Me dejaron caer al abismo en mi silla de ruedas creyendo que heredarían mi fortuna, sin saber que yo lo había planeado todo.

Sentí el viento frío golpeando mi cara y el rugido ensordecedor del agua chocando contra las piedras mojadas en el fondo de la barranca. Estaba sentado en mi silla de ruedas, estacionado justo al borde del abismo, sintiendo el peligro en cada poro de mi piel.

Antes de mi desgracia, yo era un empresario exitoso, un hombre fuerte, seguro de mí mismo, al que todos en el vecindario respetaban. Pero mírame ahora, atrapado en esta maldita silla, callado, casi invisible, y dependiente de todos para la cosa más simple. Para mi esposa, la mujer por la que di todo, me convertí en un simple estorbo, un objeto bonito pero inútil que solo ocupaba espacio y no aportaba nada.

La muy descarada no quería pedirme el divorcio, porque sabía que las leyes la dejarían en la calle, sin un solo peso de mi patrimonio y sin mis negocios. Entonces, su mente retorcida encontró otra solución: si yo sufría un trágico y “accidental” percance y m*riera, toda mi fortuna pasaría a sus manos de forma automática.

Hace unos días, de la nada, se portó súper cariñosa y tierna, proponiéndome un viaje romántico a la cascada para “tomar aire fresco” y reconectar. Y claro, la muy cínica trajo a su acompañante, fingiendo que era un gran amigo de la familia, aunque yo sabía perfectamente que era su amante.

Ahora, los dos estaban a mis espaldas. Mi esposa se colocó estratégicamente detrás de mí, agarrando los mangos de la silla, mientras el cobarde de su amante se acercaba lentamente por un lado.

El viento me despeinaba el cabello, pero en el fondo, mi mirada y mi corazón estaban extrañamente tranquilos. Sabía exactamente a qué habíamos venido a este precipicio.

—No… por favor… —les dije en voz baja, sin siquiera girar la cabeza para verlos a los ojos—. Sé lo que están planeando… pero haré lo que digan.

Hubo un silencio sepulcral por un segundo, sentí cómo se quedaron inmóviles y escuché cómo intercambiaron miradas llenas de maldad a mis espaldas.

—Demasiado tarde —respondió ella, con una frialdad y un desprecio que me helaron la sangre al instante.

Giré un poco mi silla para encararlos por última vez. En mis ojos ya no había pánico ni miedo, solo un profundo y amargo cansancio por tanta traición.

—No tengo a nadie más… —supliqué con la voz rota, intentando tocar algo de humanidad en ellos—. Por favor….

Pero la codicia ya los había cegado por completo y habían tomado su decisión final. En un instante, el amante puso sus manos en mi silla y la empujó bruscamente hacia el vacío.

Las llantas resbalaron sobre la piedra húmeda y sentí el vértigo en mi estómago mientras caía hacia el abismo. Ni siquiera se dignaron a mirar hacia abajo para ver mi cuerpo desaparecer.

Mientras yo caía, mi esposa se cubrió el rostro con las manos para fingir horror ante los presentes, y el infeliz empezó a gritar: “¡Se cayó! ¡Es un accidente! ¡Ayuda!”.

Ellos juraban que habían ganado el premio mayor.

PARTE 2: La traición que escuché en las sombras

Todo comenzó un martes por la tarde, apenas unos días antes de ese maldito viaje a la cascada. Afuera estaba lloviendo, una de esas tormentas que oscurecen la ciudad de México y te obligan a prender las luces desde temprano. Yo estaba en mi recámara, sentado en esta silla de ruedas que se había convertido en mi cárcel personal desde el día del acc*dente.

Antes de perder el movimiento en mis piernas, yo era un hombre que no paraba. Tenía mis talleres mecánicos, daba trabajo a mucha gente en el barrio, me levantaba a las cinco de la mañana para chingarle duro y asegurar que a mi esposa, Elena, nunca le faltara nada. La saqué de una vecindad donde apenas tenían para comer y le di una casa hermosa, comodidades, joyas, y lo más importante: mi confianza ciega.

Esa tarde, la casa estaba en un silencio absoluto. La muchacha de la limpieza había pedido el día libre. Yo llevaba horas en mi cuarto mirando por la ventana cómo las gotas resbalaban por el cristal. Tenía sed. Una sed tremenda. La jarra de agua que siempre me dejaban en la mesita de noche estaba vacía.

Normalmente, habría gritado para llamar a Elena. Pero ese día no quise molestar. Quería demostrarme a mí mismo que todavía servía para algo, que no era un mueble más en la casa. Así que, con mucho esfuerzo, quité los frenos de la silla y comencé a empujar las llantas con mis manos callosas.

El pasillo estaba a oscuras. Las ruedas de mi silla rechinaban un poco, pero el ruido de la lluvia golpeando el techo de lámina del patio trasero apagaba cualquier sonido.

Me acerqué lentamente hacia la cocina. Iba a medio pasillo cuando escuché murmullos.

Me detuve en seco. La puerta de la cocina estaba entreabierta, solo una rendija por donde se colaba la luz amarilla del foco.

Eran dos voces. La de mi esposa, Elena, y la de otra persona. Un hombre.

Al principio, mi mente inocente pensó que tal vez era el del gas, o algún repartidor que se había resguardado de la lluvia. Pero la forma en que hablaban no era normal. Eran susurros apremiantes, cargados de una intimidad que me revolvió el estómago de golpe.

Me acerqué un poco más, conteniendo la respiración, rezando para que las llantas de mi silla no hicieran ruido. Me quedé a centímetros de la puerta, escondido en la oscuridad del pasillo.

Entonces, escuché la voz del hombre con claridad. Era Roberto. Mi “compadre”. El hombre al que le había prestado dinero cuando su negocio quebró, el que venía a comer carnitas a la casa los domingos, el supuesto amigo que me palmeaba la espalda y me decía: “Échale ganas, hermano, de esta sales”.

—Ya no aguanto más, Elena —decía Roberto, con un tono de frustración y desesperación—. Ya estoy harto de venir a esta casa y tener que fingir. Harto de sonreírle al inútil de tu marido, harto de tener que esconderme como un ratero para poder tocarte.

El corazón me dio un vuelco. Sentí como si me hubieran vaciado una cubeta de agua helada en la cabeza. El aire se me atoró en la garganta. Mis manos, que sostenían los aros de las llantas, empezaron a temblar sin control.

—Shhh, baja la voz, mi amor —respondió Elena. Su tono era dulce, el mismo tono que usaba para decirme que me amaba, pero ahora se lo estaba regalando a otro—. Sabes que el estorbo está en su cuarto. Pasa horas viendo la pared, ni cuenta se da de lo que pasa a su alrededor.

¿El estorbo? ¿Así me llamaba la mujer por la que me había roto la espalda trabajando?

Escuché el sonido de un beso. Un beso largo, húmedo, repugnante. Sentí náuseas. Quise gritar, quise abrir la puerta de un golpe, levantarme de esta maldita silla y agarrarlo a g*lpes hasta sacarlo de mi casa. Pero mis piernas, como siempre, no me respondieron. Estaba atrapado en mi propio cuerpo, obligado a escuchar cómo mi vida se desmoronaba.

—¿Entonces cuánto más vamos a esperar? —preguntó Roberto, sonando impaciente, arrastrando una silla del comedor—. Me dijiste que los papeles ya estaban listos. Si le pides el divorcio ahora, la ley te va a dejar sin nada. Él fue muy listo al casarse por bienes separados. Tú te quedas en la calle y yo no voy a mantener a una mujer sin dinero, Elena. Te amo, pero la lana es la lana.

—No me hables así, mi vida —le rogó ella, con una voz venenosa que no reconocí—. No le voy a pedir el divorcio. ¿Crees que soy p*ndeja? He aguantado limpiarle la baba a ese paralítico durante meses. Me merezco cada peso, cada maldita casa, cada taller. Todo.

—¿Y entonces? ¿Cuál es el plan? Porque no se va a m*rir de tristeza, el desgraciado es fuerte.

Hubo un silencio que me pareció eterno. Solo se escuchaba la lluvia afuera. Mi pecho subía y bajaba rápidamente. Yo sudaba frío.

