
El sonido del presentador del noticiero rebotando en las paredes despintadas de mi cuarto me hizo soltar el vaso de agua. El cristal se hizo pedazos contra el piso de mosaico viejo, pero ni siquiera pude pestañear. Ahí estaba mi rostro, enorme, iluminado por la luz parpadeante del televisor.
Hacía apenas unas horas, yo estaba sentado frente al periodista más respetado de ese canal en la capital, entregándole la memoria USB que casi me cuesta la vida conseguir. Adentro iban las grabaciones, las pruebas claras de los niños que estaban siendo explotados como animales de carga en un túnel clandestino bajo Guanajuato. Ese hombre de traje fino me miró a los ojos, me dio un apretón de manos fuerte y me aseguró que por fin habría justicia.
Pero ahora, el sudor frío me escurría por el cuello. “Cae cabecilla de red de explotación”, repetía la voz en la televisión. Las imágenes que yo mismo grabé a escondidas en la mina estaban ahí, pero totalmente alteradas. Habían cortado los audios, sacado todo de contexto, borrando las caras de los verdaderos dueños para poner mi foto en el centro de la pantalla.
El ladrido lejano de un perro callejero se mezcló con el zumbido de mi ventilador roto. El aire me empezó a faltar. Me habían usado. El verdadero poder que controla los hilos de esta ciudad acababa de aplastarme para tapar su basura, comprando al noticiero para lavarse las manos. De un segundo a otro, todo el país me estaba odiando.
De pronto, escuché el rechinido de unas llantas frenando bruscamente en la calle empedrada, justo debajo de mi ventana. Unos segundos después, pasos pesados comenzaron a subir corriendo por la escalera del edificio.
Parte 2
Los pasos pesados comenzaron a subir corriendo por la escalera del edificio. El sonido de las botas golpeando el cemento retumbaba en mi pecho como si me estuvieran pisando el corazón. No tuve tiempo de pensar. El instinto animal que todos llevamos escondido me hizo moverme. Agarré la mochila deshilachada que estaba tirada junto a la cama, metí mi cartera, las llaves y la única chamarra gruesa que tenía.
“¡Abran la puerta, policía ministerial!” gritó una voz ronca desde el pasillo.
No esperaron respuesta. El primer golpe contra la madera de mi puerta hizo temblar el marco. Mi cuarto estaba en un segundo piso, al final de un pasillo oscuro en uno de esos callejones estrechos de Guanajuato donde las casas casi se tocan unas con otras. Corrí hacia la ventana trasera, la que daba al barranco y a los techos de las casas de abajo. Abrí el cristal oxidado justo cuando escuché el crujido de la cerradura cediendo a mis espaldas.
“¡Tírate al piso, cabrón!”
Me deslicé por la ventana y me dejé caer sobre el techo de lámina de la vecina. El ruido del golpe fue ensordecedor en medio de la madrugada, pero no me detuve. Rodé sobre el metal frío, rasgándome la palma de la mano con un clavo salido, y me dejé caer hacia la terraza siguiente. Arriba, en la ventana de mi cuarto, vi asomarse la luz de una linterna y el cañón de un arma larga.
“¡Por la azotea, se fue por la azotea!” gritó uno de los agentes.
Comencé a correr saltando entre los techos, pisando tejas sueltas y esquivando tinacos. El aire helado de la madrugada me quemaba la garganta. Escuchaba los ladridos de los perros callejeros a lo lejos, despertados por el escándalo. Guanajuato es un laberinto de callejones, un embudo de piedra y cemento. Si bajaba a la calle principal, me iban a acorralar en segundos. Tenía que mantenerme en las alturas, moviéndome como una sombra entre las azoteas de la colonia.
Me deslicé por un tubo de desagüe hasta caer en un callejón ciego, oscuro y con olor a orines. Me quedé pegado a la pared de cantera, respirando por la boca para no hacer ruido. Arriba, en la calle paralela, escuché el rechinido de otras llantas frenando bruscamente. Eran más patrullas. Estaban cerrando el perímetro.
“¿Por qué a mí?” pensé, apretando los dientes para no llorar de la rabia. Hace unas horas, yo creía que estaba salvando a esos muchachos. Creía que el periodista de la capital era un héroe. Qué pendejo fui. El noticiero nacional me había puesto la soga al cuello. Yo solo era un guía de turistas, un don nadie que se ganaba la vida contando leyendas de fantasmas a los gringos en el centro, y ahora era el cabecilla de una red de explotación infantil.
