Yo bromeé que mi esposo andaba “con la otra” y la marchanta dejó caer los chiles al piso como si hubiera visto un muerto. Lo peor fue cuando me clavó esa mirada llena de lástima y me dijo: “Ay, m’ija… entonces ya te enteraste”. Llevaba a mi niña en brazos, escogiendo tomates en el puesto, cuando sentí que me faltaba el aire. La señora Lupita ya no sonreía. Y aquí sabemos que cuando una señora del mercado te deja de sonreír, es porque el chisme viene con sangre.
—¿Cómo que ya me enteré? —le pregunté, apretando a Sofi contra mi pecho.
Doña Lupita se quedó paralizada, volteando a los lados. —No, m’ija… yo pensé que tú ya sabías.
El estómago se me hizo nudo. Esa misma mañana, Óscar me había besado la frente, seco y rápido, diciendo que tenía una junta pesada con el jefe.
Doña Lupita bajó la voz, limpiándose las manos en el mandil. —Es que lo vieron por aquí el martes… con una muchacha.
Intenté defenderme diciendo que seguro era una clienta. Ella me miró con una compasión que me quemó la cara de pura vergüenza. —M’ija… las clientas no se agarran de la cintura.
De repente sentí que todo el mercado se calló. La risa del carnicero se apagó y la gente dejó de pedir sus cosas. Medio mercado sabía mi desgracia antes que yo. Cuando le exigí saber quién era, tragó saliva y me soltó el golpe: era la güerita de uñas rojas de la farmacia nueva. La misma farmacia donde Óscar me compraba mis vitaminas del embarazo. La misma a la que le había comprado rosas en el puesto de la esquina el día anterior.
Mientras revisaba mi celular con los mensajes falsos de Óscar diciéndome que me amaba, escuché una voz dulce a mis espaldas.
—¿Mariana?.
Me quedé helada. Era ella.
Parte 2
Me quedé helada. Conocía esa voz. La había escuchado en la farmacia, ofreciéndome ácido fólico con cara de ángel mientras sus uñas rojas tamborileaban sobre el mostrador de cristal. Volteé despacio, sintiendo que el piso de cemento del mercado se movía bajo mis pies de huarache. El olor a cilantro fresco y a sangre de la carnicería de repente me revolvió el estómago.
Ahí estaba ella. La güerita de uñas rojas. Llevaba puestos unos jeans ajustados y una blusa blanca impecable, el cabello perfectamente planchado brillando bajo la lona opaca del mercado. Pero no fue su cara limpia ni su maquillaje intacto lo que me quitó la respiración. Fue lo que traía puesto encima.
Llevaba la chamarra de mezclilla de Óscar. La misma chamarra gastada de los codos que le regalé en nuestro tercer aniversario. La que él me juró, mirándome a los ojos hace un mes, que se le había olvidado en un taxi regresando de una posada del trabajo.
Sofi soltó un quejido en mis brazos, incómoda por lo fuerte que la estaba apretando contra mis costillas.
“Hola, Mariana, ¿verdad?”, dijo la muchacha, con una naturalidad que me dio escalofríos. Sus ojos pasearon por mi ropa, mi suéter holgado, mi cabello recogido con una pinza de plástico que seguramente ya tenía mechones sueltos. Me miró de arriba a abajo no con odio, sino con una lástima que me dolió más que una cachetada.
Tragué saliva, sintiendo que tenía arena en la garganta. Doña Lupita, detrás de nosotras en el puesto, dejó de acomodar los chiles poblanos y se quedó quieta como estatua. El bullicio del mercado seguía a nuestro alrededor, el ruido de los diablitos de carga rasando el piso, los gritos de los vendedores de fruta, pero entre ella y yo había un silencio espantoso.
“¿Qué quieres?”, logré articular. Mi voz sonó delgada, rasposa.
La güerita se cruzó de brazos, abrazando la chamarra de mi marido. Las mangas le quedaban grandes, cubriendo la mitad de sus manos donde resaltaba el esmalte rojo.
