Treinta y siete cuidadoras huyeron de esta casa en Bosques de las Lomas, pero yo me quedé lo suficiente para ver cómo seis niñas destrozaban la vida perfecta de su padre ausente.

El golpe de una pelota contra la puerta de madera fina me hizo soltar la jerga, pero lo que realmente me heló la sangre fue la mirada de esa niña de quince años llamada Jimena. Yo solo había ido a esa inmensa mansión en Bosques de las Lomas para limpiar. Me advirtieron que 37 niñeras habían salido huyendo en apenas dos semanas, pero parada en ese pasillo, rodeada de juguetes rotos y paredes rayadas con frases como “nadie se queda”, entendí que el problema no era la indisciplina de unas niñas chiquitas.

La casa olía a perfume caro y a tristeza encerrada. Adrián, el padre de las niñas, estaba paralizado frente a ellas. Jimena no le gritó. Simplemente metió la mano en su sudadera y sacó un celular viejo con la pantalla estrellada.

El silencio se volvió pesadísimo.

—Dile por qué mamá lloraba viendo tus mensajes antes de morirse —le soltó la niña de golpe. Su voz temblaba de dolor, pero sus ojos estaban duros.

Sentí un hueco en el estómago. Apreté los guantes de hule llenos de sudor. Las otras cinco niñas observaban a su papá con un rencor profundo. La más chiquita, Nina de 5 años, abrazaba una muñeca sin brazo, respirando cortado. La vergüenza que invadió al hombre era tan profunda que parecía dejarlo sin aire. Yo quería voltear la cara, desaparecer, pero mis pies no respondían.

El rostro del señor Adrián perdió todo el color. Intentó dar un paso para agarrar el teléfono, pero Jimena retrocedió rápido y lo desbloqueó. Lo que empezó a leer en voz alta frente a todas nosotras, no era un simple berrinche infantil.

Era la razón exacta por la que la madre de esas niñas no se había ido en paz.

Parte 2

Adrián se quedó mirando ese aparato estrellado como si fuera un arma cargada apuntándole directo al pecho. Jimena no lloraba. Y se los juro por Dios, eso era lo que más me daba escalofríos. Tenía esa calma dura, esa frialdad de quien ya lloró tantas noches seguidas que se le secó el alma, y ahora solo quiere romper algo para que el dolor se sienta parejo.

Yo estaba ahí, pegada a la pared, con los guantes de látex amarillos puestos, sintiendo que no debía estar escuchando esto. Pero mis tenis viejos no se movieron. Nadie se movió.

—No pongas esa cara, papá —dijo la muchacha, escupiendo la palabra “papá” como si fuera veneno—. Ya vimos todo.

Mía, la que tenía doce años, dio un paso al frente. Apretó la botella de pintura verde que traía en las manos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Mamá no se murió tranquila —dijo Mía, y su voz infantil sonó como una navaja rasgando el silencio de esa mansión—. Se murió triste por ti.

El señor Adrián tragó saliva con tanta dificultad que hasta yo escuché el sonido. Dio un paso cortito hacia ellas, levantando las manos temblorosas.

—Niñas… eso no es justo —murmuró, casi suplicando.

—¿Justo? —Jimena soltó una risa amarga, seca, que retumbó en las paredes inmensas—. ¿Quieres hablar de justicia? Te llamamos catorce veces la noche que mamá no podía respirar. Catorce veces, papá. Y tú no contestaste.

Vi cómo al hombre se le iba la sangre a los pies. Toda esa fachada de empresario millonario, de dueño de clínicas privadas, se le derrumbó en un segundo.

—Estaba en Querétaro… en la inauguración de una clínica —intentó defenderse, pero la voz le salía rota.

—Claro —le contestó Mía, sin un gramo de piedad—. Salvando desconocidos mientras mamá se apagaba en su cuarto, solita.

La mansión dejó de parecerme una casa de niñas ricas y malcriadas. Miré a mi alrededor. El cereal tirado, la foto familiar rota junto al piano, las almohadas destrozadas… de pronto todo tenía sentido. Parecía un campo de guerra donde cada desastre, cada niñera espantada, era un grito desesperado que decía: “haznos caso, míranos, nos estamos ahogando”.