—No se va a mrir de tristeza —dijo Elena, bajando aún más la voz, como si el mismo diablo le estuviera dictando las palabras—. Pero los accdentes pasan, ¿verdad?

—¿De qué hablas? —preguntó él, con un tono de sorpresa mezclado con morbo.

—Le dije al doctor que Arturo necesita distraerse, que está muy deprimido. Le voy a proponer que vayamos a la cascada este fin de semana. Al mirador alto. Ya sabes, donde las piedras siempre están mojadas por la brisa y no hay barandales.

Se me heló la sangre. Mis ojos se abrieron de par en par en la oscuridad del pasillo. Estaban planeando mi mu*rte. En mi propia casa, bebiendo mi café, bajo el techo que yo pagué.

—Estás loca… —susurró Roberto, pero no sonaba escandalizado, sonaba intrigado—. ¿Allá arriba? Es una caída de más de cincuenta metros.

—Exacto. Una caída fatal —confirmó ella sin titubear—. Yo lo llevo en su silla. Tú vienes con nosotros, ya sabes, “para ayudarme a subirlo”. Llegamos al borde para que vea el paisaje. Un descuido, un resbalón en las piedras húmedas… y la silla se va al fondo con él. Nadie va a sospechar. Todo el mundo sabe lo difícil que es manejar una silla de ruedas en terreno irregular. Será un trágico acc*dente. Yo seré la viuda desconsolada, heredaré todo por ser su única esposa, y después de unos meses de luto, tú y yo nos largamos lejos de este barrio de porquería con toda la lana.

—¿Y si sobrevive a la caída? —preguntó el cobarde.

—Nadie sobrevive a esa caída, Roberto. Abajo solo hay rocas y corrientes fuertes. Se va a hacer pedazos.

El silencio volvió a la cocina. Yo no podía respirar. Cada palabra que salía de la boca de la mujer que amaba era un puñal directo a mi corazón. No era solo traición; era pura maldad, codicia pura. Me sentí tan pequeño, tan miserable, tan impotente. Lloré. Ahí, en medio del pasillo oscuro, lágrimas gruesas y calientes resbalaron por mis mejillas. Me mordí el labio inferior hasta sacarme s*ngre para no soltar un sollozo.

Tenía que salir de ahí antes de que me descubrieran. Si se daban cuenta de que los había escuchado, me asf*xiarían esa misma noche con la almohada y dirían que fue un infarto.

Con un dolor en el alma que no se lo deseo ni a mi peor enemigo, usé todas las fuerzas de mis brazos para hacer retroceder la silla de ruedas, milímetro a milímetro. La llanta derecha hizo un leve chillido contra el piso de loseta.

—¿Escuchaste eso? —dijo Roberto de pronto, con la voz tensa.

Me quedé congelado. Dejé de respirar. El terror me invadió por completo.

—Debe ser el viento, o la vieja casa que cruje con la lluvia —respondió Elena con desdén—. Te digo que el inútil está en su cama, casi ni se puede mover sin que yo lo ayude.

Aproveché el sonido de un trueno para empujar con fuerza y regresar a mi recámara. Cerré la puerta despacio, me arrastré hasta la cama y, con mucha dificultad, logré subir mi cuerpo pesado y sin vida de la cintura para abajo. Me tapé con las cobijas hasta el cuello, temblando, empapado en sudor frío.

Unos minutos después, la puerta de mi cuarto se abrió. Era ella.

Me hice el dormido. Sentí cómo se acercaba a la cama. Su perfume, ese que yo le compré en su cumpleaños, me invadió las fosas nasales, provocándome ganas de vomitar.

—¿Arturo? —susurró.

No me moví. Mantuve la respiración pausada. Sentí su mirada clavada en mí, analizándome, como un buitre observando a un animal agonizante. Se quedó ahí unos segundos de tensión insoportable. Luego, suspiró fastidiada, dejó un vaso de agua en la mesita, y se marchó, cerrando la puerta.

Esa noche no dormí ni un segundo. Mi mente era un torbellino. Me negaba a creerlo. Quería convencerme de que todo había sido una pesadilla, de que los medicamentos me estaban volviendo loco y estaba imaginando cosas. ¿Cómo la mujer que lloró en el hospital jurando que estaría conmigo en las buenas y en las malas, iba a planear tirarme por un barranco?

Al día siguiente, decidí que no podía actuar por impulso. Tenía que comprobarlo. Tenía que estar seguro al cien por ciento antes de tomar una decisión.

El infierno psicológico apenas comenzaba.

A la mañana siguiente, Elena entró al cuarto con una charola. Me traía el desayuno a la cama. Chilaquiles, jugo de naranja y mi café recién hecho. Tenía una sonrisa enorme, brillante, perfecta.

—Buenos días, mi amorcito. ¿Cómo amaneció el hombre más guapo de esta casa? —me dijo con una voz tan melosa que me causó repulsión.

—Bien, Elena. Todo bien, gracias —le respondí, forzando una sonrisa que me dolía en los músculos de la cara. Miré los chilaquiles y por un segundo pensé: ¿Y si les puso ven*no? ¿Y si ya no quieren esperar al viaje?

—Come, mi vida. Te veo un poco pálido —dijo, acariciándome la mejilla. El contacto de su mano en mi piel me dio escalofríos.

Me obligué a comer, bocado a bocado, tragando mi propio coraje. Mientras ella recogía el cuarto, actuando como la esposa más abnegada del mundo, yo la observaba. Sus movimientos, sus miradas al reloj. Estaba actuando.

—Oye, viejo —me dijo de pronto, sentándose en el borde de la cama, tomándome las manos—. He estado pensando… Te veo muy apagado últimamente. Estar encerrado en estas cuatro paredes no te hace bien. Hablé con el doctor y me sugirió que saliéramos a tomar aire fresco.

El corazón me empezó a latir a mil por hora. Ahí venía.

—¿A dónde quieres ir? —pregunté, tratando de mantener mi voz plana y sin emociones.

—Pensaba en la cascada. ¿Te acuerdas? Donde fuimos cuando éramos novios. El paisaje es hermoso arriba en el mirador. Podemos ir este fin de semana, el sábado. Te va a hacer muy bien sentir la brisa en tu cara, mi amor.

La confirmación golpeó mi pecho como un marro. Todo era cierto. Cada maldita palabra que escuché en la cocina era real.

—Pero es muy difícil subir con la silla, Elena. El camino es de tierra y pura subida. Tú no vas a poder sola —le dije, poniéndole la trampa perfecta.

Ella sonrió, cayendo redondita.

—No te preocupes por eso, mi amor. Ya lo pensé. Le pedí el favor a nuestro compadre Roberto. Ya ves que siempre está dispuesto a ayudarnos. Él viene con nosotros y entre los dos te subimos. Va a ser un día muy bonito, ya verás.

Mis puños se apretaron debajo de las cobijas hasta que las uñas se me clavaron en las palmas.

—Me parece bien —le contesté, mirándola fijamente a los ojos—. Será un viaje inolvidable.

Ella me dio un beso en la frente y salió de la habitación, tarareando una canción. Estaba feliz. Ya se sentía millonaria. Ya me sentía mu*rto.

Los siguientes dos días fueron una tortura. Tuve que soportar la visita de Roberto. El descarado tuvo el atrevimiento de venir a la casa para afinar los detalles del “viaje”.

Se sentó en el sofá de mi sala, bebiendo mi cerveza, con las piernas cruzadas.

—¿Cómo ves, compadre? —me decía con su sonrisa de hipócrita, mostrándome los dientes—. Te vamos a llevar a dar un paseo de reyes. Vas a respirar aire puro. Ya hace falta salir de este encierro, ¿a poco no?

—Sí, Roberto. Ya hace falta —le respondí, mirándolo fijamente. Quería escupirle en la cara. Quería romperle la botella de cerveza en la cabeza. Pero me mantuve firme. Tragué saliva y continué con mi papel de inválido indefenso e ignorante.

Esa misma tarde, encontré la prueba final. La prueba física que necesitaba para no sentirme culpable por lo que estaba a punto de hacerles.

Elena se metió a bañar. Siempre dejaba su teléfono en la mesa del comedor, pero esta vez, en su apuro, lo dejó sobre el sofá, desbloqueado, porque estaba reproduciendo música de banda a todo volumen.