“Nada, solo… te vi de espaldas y quería saludarte. Ay, qué linda está tu niña”, dijo, estirando una mano hacia Sofi.
Mi instinto fue más rápido que mi razón. Di un paso atrás brusco, alejando a mi hija de ella. La mano de la muchacha se quedó en el aire por un segundo antes de que la bajara lentamente. Su sonrisa ensayada desapareció, dejando ver una dureza fría en su rostro.
“No la toques”, le advertí. No grité, pero la rabia contenida en esas tres palabras hizo que la señora del puesto de jugos de al lado volteara a mirarnos con el ceño fruncido.
“Tranquila, Mariana. No vengo a pelear”, murmuró ella, dando un paso más cerca. El olor a su perfume barato, una mezcla de vainilla y flores sintéticas, me golpeó la cara. Era el mismo olor que había notado en las camisas de Óscar un par de veces, ese que él juró que era el nuevo aromatizante que habían puesto en los baños de su oficina. Qué estúpida fui. Qué inmensamente ciega y estúpida.
“No sé qué cinismo te trajo hasta aquí a hablarme”, le dije, sintiendo cómo el calor de la furia me subía por el cuello. “Pero no tengo nada que hablar con una cualquiera que se mete con un hombre casado.”
La palabra ‘cualquiera’ no la inmutó. Al contrario, pareció darle lástima mi enojo. Suspiró, acomodándose un mechón de cabello rubio detrás de la oreja.
“Él me dijo que ya no dormían juntos, Mariana”, dijo, bajando el volumen de su voz, como si me estuviera haciendo un favor al no gritar mis miserias en medio del mercado. “Me dijo que lo de ustedes ya estaba muerto desde que nació la niña. Que solo se quedó en la casa porque le dabas pena.”
Sentí como si me hubieran pateado el estómago. El aire se me escapó de los pulmones. Sofi empezó a llorar de verdad, asustada por la tensión, por mis brazos temblorosos. Intenté mecerla, pero mis piernas apenas me sostenían.
“Es un cobarde”, escupí, sintiendo las lágrimas calientes amontonándose en mis ojos. Me negué a dejarlas caer. No frente a ella. “Y tú eres una arrastrada si le crees.”
“Pues la chamarra me la dio a mí”, contestó ella, alisando la tela de mezclilla sobre su pecho con un movimiento lento, casi posesivo. “Y anoche, mientras tú estabas sola cambiando pañales, él estaba conmigo. Me compró rosas en la esquina, las mismas que seguramente te dijo que no podía pagarte porque el dinero andaba apretado.”
Cada palabra era un cuchillo girando en la herida. La humillación me quemaba la piel. Las miradas de los marchantes, los murmullos a mis espaldas, la compasión silenciosa de doña Lupita… todo el mundo estaba presenciando cómo se desmoronaba mi vida entre guacales de tomate y rejas de cebolla.
“Dile a Óscar que no se moleste en regresar a la casa hoy”, le dije, con una frialdad que me sorprendió a mí misma. “Que ya tiene a dónde ir con sus mentiras.”
Me di media vuelta, abrazando a mi hija, y empecé a caminar rápido por los pasillos estrechos del mercado. No miré atrás. Escuché que ella decía algo más, pero me tapé los oídos con mi propio orgullo roto. Esquivé bultos, charcos de agua sucia y carretillas, sintiendo que me ahogaba en el olor agrio de la fruta pasada y el sudor.
Llegué a la calle y el sol de mediodía me pegó en la cara, implacable. Caminé las tres cuadras hasta la casa sintiendo que llevaba plomo en los zapatos. Al abrir el candado del zaguán negro y despintado, el ruido metálico resonó en la calle vacía. Entré al patio pequeño, esquivando el triciclo roto de Sofi y el tendedero donde colgaban un par de pantalones de Óscar. Los arranqué de la cuerda con un tirón violento, dejando las pinzas de madera tiradas en el piso de cemento.