Jimena bajó la mirada hacia la pantalla estrellada y deslizó el dedo para desbloquear el teléfono. Adrián intentó acercarse, estirando la mano.

—Dámelo, Jimena, por favor.

Ella retrocedió de un salto, pegándose a sus hermanas.

—No. Tú te callas y tú escuchas.

El silencio volvió a caer pesado. Se oía la respiración agitada de la más chiquita, Nina, que apretaba su muñeca rota contra el pecho. Jimena empezó a leer los mensajes de su mamá. Su voz era firme, pero las manos le temblaban de una manera que daba lástima.

—”Ya no puedo más” —leyó Jimena—. “Adrián no llega”.

El señor cerró los ojos, como si cada palabra fuera un golpe físico.

—”Las niñas preguntan si su papá todavía vive aquí” —continuó Jimena, subiendo el volumen—. “Me duele más su ausencia que la enfermedad”.

Sentí que se me revolvía el estómago. Yo he visto cosas tristes en mi barrio, en Neza, la pobreza te enseña a tragar amargo, pero este tipo de abandono en medio de tanto lujo se sentía mil veces más cruel.

—El nombre del contacto era “Claudia” —dijo Jimena, levantando la vista para clavarle los ojos a su padre.

Observé la reacción de don Adrián. Yo esperaba que se enojara, que gritara que era mentira, que impusiera su autoridad. Pero no. Lo que vi en su cara no fue enojo. Era vergüenza. Una vergüenza tan profunda, tan asfixiante, que el hombre se tuvo que recargar en el respaldo de un sillón para no caerse.

—Claudia era la hermana de su mamá —murmuró él, mirando al piso.

—Sí —le contestó Jimena sin dudarlo—. Y también era la mujer con la que te veías a escondidas.

Las gemelas, Sofía y Salma, abrieron los ojos enormes. Paula, la de ocho años, empezó a llorar bajito, tapándose la cara con las manitas. Y entonces Nina, la chiquitita, preguntó con un hilito de voz:

—¿Papá quería más a mi tía?.

Adrián se llevó una mano al pecho, espantado. Negó con la cabeza rápidamente.

—No, mi amor, no. Jamás.

—¡Eres un mentiroso! —le gritó Mía a todo pulmón—. ¡Tenemos fotos!.

Jimena apretó los labios, movió el dedo en la pantalla y buscó en la galería. Volteó el teléfono para que su papá viera. Eran imágenes tomadas desde lejos. Yo alcancé a verlas desde donde estaba. En una salía él saliendo de un restaurante fino en Polanco con una mujer. En otra, estaba abrazándola frente a la entrada de un hospital. En la última, se veía clarito que entraban juntos a una notaría.

—Mamá las tenía guardadas —le dijo Jimena, y por primera vez se le quebró la voz—. Por eso lloraba tanto en las noches. Porque mientras ella se estaba muriendo, perdiendo el pelo, vomitando, tú andabas en la calle con su propia hermana.

Adrián se quedó inmóvil. Parecía una estatua de sal. Miraba las fotos y luego miraba a sus hijas. Negó con la cabeza, muy despacio, como si estuviera procesando la monstruosidad que sus hijas tenían en la cabeza.

—Niñas… eso no fue lo que pasó.

—Siempre dices eso —escupió Jimena con asco—. Siempre tienes una junta, siempre hay una emergencia, siempre hay una explicación elegante para que tú salgas limpio. Neta, ya nos cansaste, papá.

El ambiente estaba tan tenso que sentía que el aire me raspaba la garganta. El hombre estaba destrozado, pero no sabía cómo acercarse a ellas. Ellas tenían el corazón hecho polvo y se estaban defendiendo con lo único que les quedaba: el coraje. Yo sabía que no debía meterme. Yo solo era la señora de la limpieza, la niñera número treinta y ocho a la que le pagaban el triple por aguantar los berrinches. Pero no pude. Simplemente no pude quedarme callada viendo cómo seis criaturas se terminaban de arrancar el alma solitas.

Levanté la mano, suavecito, sin querer imponer autoridad.

—Oiga, señor… —dije, y todos voltearon a verme, como si se acordaran de que yo seguía ahí—. ¿La señora Claudia sigue viva?.

Adrián parpadeó, confundido por mi pregunta. Asintió torpemente.

—Sí. Sí, vive en San Ángel.