Tenía que buscar a Ramiro. Era el único en quien podía confiar. Ramiro y yo crecimos juntos en la misma colonia popular, y aunque él ahora trabajaba en el turno nocturno de una gasolinera a las afueras, sabía que su casa estaba vacía a estas horas. Podría esconderme ahí hasta pensar en algo.
Caminé pegado a las paredes, evitando la luz amarilla de los faroles. Cada vez que escuchaba un motor, me escondía detrás de un coche estacionado o en el umbral de una puerta vieja. El trayecto que normalmente me tomaba veinte minutos, me llevó casi dos horas. Cuando por fin llegué a la casa de Ramiro, una casita de un piso con rejas oxidadas, el sudor me empapaba la espalda a pesar del frío.
Toqué la ventana de su cuarto con los nudillos. Dos golpes cortos y uno largo. Nuestro código de cuando éramos niños.
Nada.
Volví a tocar, un poco más fuerte. Escuché un movimiento adentro. La cortina se movió unos milímetros.
“Soy yo, ábreme,” susurré, pegando la boca al cristal.
La puerta principal se abrió lentamente, rechinando. Ramiro estaba ahí, en camiseta de tirantes, pálido como si hubiera visto a un muerto. No me dejó pasar de inmediato. Se quedó bloqueando la entrada, mirándome de arriba abajo.
“¿Qué haces aquí, güey?” me preguntó, con la voz temblorosa.
“Me está buscando la policía, Ramiro. Necesito entrar, por favor.”
“Ya sé que te están buscando,” dijo, tragando saliva. “Estás en todos lados. En el Facebook, en la tele… hasta en los grupos de WhatsApp de la colonia. Dicen que tú… que tú tenías secuestrados a esos chavitos en la mina.”
“¡Es mentira!” levanté la voz un poco y me tapé la boca de inmediato. “Ramiro, mírame. Soy yo. Tú me conoces desde que teníamos diez años. ¿Tú crees que yo haría una monstruosidad así?”
Ramiro desvió la mirada hacia el piso de tierra de su patio. Sus manos temblaban. “Yo no sé qué creer, cabrón. Las noticias mostraron tus videos. Eres tú el que estaba grabando en los túneles.”
“¡Fui a grabar para denunciarlos! Le llevé las pruebas a la televisora en México. Me traicionaron, Ramiro. El periodista me vendió. Editaron todo para culparme a mí.”
Ramiro dio un paso atrás. “No puedes quedarte aquí. Mi mamá está dormida adentro. Si la policía viene y te encuentra en mi casa, nos van a meter a la cárcel a nosotros también. O peor, nos van a desaparecer los del cártel que controlan la mina.”
Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago. El rechazo dolía más que el miedo.
“Solo un par de horas, hermano. En lo que amanece. Te lo ruego.”
Ramiro negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas de miedo. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón deportivo y sacó un billete de quinientos pesos arrugado. Me lo extendió.
“Toma esto. Es todo lo que tengo de mi quincena. Vete, por favor. Vete antes de que mi jefa despierte.”
Miré el billete arrugado. No lo agarré. Lo miré a los ojos por un segundo largo, un segundo en el que se rompió toda una vida de amistad. Asentí despacio.
“Perdóname por venir a meterte en problemas,” le dije, con la voz rota. Me di la media vuelta y salí al callejón.
Caminé sin rumbo por unos minutos. La desesperación empezó a asfixiarme. No tenía a dónde ir, no tenía dinero suficiente para huir a otro estado, y cada policía de Guanajuato tenía mi cara en su celular. La imagen en el televisor parpadeante seguía grabada en mi mente: mi rostro enorme, cortado y pegado para parecer el monstruo de la historia.
Me senté en el escalón de una iglesia cerrada, escondiendo la cara entre las rodillas. Tenía que haber una forma de demostrar la verdad. Pensé en la memoria USB que le entregué al periodista. Él tenía la única copia de los videos de mi celular. O al menos, eso es lo que él creía.
De pronto, abrí los ojos de golpe.
La tarjeta SD.
Cuando grabé todo dentro de la mina clandestina, mi teléfono casi no tenía espacio. Usé una cámara digital vieja que me había prestado un amigo fotógrafo hace meses. Después de grabar, pasé los archivos a mi computadora para ponerlos en la USB que llevé a México. Pero antes de salir de Guanajuato, escondí la tarjeta SD original por puro instinto de supervivencia. No la dejé en mi cuarto. Sabía que si me pasaba algo en el camino, alguien tenía que poder encontrarla.