Entré a la casa. Era una construcción modesta, de techos bajos y paredes pintadas de un verde agua que ya se estaba descascarando en las esquinas por la humedad. Todo olía a suavizante de telas y a caldo de pollo. Todo olía a la familia que yo creía que estábamos construyendo.
Dejé a Sofi en su corralito en la sala. La niña me miró con sus ojos grandes y oscuros, los mismos ojos de su padre, y se quedó calladita, jugando con un sonajero de plástico despintado. Fui directo a la recámara que compartía con Óscar. La cama estaba tendida perfectamente. Su pijama estaba doblada sobre la almohada. Todo parecía tan normal, tan estúpidamente normal.
Saqué la maleta negra que usábamos para salir de viaje al pueblo de sus papás y la tiré sobre el colchón. Empecé a vaciar sus cajones. Camisetas, calcetines, pantalones de mezclilla. Todo lo aventé adentro sin orden ni cuidado. En el fondo del cajón de su ropa interior, encontré un papel arrugado. Lo desdoblé con las manos temblando. Era un ticket de compra de una joyería barata del centro. Una cadena de plata con un dije de corazón. Doscientos pesos. Fecha de la semana pasada.
Yo no tenía ninguna cadena de plata.
Solté un grito sordo, apretando el ticket hasta romperlo, y me dejé caer de rodillas junto a la cama. Lloré. Lloré con esa desesperación ronca de cuando te arrancan algo del pecho y sabes que nunca lo vas a poder recuperar. Lloré por las madrugadas que pasé sola cuidando a la niña para que él pudiera dormir porque “trabajaba muy duro”. Lloré por los vestidos que no me compré en todo el año para que le alcanzara para sus pasajes. Lloré por la mujer cansada en la que me había convertido, la que daba pena.
Me quedé ahí, abrazando mis propias rodillas en el piso de linóleo helado, hasta que el llanto se me secó y solo me quedó un vacío profundo, negro y frío en el estómago.
El reloj de pared en la cocina marcaba las cuatro de la tarde cuando el teléfono de la casa empezó a sonar. El timbre estridente rompió el silencio como un balazo. Me levanté despacio, me limpié la cara con la manga del suéter y fui a contestar.
“¿Bueno?”, dije. Mi voz sonaba muerta.
“Amor, soy yo”, respondió la voz de Óscar al otro lado de la línea. Sonaba agitado, con ese tono casual y falso que ahora reconocía tan claramente. “Oye, el jefe nos retuvo. Voy a tener que quedarme un par de horas más en la bodega cuadrando inventario. No me esperes para cenar, ¿sí? Te amo, chaparra.”
Cerré los ojos, sintiendo una náusea repentina. “No te preocupes”, respondí despacio, midiendo cada sílaba. “¿Vas a tardar mucho?”
“Yo creo que llego por ahí de las nueve. Ya sabes cómo se pone don Arturo con los faltantes. Cenate algo rico tú y le das un beso a la niña de mi parte.”
“Claro”, murmuré. “Óscar…”
“¿Qué pasó, mi amor?”
“Nada. Que te vaya bien en tu inventario.”
Colgué el teléfono antes de que pudiera responder. Respiré hondo. Tenía cinco horas. Cinco horas para juntar los pedazos de mi dignidad y preparar la trampa en la que él mismo iba a caer.
Fui a la cocina, le preparé su papilla a Sofi, la bañé con agua tibia y le puse su mameluco limpio. La niña se quedó dormida pronto, agotada por el llanto de la mañana. La acosté en su cuna, cerré la puerta de la recámara a medias y regresé a la sala.
Saqué la maleta ya llena y la puse justo en medio de la entrada, estorbando el paso. Luego, fui a la estufa. Preparé la cena. Hice enfrijoladas, su platillo favorito. Freí las tortillas, preparé la salsa de frijol con hoja de aguacate, rayé queso panela y corté cebolla. El olor de la comida llenó la casa pequeña, disfrazando el olor a abandono que ya se estaba instalando en las paredes.
Serví un plato grande y lo puse en su lugar en la mesa del comedor pequeño de cuatro sillas de madera. Le puse su vaso de vidrio grueso al lado. Todo listo. Todo perfecto para el marido trabajador.
Me senté en el sillón viejo de la sala, con las luces apagadas, dejando solo el foco amarillo de la cocina encendido. Y esperé en silencio. Escuchando el ruido de los camiones pasando por la avenida a lo lejos, el ladrido de los perros de los vecinos, las goteras del lavadero en el patio. El tiempo se estiró como un chicle viejo.
Faltaban quince para las nueve cuando escuché el ruido de la llave raspando la cerradura de la puerta principal. El zaguán crujió. Pasos pesados cruzaron el patio. La puerta se abrió.
Óscar entró, cerrando de un empujón con el pie.
“¡Ya llegué, amor!”, gritó hacia adentro, quitándose los zapatos en la entrada. Su voz sonaba alegre, ligera. Sin una pizca de remordimiento.
Avanzó dos pasos y tropezó con la maleta negra. Maldijo por lo bajo y se quedó mirando el bulto en el suelo. Levantó la vista y me vio sentada en el sillón, en la penumbra.
“¿Qué onda con esta maleta en medio del paso, Mariana?”, preguntó, forzando una risa nerviosa. “¿A dónde nos vamos o qué?”
Se acercó a prender la luz de la sala. El foco blanco parpadeó antes de iluminar su cara. Traía el cabello ligeramente despeinado, los ojos brillosos. Y no traía su chamarra de mezclilla.
“¿Cómo te fue en el inventario?”, le pregunté sin moverme.
“Pesadísimo, ya sabes”, dijo, sobándose la nuca y evitando mirarme a los ojos directamente. Vio la mesa servida en la cocina. “Ay, mi amor, hiciste enfrijoladas. Qué hermosa eres, la verdad vengo muerto de hambre.”
Caminó hacia la silla y se dejó caer pesadamente. Agarró el tenedor.
“¿No vas a cenar conmigo?”, preguntó, con la boca ya medio llena de tortilla y frijol.
Me levanté del sillón lentamente y caminé hasta pararme frente a él, al otro lado de la mesa. Me le quedé viendo. Cada rasgo de su cara, las arrugas finas alrededor de sus ojos, la cicatriz pequeña en la barbilla. El hombre con el que me casé a los veintidós años. El hombre por el que dejé mi trabajo en la maquila cuando me embaracé, porque él me juró que a su familia nunca le iba a faltar nada.
“¿Dónde está tu chamarra de mezclilla?”, solté la pregunta en tono seco, sin expresión.
Óscar dejó de masticar. Tragó pesadamente, el bocado bajando a la fuerza por su garganta. Puso el tenedor sobre el plato haciendo un ligero tintineo contra la loza.
“Te dije hace un mes que la dejé en un taxi, Mariana. ¿A qué viene eso ahorita?”
“Es que fíjate qué cosas tiene la vida”, le respondí, cruzándome de brazos. “Hoy fui al mercado por las verduras y me encontré a una muchacha muy amable. Güerita, de uñas rojas. Trabaja en la farmacia nueva.”
El color se esfumó de la cara de Óscar en un segundo. Se quedó pálido, casi gris bajo la luz amarilla del foco. Sus manos bajaron de la mesa para esconderse en su regazo.
“No sé de qué me hablas”, murmuró, mirando fijamente el vaso de agua.
“Trabaja en la misma farmacia donde me compras las vitaminas”, continué, subiendo el tono de mi voz, sintiendo que la furia que había guardado todo el día empezaba a salir a borbotones. “Y fíjate, traía puesta tu chamarra. Esa que perdiste en el taxi.”
“Mariana, te están metiendo ideas en la cabeza las viejas chismosas de tu colonia”, intentó defenderse, poniéndose de pie de golpe. Su silla rechinó contra el piso de mosaico. “Seguro se compró una igual. Ya sabes cómo es la gente de envidiosa.”
“¿Envidiosa de qué, Óscar?”, le grité, sintiendo que me temblaban las manos. “¿De mi esposo que se gasta la quincena comprándole rosas a una cualquiera mientras yo ando regateando el kilo de huevo? ¿De mi marido que anda diciendo por ahí que le doy pena y que nuestro matrimonio está muerto desde que tuve a nuestra hija?”
Ahí se quedó callado. Sus hombros se hundieron. El silencio en la casa era tan espeso que se escuchaba el zumbido del refrigerador viejo en la esquina de la cocina.
“No quería que te enteraras así”, susurró, bajando la mirada.
“¿Así que sí es verdad?”, la confirmación en voz alta, salida de su propia boca, dolió de una forma nueva, aguda y profunda.
“Mira, Mariana… tú y yo… desde que nació Sofi, las cosas han sido muy difíciles. Ya casi ni hablamos, siempre estás cansada, siempre estás enojada por el dinero. Fabiola me escuchó. Me entiende. No fue algo planeado, simplemente pasó.”
Agarré el plato de enfrijoladas que le había preparado y lo aventé contra el fregadero. La loza se rompió con un estruendo ensordecedor, salpicando frijoles negros y crema por todos los azulejos blancos. Óscar saltó hacia atrás, asustado.
“¡No te atrevas a echarme la culpa a mí y a mi hija de tus porquerías!”, grité con todas las fuerzas de mis pulmones, perdiendo el control por completo. Las lágrimas me nublaron la vista, pero no me importó. “¡Estoy cansada porque cuido a tu hija todo el maldito día! ¡Estoy enojada por el dinero porque a ti apenas te alcanza para la renta, pero sí te sobra para comprarle cadenitas de plata a tu amante!”
Óscar dio un paso hacia mí, levantando las manos como queriendo calmarme.
“Baja la voz, vas a despertar a la niña”, siseó, mirando hacia el pasillo nerviosamente.
“¡Que se despierte!”, le respondí, golpeando la mesa con los puños. “Que vea al cobarde de su padre. Coge tus cosas y lárgate, Óscar. Ya te hice la maleta. Está ahí en la entrada. Vete con ella, ya que te entiende tan bien.”
La cara de Óscar se transformó. El arrepentimiento falso desapareció y fue reemplazado por una dureza fría, cruel.
“No me puedes correr de mi propia casa”, dijo, con los dientes apretados. “Yo pago la renta de esta pocilga. Si alguien se va, eres tú. Y te vas sola. A mi hija no te la llevas.”
El pánico me subió por la garganta como bilis amarga. El miedo instintivo de perder a mi niña me paralizó por una fracción de segundo. Él lo notó, y sonrió. Una sonrisa ladeada, triunfante.
“¿Con qué dinero la vas a mantener, Mariana?”, se burló, apoyando las manos en la mesa y acercando su cara a la mía. “No trabajas desde hace dos años. Apenas terminaste la prepa. Si yo te dejo, te mueres de hambre. ¿Crees que un juez te va a dejar a la niña si vives en la calle pidiendo limosna?”
Esa era su arma. Su gran poder sobre mí. La dependencia económica con la que me había atado a él, disfrazada de ‘yo las cuido’. La asfixia financiera que ahora usaba como cadena para que me quedara callada y aceptara sus infidelidades.
Por un instante, vi mi futuro. Arrastrándome de vuelta con mis padres en su casa minúscula en las afueras, pidiendo prestado para pañales, buscando turnos nocturnos limpiando baños mientras mi madre ya vieja cuidaba a mi hija. Vi la humillación pública, el dedo señalador de los vecinos. Vi la desesperación.
Pero luego, vi de nuevo a Fabiola en el mercado. Con su blusita blanca y sus uñas rojas acariciando la chamarra de mi marido. Y recordé las madrugadas en vela, la soledad profunda de dormir al lado de un hombre que ya no me tocaba, la tristeza que se me estaba comiendo la juventud.