—Pues llámela —le dije, mirándolo directo a los ojos.

Jimena me miró con un desprecio terrible, como si yo fuera una traidora.

—¿Y para qué? ¿Para que venga a inventar mentiras con él?.

Me quité los guantes de hule y los dejé sobre la mesa de centro. Di un paso hacia la niña.

—Mija, escúchame. Para que, si van a odiar a alguien por el resto de sus vidas, al menos tengan la valentía de saber exactamente por qué.

Jimena apretó la mandíbula, pero no me contestó. Adrián metió la mano temblorosa en la bolsa de su pantalón y sacó su teléfono. Buscó el número. La casa estaba en un silencio de tumba. Solo se escuchaba el tono de marcar cuando lo puso en altavoz.

Un tono. Dos tonos. Tres.

—Bueno. Adrián —contestó una voz de mujer, arrastrando las palabras. Sonaba agotada, viejísima.

Antes de que él pudiera decir pío, Jimena se le adelantó casi gritando al teléfono:

—Tía, estamos todas escuchando.

Hubo un silencio del otro lado de la línea. Un silencio pesadísimo, lleno de secretos. Se escuchó cómo la mujer soltaba un suspiro que sonó a derrota pura.

—Entonces ya no tiene caso seguir guardando esto —dijo doña Claudia, con la voz apagada.

Mía frunció el ceño, apretando más la botella de pintura.

—¿Guardando qué?.

Doña Claudia respiró hondo, como juntando fuerzas.

—Su mamá me pidió, me rogó, que no les dijera absolutamente nada hasta que Adrián pudiera sentarse con ustedes a hablar como familia. Pero su padre nunca encontraba el valor. Y ustedes solitas encontraron pedazos de una verdad que, así vista de lejos, parece otra cosa completamente distinta.

Jimena apretó el celular viejo de su mamá contra el pecho.

—No nos dé vueltas, tía.

—Tu papá nunca tuvo nada conmigo, Jimena —soltó Claudia de golpe, y la frase cayó en la sala como un balde de agua helada—. Esas fotos que tienen… fueron de reuniones que tuvimos a solas para preparar papeles médicos, seguros, tutorías y cartas que Elena, su mamá, quería dejarles listas antes de irse.

El señor Adrián cerró los ojos, apretando los puños a los costados. Las niñas se quedaron paralizadas, congeladas en sus lugares.

—¿La notaría? —preguntó Jimena, y la voz ya no le sonó tan fuerte. Le tembló.

—Elena dejó instrucciones muy claras sobre su tratamiento, sobre esta casa y sobre ustedes seis. No quería que, si ella ya no podía hablar, se pelearan por decisiones dolorosas o de dinero.

—¿Y el restaurante? —brincó Mía, a la defensiva.

—Eso fue después de ver al oncólogo en Polanco. A Adrián le dijeron que ya no había nada que hacer. Se quebró llorando afuera del hospital y no quiso llegar a la casa con esa cara frente a ustedes. Nos metimos ahí para que él pudiera calmarse.

Jimena negó con la cabeza, frenética. Negaba con rabia, como si le doliera soltar el enojo, porque sin el enojo solo le iba a quedar la tristeza pura.

—No, no es cierto. Mamá lloraba por él en las noches. Yo la escuchaba.

—Sí —le contestó la tía Claudia. Y les juro que esa pequeña palabra dolió muchísimo más que cualquier mentira—. Tu mamá lloraba por él también. Porque estaba sola en esa cama muchas noches. Porque tu papá tenía terror de verla morir y se escondía en el trabajo. Porque confundió darles dinero con darles amor. Eso es verdad, niñas. Pero jamás fue infiel.

Fue ahí cuando don Adrián no aguantó más. Empezó a llorar. Pero no como llora un niño, sino como llora un hombre adulto que acaba de darse cuenta de que destruyó su propia vida. Lloraba sin hacer ruido, temblando de los hombros.

Yo bajé la mirada, sintiéndome intrusa en el dolor ajeno. Ahí estaba el twist más cruel de toda esta pesadilla. No había villanos perfectos en esta casa. No había una madrastra malvada ni un papá perverso. Había puros adultos torpes, cobardes, asustados de la muerte, y seis niñas chiquitas usando verdades a medias como cuchillos para defenderse.