Esperé a escuchar el ruido de la regadera en el piso de arriba. Entonces, moví mi silla de ruedas rápidamente hacia el sofá. Agarré el teléfono con manos temblorosas. Minimizé la aplicación de música y abrí el WhatsApp.

Ahí estaba. El chat fijado hasta arriba. “Roberto Amor”.

Abrí la conversación. Había fotos de ellos juntos, en moteles, en el auto que yo le compré a ella, riéndose de mí. Pero lo que me destrozó por completo y apagó cualquier rastro de amor que aún me quedaba, fueron los mensajes de texto de ese mismo día.

Roberto: Ya fui a revisar el mirador hoy en la mañana. Las lluvias dejaron las piedras bien resbaladizas. Está perfecto, nena.

Elena: Excelente. El sábado en la tarde lo llevamos. Ya tengo lista la ropa negra para el fneral. Me voy a ver hermosísima llorando ante las cámaras.*

Roberto: Te amo. Ya quiero dormir en tu cama sin tener que esconderme, y mandar a ese paralítico al infierno donde pertenece.

Elena: Falta poco, mi rey. El sábado seremos ricos y libres. Asegúrate de empujar con fuerza, no quiero que quede atorado en una rama, quiero que llegue hasta el fondo del barranco.

Se me nubló la vista. Una lágrima de rabia, de pura y absoluta indignación, cayó sobre la pantalla del celular.

No, no iban a ganar. No me iban a tratar como a un perro viejo que se tira a la basura cuando ya no sirve. Yo construí ese imperio. Yo me rompí las manos para tener lo que tengo.

Dejé el celular exactamente donde estaba. Me sequé la cara con la manga de mi camisa. Respiré hondo. El olor a lluvia seguía en el ambiente.

El dolor me había destrozado el alma. Sentí cómo la última pizca de bondad y debilidad dentro de mí se apagaba. Me tragué el nudo que tenía en la garganta. La tristeza desapareció de mi cuerpo, dejando paso a un fuego ardiente, una sed de justicia y venganza que nunca antes había sentido.

Si ellos querían jugar a ser doses con mi vida, yo les iba a demostrar que el dablo sabe más por viejo que por diablo. No les iba a dar el gusto de mat*rme. Les iba a dar algo mucho peor.

Me alejé del sofá y volví a mi cuarto. Cerré la puerta con seguro. Busqué debajo de mi colchón un celular viejo que yo usaba solo para mis negocios personales, uno que Elena no sabía que existía.

Ya no había lágrimas. Ya no había pánico. Solo una mente fría y calculadora.

Marqué el primer número. Necesitaba hablar con mi abogado. Y después, con la única persona en este mundo podrido en la que realmente podía confiar.

Comencé a construir mi propia trampa. Una trampa de la que mi “amada” esposa y mi querido “compadre” jamás, pero jamás, lograrían escapar. El sábado en la cascada, alguien iba a caer al abismo, pero no iba a ser yo.

PARTE 3: Mi última jugada y el viaje hacia el abismo

Con el teléfono viejo pegado a la oreja y las manos todavía temblando por el coraje, me quedé en la oscuridad de mi cuarto. El silencio de la casa era pesado, casi asfixiante, interrumpido solo por el sonido de la lluvia afuera y el eco de la traición que todavía retumbaba en mi cabeza. Cada latido de mi corazón era un tamborazo que me recordaba una sola cosa: me querían m*erto. Y no cualquier persona. Mi esposa. La mujer por la que me había roto el lomo trabajando de sol a sol, la que saqué de la pobreza, y mi “compadre”, el infeliz al que le abrí las puertas de mi casa y de mi cartera.

Marqué el número de memoria. Era tarde, pero sabía que él contestaría. Sonó una, dos, tres veces.

—¿Bueno? —se escuchó la voz ronca y cansada al otro lado de la línea.

—Don Chema —susurré, pegándome el aparato a la boca, vigilando la puerta de mi habitación—. Soy yo, Arturo.

Hubo una pausa. Don Chema no era solo mi abogado, era como un segundo padre para mí. Él me había ayudado a levantar mis primeros talleres mecánicos cuando yo no era más que un chamaco con las manos llenas de grasa y un montón de sueños. Él conocía cada peso que yo había ganado.

—¿Arturo? Muchacho, ¿qué pasó? Son casi las once de la noche. ¿Estás bien? ¿Te duele algo?

Me tragué el nudo que me rasparía la garganta.

—No, Don Chema. Físicamente estoy igual que siempre. Pero necesito que me haga un trabajo urgente. El más urgente de todos. Y tiene que ser en absoluto secreto. Nadie, absolutamente nadie, y mucho menos Elena, puede saberlo.

El tono de voz del viejo cambió de inmediato. Se puso serio.

—Dime qué necesitas, mijo. Sabes que cuentas conmigo para lo que sea.

—Necesito traspasar todo, Don Chema. Todo. Los tres talleres mecánicos, la bodega de refacciones, las cuentas bancarias, el terreno en el pueblo, y esta maldita casa. Quiero dejar de ser el dueño de todo mi patrimonio mañana a primera hora.

Escuché cómo Don Chema dejaba salir el aire lentamente por la boca.

—Arturo, ¿qué locura me estás diciendo? Eso no se hace de la noche a la mañana. Además, ¿por qué quieres deshacerte de lo que te costó la vida entera construir? ¿Es por el accdente? ¿Te estás rindiendo, muchacho? No me digas que estás pensando en hacer una pndejada…

—No, Don Chema, no me voy a qu*tar la vida —lo interrumpí, apretando los dientes—. Al contrario. Estoy tratando de salvarla.

Y entonces, en voz baja, con las palabras arrastrándose llenas de veneno y dolor, le conté todo. Le conté la conversación que escuché en el pasillo. Le conté los mensajes de WhatsApp. Le conté el plan de Elena y Roberto de llevarme a la cascada este sábado para empujarme por el precipicio.

Del otro lado de la línea hubo un silencio sepulcral que duró casi un minuto. Yo solo escuchaba la respiración agitada del viejo abogado.

—¡Hijos de la ching*da! —estalló Don Chema, con la voz quebrada por la rabia—. ¡Esa mujer es una víbora! Yo te lo dije, Arturo, yo te advertí cuando te casaste con ella que esa mirada no era de amor, era de pura ambición. Y el malnacido de Roberto… ¡Ese infeliz te debe hasta la camisa que trae puesta! Voy a llamar a la policía ahora mismo, mijo. Voy a mandar una patrulla a tu casa para que los saquen a patadas.

—¡No! —casi grité, pero me contuve justo a tiempo—. No, Don Chema. Si la policía viene ahora, no tengo pruebas contundentes de un crimen, solo chismes y mensajes que ella puede borrar en un segundo. Dirán que yo estoy loco por los medicamentos, que la depresión me está haciendo inventar cosas. Tienen todo a su favor. Yo soy el pobre lisiado paranoico. No, quiero que caigan con las manos en la masa. Quiero que sientan que ganaron, para luego quitarles absolutamente todo.

—¿Entonces qué planeas hacer, Arturo? Me estás asustando.

—Prepare los documentos, Don Chema. Ponga los talleres y las cuentas a nombre de mi hermano Luis. Yo sé que él es un hombre derecho y me cuidará el dinero. La casa y la bodega, póngalas en un fideicomiso. Que no quede ni un solo centavo a mi nombre. Si a mí me pasa algo, o si estos d*sgraciados creen que me pasó algo, se van a topar con pared. No heredarán ni el polvo de mis zapatos. ¿Puede hacerlo para mañana?

—Me voy a quedar toda la noche trabajando, muchacho. Mañana a mediodía te llevo los papeles a la casa para que los firmes. Inventaré que son trámites de rutina del seguro por lo de tu acc*dente. Esa arpía no va a sospechar nada.

—Gracias, viejo. Le debo la vida.

Colgué. El primer paso estaba dado. Pero faltaba lo más difícil. Traspasar mis bienes me aseguraba que no se quedarían con mi dinero, pero no me salvaba de la caída. Si me tiraban de ese mirador, yo iba a m*rir, con dinero o sin él. Necesitaba sobrevivir a una caída libre de más de cincuenta metros. Y para eso, necesitaba a alguien que no le tuviera miedo a nada.