No iba a dejar que me pisoteara más.
Me acerqué a los cajones de la cocina, abrí el de los cubiertos de un jalón y saqué el cuchillo cebollero. Grande, de acero inoxidable, gastado de tanto picar verdura.
Óscar retrocedió tropezando con la silla, sus ojos abiertos de par en par.
“¿Qué estás haciendo, estás loca?”, gritó, alzando los brazos para cubrirse.
“Lárgate de mi casa”, le dije. Mi voz ya no temblaba. No gritaba. Era un tono bajo, frío, lleno de una determinación absoluta que nunca había sentido en mi vida.
Caminé hacia él lentamente, sosteniendo el cuchillo con fuerza, los nudillos blancos de la presión. Él retrocedió paso a paso, hasta chocar contra la pared del pasillo.
“Mariana, tranquilízate, por el amor de Dios, baja eso”, suplicó, levantando las manos. El pánico real le sudaba en la frente.
“Tú puedes pagar la renta, pero yo firmo el contrato con el dueño de la vecindad. Y ahorita mismo voy a gritar, Óscar. Voy a gritar que te metiste tomado y que me quisiste golpear. Los vecinos ya saben qué clase de basura eres, doña Lupita se encargó de eso. Y si intentas tocar a mi hija, te juro por Dios que te clavo esto en el pecho antes de que des un paso en su cuarto.”
La respiración de Óscar era errática. Me miró a los ojos y supo que no estaba jugando. Que en ese momento yo no tenía nada más que perder, y él tenía todo el pavor a un escándalo que lo llevara a los separos de la delegación.
“Estás enferma, Mariana”, escupió, intentando recuperar un poco de dignidad mientras se deslizaba por la pared hacia la entrada, sin darme la espalda.
“Vete”, repetí, deteniéndome a dos metros de él, señalando la maleta negra con la punta del cuchillo. “Agárrala y salte a la calle. O te juro que empiezo a gritar.”
Óscar tragó saliva ruidosamente. Miró el cuchillo, me miró a mí, agarró el asa de la maleta negra de un tirón rápido, abrió la puerta a trompicones y salió al patio. Lo seguí hasta la puerta.
“No te voy a dar un peso”, me gritó desde la reja negra, volteando hacia la casa. “Vas a rogarme de rodillas que vuelva, estúpida. ¡Vas a venir chillando por dinero!”
“Prefiero lavar pisos toda la vida que volver a verte la cara de perro”, le grité de vuelta.
Salió a la calle y empujó el zaguán con violencia, dejando que chocara contra el marco de metal, y escuché sus pasos alejarse rápido por la banqueta.
Me quedé parada en el umbral de la puerta. El aire frío de la noche me golpeó la cara sudada. Bajé el cuchillo lentamente hasta dejarlo colgando a un costado de mi pierna. Mis rodillas finalmente cedieron y me deslicé por la madera de la puerta hasta quedar sentada en el piso de la entrada.
Dejé caer el cuchillo al suelo, y ahí, sola en la oscuridad del pasillo, me rompí a llorar otra vez. Lloré por el miedo terrible de lo que venía mañana, por la incertidumbre de no tener ni cien pesos en la cartera, por la vida que se me había desmoronado en doce horas.
Pero, en el fondo, sentí que por primera vez en años, podía respirar hondo.
Desde el fondo de la casa, Sofi empezó a llorar, despertada por los gritos finales de su padre. Me sequé las lágrimas con el dorso de las manos y me levanté. Cerré la puerta con doble seguro y pasé la barra de metal de arriba. Caminé por el pasillo oscuro hacia la recámara de mi hija.
La cargué, sintiendo su cuerpecito tibio contra mi pecho, su respiración calmándose al instante en mis brazos. Olía a jabón de manzanilla. Nos quedamos en silencio, solas, escuchando el zumbido de la calle y el silencio pesado de una casa que, por primera vez, era completamente nuestra.
FIN