
El sudor frío me picaba en los ojos, pero no me atrevía a soltarme la rodilla derecha. Me latía por dentro como si tuviera vidrios molidos. Afuera de ese maldito cuarto de limpieza del hotel, la música gringa retumbaba desde la alberca, una burla asquerosa de esos turistas para lo que estábamos sufriendo ahí en Cancún.
Arturo estaba recargado contra los estantes de metal oxidado, respirando ronco, pasándose una mano temblorosa por las canas. Llevaba puesta esa camisa floreada que le quedaba grande, intentando parecer un turista más, pero solo se veía viejo. Muy viejo. Cansado, igual que yo.
—Levántate, cabrón —susurró, evitando mirarme a los ojos—. El gringo ese va a bajar a cenar. Si no sacamos esa pieza hoy de su caja fuerte, se la lleva del país y ya no hay vuelta atrás.
Apreté los dientes e intenté apoyarme en la cubeta de plástico amarillo. Un dolor sordo, agudo y miserable me atravesó la cadera. Caí de rodillas sobre los azulejos mojados. Sonó feo. Un crujido seco.
Me quedé ahí, tirado en el piso húmedo, oliendo a cloro barato, mientras las lágrimas se me escurrían de pura vergüenza. Atrás quedaron los años donde éramos los mejores, donde nadie nos veía llegar. Ahora solo éramos un grupo de ancianos rotos, engañándonos con la idea de dar un “último gran golpe” para recuperar lo que ese millonario arrogante nos robó.
Arturo dio un paso hacia mí, pero de repente, el radio que traía colgado hizo estática. No era nuestro canal. Era la seguridad privada del gringo.
—Los tenemos —dijo una voz metálica, y luego escuché el ruido pesado de unas botas deteniéndose justo del otro lado de nuestra puerta.
Arturo me miró. Estaba pálido como un muerto.
Parte 2
La perilla de metal giró despacio, con un rechinido que me taladró los oídos. Arturo y yo nos quedamos congelados. Él seguía recargado en los estantes de metal oxidado, con los ojos muy abiertos, más pálido que la misma pared despintada del cuarto de limpieza. Yo seguía tirado en el piso húmedo, junto a la cubeta de plástico amarillo, sintiendo cómo el olor a cloro barato se me metía hasta el cerebro.
La puerta se abrió de golpe.
La luz del pasillo nos cegó por un segundo. La silueta de un tipo enorme, con un traje negro impecable y un auricular en la oreja, llenó el marco de la puerta. Nos miró de arriba abajo. No sacó un arma. No gritó. Simplemente soltó una carcajada seca, llena de lástima.
“¿Estos son?”, dijo el guardia, hablando por el micrófono de su solapa. Su voz metálica era la misma que habíamos escuchado en el radio que Arturo traía colgado. “Sí, señor. Los tengo. Son… un par de viejitos.”
Sentí que la sangre me hervía de vergüenza, pero el dolor sordo en mi cadera me recordó que no estaba en posición de defender mi orgullo. El tipo entró al cuarto, pisando los azulejos mojados con sus botas pesadas. Me agarró del cuello de mi camisa arrugada y me jaló hacia arriba.
Un grito ahogado se me escapó de la garganta. La rodilla derecha me latió como si, en efecto, tuviera vidrios molidos girando adentro.
“¡Suéltalo, cabrón!”, gritó Arturo, intentando dar un paso hacia nosotros, pero otro guardia apareció de la nada y lo empujó contra los estantes. Los botes de limpiador cayeron al piso con un estruendo sordo. Arturo, con su camisa floreada que le quedaba demasiado grande, se dobló tosiendo, agarrándose el pecho. Ya no éramos los fantasmas de antes, los intocables. Éramos dos ancianos rotos.
Nos arrastraron por los pasillos de servicio. Afuera, la música gringa seguía retumbando, la alberca era una fiesta de la que nosotros estábamos excluidos. Cada paso que daba era un martillazo en la base de la columna. Nadie nos veía. Los turistas gringos estaban demasiado ocupados bebiendo margaritas y quemándose al sol.