La voz de Claudia volvió a sonar en la bocina del celular.

—Elena dejó una carta para ustedes. Yo iba a llevárselas cuando el psicólogo me dijera que estaban listas. Pero escuchándolas… creo que ya no podemos esperar más. Voy para allá.

Colgó.

Pasó una hora. Una hora larguísima. Afuera empezó a lloviznar, y el sonido del agua golpeando los ventanales era lo único que se oía. Nadie limpió el cereal. Nadie recogió las almohadas. Las seis chamacas estaban sentadas en la sala, en los sillones caros, calladitas. El señor Adrián seguía de pie, cerquita del piano, con la mirada perdida en el suelo, como un hombre esperando su sentencia de muerte.

Yo me quedé parada cerca de la puerta de entrada. Sabía que no era familia, sabía que mi turno de limpieza ya había acabado, pero después de todo lo que vi esa noche, sentí que si me iba, la casa se iba a caer a pedazos sobre ellas.

Sonó el timbre. Fui yo quien abrió la puerta. Era doña Claudia. Venía empapada, con los ojos hinchados, sosteniendo un sobre amarillo contra su pecho. Pasó a la sala. No saludó a Adrián. Caminó directo hacia Jimena y le entregó el sobre de papel manila.

—Tu mamá me pidió que fueras tú la que la leyera en voz alta —dijo la tía, pasándose la mano por el pelo mojado.

Jimena agarró el sobre. Le temblaban tanto las manos que casi lo tira. Lo abrió rompiendo el papel por la orilla. Sacó una hoja de cuaderno, sencilla. En cuanto la chiquita, Nina, vio la letra cursiva y redonda de su mamá, rompió en un llanto descontrolado, un llanto que le venía desde la boca del estómago.

Jimena tragó saliva. Suspiró hondo y comenzó a leer.

—”Mis niñas hermosas… si están leyendo este papel, es porque mi cuerpo ya no aguantó y no pudo quedarse con ustedes. Aunque les juro que mi amor sí se queda”.

A la muchacha se le cortó la voz. Carraspeó, apretando la hoja.

—”Por favor, no conviertan mi ausencia en una guerra. No usen mi nombre, ni mis recuerdos, para lastimarse entre ustedes”.

Miré a las gemelas. Estaban abrazadas, llorando en silencio. Mía soltó la botella de pintura al suelo.

—”Yo sé que están enojadas” —siguió leyendo Jimena—. “También sé que su papá cometió muchísimos errores. Sé que trabajó demasiado. Que llegó tarde muchas noches cuando lo necesitábamos. Él creyó que dejarnos en una casa segura y llena de cosas podía reemplazar una tarde abrazándolas en el sillón”.

Adrián se tapó la cara con las dos manos.

—”Pero las ama, hijas. Las ama profundamente, aunque no siempre supo cómo demostrarlo”.

Jimena se quebró. Llegó a la palabra “ama” y ya no pudo más. Soltó un sollozo ahogado y la hoja se le escurrió de las manos. Mía, que estaba a su lado, se agachó rápido, agarró el papel del piso y continuó leyendo con la cara bañada en lágrimas.

—”Si sienten rabia, sáquenla, díganla” —leyó Mía, moqueando—. “Si sienten que quieren romper algo, rompan papel, dibujen, griten, pero no rompan su hogar”.

La niña levantó la vista hacia su papá antes de leer el último párrafo.

—”Si sienten que nadie en esta casa las escucha, obliguen a su papá a apagar ese maldito celular y siéntense en el piso con él. Pero, por lo que más quieran en este mundo… no dejen que mi muerte les robe también a su padre”.

Fue demasiado. El señor Adrián se derrumbó. Literalmente, las piernas no lo sostuvieron más y cayó de rodillas sobre el mármol, sollozando con una desesperación que te partía el alma. Lloraba pidiendo perdón al aire, a su esposa muerta, a sus hijas.

Nina, la más chiquitita, se bajó del sillón. Con su muñeca rota arrastrando por el piso, caminó pasito a pasito hacia donde estaba su papá arrodillado. Se paró frente a él. Adrián ni siquiera se atrevía a mirarla.

—Papi… —le dijo Nina, tocándole la cabeza—. ¿Tú sí querías a mi mamá?.

El hombre levantó la cara roja, empapada.