La dejé escondida en el lugar donde empezó todo. En la boca de la vieja mina de San Bernabé, detrás de unas rocas sueltas en el muro sur, justo antes de entrar a los túneles donde tenían a los niños trabajando.
Si lograba recuperar esa tarjeta, tendría los videos originales con audio, donde se escuchan claramente las voces de los capataces y se ven los rostros de los verdaderos dueños de la operación. Tendría la prueba de que el noticiero alteró el material.
Pero regresar a la mina era un suicidio. Era la zona cero. Seguramente la policía ya estaba ahí haciendo el montaje, o peor, los sicarios que manejaban el negocio estaban limpiando la evidencia.
Me puse de pie. No tenía otra opción. Si huía ahora, sería un fugitivo toda mi vida, odiado por todo el país. Y esos niños… esos chamacos seguirían pudriéndose en la oscuridad, picando piedra para que unos políticos y criminales se llenaran los bolsillos.
Emprendí el camino hacia la sierra. Tuve que rodear toda la ciudad por los cerros secos, caminando entre nopales y matorrales llenos de espinas. Las suelas de mis tenis estaban desgastadas y cada piedra filosa me lastimaba la planta de los pies. El cielo empezó a pintarse de un azul oscuro, anunciando que el amanecer estaba a un par de horas.
Cuando por fin llegué a la zona de la mina, el olor a tierra húmeda y azufre me golpeó la cara. Me agaché detrás de unos arbustos y observé.
No había patrullas. No había cintas de escena del crimen.
Había dos camionetas negras, grandes, estacionadas cerca de la entrada del túnel. Tres hombres con armas largas y chalecos tácticos sin insignias estaban fumando junto a los vehículos. La televisión decía que habían desmantelado la red de explotación, pero la realidad era que los verdaderos dueños estaban haciendo guardia.
“Apúrenle con esa madre,” dijo uno de los hombres armados, tirando su cigarro y pisándolo. “El jefe quiere que esa entrada quede sellada antes de que amanezca. Los medios van a venir a grabar en la tarde y no tienen que encontrar ni un puto zapato de los mocosos.”
“¿Y los chamacos?” preguntó otro.
“Ya los bajaron al nivel tres. Ahí los van a dejar encerrados hasta que se enfríe el pedo con las noticias. Que se mueran de hambre los cabrones, a nadie le importan de todos modos. Ya le echamos la culpa al pendejo del guía de turistas.”
Se rieron. Una risa seca, desalmada.
La sangre me hirvió. No iban a liberarlos. Los iban a sepultar vivos para borrar cualquier evidencia que contradijera la historia del noticiero.
Miré hacia la entrada de piedra. El escondite donde había dejado la tarjeta SD estaba a unos veinte metros de donde estaban los guardias, justo en el arco de piedra de la entrada principal. Tenía que arrastrarme por el suelo de terracería sin hacer el más mínimo ruido.
Me tiré boca abajo. La tierra estaba fría y olía a diésel derramado. Comencé a avanzar usando los codos y las rodillas, centímetro a centímetro. Mi respiración me parecía tan fuerte que creí que ellos podrían escucharla. Los latidos de mi corazón me zumbaban en los oídos.
Llegué a la pared de roca de la entrada. Los hombres estaban a unos diez pasos de mí, de espaldas, platicando sobre un partido de fútbol. Busqué con las yemas de los dedos en la grieta que había a la altura del piso. Sentí la tierra suelta, luego la piedra, y finalmente… el plástico duro de la cajita de la tarjeta SD.
La agarré con fuerza y me la metí al bolsillo del pantalón. La tenía. Podía irme. Podía arrastrarme de regreso, buscar a un periodista independiente en internet y mandarle todo. Podía salvar mi nombre.
Me di la vuelta para empezar a gatear de regreso, cuando escuché un ruido que me heló la sangre.
Venía de adentro de la mina. Era el llanto ahogado de un niño.
Me quedé petrificado. Los hombres armados también lo escucharon.
“¿Qué chingados fue eso?” dijo uno de ellos, cortando cartucho.
“Un pinche escuincle que se quedó arriba. Te dije que los contaras bien, pendejo.”
