El golpe del hacha contra el tronco viejo sonaba seco, ahogado por el viento helado que siempre bajaba por las llanuras del norte de Chihuahua. Levanté la vista para limpiarme el sudor y ahí estaba ella.
Alma había caminado hasta mi rancho arrastrando los pies, con la mirada clavada en la tierra suelta del patio. Traía puesto ese mismo vestido sencillo de siempre, pero ahora se veía más pequeño, más gastado. No me miraba a los ojos. Las manos le temblaban tanto que apretaba los nudillos hasta ponerlos blancos contra la tela.
Todos en el pueblo de Redención le habían dado la espalda. La tacharon de ladrona por un maldito relicario de plata que apareció metido en sus cosas de costura. Don Hilario la corrió del almacén sin piedad. Yo sabía muy bien lo que era perderlo todo de golpe; enterrar a mi mujer y a mi niña me había enseñado a tragarme el dolor a solas para sobrevivir. Pero lo que vi en la cara de Alma aquella tarde no era solo tristeza. Era terror puro.
Dejé el hacha a un lado. Mis botas crujieron sobre la tierra seca al acercarme. Ella dio un paso hacia atrás, casi por instinto, encogiendo los hombros como si esperara que le levantara la mano para pegarle. Ese simple movimiento me revolvió el estómago. Nadie se encoge de esa forma nomás por timidez.
—Perdí el empleo —me dijo.
Su voz era un hilo apenas audible, ronca, tragándose todo el orgullo que le quedaba.
—No tengo adónde ir —continuó, suplicando por algo de trabajo a cambio de comida.
El viento sopló más fuerte, levantando polvo entre nosotros. Quise dar un paso para reconfortarla, pero su respiración se agitó. Vi cómo sus ojos vigilantes se llenaban de lágrimas reprimidas, luchando con una desesperación que la estaba ahogando por dentro. Estaba a punto de quebrarse.
Parte 2
—Está herida —le dije.
Mi voz sonó ronca, casi áspera, cortando el eco de los aullidos que se alejaban hacia los montes. Alma no me miró. Tenía la vista clavada en el suelo pisoteado, la respiración cortada, aferrando la linterna con la mano buena. La madera de la cerca rota le había abierto el brazo derecho desde el codo hasta la muñeca, y la sangre, oscura y espesa, ya le manchaba la manga del vestido.
Dejé el rifle recargado contra un poste y di un paso hacia ella. Volvió a hacer ese gesto. Ese maldito gesto. Se encogió sobre sí misma, apretando los dientes, como si esperara que mi mano no fuera a ayudarla, sino a golpearla.
—Déjeme ver eso —murmuré, tratando de sonar lo más suave que me permitía mi garganta cansada.
—No es nada, don Mateo. Fue un raspón con las tablas… —su voz temblaba. Trató de esconder el brazo detrás de su espalda, pero el dolor le arrancó un quejido sordo.
—No sea terca, Alma. Se va a desangrar o se le va a pudrir la carne con la tierra. Vamos pa’ adentro.
No esperó a que la tocara. Caminó de prisa hacia la cabaña, con la cabeza gacha. El viento de Chihuahua volvía a soplar con fuerza, un viento helado que traía polvo y escarcha, de ese que te congela los huesos si te descuidas. Entramos a la casa. La luz naranja del fuego que había dejado encendido iluminaba apenas la habitación. Le señalé la silla de madera junto a la mesa, la misma silla que nadie había ocupado desde que perdí a mi mujer y a mi hija hace seis años.
Alma se sentó, rígida como una tabla. Fui a la cocina por agua limpia, un trapo de algodón hervido y la botella de aguardiente que guardaba para los cólicos de los caballos. Cuando regresé a la mesa, ella se había remangado el vestido. La herida era fea. Profunda. La carne viva se asomaba entre los bordes rasgados de la piel.
Me senté frente a ella. Tomé el trapo mojado.