Busqué en la agenda de mi viejo celular el número del Comandante Torres. Él era el jefe de un grupo de rescate de alta montaña y protección civil. Hace cinco años, cuando a su esposa le detectaron un problema grave en el corazón, el seguro no cubría la operación. Yo, que en ese entonces tenía los talleres a reventar de clientes, le presté la lana sin hacer preguntas y sin cobrarle un solo peso de interés. Torres me juró aquel día que me debía su vida entera. Era hora de cobrar esa deuda.

Marqué. Me contestó rápido, a pesar de la hora.

—¿Jefe Arturo? ¡Qué milagro! ¿Cómo está, hermano? Me enteré de su situación de las piernas, he querido ir a verlo, pero con el jale…

—Comandante —lo corté, mi voz sonando fría, casi metálica—. Necesito un favor. Y es de vida o mu*rte.

—Usted dirá, jefe. Para usted, lo que sea. Pida por esa boca.

—Este sábado, por la tarde, me van a tirar por el precipicio del Mirador de la Cascada Alta.

Torres soltó una carcajada nerviosa, pensando que era una broma de mal gusto.

—Ay, jefe, qué humor tan negro se carga. ¿Cómo que lo van a tirar?

—No es una broma, Torres. Mi esposa y su amante me van a empujar en mi silla de ruedas para quedarse con mi lana. Y yo voy a dejar que lo hagan.

El silencio de Torres fue distinto al de Don Chema. Era el silencio de un hombre de acción evaluando una situación de riesgo extremo.

—A ver, a ver, a ver… frene ahí, Arturo. ¿Me está diciendo que sabe que lo van a sesinar y va a ir de todos modos? Eso es un suicdio, cabrón. Llame a las autoridades.

—No hay autoridades que valgan hasta que se cometa el delito, Torres. Escúchame bien. Tú y yo sabemos cómo está el terreno abajo del Mirador Alto. Hay un voladero en línea recta, pero a unos treinta metros de caída hay una cornisa ancha de piedra oculta por la maleza y la niebla, justo antes de llegar al río.

—Sí, la conozco. Es el “Paso del Diablo”. Mis muchachos entrenan rápel ahí a veces. Pero caer desde el mirador hasta esa cornisa… la velocidad lo va a hacer pedazos contra las rocas, Arturo. Y en una silla de ruedas, peor. Es una locura. No lo voy a permitir.

—Por eso te llamo a ti, carajo. Necesito que tú y tus mejores hombres instalen una red de seguridad industrial, de esas que usan en las construcciones de rascacielos. Tréncenla con cables de alta tensión y cuerdas de escalar. Que soporte el impacto. Cúbranla con ramas, que no se vea desde arriba. Ustedes espérenme ahí abajo. Cuando yo caiga, la red me atrapará antes de chocar contra las piedras.

—Arturo, la física no perdona. Aunque pongamos la red más resistente del mundo, el latigazo del impacto le puede romper el cuello. O la silla le puede caer encima y aplastarlo. Es un volado. Tiene un diez por ciento de probabilidades de salir vivo de esta locura. ¡No sea terco!

—¡Prefiero ese diez por ciento que quedarme aquí esperando a que me enven*nen el café o me asfixien con una almohada! —grité en un susurro desesperado, sintiendo que las lágrimas de impotencia volvían a asomarse—. Torres, escúchame, por favor. Tú viste cómo me maté trabajando toda mi vida. No voy a dejar que estos parásitos se queden con lo mío y salgan impunes. Quiero verles la cara cuando se den cuenta de que perdieron. Quiero verlos hundirse. Hazlo, por favor. Por lo que más quieras.

Escuché a Torres suspirar profundamente. Escuché el sonido de un encendedor y cómo le daba un jalón a un cigarro.

—Está completamente demente, hermano. Pero si le digo que no, sé que va a ir de todos modos y se va a m*tar. Está bien. Voy a juntar a tres de mis muchachos de más confianza. El viernes por la noche vamos a instalar la red. Y el sábado estaremos ahí escondidos, esperándolo. Pero le digo una cosa: si sobrevive a esto, me va a deber un cartón de cervezas de los caros.

—Te compro la cervecería entera si quieres, Torres. Gracias.

Colgué. Ya no había marcha atrás. El tablero estaba puesto. Ahora solo me tocaba interpretar mi papel de víctima mejor que nunca.

Los días siguientes fueron un martirio psicológico que no le deseo a nadie. Ver a Elena moverse por la casa con esa sonrisa cínica, oliendo a su perfume de rosas, arreglándose el cabello frente al espejo mientras yo estaba postrado en la cama. Cada palabra de cariño que salía de su boca era una puñalada.

—Ay, mi amorcito, vas a ver qué bien nos la vamos a pasar el sábado —me dijo el jueves por la mañana, mientras me acomodaba las cobijas—. Ya le dije a Roberto que venga temprano con su camioneta. Le puse llantas nuevas para que no sintamos tanto los baches en la terracería. Te compré esta chamarra gruesa, para que no te me vayas a resfriar allá arriba por la brisa de la cascada.

Tomé la chamarra entre mis manos. Era una ironía cruel. Quería que estuviera calientito mientras me mandaba al fondo del barranco.

—Eres muy buena conmigo, Elena —le dije, obligándome a mirarla a los ojos. Busqué en el fondo de sus pupilas alguna duda, algún rastro de remordimiento, alguna chispa de la mujer humilde de la que me enamoré hace diez años. Pero no había nada. Sus ojos estaban vacíos, fríos, calculadores.

Ese mismo jueves al mediodía, llegó Don Chema. Como lo habíamos planeado, trajo un maletín lleno de papeles.

—Buenas tardes, doña Elena —saludó el abogado, quitándose el sombrero—. Vengo a ver a Arturo. Necesita firmarme unos documentos para la aseguradora. Puros trámites burocráticos, ya sabe cómo son estas cosas.

Elena lo miró con un poco de desconfianza, cruzándose de brazos.

—¿Trámites de qué, Don Chema? Arturo ya no está para andar lidiando con problemas de papeles. Debería dejármelos a mí, yo los leo y los firmo por él.

Sentí que la sangre me hervía, pero Don Chema, con la experiencia de zorro viejo, sonrió afablemente.

—Me encantaría, señora, pero las políticas del seguro exigen la huella y la firma directa del afectado. Será rápido.

Elena resopló con fastidio y nos dejó solos en la sala. Durante quince minutos, firmé hoja tras hoja. Traspasé mis talleres a mi hermano. Puse mi casa en el fideicomiso. Firmé hasta que me dolió la mano. Cuando terminé, Don Chema cerró el maletín y me puso una mano en el hombro.

—Ya está hecho, muchacho. Ya no tienes un peso a tu nombre. Estás libre de equipaje. Ahora, por el amor de D*os, cuídate mucho. Si esto sale mal…

—Saldrá bien, Don Chema. Nos vemos la próxima semana en mi despacho.

El viernes fue el día más largo de mi vida. Roberto vino en la tarde a “ayudar” a Elena a empacar algunas cosas en la camioneta: cobijas, un termo con café, sándwiches. Todo un picnic fingido.

Yo estaba sentado en la sala, mirando por la ventana, cuando Roberto se acercó a mí. Olía a loción barata y a cigarro.

—¿Qué pasa, compadrito? Lo veo muy pensativo —me dijo, palmeándome la espalda con esa familiaridad asquerosa.

—Pensando en la vida, Roberto. En lo rápido que cambia todo. Un día estás en la cima, trabajando, y al otro… mírame. Dependiendo de los demás para todo.

Roberto soltó una risita seca.

—Así es la vida, compadre. Como una ruleta. Pero no se agüite. Mañana lo vamos a llevar a que vea el paisaje. Se va a sentir como nuevo.

Lo miré fijamente, aguantando las ganas de escupirle.

—Ojalá, Roberto. Ojalá me sienta liberado de todo este peso.