—Más de lo que la supe cuidar, mi niña. Te lo juro —le lloró él.

—¿Y a nosotras? —le preguntó la criaturita, con esa inocencia que te desarma.

Adrián la abrazó por la cintura, escondiendo la cara en la ropita de la niña.

—Más que a todas mis clínicas, más que a mis juntas, más que a todo el dinero del mundo junto —sollozó el hombre.

Jimena se quedó parada frente a ellos. Tenía los ojos rojos, hinchados. No se acercó a abrazarlo. Todavía no. El daño era muy profundo y los perdones no son mágicos. Pero lo importante fue que tampoco salió corriendo. Se quedó ahí.

—No te voy a perdonar hoy, papá —le dijo Jimena, secándose las lágrimas con la manga de la sudadera.

Adrián asintió desde el piso, despacito.

—Lo sé. Y no te lo voy a pedir hoy, mi amor.

—Y no quiero que traigas más niñeras a esta casa para que nos callen la boca —exigió la muchacha.

—No habrá más niñeras —le prometió él.

Yo sentí que era mi momento de hablar. Aclaré mi garganta, haciendo un poquito de ruido para que voltearan.

—Pero sí tiene que haber ayuda en esta casa, señor —les dije, cruzándome de brazos—. Necesitan terapia familiar urgente, reglas, y sobre todo, necesitan a alguien adulto que de verdad esté presente. Porque sufrir mucho no les da permiso de lastimarse entre ustedes, ni de lastimar a los que cruzan por esa puerta.

Mía me miró de arriba abajo, todavía con los ojos llorosos.

—¿Y tú qué vas a ser ahora? ¿Nos vas a regañar? —me preguntó, un poco a la defensiva.

Solté un suspiro largo.

—Yo soy la señora que vino a lavar sus baños, mija. Y me encontré con que la peor mugre y el peor desastre no estaba tirado en la sala, sino atorado en el corazón de todos ustedes.

Sofía, una de las gemelas, soltó una risita muy bajita, entre lágrimas. Fue un sonido chiquitito, pero en medio de tanta desgracia, en esa casa inmensa, sonó como si alguien por fin hubiera abierto una ventana para dejar entrar aire fresco.

Esa madrugada nadie terminó de limpiar la casa. El cereal siguió tirado en la esquina del comedor. La pintura verde de Mía se quedó secando embarrada sobre el piso carísimo de mármol. La foto familiar rota de la señora Elena siguió tirada junto a la pata del piano.

Pero antes de irme, agarré una cartulina blanca que las niñas tenían para la escuela y un plumón grueso. La pegué en medio del comedor, y hasta arriba escribí con letras grandes:

COSAS QUE MAMÁ NO QUERRÍA QUE OLVIDÁRAMOS.

Me acerqué a las niñas y les di el plumón. Nina, agarrando el marcador con sus dos manitas, rayó malamente:

“que me cantaba aunque no supiera la letra”.

Paula, la de ocho, tomó el plumón y puso:

“que olía a vainilla siempre”.

Las gemelas escribieron juntas:

“que nos dejaba dormir con ella cuando tronaba en el cielo”.

Mía agarró el marcador, miró a su papá, y escribió:

“que no quería que nos odiáramos”.

Jimena tardó mucho. Muchísimo. Se quedó viendo la cartulina blanca por minutos enteros, jugando con el plumón en la mano. Al final, se acercó, suspiró y puso:

“que una verdad a medias puede destruir una familia completa”.

Don Adrián leyó esa última frase desde lejos, y esta vez, ni siquiera hizo el intento de esconder las lágrimas. Dejó que le rodaran por la cara.

Yo me fui esa noche a Neza sintiendo que cargaba el peso de esa mansión en la espalda, pero al mismo tiempo con una extraña paz.

Al día siguiente, cuando volví, la casa estaba diferente. Adrián Beltrán había cancelado nueve reuniones importantes. Despidió al chofer personal de las niñas, pero no lo hizo por castigarlas, sino porque había decidido que a partir de ese día, él mismo las iba a llevar en la camioneta a la escuela, y él mismo las iba a recoger.