Nos metieron al elevador de servicio. El silencio ahí adentro era insoportable. Solo se escuchaba la respiración ronca de Arturo y el zumbido de la máquina subiendo. Piso 12. El penthouse.
“Tranquilo, viejo”, me susurró Arturo, sin mirarme, con las manos temblando por las canas. “Ahorita vemos cómo salir de esta.”
Pero los dos sabíamos que era mentira. Ya no había un “ahorita vemos”. Estábamos acabados.
Las puertas se abrieron. Nos empujaron hacia una suite que era más grande que la casa donde crié a mis hijos. Había ventanales enormes que mostraban el mar turquesa de Cancún, un mar que parecía burlarse de nuestra miseria. Sentado en un sillón de piel blanca, con una copa de whisky en la mano, estaba Richard Vance. El millonario arrogante.
Tenía puesto un traje de lino impecable. Nos miró con una sonrisa torcida, como si fuéramos perros callejeros que acababan de meterse a su alfombra persa.
Sobre la mesa de centro de cristal, descansaba la pieza. El códice original de San Juan. Un pedazo de la historia de nuestro pueblo que él había comprado en el mercado negro como si fuera un pinche adorno para su sala.
“Así que estos son los famosos ‘Fantasmas de la Roma'”, dijo Vance en un español masticado, soltando una risita. Dejó la copa en la mesa. “¿Saben? Cuando mi seguridad me dijo que alguien estaba intentando hackear mi sistema de cámaras, pensé que me enfrentaba a un cartel. A profesionales. No a un par de abuelos con artritis.”
Arturo escupió al piso de mármol. “Esa pieza no es tuya, gringo. Pertenece a nuestra gente.”
Vance suspiró, negando con la cabeza. Se levantó despacio y caminó hacia nosotros. “Pobre diablo. Lo compré. Es mío. Y esta noche me lo llevo a Nueva York. Ustedes, en cambio, se van a ir a una cárcel mexicana donde ni siquiera les van a dar sus pastillas para la presión.”
Me dolió el estómago. La humillación era peor que el dolor físico. Atrás habían quedado los años donde éramos los mejores. Ahora, este tipo ni siquiera nos veía como una amenaza real. Éramos un chiste.
“Déjanos ir”, dije, y mi propia voz me sonó patética, rasposa. “Quédate con la pieza. Pero déjanos salir por esa puerta.”
Arturo me volteó a ver, traicionado. “¿Qué dices? No nos vamos sin el códice.”
“¡Cállate, Arturo!”, le grité, sintiendo que las lágrimas de pura vergüenza se me volvían a escurrir. “Míranos. Mírate. Ni siquiera puedes respirar bien. Ya no podemos hacer esto.”
Vance soltó una carcajada fuerte. “Escucha a tu amigo. Él entiende. Ya pasaron sus años de gloria. Mírense, están temblando.”
El guardia que me sostenía aflojó un poco el agarre. Estaban tan confiados, tan relajados. Y fue en ese maldito segundo, en medio de mi humillación más profunda, que vi los ojos de Arturo. Había algo ahí. Un brillo viejo. El mismo que tenía hace treinta años cuando estábamos acorralados en aquel banco de Monterrey.
No me estaba rindiendo. Le estaba dando la señal.
Empecé a hiperventilar de verdad. No tuve que fingir mucho; el dolor sordo y agudo de mi cadera me sirvió de motor. Me dejé caer al suelo, llevándome las manos al pecho. Empecé a ahogarme, a balbucear.
“¡Mi corazón! ¡Las pastillas!”, grité, retorciéndome en la alfombra carísima de Vance.
Los guardias dudaron. Vance dio un paso atrás, asqueado. “¿Qué le pasa? Sáquenlo de aquí, no quiero que se muera en mi cuarto.”
El guardia enorme se agachó para agarrarme de los hombros, y en ese milisegundo de distracción, Arturo se movió con una rapidez que no le veía desde los ochenta. Agarró la copa de cristal pesada de la mesa y se la estrelló de lleno en la cara al segundo guardia. El sonido del vidrio rompiéndose fue ensordecedor.
