El sol se hundía en el horizonte, tiñendo todo de un tono naranja que, en lugar de paz, me traía recuerdos amargos. Cabalgaba con la mente en blanco, tratando de no sentir nada, hasta que Maverick se detuvo en seco. A los pies de un pino enorme, vi un bulto de tela sucia. Al principio pensé que era basura, algo que alguien arrojó al camino. Pero entonces se movió.
Cuando me bajé del caballo, mis botas crujieron sobre las agujas secas y ella se estremeció. No intentó huir; no podía. Al ver sus piernas dobladas, sentí un golpe en el estómago que me dejó sin aliento. Tenía los labios partidos y los ojos apagados, como si ya hubiera aceptado que nadie iba a volver.
Me agaché a una distancia prudente, con el corazón apretándome el pecho de una forma que no sentía hace años.
—¿Dónde están los tuyos? —le pregunté, con la voz rota.
Ella me miró, y en ese segundo, el silencio del bosque se volvió ensordecedor. Sus manos pequeñas, llenas de tierra, temblaban mientras apretaban el vestido.
—Se fueron —susurró, evitando mi mirada—. Dijeron que yo era muy lenta… que igual me iba a morir. Que mejor dejarme aquí para que Dios decidiera en vez de ellos.
Sentí que el mundo se me venía encima. No era solo el abandono; era la frialdad de sus palabras, dichas con una resignación que ninguna niña debería conocer jamás. Mi mano, por instinto, buscó la hebilla de mi cinturón, pero mis dedos se quedaron paralizados.
Parte 2
Me quedé allí, congelado en medio de la terracería, con la mano izquierda rozando instintivamente el viejo revólver, ese Colt colgándome en la cadera como si fuera el último argumento que me quedaba contra el mundo. Pero un arma de fuego no servía de absolutamente nada contra la miseria humana que estaba presenciando. ¿A quién le iba a disparar? ¿Al viento que soplaba levantando el polvo? ¿A los pinos que fueron los únicos testigos de este abandono cobarde? Miré a la niña de nuevo. Esa criatura frágil, que tendría a lo mucho unos ocho o nueve años, me observaba de reojo con una mezcla de terror absoluto y una resignación tan profunda que me partía el alma en pedazos. Sus piernas, con esa rodilla trabada y el pie girado hacia un costado, eran la prueba innegable de que no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir sola en la inmensidad de esta sierra. Se iba a morir de frío esta misma noche, o las alimañas iban a hacer el trabajo sucio que sus propios padres no tuvieron el valor de terminar con sus manos.
“Cole”, me dije a mí mismo, porque así me decían los pocos que aún se atrevían a cruzar palabra conmigo. Yo, Crispín “Cole” Brenner, un hombre que llevaba ocho años arrastrando su propia cruz, ocho años desde que mi vida se partió en dos y tuve que aprender a caminar con los pedazos en la mano, sin mirar demasiado hacia abajo para no cortarme. Había sellado mi corazón a cal y canto bajo capas de soledad y alcohol barato. No quería sentir nada por nadie. No quería cuidar a nadie porque cuidar significaba inevitablemente que la vida te lo podía arrebatar cuando menos lo esperabas. Mi mente me gritaba que diera la media vuelta, que montara de nuevo a Maverick y me largara a mi jacal a ahogarme en mi propio silencio. Pero mis pies no se movieron. Mis ojos no podían apartarse de los labios partidos y sangrantes de esa criaturita que jadeaba de sed y miedo.
Sin decir una palabra más, me acerqué por completo a ella. La niña se encogió, cerrando los ojos con fuerza, esperando un golpe, un grito, otra muestra de la brutalidad que seguramente conocía muy bien. Me hinqué sobre una rodilla en la tierra suelta. Me quité el sombrero viejo y despacio, muy despacio para no asustarla más, le ofrecí mi cantimplora abollada. Ella abrió un ojo, luego el otro. Vio el agua y sus manos temblorosas se lanzaron hacia el metal como si fuera un milagro. Bebió con desesperación, atragantándose.
—Despacio, chamaca. Te vas a ahogar —le dije, con un tono que intenté suavizar, aunque mi voz seguía sonando como lija.