A los pocos días, quitó su oficina de lujo del segundo piso. Sacó los escritorios, las computadoras y convirtió ese cuarto inmenso en una sala con cojines enormes en el piso, libreros, y tapizó las paredes con fotos de su esposa Elena. En la puerta, puso un letrero escrito por sus propias hijas que decía:

“Aquí nadie se va cuando alguien está llorando”.

Los periódicos de finanzas en México empezaron a decir que Adrián Beltrán estaba perdiendo fuerza en los negocios. En las redes sociales se inventaron el chisme de que estaba al borde de la quiebra. Sus socios murmuraban en los pasillos de las clínicas que el patrón se había vuelto débil y sentimental.

Pero yo que entraba a esa casa, sabía la verdad. Por primera vez en muchísimos meses, alguien en esa mansión se sentaba a cenar calientito sin estar mirando el reloj del celular.

Yo me quedé trabajando ahí. Seguí yendo tres veces por semana. No me quedé como niñera de tiempo completo, y mucho menos como la sirvienta milagrosa que arregla vidas. Me quedé simplemente como una presencia firme, alguien que las regañaba si tiraban basura, pero que sobre todo, no les permitía usar su dolor como excusa para destruirse la vida.

La recuperación de esa familia no fue bonita, ni fue rápida. Jimena tardó muchos meses en volver a decirle la palabra “papá” a don Adrián sin sentir rabia en la garganta. Mía siguió explotando y gritando por cualquier cosita durante mucho tiempo. Nina se despertaba llorando, preguntando por Elena todas las malditas noches.

Pero el señor Adrián aprendió a responder. Aprendió a no huir de los gritos. Aprendió a no comprarles iPads ni juguetes caros para tapar los silencios incómodos de la casa, y dejó de esconderse cobardemente detrás de sus “juntas importantes”.

Porque esa es la realidad de la vida. El dinero inagotable pudo pagar los mejores doctores especialistas en Polanco, pudo pagar las colegiaturas más caras, choferes blindados y mantener una mansión impecable. Pero todos los millones de pesos en su cuenta bancaria no sirvieron absolutamente de nada, no pudieron abrazar a seis niñas chiquitas cuando su mundo entero se les vino abajo.

Y esa fue la dolorosa lección que me traje desde Bosques de las Lomas hasta mi casa de lámina en Neza, la pregunta que me dejó sin dormir muchas noches:

¿Un padre que provee todo lo material, pero que nunca está presente en casa, realmente está cumpliendo con su deber… o en el fondo, también los está abandonando?.

FIN

Related Posts

Victoria’s chest heaved as she stared at the leather

—–PART 2—– Victoria’s chest heaved as she stared at the leather riding crop resting casually in her husband’s hand. For twelve years, Nathan Harrington had known her…

Owen stared into Camille’s perfectly manicured

—–PART 2—– Owen stared into Camille’s perfectly manicured, tear-streaked face. The church bells continued to chime outside, a mocking soundtrack to the absolute nightmare unfolding in the…

The police didn’t arrest Ethan or Victoria that morning. After all, he was still legally my husband, and his name was on the lease, even if he hadn’t slept there in months. But Sergeant Patel made it abundantly clear that a formal report would be filed, and the damaged doorframe was meticulously photographed.

—– PART 2 —– The police didn't arrest Ethan or Victoria that morning. After all, he was still legally my husband, and his name was on the…

Adrian noticed the shift in my expression immediately. His steely gray eyes narrowed, not with suspicion, but with a quiet, profound recognition. Maybe he understood that a woman left to be buried alive under a mountain of snow didn’t need a lecture on betrayal. Or maybe he understood because that exact kind of betrayal had been carved into his own life long before I was even born.

PART 2 Adrian noticed the shift in my expression immediately. His steely gray eyes narrowed, not with suspicion, but with a quiet, profound recognition. Maybe he understood…

The air in the clubhouse turned completely toxic in that single, agonizing second. My husband’s massive hand was still pressed against Finch’s chest, pinning the younger man to the wood-paneled wall.

—–PART 2—– The air in the clubhouse turned completely toxic in that single, agonizing second. My husband’s massive hand was still pressed against Finch’s chest, pinning the…

I stared at the thick stack of financial documents my daughter had handed me, the papers trembling slightly in my grip.

—–PART 2—– I stared at the thick stack of financial documents my daughter had handed me, the papers trembling slightly in my grip. The harsh, fluorescent lights…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *