente a la cerca de malla ciclónica. Un perro ladró desde adentro. Luego dos. Alguien encendió una luz.

La puerta de madera se abrió y salió el papá de Lalo, don Artemio, en camiseta de tirantes, con los ojos hinchados por el sueño y una escopeta en la mano, alertado por los perros.

Me vio ahí tirado, cubierto de polvo, sangre seca, rasguños y vómito. Tiró el arma al suelo y corrió a abrir la cerca.

“¡Chamaco! ¿Qué te pasó? ¡Virgen santísima!” me agarró por los hombros, sacudiéndome. Su esposa salió detrás de él, tapándose la boca con las manos. “¿Dónde están Lalo y Beto? ¿Qué hacían en el monte a estas horas?”

Intenté hablar, pero solo me salió un sollozo. Me aferré a su camisa con las manos temblorosas.

“Nos cazó…” logré articular, con la voz tan ronca que no parecía mía. “Nos cazó en el arroyo. Allá arriba.”

En menos de una hora, la policía municipal y medio pueblo estaban reunidos afuera de mi casa. Mi mamá lloraba desconsolada abrazándome en el sillón de la sala, mientras me limpiaban las heridas con alcohol. Afuera, los hombres del pueblo organizaron partidas de búsqueda armados con rifles, machetes y linternas, subiéndose a las cajas de las camionetas para meterse al desierto.

Yo les conté todo. Les hablé de la silueta enorme encorvada moviéndose entre los sahuaros. Les conté de la voz metálica, del señuelo en el arroyo, de cómo arrastró a Beto. El comandante de la policía, un hombre gordo y bigotón, me miraba con una mezcla de lástima e incredulidad.

“Mijo,” me dijo, poniéndome una mano pesada en el hombro, “fueron unos pumas. O una jauría de perros salvajes que bajaron de la sierra. El miedo hace que uno vea cosas que no son, y en la oscuridad todo se hace más grande. Les hemos dicho mil veces que no anden de vagos en la madrugada.”

Nadie me creyó. O al menos, fingieron no creerme para no entrar en pánico.

Encontraron los restos de Beto al mediodía. Lo que quedaba de él. El comandante regresó con la cara pálida y los ojos vacíos, y simplemente dijo que el ataúd tendría que estar cerrado. De Lalo, jamás encontraron nada. Ni su ropa, ni un zapato. Se esfumó como si el desierto se lo hubiera tragado vivo.

El pueblo organizó funerales. Las autoridades concluyeron oficialmente que fueron ataques de coyotes rabiosos, cerraron el caso y emitieron toques de queda. Pusieron veneno en las afueras de los ranchos y mataron a cuanto perro callejero encontraron vagando por ahí. Pensaron que con eso se solucionaba todo.

Pero yo sé la verdad. Yo estuve ahí.

Han pasado dos años de aquella noche. Mi familia tuvo que mudarse de esa casa en la orilla del pueblo porque yo no podía dormir. Cada vez que caía el sol, me entraban ataques de pánico que me dejaban tirado en el suelo, llorando, apretándome el pecho. Dejé la escuela. Rara vez hablo con alguien.

La gente dice que quedé loco por el trauma de ver a mis amigos morir por animales salvajes. Pero no es el trauma lo que no me deja dormir.

Hace una semana, la sequía volvió a empeorar. El viento empezó a soplar caliente otra vez, trayendo ese mismo aire pesado y cargado de polvo. Y antenoche, mientras estaba acostado en mi cuarto, mirando el techo, con la ventana cerrada y las cortinas corridas, escuché algo afuera.

Un perro ladró, un ladrido brusco, asustado, y luego se calló de golpe, exactamente igual que los perros de don Chuy aquella noche.

Me quedé completamente quieto en mi cama. La sangre se me congeló. Y entonces, muy clarito, desde la calle, pegado a mi ventana, escuché un sonido.

“Ayúdenme… por favor, me duele…”

Era la voz de Beto. Exactamente igual. Perfectamente imitada, mecánica, hueca, intentando tentarme a salir a la oscuridad.

No fueron coyotes. Y sé que esa cosa nunca olvidó mi cara. Me encontró, y está esperando a que cometa un error. Está esperando a que la luz se apague.

FIN

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