“Yo los bajé a todos al nivel tres. Seguro uno se escabulló por el respiradero.”
“Pues métete y dale un plomazo. No podemos dejar cabos sueltos.”
Uno de los sicarios encendió una linterna y caminó hacia la entrada. Venía directo hacia mí. Si me quedaba tirado, me iba a pisar. Si corría, me iban a acribillar por la espalda.
Me puse de pie de un salto y agarré la piedra más grande que pude encontrar en el suelo. Antes de que el hombre pudiera reaccionar o levantar su arma, le reventé la piedra en la cara. El golpe sonó seco. El hombre soltó un grito sordo y cayó al suelo, soltando el rifle.
“¡Eh, cabrón!” gritaron los otros dos.
No pensé. No razoné. Patee el arma lejos, corrí hacia la oscuridad del túnel y me perdí en las sombras.
“¡Agárrenlo, no mamen, que no salga!”
Escuché los disparos. Las balas rebotaron contra las paredes de piedra a mi alrededor, sacando chispas y esquirlas de roca que me cortaron la mejilla. Corrí a ciegas, sintiendo el aire espeso y húmedo de la mina. Yo conocía estos túneles mejor que ellos; me había pasado semanas mapeándolos para armar mi denuncia.
Doblé a la izquierda en una bifurcación y me pegué a la pared, conteniendo la respiración. Los pasos de los sicarios pasaron de largo por el túnel principal, gritando maldiciones.
Encendí la pequeña linterna de mi celular, tapando la luz con la mano para que solo iluminara el piso. Avancé en silencio por el túnel secundario. Fue entonces cuando lo vi.
Era un niño, no mayor de doce años. Estaba acurrucado detrás de una vagoneta oxidada, temblando incontrolablemente, cubierto de polvo de plata y tierra. Tenía las manos llenas de ampollas reventadas y la mirada vacía, consumida por el terror.
Me acerqué a él lentamente, poniéndome un dedo en los labios para pedirle silencio.
“Shh… tranquilo,” le susurré. “¿Cómo te llamas?”
“Luis,” respondió en un hilo de voz.
“¿Hay más niños arriba, Luis?”
“No… todos están abajo. Yo me escapé por el hueco del elevador viejo cuando los estaban bajando. Los van a matar. Los escuché.”
Miré el reloj de mi celular. Eran las cuatro y media de la mañana. Si salía corriendo ahora mismo con Luis, tal vez podríamos escapar los dos. Pero dejaría a más de veinte niños encerrados en el nivel tres para morir de hambre o asfixiados cuando sellaran la mina.
Saqué la tarjeta SD de mi bolsillo. La toqué con el pulgar. Aquí estaba mi libertad. Mi inocencia.
Miré a Luis a los ojos. Sus ojos estaban inyectados en sangre, hundidos en un rostro que no había visto la luz del sol en meses.
“Escúchame bien, Luis,” le dije, agarrándolo por los hombros con suavidad. “¿Conoces la salida de ventilación que da al cerro de las cruces? ¿El túnel estrecho?”
El niño asintió despacio.
“Vas a irte por ahí. Ahorita mismo. No te detengas hasta que llegues a la carretera. Cuando veas un coche, pides ayuda. Pero antes de eso…” Le puse la tarjeta SD en su pequeña mano sucia y se la cerré en un puño. “No dejes que nadie te quite esto. Escóndelo en tu zapato. Cuando veas a alguien de confianza, un padre de la iglesia, una maestra… alguien que no sea la policía, dale esto. Diles que ahí está la verdad de los niños de San Bernabé.”
“¿Y tú?” me preguntó Luis, aferrando la memoria.
“Yo voy a bajar al nivel tres. Voy a hacer ruido. Voy a sacar a los demás.”
“Te van a matar.”
Le di una sonrisa triste. “Ya estoy muerto allá afuera, chiquitín. Todo el país cree que yo soy el malo. Pero si ustedes salen, tal vez algún día sepan que no fue así. Vete. ¡Ya!”
Lo empujé suavemente hacia el conducto de ventilación. Luis me miró por un segundo, asintió y se escurrió por el agujero angosto, desapareciendo en la oscuridad.
Me quedé solo en el silencio opresivo de la mina. Respiré hondo. El miedo ya no me paralizaba. Estaba reemplazado por una rabia pura, una furia contra el periodista de traje fino, contra los sicarios, contra el noticiero que me arruinó la vida.
Agarré un barrote de hierro oxidado que estaba tirado en el suelo. Caminé hacia el tiro principal, donde estaba el malacate manual que bajaba al nivel tres. Sabía que los sicarios regresarían pronto al escuchar el mecanismo.
Llegué al borde del pozo. Abajo, en la negrura absoluta, escuché los murmullos aterrorizados de decenas de niños.
“¡Oigan!” grité hacia abajo, mi voz haciendo eco en las paredes de piedra. “¡Soy yo, el que vino a grabar el otro día! ¡Voy a soltar la jaula, súbanse todos!”
Comencé a girar la pesada manivela de metal para subir el elevador de rejas. Los músculos de mis brazos ardían por el esfuerzo, el metal rechinaba violentamente contra el óxido.
“¡Aquí está, cabrón!” escuché un grito desde el pasillo principal.
La luz de una linterna me cegó. Giré la cabeza y vi a los dos sicarios corriendo hacia mí.
“¡Súbanse, rápido!” le grité a los niños, sintiendo que la jaula había llegado al fondo.
“¡Suelta esa madre o te vuelo la cabeza!” gritó el sicario, apuntándome.
No solté la manivela. Con un grito de dolor y esfuerzo, comencé a girarla en sentido contrario, jalando la jaula hacia arriba con todo el peso de los niños adentro.
El primer disparo me rozó el hombro. El segundo me dio en el costado izquierdo.
Sentí un impacto ardiente, como si me hubieran clavado un tubo de metal hirviendo en las costillas. El aire se me escapó de los pulmones. Caí de rodillas, pero mis manos, llenas de sangre y tierra, se aferraron al freno del malacate, trabándolo para que la jaula no volviera a caer.
Los pasos se acercaron. Alguien me dio una patada en la cara que me tiró de espaldas contra las rocas. El sabor a sangre llenó mi boca.
A través de la visión borrosa, vi a los sicarios asomarse al pozo.
“Puta madre, los chamacos están a la mitad del pozo,” dijo uno.
“Corta el cable, que se caigan a la verga.”
Intenté levantarme, agarré el pantalón de uno de ellos con mis manos ensangrentadas, pero me dio un culatazo en la cabeza con el rifle. El mundo empezó a dar vueltas y a oscurecerse en los bordes.
“Estás bien pendejo,” me escupió el hombre, encendiendo un cigarro y mirándome desde arriba. “Creyendo que un puto video iba a tumbar a los jefes. La televisora es socia de la mina, pendejo. Tú mismo fuiste a entregarles la cabeza.”
El dolor en mi costado era insoportable. Cada respiración era una agonía. Escuché el sonido metálico de un machete golpeando el grueso cable de acero que sostenía la jaula.
“¡No!” logré articular, mi voz sonando como un gargajo.
De pronto, una luz cegadora inundó el túnel. No era una linterna de mano. Eran reflectores potentes.
“¡Bajen las armas, Policía Federal!” retumbó una voz por un megáfono, haciendo eco en todo el complejo subterráneo.
Los sicarios se congelaron. Se miraron entre ellos. Uno intentó levantar el rifle, pero una ráfaga de disparos de advertencia rebotó en el techo de la cueva.
“¡Al piso, hijos de su puta madre, al piso!”
Agentes con cascos y chalecos azules entraron corriendo, sometiendo a los dos hombres en segundos. Escuché radios sonando, órdenes gritadas, el ruido de botas militares.
Alguien se arrodilló a mi lado. Un paramédico.
“Tenemos un herido por arma de fuego,” gritó el paramédico. “Presión baja, está perdiendo mucha sangre.”
Miré hacia el techo de piedra. “¿Los niños?” susurré.
“Tranquilo, muchacho. Ya están sacando la jaula. Están a salvo.”
Una lágrima caliente resbaló por mi sien, mezclándose con la sangre y el polvo. Sentí las manos del paramédico presionando mi herida, causándome un dolor que me hizo gritar en silencio.
“¿Quién nos avisó, comandante?” escuché que le preguntaba un oficial a otro, unos metros más allá.
“Un convoy del Ejército encontró a un niño en la carretera. Traía una tarjeta de memoria. La analizaron en el cuartel móvil. El video estaba completo. No era el que pasaron en las noticias.”
Cerré los ojos. Una sonrisa rota se dibujó en mis labios ensangrentados. Luis lo había logrado. El chamaco había corrido y no se detuvo.
El viaje en ambulancia fue un borrón de luces rojas y sirenas. Despertaba y me desmayaba intermitentemente. Recuerdo el techo blanco del hospital público de Guanajuato, las luces fluorescentes pasando rápido sobre mi cabeza, el olor a alcohol, el bip constante de la máquina.
Cuando finalmente abrí los ojos con claridad, no sé cuántos días habían pasado. Estaba en una cama de hospital, conectado a varios tubos. Me dolía todo el cuerpo, pero podía respirar.
Junto a mi cama, sentado en una silla de plástico, había un oficial de la fiscalía. Estaba revisando su celular.
Al verme despierto, guardó el teléfono y se me acercó.
“Vaya. Al fin despiertas.”
Intenté hablar, pero tenía la garganta seca. Él me acercó un vaso con un popote y tomé un sorbo pequeño.
“¿Qué… qué pasó?” pregunté, con voz rasposa.
El oficial suspiró y se cruzó de brazos. “Las cosas están complicadas, muchacho.”
“La tarjeta… el niño…”
“Sí. Tenemos la tarjeta. Tenemos el video sin editar. Rescatamos a treinta y dos menores de la mina. Los hombres que te dispararon están detenidos. Y la policía estatal y ministerial de Guanajuato está bajo investigación federal.”
Sentí un alivio inmenso. Una paz que no había sentido desde que comenzó toda esta pesadilla. “Entonces… ¿ya saben que soy inocente?”
El oficial desvió la mirada. Hubo un silencio denso en la habitación de hospital. El zumbido del aire acondicionado parecía más fuerte ahora.
“Las pruebas te exculpan de la explotación y el secuestro,” dijo el oficial, midiendo sus palabras. “Sin embargo…”
“¿Sin embargo qué?” mi ritmo cardíaco empezó a subir en el monitor.
“Las televisoras tienen mucho poder en este país, muchacho. El noticiero nacional jamás va a aceptar públicamente que alteró evidencia y destruyó la vida de un inocente. Sería un escándalo millonario. Los abogados de la televisora ya metieron un amparo. Y hay políticos metidos hasta el cuello en esa mina.”
“Pero tienen la prueba… el video original.”
“El video se clasificó como ‘reserva de estado’ por la investigación federal. No se puede hacer público. La noticia oficial que están soltando hoy los medios es que la policía descubrió que tú te ‘arrepentiste’ y colaboraste de último momento para rescatar a los niños, tratando de reducir tu condena.”
Me quedé congelado. El aire volvió a faltarme, igual que en mi cuarto cuando vi el noticiero.
“Me van a meter a la cárcel,” susurré, sintiendo un nudo en la garganta.
“No,” respondió el oficial. “Hablé con el juez. Sabe la verdad, aunque no pueda hacerla pública. Vas a ser liberado bajo reservas de ley. Sin cargos formales. Pero…”
Me miró con lástima. Esa mirada de lástima condescendiente que duele más que un golpe.
“…pero para el ojo público, para México, tú sigues siendo el monstruo que explotaba niños y luego los entregó para salvar su propio pellejo. Tu rostro sigue ahí afuera. La gente no olvida, muchacho.”
El oficial se puso de pie, ajustándose el cinturón. “Tienes protección policial por un mes. Después de eso… te sugiero que te vayas muy lejos. A otro país, si puedes. Porque aquí, alguien te va a reconocer en la calle y te van a linchar. Lo siento mucho.”
El oficial salió de la habitación, dejándome completamente solo.
Giré la cabeza hacia la ventana de mi cuarto de hospital. Se podía ver el amanecer pintando de naranja los cerros secos de Guanajuato. La ciudad de los túneles y las leyendas. La ciudad que yo amaba y que ahora me odiaba a muerte.
Me habían robado mi nombre. Mi rostro. Mi vida entera. Todo por intentar hacer lo correcto. La justicia en México no existe, solo existe el poder y los que son aplastados por él.
Pero entonces, cerré los ojos y recordé la mirada de Luis antes de meterse al túnel de ventilación. Recordé el sonido de la jaula subiendo, llena de niños aterrados pero vivos.
No me importaba si el país me odiaba. No me importaba si nunca más podía caminar tranquilo por la calle.
Esos treinta y dos niños iban a volver a ver el sol.
Y por ellos, mi vida destrozada era un precio que volvería a pagar mil veces.
FIN