Él no entendió el doble sentido de mis palabras. Simplemente asintió y se fue a la cocina con mi mujer. Esa noche, desde mi cuarto, volví a escuchar sus risas. Estaban celebrando por adelantado. Yo no dormí. Me dediqué a rezar. No sé si a D*os, al destino, o a la pura suerte. Pedí que la red resistiera. Pedí que los nervios no me traicionaran.

Y por fin, amaneció el sábado.

El día estaba gris. Un cielo encapotado, típico de las sierras mexicanas, amenazaba con lloviznar. Era el clima perfecto para un “acc*dente”.

Elena me vistió. Me puso la chamarra nueva. Me peinó. Cada caricia que me daba era una tortura. Yo trataba de mantener la respiración tranquila.

—Listo, mi rey. Estás guapísimo —dijo ella, dándome un beso en la mejilla que sentí como la mordida de una araña—. Roberto ya está afuera pitando.

Me subieron a la parte trasera de la camioneta de Roberto. La silla de ruedas la doblaron y la metieron en la cajuela. Elena se fue de copiloto. Durante el trayecto de casi dos horas hacia la sierra, el ambiente dentro del vehículo era tenso, aunque ellos intentaban disimularlo poniendo música norteña a todo volumen.

Yo iba callado, mirando por la ventana cómo la ciudad iba quedando atrás, reemplazada por árboles inmensos, neblina baja y el camino de terracería que serpenteaba hacia las montañas.

—¿Te mareas, mi amor? —preguntó Elena, girándose desde el asiento delantero.

—No. Estoy bien —respondí a secas.

Traté de sondearlos por última vez. En el fondo de mi corazón desgarrado, una estúpida y pequeña parte de mí todavía esperaba que se arrepintieran. Que dijeran: “¿Saben qué? Mejor nos regresamos, hace mucho frío”. Quería darles una última oportunidad de demostrar que aún tenían un gramo de humanidad.

—Elena… —hablé, alzando la voz por encima de la música de los Tigres del Norte que sonaba en la radio—. Anoche estuve soñando con el día de nuestra boda. ¿Te acuerdas? Cuando no teníamos nada. Cuando comíamos frijoles en ese cuartito rentado, pero éramos felices. Yo te prometí que te iba a sacar de ahí, y lo cumplí. Siempre te he dado todo lo que tengo, ¿verdad?

Vi cómo los hombros de Elena se tensaron. Roberto, que iba manejando, miró por el espejo retrovisor con los ojos entrecerrados.

Elena tardó unos segundos en contestar. Su voz sonó un poco más aguda de lo normal.

—Claro que me acuerdo, Arturo. Siempre has sido un buen proveedor. Por eso te cuido tanto ahora. Ya no pienses en esas cosas tristes, hoy venimos a disfrutar.

Ahí estaba la respuesta. “Un buen proveedor”. Eso era yo. Una chequera. Un cajero automático que ya no daba billetes y que solo ocupaba espacio. Se acabó la lástima. Se acabó la duda. Mi corazón se cerró por completo y se convirtió en piedra.

Llegamos a la zona de la cascada. El ruido del agua cayendo desde las alturas era ensordecedor. La brisa levantaba una neblina espesa que apenas dejaba ver a unos cuantos metros de distancia. El lugar estaba desierto. No había turistas, no había guardabosques. Era el escenario perfecto para un cr*men.

Roberto bajó, armó la silla de ruedas y entre los dos me cargaron para sentarme en ella.

—Híjole, sí hace un frío del d*ablo —dijo Roberto, frotándose las manos y mirando hacia arriba, hacia el sendero escarpado que llevaba al mirador principal—. Agárrese fuerte, compadre, porque la subida está pesada y hay mucho lodo.

El camino hacia el borde del precipicio fue una agonía de veinte minutos. Las llantas de la silla se atascaban en las piedras sueltas y en el fango. Roberto empujaba por detrás, jadeando, maldiciendo en voz baja cada vez que la silla se iba de lado. Elena iba al frente, supuestamente apartando las ramas del camino, pero yo notaba cómo miraba nerviosa hacia todos lados, asegurándose de que nadie nos estuviera viendo.

Yo iba en medio de los dos, sintiendo cada bache, cada sacudida. Mi mente estaba enfocada en una sola cosa: la red. ¿Estaría Torres allá abajo? ¿Habría resistido la instalación? ¿O iba directo a estrellarme contra mi propia mu*rte?

Por fin, llegamos a la cima.

El panorama era a la vez hermoso y aterrador. Estábamos en una plataforma natural de roca sólida. A unos diez metros, el suelo simplemente desaparecía en un abismo oscuro, lleno de neblina. A la izquierda, la enorme cascada escupía toneladas de agua que caían rugiendo hacia el fondo del cañón. La brisa helada nos empapaba el rostro casi de inmediato.

El suelo estaba recubierto de musgo húmedo y resbaladizo.

—Llegamos —anunció Roberto, soltando un largo suspiro y limpiándose el sudor de la frente, a pesar del frío—. Qué vista, ¿no, compadre?

Me empujaron lentamente hasta quedar a escasos dos metros del borde. El precipicio se abría ante mí como las fauces de un monstruo hambriento. Miré hacia abajo, forzando la vista a través de la neblina. No lograba ver la cornisa que Torres había mencionado. No veía la red. No veía nada. Solo el abismo gris y el rugido del río furioso en el fondo.

El estómago se me revolvió. Por un instante, el terror me paralizó. Estaba a punto de dejar que me tiraran al vacío.

Detrás de mí, el silencio se apoderó de ellos. El sonido ensordecedor del agua ahogaba todo, pero yo podía sentir la tensión en el aire, pesada, eléctrica.

Roberto y Elena intercambiaron posiciones. Yo no me giré, pero sus sombras se proyectaban en la piedra mojada por la débil luz del sol que lograba atravesar las nubes.

Elena se colocó justo detrás de la silla. Sus manos, pequeñas y frías, se posaron sobre los mangos de goma de mi asiento. Sentí cómo apretaba el agarre.

Roberto dio unos pasos hacia la izquierda, colocándose en un ángulo donde pudiera ayudarla a dar el empujón final si la silla se atoraba.

Este era el momento. El momento que había escuchado planear en mi propia cocina. El momento por el que habían esperado tanto.

—Elena… —dije, con la voz temblando. No era actuación. El miedo a la caída era real—. Elena, tengo frío. Vámonos ya, por favor. Ya vi el paisaje. Quiero regresar a la casa.

Hubo una pausa. Solo el sonido de la cascada y el silbido del viento.

—No, Arturo —su voz ya no era dulce. Era la voz de una extraña. Una voz dura, desprovista de cualquier emoción humana—. Todavía no has visto lo mejor. Acércate un poco más.

Sentí cómo empujaba la silla unos centímetros hacia adelante. Las pequeñas ruedas delanteras quedaron a menos de un metro del precipicio. Una piedra rodó por el borde y desapareció en el vacío. Nunca escuché el sonido del impacto contra el fondo.

—No… por favor… —supliqué en voz baja. Sabía que no me harían caso, pero esta era mi última jugada para que, el día de mañana, en mi propia conciencia, supiera que no les dejé otra opción—. Sé lo que están planeando…

Mis palabras los congelaron por un segundo. Las manos de Elena se aflojaron un milímetro de la silla.

—¿Qué… qué dices? —tartamudeó ella.

—Sé todo, Elena —continué, manteniendo la vista fija en el abismo, sintiendo el viento en la cara—. Sé lo de Roberto. Sé que me quieren m*erto por el dinero. Los escuché en la cocina. Leí tus mensajes. Lo sé todo.

Se hizo un silencio sepulcral, más intenso que el rugido del agua.

Por el rabillo del ojo, vi a Roberto dar un paso hacia atrás, asustado de que los hubiera descubierto.

—¡Es un p*t0 mentiroso, Elena! —gritó Roberto, con la voz llena de pánico y agresividad—. ¡Te dije que nos iba a descubrir! ¡Empújalo ya!

—Pero haré lo que digan… —interrumpí, usando mi tono más derrotado, el de un hombre que se rinde—. Si quieren irse juntos, váyanse. Me voy de la casa. Les dejo un taller. Pero no hagan esto. No me m*ten. Yo te amé, Elena.

Me quedé esperando. El corazón me latía tan fuerte que amenazaba con reventarme el pecho. Quería creer, con una estúpida esperanza, que ella soltaría la silla, caería de rodillas y me pediría perdón.

Sentí la mirada de ambos clavada en mi espalda. Escuché cómo Roberto se acercaba apresuradamente y ponía sus gruesas manos sobre las de Elena, aferrando los mangos de la silla.

—Demasiado tarde —respondió ella. Su tono no era de arrepentimiento. Era de rabia, de una frialdad absoluta que me partió el alma en mil pedazos. Me odiaba. Me odiaba por haberlos descubierto y eso solo aceleró su sed de sangre.

Giré la cabeza lentamente, encogiendo el cuerpo. Los miré. A los dos. El rostro de Elena estaba desfigurado por la ambición y el miedo. El de Roberto era puro instinto animal.

En mis ojos ya no había pánico, como ellos esperaban ver. Solo había un cansancio profundo. El cansancio de un hombre que se da cuenta de que vivió diez años con un monstruo.

—No tengo a nadie más… —murmuré, pronunciando mis últimas líneas de esta maldita obra de teatro trágica—. Por favor…

Roberto me miró con desprecio, apretando la mandíbula.

—Nos vemos en el infierno, inútil.

Y sin dudarlo un segundo más, Roberto impulsó su peso hacia adelante. Elena lo acompañó. Con una violencia brutal, empujaron mi silla de ruedas.

El impacto en mi espalda me sacudió. Las llantas resbalaron sobre la piedra húmeda y cubierta de musgo. No hubo fricción que me detuviera.

El borde de piedra desapareció bajo mis ruedas delanteras.

Sentí el vacío. Esa sensación de ingravidez que te revuelve las tripas. El viento silbó de golpe en mis oídos, ahogando los gritos fingidos de Elena que quedaron arriba.

“¡Se cayó! ¡Es un accidente! ¡Ayuda!”.

Mi cuerpo se inclinó hacia adelante. La silla y yo nos precipitamos hacia la niebla espesa y blanca. El estómago se me subió a la garganta mientras caía a una velocidad vertiginosa.

El abismo me tragó por completo. Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes, esperando el impacto brutal, rogándole a la vida que la red del Comandante Torres estuviera exactamente donde prometió que estaría, mientras la cascada rugía a mi lado como una bestia sedienta.

PARTE FINAL: El regreso de la m*erte y el precio de la traición

El viento me golpeó el rostro con una violencia que nunca antes había sentido.

Era un aullido sordo, un rugido que me tapó los oídos y me robó el aliento.

Sentí cómo mi estómago se subía hasta mi garganta. La gravedad me había soltado y ahora era solo un peso m*erto cayendo hacia la nada.

El mundo se volvió un torbellino de niebla blanca, gotas de agua helada de la cascada y el color gris de la piedra que pasaba a mi lado a una velocidad aterradora.

Por un instante, cerré los ojos y pensé que había cometido el peor error de mi vida.

Pensé que Torres no había llegado. Pensé que la red se había roto. Pensé que este era mi fin.

Mi cuerpo se separó un poco de la silla de ruedas. La inercia de la caída nos estaba separando en el aire.

Esperaba el golpe final contra las rocas. Esperaba que todo se apagara de golpe.

Y entonces, sucedió.

No fue un golpe en seco contra piedra, pero el impacto fue brutal, como si un gigante invisible me hubiera dado un batazo en todo el cuerpo.

Sentí cómo mi espalda, mis costillas y mis hombros chocaron contra algo duro pero flexible.

El aire salió de mis pulmones en un grito ahogado.

Reboté hacia arriba, envuelto en una maraña de cuerdas gruesas y cables que crujieron bajo mi peso.

La red se estiró hacia abajo, cediendo casi hasta el límite, y luego me lanzó de vuelta, atrapándome como a un pez.

Unos metros más abajo de mí, escuché un estruendo metálico aterrador.

Era la silla de ruedas. Había rebotado en el borde de la red, o tal vez pasó de largo por un hueco, y se había estrellado contra las rocas del fondo del barranco.

El sonido de los fierros retorciéndose y el plástico haciéndose pedazos fue el sonido exacto que Elena y Roberto esperaban que hicieran mis huesos.

Me quedé ahí, colgado a treinta metros de caída, enredado, sin poder respirar, con el pecho ardiendo de dolor.

Estaba vivo. D*os mío, estaba vivo.

Abrí los ojos. Todo daba vueltas. La neblina seguía ahí, mojando mi cara, mezclándose con las lágrimas que me salían por pura reacción del cuerpo.

—¡Jefe! ¡Arturo! —escuché una voz ronca gritando cerca de mí.

Alcé la vista como pude. De entre la maleza y las rocas de una cornisa oculta, justo al lado de donde estaba anclada la red, apareció la figura del Comandante Torres.

Venía amarrado con un arnés, y detrás de él venían otros tres hombres de su equipo de rescate, todos vestidos de naranja y negro, empapados.

—¡No se mueva, jefe! ¡Ya vamos por usted! —gritó Torres, lanzando una cuerda con un mosquetón.

Mis piernas no sentían nada, como de costumbre, pero el dolor en mi torso era insoportable. Creo que me había fisurado una costilla con el impacto.

—Torres… —intenté decir, pero solo salió un suspiro ahogado—. Lo… lo lograste…

Los rescatistas llegaron hasta mí en segundos. Me agarraron por la chamarra gruesa que la hipócrita de mi mujer me había puesto para que me viera “guapo” en mi f*neral.

—Tranquilo, Arturo, lo tenemos —me decía Torres mientras aseguraba un arnés alrededor de mi pecho—. Aguante, lo vamos a jalar a la cornisa. A la cuenta de tres, muchachos. ¡Una, dos, tres!

Con un esfuerzo tremendo, me arrastraron por la red de seguridad industrial hasta dejarme sobre la piedra firme de la cornisa oculta.

Me recargaron contra la pared de la montaña, bajo una pequeña saliente que nos protegía un poco de la brisa de la cascada.

Tosí fuerte, escupiendo un poco de saliva espesa. El pecho me ardía, pero nunca me había sentido tan feliz de sentir dolor.

—¿Está entero, hermano? —me preguntó Torres, revisándome el cuello, la cabeza y presionando mis costillas—. ¡Ay cabrón, nos dio el susto de nuestra vida! Cuando vimos que caía con todo y silla, pensé que la red no iba a aguantar.

—Estoy bien… estoy bien —jadeé, tratando de regular mi respiración—. Escucha, Torres…

Me interrumpí a mí mismo, porque en ese momento, desde las alturas, muy arriba de nosotros, se escuchó un grito que me heló la s*ngre.

Era Elena.

—¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda! ¡Se cayó! ¡Mi marido se cayó!

Era un grito desgarrador, lleno de pánico, actuado a la perfección. Una obra maestra de la hipocresía.

Luego se escuchó la voz de Roberto, gritando con la misma falsa desesperación:

—¡Auxilio! ¡Fue un acc*dente! ¡Resbaló con las piedras!

Los hombres de Torres y yo nos quedamos en silencio, escuchando la actuación de esos dos m*nstruos allá arriba en el mirador.

Torres apretó la mandíbula y me miró con una rabia que compartíamos.

—Hijos de su rep*tísima madre… —murmuró uno de los rescatistas—. Qué buena actriz resultó la señora.

—Están celebrando, Torres —le dije, sintiendo cómo el frío de la montaña me penetraba los huesos, pero el fuego de la venganza me calentaba por dentro—. Creen que ya son dueños de todo. Creen que estoy embarrado allá abajo en el río.

—Pues se van a llevar la sorpresa de su vida —dijo Torres, sacando un radio de comunicación de su chaleco—. Antes de que usted cayera, ya le había avisado a la patrulla estatal que está apostada en la carretera. Vienen en camino para “atender la emergencia”.

—Necesito subir, Torres. Necesito subir ya mismo. Quiero verles las caras.

El Comandante me miró con preocupación.

—Jefe, usted no puede caminar. El sendero de cabras que usamos nosotros para llegar a esta cornisa es una friega. Está empinado, resbaloso y es pura subida entre las piedras.

—No me importa si me tienen que arrastrar como a un costal de papas —le dije, agarrándolo del chaleco con las pocas fuerzas que me quedaban—. Suban conmigo. Les pagaré lo que me pidan. Pero no voy a dejar que se salgan con la suya un minuto más.

Torres asintió. Conocía mi terquedad y sabía que esta era mi batalla final.

—Va. Muchachos, saquen la camilla de rescate tipo canastilla. Lo vamos a subir cargando. Pónganle los arneses.

Me colocaron en una camilla rígida de esas que usan para rescatar montañistas, me aseguraron con correas para que no me cayera y, entre los cuatro hombres, comenzaron a cargarme.

El ascenso fue un verdadero infierno.

El camino no era más que una grieta en la montaña, llena de lodo, raíces y piedras sueltas.

Yo iba acostado, mirando el cielo gris, sintiendo cada paso, cada resbalón de los muchachos que sudaban la gota gorda para llevar mis ochenta kilos cuesta arriba.

—¡Con cuidado, firme a la derecha! —gritaba Torres, que iba al frente jalando de una cuerda.

Tardamos casi media hora en subir lo que a ellos les tomaría diez minutos corriendo.

Durante todo ese tiempo, mi mente no paraba de trabajar. Me imaginaba la escena arriba. Me imaginaba a Elena llorando lágrimas de cocodrilo, a Roberto abrazándola, fingiendo consolar a la “viuda” desconsolada, mientras en su cabeza ya estaban contando mis billetes, decidiendo en qué se iban a gastar mi lana.

El dolor físico pasaba a segundo plano. La adrenalina me mantenía despierto, lúcido. Quería saborear cada segundo de lo que estaba por venir.

Por fin, después de un último tirón, llegamos a un claro entre los árboles, a unos veinte metros de donde estaba el mirador principal.

—Hagan alto, bajen la camilla —ordenó Torres en un susurro—. Ya estamos casi al nivel del mirador.

A través de la maleza densa y la niebla que se levantaba del suelo, podíamos escuchar voces.

Voces nuevas. Eran radios de policía.

Habían llegado.

—Comandante, despácheme —le dije a Torres, soltándome las correas del pecho—. No voy a llegar en camilla. Ayúdenme a ponerme de pie.

—Arturo, sus piernas no le responden, se va a caer —me advirtió.

—Solo sostenme, cabrón. Pon un brazo por debajo de mi axila y que otro muchacho me agarre del otro lado. Quiero que me vean entrar caminando, aunque sea a rastras. Quiero parecer un fantasma que acaba de salir del infierno.

Torres asintió con una media sonrisa. Entendió el nivel de teatro que la situación requería.

Me levantaron. Mis piernas colgaban inútiles, arrastrando las puntas de los zapatos por el lodo y la hojarasca, pero los dos hombres me sostenían con tanta fuerza que desde lejos parecería que estaba de pie, avanzando a trompicones.

Nos acercamos lentamente, ocultos por la niebla y los árboles, hasta llegar a escasos metros del claro del mirador.

Ahí estaban.

Había dos policías estatales tomando notas en sus libretas.

Elena estaba sentada en una roca, con las manos cubriéndose la cara, soltando unos sollozos tan exagerados que daban asco.

—Fue horrible, oficial… fue horrible… —decía mi esposa entre llantos fingidos, temblando bajo su suéter—. Mi marido… él… él estaba tan deprimido. Le dije que no se acercara tanto al borde, pero las llantas resbalaron con el musgo.

Roberto, parado a su lado con cara de pánico y preocupación, puso una mano en el hombro de uno de los oficiales.

—Yo traté de agarrarlo, jefe, se lo juro por D*os —decía el infeliz, con voz quebrada—. Me lancé para agarrar la silla, pero la fuerza me ganó. Si no me suelto, me voy al barranco con él. Arturo era mi hermano, mi compadre… no me lo puedo perdonar.

Estaban dando el espectáculo de sus vidas. Ya se sentían libres. Ya se sentían intocables.

Uno de los policías, que al parecer no estaba enterado del plan con Torres, se asomó al precipicio y negó con la cabeza.

—A esa profundidad, y con la corriente del río abajo, va a estar difícil recuperar el cuerpo, señora. Tendremos que llamar a protección civil y a los buzos. Es casi seguro que el señor perdió la vida en el impacto.

Elena soltó un grito teatral, dejándose caer sobre el pecho de Roberto, quien la abrazó “protectoramente”.

—¡No! ¡Mi Arturo no! ¿Qué voy a hacer sin él? ¡Me dejó sola!

Mi estómago se revolvió de asco. Ya no aguantaba más. Era el momento de cobrarles la factura de la vida entera.

Desde la niebla que nos rodeaba, y sostenido por los dos rescatistas, hablé.

Mi voz salió fuerte. Clara. Profunda. Rebotando contra las piedras del mirador.

—No te dejé sola, Elena.

Todos se quedaron paralizados.

El llanto de Elena se cortó de tajo, como si le hubieran apagado un interruptor.

Roberto soltó a mi mujer y se dio la vuelta rápidamente, con los ojos abiertos como platos, buscando el origen de la voz.

Los policías desenfundaron sus manos hacia las fundas de sus *rmas por puro instinto, sorprendidos por la voz que salía del bosque cerrado.

—No se apresuren a alegrarse —volví a hablar, dando un paso al frente mientras los hombres de Torres me arrastraban hacia la luz.

Las siluetas de nosotros tres comenzaron a aparecer de entre la espesa bruma blanca.

Elena palideció de golpe. Toda la s*ngre se le fue a los pies. Sus ojos se clavaron en mí, en mi ropa mojada, en mi rostro sucio de lodo, pero completamente vivo.

Roberto dio un paso hacia atrás, tropezando con una piedra, temblando como un perro asustado.

—¿Arturo…? —susurró Elena. Su voz era un hilo, un gemido de terror puro—. ¿Cómo… cómo es posible? ¡Tú te caíste! ¡Yo te vi caer!

Los oficiales de policía se quedaron confundidos por un segundo, hasta que el Comandante Torres salió detrás de nosotros, con los brazos en alto.

—Tranquilos, oficiales, somos Protección Civil del Estado —se identificó Torres—. Venimos en rescate de la víctima.

Me soltaron un poco y logré mantenerme apoyado contra el tronco de un pino grueso, frente a todos ellos.

Levanté lentamente la cabeza. Los miré a los dos, al par de *sesinos que habían dormido en mi propia casa.

—¿Te sorprende verme, mi amor? —le dije a Elena, escupiendo la última palabra con todo el veneno que pude juntar—. ¿Qué pasó, Roberto? ¿No empujaste con la suficiente fuerza, compadre?

Roberto balbuceó, incapaz de articular una sola palabra. Estaba viendo a un mu*rto caminar, o al menos eso creía.

Elena, reaccionando por puro instinto de supervivencia, intentó mantener la mentira. Trató de correr hacia mí, con los brazos abiertos, forzando una sonrisa de histeria.

—¡D*os mío, es un milagro! ¡Arturo, mi amor, sobreviviste a la caída! ¡Los ángeles te salvaron!

Antes de que pudiera tocarme, le levanté la mano, ordenándole que se detuviera.

—No te atrevas a tocarme, víbora —le grité, y el eco de mi voz retumbó en todo el mirador—. No hubo ningún milagro. Y tampoco hubo ningún acc*dente.

Los dos policías se acercaron, poniéndose a los lados de Elena y Roberto, cerrándoles el paso.

—¿Qué está diciendo, señor? —me preguntó uno de los oficiales, sacando su libreta otra vez.

Miré al oficial y luego clavé mis ojos llenos de rabia en mi esposa.

—Ya lo sabía todo desde hace tiempo, Elena.

Ella negó con la cabeza, empezando a temblar, pero esta vez, el terror era de verdad.

—No, no, Arturo, no sé de qué hablas. Tú te resbalaste, las llantas fallaron…

—¡Cállate! —rugí—. ¡Resultó que escuché por casualidad su maldita conversación en la cocina de mi casa hace tres días! ¡Escuché cómo Roberto se quejaba de esconderse como ratero para poder tocarte! ¡Escuché cómo planeaste traerme aquí para tirarme por el precipicio y quedarte con mis talleres, mi casa y mis ahorros!

Roberto intentó hablar, levantando las manos.