El tipo enorme que me sostenía soltó una maldición y volteó, y yo aproveché para clavarle los dedos en los ojos con toda la fuerza que me quedaba en las manos artríticas. El gigante rugió de dolor y me soltó.
“¡La pieza!”, gritó Arturo.
Me arrastré por el piso. Cada movimiento era una cuchillada en la espalda, pero logré estirar la mano y agarrar el códice de madera antigua. Pesaba más de lo que imaginaba. Me lo metí debajo de la camisa.
Vance intentó correr hacia la puerta, pero Arturo le metió el pie. El millonario cayó de cara contra su propia mesa de cristal.
“¡Vámonos!”, me gritó Arturo, jalándome del brazo para ponerme de pie.
El dolor casi me hace desmayar, pero el instinto de supervivencia fue más fuerte. Salimos corriendo—o más bien, cojeando desesperadamente—hacia el pasillo. Las alarmas del hotel empezaron a sonar. Luces rojas parpadeaban en el techo.
“¡Por las escaleras, güey, por las escaleras!”, jadeó Arturo, empujándome hacia la puerta de emergencia.
Empezamos a bajar. Piso 11. Piso 10. Mi respiración era un silbido irregular. A Arturo se le estaba poniendo la cara morada. No íbamos a llegar. No a esta velocidad. Escuchamos los pasos pesados de los guardias resonando arriba de nosotros, bajando a toda velocidad.
“No vamos… a lograrlo…”, dije, deteniéndome en el descanso del piso 8, escupiendo saliva espesa.
Arturo se recargó en la pared, agarrándose el pecho, exactamente igual que como estaba en el cuarto de limpieza. Me miró. Luego miró el bulto en mi camisa.
“Tú sí vas a llegar”, me dijo. Su voz era un susurro roto.
“¿De qué chingados hablas? Vámonos.”
“No puedo, cabrón. Las rodillas ya no me dan.” Arturo me sonrió, una sonrisa triste, resignada. Se quitó la camisa floreada y la tiró al piso. “Llevate eso a donde pertenece. Yo los entretengo aquí.”
“¡Arturo, no seas pendejo! Te van a matar.”
“No me van a matar. Van a llamar a la policía. Mejor una cárcel que un asilo, ¿no crees?” Se acercó y me dio un empujón débil en el hombro. “Vete ya. Por la puerta de servicio de la cocina. Nadie revisa ahí durante el cambio de turno.”
Los pasos sonaban cada vez más cerca. Piso 9.
No hubo abrazos. No hubo despedidas de película. Solo me di la vuelta, con las lágrimas empañándome la vista y el dolor destrozándome la cadera, y seguí bajando. Escuché cómo Arturo le ponía seguro a la puerta cortafuegos detrás de mí y empezaba a gritarles groserías a los guardias para llamar su atención.
Logré salir por la cocina, escondiéndome detrás de los carritos de la basura. El aire húmedo y caliente de la noche de Cancún me golpeó la cara. Caminé cojeando por dos cuadras, sintiendo que me moría a cada paso, hasta que paré un taxi destartalado.
Horas después, estaba sentado en los últimos asientos de un camión de segunda clase que iba hacia el sur. El motor vibraba bajo mis pies. El dolor de mi cuerpo era absoluto; no había una sola articulación que no me gritara de agonía.
Saqué el códice de mi camisa. Lo sostuve entre mis manos manchadas de grasa y sudor. Lo habíamos recuperado. Pero al mirar por la ventana hacia la oscuridad de la carretera, sabiendo que Arturo estaba en alguna celda húmeda mientras yo huía como un cobarde con los huesos rotos, supe la verdad.
Nadie gana cuando se hace viejo. A veces, recuperar lo tuyo solo sirve para recordarte todo lo que ya perdiste para siempre. Me guardé la pieza en la mochila, me abracé las rodillas y, en el silencio del camión, lloré hasta que me quedé dormido.
FIN