Cuando terminó, soltó un suspiro que le sacudió todo el cuerpecito desnutrido. Me miró fijo por primera vez. Sus ojos eran oscuros, profundos, unos ojos demasiado viejos para un rostro tan pequeño. Eran los ojos de alguien que ya había renunciado a la esperanza. Yo conocía esa mirada. La veía cada mañana cuando me lavaba la cara en el espejo oxidado de mi casa.
—Me llamo Crispín —le dije, recogiendo la cantimplora—. Pero me dicen Cole. ¿Tú cómo te llamas?
—Lucero —susurró ella, bajando la vista hacia sus manos sucias.
—Bueno, Lucero. No te puedes quedar aquí. Esta sierra no perdona y la noche ya se nos viene encima. Te voy a subir a mi caballo y te vas a venir conmigo.
No esperé a que me dijera que sí o que no. Me puse de pie y me incliné para levantarla. Pesaba tan poco que sentí un nudo doloroso en la garganta. Era puro hueso y ropa vieja. Al alzarla, ella soltó un quejido agudo; el movimiento le lastimaba las piernas torcidas. Apreté los dientes, odiando a los infelices que la habían dejado en este estado. Caminé los pocos pasos hasta Maverick, mi caballo bayo que nos observaba con orejas atentas, y la acomodé con cuidado sobre la silla de montar. Me subí detrás de ella, asegurándola con un brazo fuerte alrededor de su cintura delgada para que no se resbalara.
El camino de regreso a mi rancho fue largo y silencioso. La oscuridad se tragó los cerros y el frío calaba hasta los huesos. Lucero temblaba sin control contra mi pecho. Me quité mi chamarra de mezclilla gastada y se la puse por encima, cubriéndola como pude. Mientras cabalgábamos al paso lento de Maverick, mi mente no dejaba de dar vueltas. Pensé en mi situación. Volvía de negociar en el pueblo, de perder tres días enteros lidiando con unos malditos compradores de ganado que miraron mi rebaño flaco y mi paciencia más flaca todavía. Me habían ofrecido monedas miserables y yo las había aceptado por pura necesidad. Apenas llevaba ocho dólares en el bolsillo. Ocho dólares de pura humillación. Con eso no me iba a alcanzar para mantener a una boca más, mucho menos a una niña que necesitaba atención médica, comida buena y cuidados que yo no sabía dar. ¿En qué demonios me estaba metiendo?
Llegamos a mi terreno pasada la medianoche. A la luz de la luna llena, la silueta de mi casa se dibujaba contra el cielo negro. Era una cabaña de troncos mal encajados, que a lo largo de los años había remendado con adobe y láminas, más refugio que hogar. Desmonté primero y luego bajé a Lucero en mis brazos. Antes de entrar, la niña giró la cabeza y miró hacia la parte de atrás del terreno. Detrás de la cabaña, iluminadas por la luz pálida, se alzaban las tres cruces torcidas por el viento. La madera ya estaba gris, mordida por la lluvia y por los inviernos de la sierra, pero los nombres seguían ahí, tallados a navaja, como una herida que simplemente se negaba a cicatrizar: Sara, Tomás y Jaime. Mi esposa y mis dos hijos. La peste se los llevó a los tres en la misma semana, hace ocho años.
Sentí que Lucero se tensaba en mis brazos al ver las cruces.
—No les tengas miedo —le dije, con la voz quebrada—. Son los únicos que me hacen compañía.
Entramos al jacal. Encendí una lámpara de petróleo que proyectó sombras largas y tristes en las paredes de adobe. Acosté a la niña en mi propio catre, el único mueble decente que tenía, y la tapé con un par de cobijas gruesas de lana. Fui a la pequeña estufa de leña, encendí un fuego rápido y puse a calentar unos frijoles de olla que me habían sobrado antes de irme al pueblo, junto con un par de tortillas duras que suavicé directo en la lumbre. Se lo serví en un plato de peltre despostillado y me senté en una silla de tule junto a ella para verla comer. Comía con una desesperación que me revolvía el estómago. Cada bocado que tragaba parecía un milagro para su cuerpo hambriento.
Cuando terminó, dejó el plato a un lado y me miró con esos ojos enormes.
—¿Por qué me trajiste, don Crispín? —preguntó de pronto, con una madurez que asustaba—. Mi amá me dijo que yo era una carga para todos. Que nadie me iba a querer nunca por estar chueca. Que mi apá hacía bien en dejarme atrás porque venía un hermanito en camino y la plata no alcanzaba para los dos.
Las palabras me golpearon como un puñetazo en la cara. Una carga. Así le habían llamado a su propia sangre.
—Tu amá es una pendeja —solté, sin importarme las malas palabras, apretando los puños sobre mis rodillas—. Y tu apá es un cobarde. En esta casa, mientras yo tenga aire en los pulmones, nadie te va a llamar carga, chamaca. ¿Me oíste? Duérmete ya. Mañana será otro día.
Me acomodé en el suelo, sobre un petate viejo cerca de la estufa, pero no pude cerrar los ojos en toda la noche. El sonido de la respiración de Lucero, irregular y pesada, llenaba el silencio sepulcral que por ocho años había sido mi única compañía.
A la mañana siguiente, la realidad me alcanzó como un balde de agua helada. Lucero amaneció ardiendo en fiebre. Su cuerpecito sudaba a mares y balbuceaba cosas incomprensibles. La exposición al sol, la deshidratación severa y el frío de la sierra le habían pasado factura de golpe. Le toqué la frente y quemaba. Traté de darle agua con un trapo húmedo, pero casi no podía tragar. El pánico, un sentimiento que creí haber enterrado junto con Sara y mis niños, resurgió desde el fondo de mis entrañas y me apretó el pecho hasta dejarme sin aire. No iba a dejar que se me muriera otro niño en esta casa. No iba a soportarlo de nuevo.
Me puse las botas, agarré mi sombrero y salí corriendo hacia donde tenía amarrado a Maverick. Ensillé al caballo con las manos temblando de desesperación. Necesitaba un médico. Necesitaba medicinas fuertes. San Juan, el municipio más grande de la región, quedaba a casi cuatro horas de galope. Revisé mis bolsillos por inercia, aunque ya sabía exactamente lo que iba a encontrar. Ocho dólares. Ocho malditos dólares. Con esa miseria no me iba a alcanzar ni para que el doctor del pueblo me abriera la puerta de su consultorio, mucho menos para pagar los antibióticos y los sueros que esta niña necesitaba con urgencia.
Miré a Maverick. El caballo bayo me devolvió la mirada con sus grandes ojos nobles. Ese caballo me conocía mejor que nadie en el mundo. Me había cargado en su lomo cuando el dolor me volvía tan pesado que no podía sostenerme en pie, y me había soportado cuando la rabia me hacía peligroso y destructivo. Era lo único de valor que me quedaba en esta tierra, mi única conexión con la libertad, mi herramienta de trabajo, mi amigo silencioso. Sentí un nudo de lágrimas atorándose en mi garganta. Sabía lo que tenía que hacer, y el simple pensamiento me desgarraba el alma.
—Perdóname, viejo amigo —le susurré al caballo, acariciándole el cuello sudoroso—. Perdóname, pero la vida de esa criaturita vale más que mi orgullo.
Cabolgué a todo galope hacia San Juan. No llevé a Lucero conmigo porque el viaje brusco a caballo la habría matado en su estado de debilidad. Confié en que la fiebre no se la llevara antes de que yo regresara. Al llegar al pueblo, el bullicio de la gente, el ruido de las camionetas y el polvo del mercado me aturdieron. Fui directo a la clínica rural del doctor Villalobos. Le expliqué la situación a gritos, casi rogándole. El doctor, un hombre cansado y cínico, me hizo una lista de los antibióticos, los sueros y las vitaminas que necesitaba, además de la consulta a domicilio porque le advertí que la niña no podía moverse. La cuenta sumaba casi cincuenta dólares.
Saqué mis míseros ocho dólares y se los puse en el escritorio.
—Tengo esto ahora —le dije, mirándolo a los ojos con fiereza—. Y tengo un caballo bayo amarrado afuera. Un cuarto de milla fino. Fuerte. Vale más de cien, pero se lo doy por la medicina y su visita a mi rancho. Hoy mismo.
Villalobos se asomó por la ventana, miró a Maverick y luego me miró a mí. Sabía que estaba haciendo el negocio de su vida a costa de mi desesperación.
—Trato hecho, Cole —dijo el doctor, agarrando su maletín.
Entregarle las riendas de Maverick a aquel hombre fue como arrancarme un brazo. Le di una última palmada en el hocico a mi caballo, tragándome el llanto, y me subí a la vieja camioneta Ford del doctor para regresar a mi jacal. El sacrificio había valido la pena. Durante las siguientes semanas, Villalobos fue dos veces más al rancho. Los antibióticos cortaron la infección que se le estaba formando en las llagas de las piernas, y el suero le devolvió el color a sus mejillas quemadas. Poco a poco, Lucero empezó a recuperarse.
Sin mi caballo, la vida en el rancho se volvió brutalmente dura. Tenía que caminar kilómetros todos los días para acarrear agua, para revisar la cerca, para buscar leña. Mis botas se rompieron y mis manos se llenaron de callos que sangraban por las noches. Pero cada vez que llegaba a la cabaña arrastrando los pies del cansancio, encontraba a Lucero sentada en el suelo, desgranando mazorcas de maíz o limpiando frijoles en la mesa, esperándome con una sonrisa tímida que iluminaba esa tumba de troncos.
Empezamos a hablar. Primero de cosas sin importancia, del clima, de los coyotes que aullaban en la madrugada. Pero una noche, mientras la lluvia azotaba las láminas del techo, me atreví a contarle la verdad sobre las cruces de atrás. Le hablé de la risa de Sara, de los bracitos regordetes de Tomás trepándome por el cuello, y del “pa… pa…” torpe del pequeño Jaime que apenas estaba aprendiendo a hablar. Le conté cómo la difteria entró en la casa como un ladrón silencioso y me robó todo lo que amaba en cuestión de días. Lloré. Lloré como no lo había hecho en ocho malditos años, derrumbándome frente a la estufa, tapándome la cara con mis manos ásperas.
Sentí una manita pequeña y caliente tocándome el hombro. Lucero se había arrastrado por el suelo de tierra hasta llegar a mí.
—Yo también estoy solita, don Cole —me dijo con voz suave—. Mi apá se llama Rogelio. Vendió el pedacito de tierra que nos quedaba en Valle Seco. Mi madrastra, la señora Marta, le gritaba todos los días que yo era un estorbo, que el dinero no iba a alcanzar para el bebé nuevo si me seguían dando de comer a mí. El día que nos fuimos, la camioneta se descompuso en la subida de la sierra. Teníamos que caminar. Yo no podía. Ella le dio a escoger. Le dijo: “O la dejas a ella, o me voy yo con tu hijo varón”. Y mi apá… mi apá me cargó hasta ese pino. Me dejó una botella de agua a la mitad y se fue caminando sin voltear para atrás. Ni una sola vez.
La confesión de la niña cayó sobre mí como plomo hirviendo. La imagen de ese miserable hombre, Rogelio, caminando de espaldas a su propia hija mientras la dejaba tirada en el polvo, se me grabó en el cerebro con fuego. En ese mismo instante, una promesa oscura y peligrosa echó raíces en mi corazón. Si algún día me cruzaba con ese infeliz, la muerte le iba a parecer un castigo demasiado piadoso.
Pasaron tres meses. El invierno pegó duro en la sierra, pero logramos sobrevivir. Había logrado construirle a Lucero unas muletas de madera tallada a mano, rústicas y pesadas, pero que le permitían moverse por la casa y el pequeño patio con cierta independencia. Ya no arrastraba su cuerpecito por el polvo. Una mañana, tuve que pedirle prestada a don Hilario, mi vecino que vivía a un par de leguas, su carreta tirada por una mula vieja para ir hasta el mercado de San Juan a comprar provisiones para el frío. Subí a Lucero a la carreta, tapada con cobijas, y nos fuimos al pueblo.
El mercado era un hervidero de gente, olores a fritanga, chiles secos y ruido ensordecedor. Dejé a Lucero sentada en la carreta comiéndose un pan dulce mientras yo cargaba costales de harina y frijol. Fue al cruzar por enfrente de la cantina “El Último Trago” cuando el destino, con su sentido del humor negro y retorcido, decidió ponerme a prueba.
Por las puertas de vaivén de la cantina salió un hombre tambaleándose. Iba mugriento, apestando a mezcal barato y orines, con la barba crecida y la mirada perdida. Tropezó con un perro callejero y cayó de rodillas en el polvo de la calle. Mientras el hombre maldecía al animal, levantó el rostro.
Sentí como si me hubieran dado un martillazo en el pecho. Las descripciones que Lucero me había dado de su padre durante tantas noches de confidencias coincidían a la perfección. La cicatriz en la ceja izquierda, el diente de oro, la complexión delgada y esa expresión de eterna cobardía. Era él. Era Rogelio. Evidentemente, el gran plan de irse a buscar una mejor vida había fracasado. El dinero se le había acabado rápido, seguramente en vicios, y ahora era un miserable borracho tirado en las calles de San Juan, muy lejos de Valle Seco, pero no lo suficiente.
Mi mano derecha voló sola hacia mi cadera. Mis dedos rozaron el metal frío del viejo revólver que siempre llevaba conmigo. La sangre me zumbaba en los oídos y una furia primitiva, roja y cegadora, me nubló la vista. Caminé hacia él con pasos firmes, pesados, apretando la mandíbula hasta que los dientes me dolieron.
Rogelio intentaba ponerse de pie apoyándose en un poste de madera cuando lo agarré del cuello de la camisa grasienta y lo estrellé contra la pared de la cantina con toda la fuerza que mi cuerpo cansado pudo reunir. El golpe sonó seco. El borracho soltó un quejido ahogado, abriendo los ojos desorbitados, escupiendo aliento a alcohol en mi cara.
—¿Eres Rogelio? —le gruñí, apretándole el cuello para cortarle el aire—. ¿El cobarde de Valle Seco?
El hombre intentó zafarse, arañando mi brazo, pero yo estaba poseído por ocho años de dolor acumulado y la rabia fresca del abandono de Lucero.
—¿Quién… quién eres tú, cabrón? ¡Suéltame! —balbuceó, tosiendo.
—Soy el fantasma que te va a mandar directo al infierno —le dije en un susurro cargado de veneno, sacando el revólver con la mano izquierda y apoyando el cañón frío justo debajo de su barbilla sudorosa—. Soy el hombre que recogió a tu hija, la que dejaste pudriéndose de sed debajo de un pino en medio de la nada para que Dios decidiera por ti. ¿Te acuerdas de Lucero? ¿Te acuerdas de la criatura que no podía caminar y que estorbaba para tus malditos planes?
Al escuchar el nombre de su hija, el rostro de Rogelio perdió el poco color que le quedaba. El terror absoluto se apoderó de sus facciones. Sus ojos se fijaron en el cañón del arma y comenzó a temblar como una hoja al viento.
—No… no me mates… por favor… no me mates… —empezó a llorar, un llanto patético y agudo—. Estábamos muriéndonos de hambre… Marta me obligó… me dijo que nos iba a hundir a todos… yo no quería… yo no quería dejarla, te lo juro por Dios bendito… ¡Estaba chueca, nadie la iba a querer! ¡No teníamos dinero!
La excusa barata me encendió la sangre aún más. Empujé el cañón del arma con más fuerza contra su carne, sintiendo cómo el dedo me picaba en el gatillo. La gente alrededor del mercado se había quedado en silencio. Un par de hombres se acercaron, pero al ver mi mirada desquiciada y el arma desenfundada, se detuvieron en seco.
—¡Tú eras su padre! —le grité en la cara, perdiendo el control—. ¡Tu deber era dar tu maldita vida por ella si era necesario! ¡Yo vendí a mi único caballo, lo único que tenía en el mundo, para comprarle medicina para la fiebre que tú le provocaste por dejarla a la intemperie! ¡Yo habría dado mi alma entera por tener a mis hijos vivos un día más, y tú tiraste a tu propia sangre a la basura como si fuera un trapo viejo!
Rogelio cerró los ojos, sollozando y rezando en voz alta, esperando el impacto de la bala. Yo quería matarlo. Dios sabe que quería jalar el gatillo y ver cómo ese cerebro cobarde pintaba la pared de la cantina. Quería vengar el dolor de Lucero, vengar la injusticia del mundo, vengar a mis propios hijos muertos que no pude salvar. Mi dedo se tensó en el gatillo.
Y entonces, un sonido rompió el silencio del mercado.
El repiqueteo hueco de unas muletas de madera golpeando la tierra seca.
Giré la cabeza lentamente, sin aflojar mi agarre sobre Rogelio. A unos metros de distancia, abriéndose paso entre la multitud asustada, venía Lucero. Su carita estaba pálida, pero su postura era recta. Se sostenía con fuerza de las muletas que le hice, arrastrando sus piernas con esfuerzo pero con una dignidad que ese pedazo de basura contra la pared jamás conocería en mil vidas.
Ella se detuvo a tres pasos de nosotros. Miró a su padre. Rogelio abrió los ojos y al verla, sana, limpia, con ropa de su talla aunque humilde, y viva, se soltó a llorar a gritos, tapándose la cara con las manos temblorosas.
—Lucero… mi niña… m’ija… perdóname… —gimoteaba el hombre, deslizándose por la pared hasta quedar de rodillas en el polvo, justo a mis pies.
Lucero no lloró. No corrió a abrazarlo. Lo miró con esa misma expresión de adulta cansada que le vi la primera noche en mi cabaña. La niña herida y aterrada había muerto debajo de aquel pino. La que estaba parada frente a nosotros era una sobreviviente.
—Don Cole —me llamó ella, con una voz clara que resonó en toda la calle—. Baje la pistola. No vale la pena mancharse las manos por él.
La miré a ella, luego miré al miserable que lloraba en el suelo. El odio que me había consumido por años, el resentimiento contra la vida, todo el veneno que guardaba en el pecho comenzó a disiparse, reemplazado por un orgullo inmenso hacia esa pequeña guerrera. Despacio, bajé el revólver. Le quité el martillo y lo devolví a la funda de mi cadera. Agarré a Rogelio por los cabellos y le levanté la cara manchada de mocos y tierra.
—Mírala bien —le ordené, con voz fría como el hielo—. Mírala bien porque es la última vez en tu perra vida que le vas a poner los ojos encima. Ella ya no es tu hija. No es de nadie más que mía. Tú estás muerto para ella, ¿entiendes? Si algún día te vuelvo a ver cerca de mi rancho o cerca de ella, no te voy a dar tiempo de rezar. Lárgate.
Solté a Rogelio, empujándolo hacia el suelo. El hombre no dijo ni una palabra más. Se levantó a tropezones, como un perro apaleado, y salió corriendo entre la multitud sin atreverse a mirar atrás. La gente del mercado, al ver que el pleito se había terminado, comenzó a dispersarse murmurando entre ellos.
Caminé hacia Lucero. Me hinqué frente a ella, quedando a la altura de sus ojos negros y profundos. Le acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja con mis manos callosas y ásperas.
—¿Estás bien, chamaca? —le pregunté suavemente.
Ella asintió despacio, soltando las muletas con una mano para rodearme el cuello con su bracito delgado.
—Vámonos a la casa, apá —me susurró al oído.
La palabra “apá” me golpeó con la fuerza de un huracán. Cerré los ojos y dejé que las lágrimas, esta vez de paz, resbalaran por mi rostro áspero. La abracé con fuerza, sintiendo el latido de su corazón contra mi pecho. La levanté en brazos, tomando sus muletas con la otra mano, y la llevé de regreso a la carreta.
El camino de regreso a la sierra fue diferente. No había miedo, no había prisa, no había fantasmas atormentándome la cabeza. Al llegar a nuestro terreno, el atardecer pintaba el cielo de colores dorados. Al pasar por detrás de la cabaña, miré las tres cruces de madera de Sara, Tomás y Jaime. Ya no me causaban esa agonía insoportable que me asfixiaba el alma. Me pareció que, por primera vez en ocho años, las cruces descansaban en paz.
La vida siguió siendo dura. La pobreza no desapareció mágicamente y las piernas de Lucero nunca iban a sanar por completo. Seguía siendo un hombre que caminaba con los pedazos de su vida en la mano, pero ya no estaba solo. Tenía a alguien a quien cuidar, y en el proceso de curar las heridas de esa niña rota que encontré tirada en el camino, terminé sanando las mías.
FIN