—Va a arder —le advertí.
Ella asintió sin levantar la vista. Sus ojos vigilantes, esos mismos ojos cansados que vi el primer día en el almacén de don Hilario, ahora estaban fijos en las vetas de la mesa. Cuando el trapo con alcohol tocó la herida, Alma dio un tirón brusco. Su otra mano agarró el borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Pero no gritó. Ni un solo sonido salió de su boca.
Se estaba tragando el dolor. Igual que se había tragado la humillación cuando el pueblo de Redención la acusó de robarse ese relicario de plata. Igual que se tragaba el miedo cada vez que yo me le acercaba demasiado.
—Ya casi termino —le dije, pasando un vendaje limpio alrededor de su brazo—. Tiene que dejarse de mover así de rápido. Los lobos nomás querían una oveja, no valía la pena que arriesgara el pellejo.
—Era su oveja —respondió ella, con la voz quebrada—. Usted me dio trabajo y comida cuando todos me echaron a la calle. No iba a dejar que le robaran lo suyo.
Terminé de amarrar la venda y me eché hacia atrás en la silla. Nos quedamos en silencio. Ese silencio hondo que yo conocía tan bien, el que se me había pegado a las tablas viejas de la cabaña desde hacía seis años. Pero esta vez era diferente. El silencio de Alma pesaba más, estaba cargado de secretos.
—Alma… —empecé, buscando las palabras—. Ese relicario… yo sé que usted no lo agarró.
Ella levantó la cara de golpe. En la luz parpadeante del fuego, vi que sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Marta Holguín nunca me quiso —susurró, refiriéndose a la esposa del predicador—. A la gente de aquí no le gusta lo que no conoce. No les gusta que una mujer llegue sola en la diligencia, con una maleta gastada y sin un hombre que responda por ella. Les daba desconfianza. Y cuando vieron que yo no bajaba la mirada en la iglesia… encontraron la forma de echarme.
—Pero don Hilario la despidió. Él la conocía, sabía cómo trabajaba.
—Don Hilario es un cobarde —dijo Alma, con una amargura que me sorprendió—. Le dio miedo que la gente dejara de comprar en su almacén. Así es esto, Mateo. La gente prefiere creer una mentira cómoda que enfrentar una verdad difícil.
Me quedé mirándola. En su rostro no había solo la fatiga de una mujer que había perdido su empleo y su cuarto rentado. Había otra cosa. La misma belleza suave y cansada de alguien que lloró tanto que un día decidió secarse las lágrimas y seguir caminando.
—¿De qué viene huyendo, Alma? —la pregunta salió de mi boca antes de que pudiera frenarla.
Ella se paralizó. Su respiración se volvió superficial. El miedo volvió a asomarse en sus ojos, ese miedo oscuro y profundo que la hacía encogerse.
—No huya más de la pregunta —insistí, bajando la voz—. La recogí medio muerta en la tormenta de nieve, le di caldo a cucharadas, la escuché delirar. En sueños me pedía que no la tocara con una voz tan rota que me partía el alma. Sé que hay algo más.
Alma cerró los ojos. Una lágrima solitaria le rodó por la mejilla pálida.
—Si le digo la verdad… me va a echar. Igual que los demás.
—No la voy a echar. Se lo juré cuando la mandé a la cabaña vieja junto a los álamos. Usted es de confianza, me lleva las cuentas, cocina y me ayuda. No la voy a correr.
Tomó una bocanada de aire temblorosa y se abrazó a sí misma, protegiendo su brazo herido.
—Mi verdadero apellido no es Reyes. Es Sandoval. Alma Sandoval. —Hizo una pausa, como si el solo nombre le quemara la lengua—. Vengo de un pueblo en Durango. Hace cuatro años, mi marido, un hombre de mucho dinero y muchas tierras… me dio una paliza que casi me mata. No era la primera vez, pero sí fue la peor. Perdí al hijo que estaba esperando.
Sentí que se me helaba la sangre. Apreté los puños bajo la mesa. Ella continuó, con la voz vacía, como si estuviera contando la historia de otra persona.
—Cuando me desperté en la clínica, el doctor me dijo que me había caído por las escaleras. Todos estaban comprados. Él era intocable. Esa misma noche, agarré lo que pude y me fui. Cambié mi nombre. Me escondí en rancherías, trabajé lavando ropa, midiendo telas… siempre huyendo. Si él me encuentra, Mateo, no solo me va a matar a mí. Va a quemar todo a mi alrededor.
El peso de su confesión cayó sobre la cabaña como una losa de piedra. Me levanté despacio, caminé hacia la ventana y miré hacia afuera, hacia la loma baja donde las tres cruces de madera de mi familia se recortaban bajo la luz de la luna. Yo había construido mi vida sobre puertas cerradas, pidiendo poco y no esperando nada del mundo para que no me doliera. Pero meter a esta mujer en mi casa había sido abrir una puerta que ya no se podía cerrar.
—Nadie la va a buscar hasta acá —le dije sin voltear.
—Eso creía yo. Pero el relicario… —su voz se quebró por completo—. Mateo, el relicario que encontraron en mi costurero no era de Marta Holguín. Era mío. Era de mi madre. Lo traía escondido en mi maleta. Alguien lo vio, lo reconoció, y armó todo el teatro del robo para sacarme del pueblo y dejarme sin protección.
Me giré de golpe.
—¿Qué está diciendo? ¿Quién en Redención la conoce?
—Nadie de Redención. Pero la diligencia en la que llegó el correo hace dos semanas… trajo a un forastero. Lo vi desde la ventana del almacén de don Hilario antes de que me corrieran. Era uno de los capataces de mi marido. Me está cazando.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No había sido un chisme de pueblo. Había sido una emboscada. La habían dejado sin dinero, sin trabajo y sin techo a propósito. Querían obligarla a salir al campo abierto, donde pudieran agarrarla sin que nadie hiciera preguntas. Y yo la había metido a mi rancho, atravesándome en su camino.
—Váyase a dormir a su cabaña —le ordené de pronto, agarrando el rifle que había dejado en la entrada—. Échele llave por dentro. Mañana a primera hora vamos a ir al pueblo.
—No, Mateo, por favor… no pelee mis guerras. Si lo ven conmigo…
—Ya la vieron conmigo cuando la bajé del trineo después de la tormenta. Ya es tarde para eso. Ahora vaya a dormir.
Alma asintió lentamente. Se levantó con dificultad, agarrándose el brazo herido. Antes de salir al frío de la noche, se detuvo en el umbral.
—Gracias —murmuró.
No contesté. Esperé a escuchar el cerrojo de su cabaña. Luego, me senté en la oscuridad con el rifle sobre las piernas, escuchando el viento barrer las llanuras como un alma vieja que se negara a descansar. Esa noche no dormí.
A la mañana siguiente, el cielo estaba gris, pesado, amenazando con más lluvia o más nieve. Enganché los caballos a la carreta. Alma salió de su cabaña. Estaba pálida, con ojeras oscuras y el brazo en cabestrillo improvisado con un pedazo de manta. Se subió a la carreta sin decir palabra.
El camino hacia Redención fue tenso. Ninguno de los dos habló. Yo iba repasando en mi mente cada cara del pueblo, cada sombra que había visto en las últimas semanas. Cuando llegamos a la calle principal, el lodo crujió bajo las ruedas. Detuve la carreta frente al almacén de don Hilario.
La gente se detuvo a mirarnos. Las mujeres con desconfianza, los hombres con curiosidad. Marta Holguín estaba barriendo la entrada de la iglesia. Al vernos, se enderezó y apretó la escoba con las dos manos, frunciendo el ceño.
Me bajé de la carreta y ayudé a Alma a bajar.
—Espéreme aquí —le dije.
Caminé a grandes zancadas hacia el almacén y empujé la puerta de madera. La campanilla sonó fuerte. Don Hilario estaba detrás del mostrador, acomodando unos sacos de harina. Al verme entrar, su cara redonda y sudada palideció.
—Mateo… qué milagro. ¿Qué se te ofrece? ¿Clavos, sal para el ganado? —tartamudeó, intentando sonreír.
—Vengo por las cosas de Alma. Las que dejó en su cuarto. Y vengo a que me explique por qué la corrió echándole la culpa de un robo que usted sabe perfectamente que no cometió.
Don Hilario miró hacia la calle por la ventana, nervioso.
—Mateo, no te metas en problemas. Las cosas aparecieron en su costurero, yo no tuve de otra. El pueblo… la señora Holguín…
Puse las dos manos sobre el mostrador de madera y me incliné hacia él.
—Deje de mentir, Hilario. Sé que alguien le pagó para correrla. ¿Quién fue? ¿Dónde está el fuereño?
El tendero tragó saliva. Le temblaba la papada.
—Te lo juro por Dios, Mateo, yo no quería hacerle daño. Pero el hombre… traía mucho dinero. Y traía pistola fajada al cinto. Me dijo que si la dejaba sin trabajo, ella tendría que irse, y él la estaría esperando en las afueras.
—¿Y usted la echó a los lobos? —grité, golpeando la madera con el puño.
—¡Tenía miedo! —chilló Hilario, retrocediendo contra el estante de las telas—. El hombre sigue aquí. Está hospedado en el cuarto de arriba de la cantina. Lleva días vigilando tu rancho, Mateo. Él fue quien cortó tu cerca norte para que se salieran las ovejas. Quería sacarte de la cabaña anoche.
Sentí que el aire me faltaba. La cerca norte. Los lobos. No había sido un accidente. La oveja espantada que golpeó a Alma contra la madera… todo había sido provocado. Nos estaban acorralando.
Me di la vuelta y salí del almacén corriendo.
—¡Alma! —grité.
Pero la carreta estaba vacía.
El corazón se me subió a la garganta. Miré a los lados. La gente del pueblo murmuraba, apartando la mirada. A lo lejos, cerca del callejón que daba a los corrales de la cantina, vi un destello oscuro. Corrí hacia allá, desabrochando la funda de mi revólver.
Al doblar la esquina, el olor a estiércol y humedad me golpeó la cara. Y allí estaban.
Un hombre alto, de botas finas llenas de lodo y chamarra de cuero oscuro, tenía a Alma acorralada contra la pared de adobe. La tenía agarrada del cabello con una mano, mientras con la otra le tapaba la boca. Alma forcejeaba, pateando, con los ojos desorbitados por el pánico, pero con un solo brazo útil no podía defenderse.
—Suéltela —dije, amartillando el revólver. El sonido metálico hizo eco en el callejón.
El hombre giró la cabeza lentamente. Tenía una cicatriz vieja en la mejilla y una mirada fría, vacía. Era el capataz.
—Baja el arma, ranchero —dijo el hombre, con voz rasposa, arrastrando las erres—. Esto no es asunto tuyo. Esta mujer es propiedad de don Arturo Sandoval. Y me la voy a llevar de regreso a Durango.
—En Redención la gente no es propiedad de nadie —respondí, apuntándole directo al pecho—. Y si no le suelta el pelo ahora mismo, le voy a abrir un agujero del tamaño de mi puño.
El capataz soltó una carcajada seca. Soltó la boca de Alma y rápidamente sacó su propia arma, apuntándola a la cabeza de ella.
—Tú disparas, yo disparo. A don Arturo no le importa si se la llevo viva o en un cajón de pino. Solo quiere que deje de estorbar y que devuelva lo que se llevó.
Alma lloraba en silencio. Me miró. Y en esa mirada, la misma mirada de tristeza que yo llevaba escondida en el pecho desde hacía seis años, vi una súplica diferente. No me estaba pidiendo que la salvara. Me estaba pidiendo perdón por haberme arrastrado a su infierno.
—Mateo… vete —sollozó ella.
—No me voy a ir a ninguna parte.
Di un paso al frente. El capataz apretó el agarre en el cabello de Alma.
—Te lo advierto, ranchero. No te mueras por una ramera que ni siquiera te pertenece.
—Hilario ya me confesó que usted la incriminó con el relicario —dije en voz alta, asegurándome de que mi voz llegara a la calle—. Y Marta Holguín seguro ya se enteró. Todo el pueblo va a saber que usted vino a amenazar de muerte a la muchacha del almacén. Si me dispara, no sale vivo de Chihuahua.
El capataz dudó por un milisegundo. Sus ojos se desviaron hacia la salida del callejón, donde un par de hombres del pueblo empezaban a asomarse, atraídos por el escándalo.
Ese segundo fue todo lo que necesité.
Disparé.
El estruendo del revólver ensordeció el callejón. La bala impactó en el hombro del capataz. El hombre gritó, soltando el arma y a Alma al mismo tiempo, cayendo de rodillas en el lodo.
Alma cayó al suelo, agarrándose el brazo vendado, temblando de pies a cabeza. Corrí hacia ella, pateando el revólver del capataz lejos de su alcance. Lo agarré del cuello de la chamarra de cuero y le puse el cañón de mi arma en la frente.
—Lárguese —le gruñí, con una rabia que no había sentido desde el día que enterré a mi familia—. Lárguese y dígale a Arturo Sandoval que Alma Reyes está muerta. Y si vuelve a pisar Redención, yo mismo lo voy a enterrar en la loma, junto a las tres cruces de madera de mi familia.
El hombre, pálido y sangrando a borbotones por el hombro, asintió torpemente. Lo solté y lo dejé arrastrarse por el lodo, levantándose a trompicones para huir hacia la calle principal, ante la mirada atónita de la gente.
Me arrodillé junto a Alma. Estaba en estado de shock, llorando sin consuelo, con el rostro hundido en las manos. La envolví en mis brazos, sin importarme el lodo ni la sangre. La levanté despacio, sosteniéndola con firmeza.
Cuando salimos del callejón, el pueblo entero estaba reunido en silencio. Marta Holguín estaba al frente, con la cara descompuesta por la vergüenza. Don Hilario no se atrevía ni a asomarse. Los miré a todos, uno por uno. Redención no perdonaba lo que no entendía, pero ese día, entendieron perfectamente su propia cobardía.
Llevé a Alma a la carreta. La senté a mi lado, la cubrí con mi abrigo, igual que aquella tarde en la tormenta de nieve. Tomé las riendas y azucé a los caballos.
El regreso al rancho fue distinto. El viento seguía barriendo las llanuras, pero ya no se sentía como un alma vieja y en pena. Se sentía como un suspiro de alivio.
Cuando llegamos a la cabaña, el fuego seguía ardiendo débilmente. Alma entró y se sentó en la silla de siempre. Le preparé café. Al ponerle la taza caliente entre las manos, ella levantó la vista. Ya no esquivó mi mirada. Sus ojos vigilantes estaban enrojecidos, pero por primera vez, no había miedo en ellos. Había una paz frágil, como la llama de una vela en un cuarto con corriente.
No declaramos nada. No pedimos nada. Pero en ese silencio hondo que compartíamos, la confianza que había estado naciendo despacio por fin se asentó en la casa. Mateo Ávila, el hombre hecho para el campo, útil pero solitario, había cerrado una puerta al pasado y abierto una al presente.
Alma dio un sorbo al café. Me miró, esbozó una sonrisa cansada, levísima, y supe que ambos habíamos dejado de huir.
FIN