—¡Jefe, está delirando por el golpe! ¡Se pegó en la cabeza, no sabe lo que dice! ¡Acuérdese que toma muchos medicamentos!

Saqué mi teléfono viejo del bolsillo interior de mi chamarra. Estaba empapado, pero lo alcé como si fuera el arma más letal del mundo.

—Al principio no lo creí —continué, ignorando las súplicas del amante—. Era demasiado mnstruoso para ser verdad. Pero luego lo comprobé. Revisé tus mensajes en tu celular, Elena. Tomé fotos de la pantalla con este otro teléfono. Vi cómo hablaban de la ropa negra que te ibas a poner para mi fneral. Vi cómo hablaban de que las piedras estaban resbaladizas y que sería el lugar perfecto. Entendí que era verdad. Me iban a m*tar.

Elena cayó de rodillas. Su ropa se llenó de lodo. Empezó a llorar de verdad, pero no de arrepentimiento, sino porque sabía que estaba acabada.

—Y entonces… —dije, bajando el tono de mi voz, hablando con una calma letal—…ideé mi propio plan.

Me acomodé mejor contra el árbol y dejé que las palabras fluyeran, destruyendo su mundo de fantasía pedazo a pedazo.

—Mientras ustedes dos estaban ocupados empacando los sándwiches y calculando la altura de mi caída, yo mandé llamar a mi abogado, Don Chema.

Los ojos de Elena se abrieron de golpe, inyectados en s*ngre, comprendiendo hacia dónde iba.

—Traspasé todas mis propiedades a otras personas —les solté, y fue como si les hubiera clavado un cuchillo en el pecho—. Preparé todos los documentos. Cedi mis talleres mecánicos a mi hermano Luis. Puse la casa donde dormíamos en un fideicomiso intocable. Vacié las cuentas bancarias. No soy dueño ni de la camisa que traigo puesta. Si yo me m*ría hoy, tú, Elena, te habrías quedado en la pura y absoluta calle. Sin un solo peso partido por la mitad.

Elena soltó un grito ahogado. Fue un sonido gutural, como el de un animal herido. El golpe a su codicia le dolió mil veces más que la idea de perderme.

—¿Y el fondo del barranco? —preguntó Roberto, sudando frío, mirando al Comandante Torres—. ¿Cómo diablos es que no se m*rió? ¡Fueron treinta metros de caída libre!

Torres dio un paso al frente y lo miró con asco.

—El señor Arturo me contactó desde el miércoles. Mi equipo y yo instalamos una red industrial de seguridad tres metros abajo del borde, oculta por la niebla. Sabíamos exactamente a lo que venían. Sabíamos que lo iban a empujar. Simplemente les dimos la oportunidad de cometer el cr*men para que no hubiera dudas.

Los dos oficiales se miraron entre sí y asintieron. Todo el teatro que Torres les había montado abajo por radio cobraba sentido ahora.

—Señor Arturo, ¿está usted presentando cargos formales por intento de hom*cidio en contra de estas dos personas? —preguntó el oficial mayor.

—Con todo el peso de la ley, oficial —respondí sin dudar.

Me separé un poco del árbol, mirándolos con todo el desprecio que me cabía en el alma.

—Ahora no tienen nada —les dije con una calma fría y cortante—. Ni un solo centavo de mi dinero. Y gracias a lo que acaban de hacer, tampoco tienen libertad.

En ese momento, los policías se acercaron a ellos con las esposas listas.

—Roberto Sánchez y Elena Robles, quedan bajo arresto por el delito de intento de hom*cidio premeditado. Tienen derecho a guardar silencio… —empezó a recitar el oficial mientras los agarraba de los brazos.

Elena perdió la cabeza por completo. Empezó a gritar como loca, tirando patadas, justificándose, culpando a Roberto.

—¡Fue él! ¡Fue él! —gritaba mi esposa, señalando al cobarde de mi compadre, mientras el oficial le torcía el brazo para ponerle las esposas—. ¡Él me obligó! ¡Me amenazó con hacerme daño si no lo ayudaba! ¡Yo te amo, Arturo, te juro que te amo, él me manipuló la cabeza!

Roberto, en un acto de cobardía suprema, dio un paso atrás e intentó salir corriendo hacia el bosque, dejándola sola con su mentira.

No dio ni tres pasos. Dos de los rescatistas del Comandante Torres se le aventaron encima, tacleándolo contra el lodo y las piedras, sometiéndolo hasta que el segundo policía llegó a esposarlo.

—¡Suéltenme, perros! ¡Yo no hice nada! —lloriqueaba Roberto, con la cara aplastada contra el suelo—. ¡Ella lo planeó todo, ella quería la herencia! ¡Yo solo la ayudé a empujar la silla!

Escuchar cómo se traicionaban mutuamente, cómo se destrozaban como ratas arrinconadas, fue la confirmación final de que mi decisión había sido la correcta. No había amor entre ellos. Solo había conveniencia, dinero s*cio y maldad.

Me quedé ahí, apoyado en Torres, viendo cómo los levantaban a tirones.

Elena pasó frente a mí, esposada, con el maquillaje corrido, llena de tierra, temblando. Me miró a los ojos una última vez. Esperaba ver algo de piedad en mí, algo de lástima. El viejo Arturo, el p*ndejo que le perdonaba todo con tal de no verla llorar, habría cedido.

Pero ese Arturo se había muerto allá abajo en el abismo.

La miré con una indiferencia tan fría que ella misma desvió la mirada y agachó la cabeza.

Se los llevaron. Los metieron a las patrullas que estaban estacionadas a unos metros del camino principal. El sonido de las sirenas se encendió, rompiendo el silencio de la sierra, y poco a poco, el ruido se fue alejando por la terracería hasta desaparecer por completo.

Me quedé solo con el equipo de rescate y el Comandante Torres.

El frío empezó a cobrar factura. Me dolían las costillas, la espalda, y el alma la tenía agotada, vacía.

Torres se acercó, me puso su chamarra de rescatista encima para taparme el frío y me ofreció un cigarro. Aunque yo no fumaba desde hacía años, lo acepté.

Me lo encendió, y le di una calada profunda. El humo caliente me llenó los pulmones.

—Se acabó, jefe —me dijo Torres, suspirando—. Ya está hecho. Y aunque lo de la red fue la cosa más estúpida y arriesgada que he hecho en mi carrera, debo admitir que fue un plan perfecto.

—Gracias, Torres. Te debo la vida. A ti y a tus muchachos. Les voy a pagar hasta el último centavo que se merecen, aunque tenga que pedirle prestado a mi hermano para hacerlo.

El comandante se rio por lo bajo y me dio una palmada suave en el hombro no lastimado.

—No diga p*ndejadas, Arturo. Esto fue gratis. Se lo debía por lo de mi esposa. Hoy estamos a mano.

Me sentaron en una de las rocas del mirador, cerca de donde había estado la silla de ruedas. Miré hacia el horizonte. La niebla comenzaba a disiparse, y a lo lejos se veía un pequeño rayo de sol rompiendo entre las nubes grises, iluminando el valle.

Me sentía extraño. Había perdido a la mujer que creía amar. Había perdido a mi mejor amigo. Había perdido mi dinero, al menos en papel, y seguía sin poder mover las piernas.

Y sin embargo, por primera vez desde el maldito acc*dente que me dejó en la silla de ruedas, me sentí verdaderamente libre.

Ya no había veneno en mi casa. Ya no había sonrisas falsas, ni compadres aprovechados, ni miedo a cerrar los ojos en mi propia cama.

Mis hermanos vendrían a recogerme más tarde. Don Chema se encargaría de revertir los fideicomisos una vez que el juicio por intento de *sesinato terminara con esos dos pudriéndose en la cárcel. Iba a recuperar mi dinero, iba a comprarme otra silla de ruedas mil veces mejor, y la casa… la casa la iba a vender. Quería empezar de cero.

Porque a veces, la vida te empuja al borde del abismo. Y a veces, tienes que dejarte caer para darte cuenta de quién está dispuesto a atraparte y quién fue el que te empujó.

Sobreviví a la caída. Y hoy, aunque no pueda caminar, me siento más fuerte, más vivo y más firme que nunca.

FIN.

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