El golpe seco en la puerta me hizo saltar de la cama, y de inmediato vi entrar a Doña Ofelia, el ama de llaves que llevaba treinta años en la hacienda. Detrás de ella apareció Carlos, el heredero, quien me miraba con una expresión dura y los hombros tensos. Apenas un día antes, él me había encontrado en la cocina comiendo de las sobras de grasa fría y cáscaras de papa, y me había prometido frente a todos que jamás volvería a alimentarme de desperdicios. Me había sacado de ese rincón, ordenó que me prepararan este cuarto de huéspedes y me compró un vestido azul claro. Por primera vez en veinte años de vivir agachando la mirada, yo había empezado a sentirme como una mujer y no como una simple criada.
Pero en ese instante, el silencio en la habitación era asfixiante, solo roto por el sonido de unos perros ladrando a lo lejos y mi propia respiración agitada. Doña Ofelia caminó directo hacia mi cama sin decir una sola palabra y levantó el colchón de un tirón. Ahí debajo, brillando como una maldición entre la tela desgastada, apareció el rosario de perlas con la cruz de oro que le pertenecía a la madre difunta de Carlos.
Caí de rodillas al piso frío, llorando y jurando con la voz rota que yo era completamente inocente. Carlos apretó la reliquia contra su pecho, mirándome con una decepción tan profunda que me destrozó el alma entera en un segundo. Me gritó con furia que saliera de su vista y que regresara al rincón oscuro del que había salido. Mientras mis manos temblaban de puro pánico, vi cómo Doña Ofelia me observaba y sonreía en completo silencio. En ese momento comprendí que mi pequeño sueño se había terminado de la peor manera posible.
Parte 2
No me moví. El golpe de la puerta al cerrarse resonó en las paredes de ese cuarto que por una noche creí mío, y el sonido se me quedó clavado en los oídos como un zumbido sordo. Me quedé hincada en el suelo frío. Mis rodillas temblaban tanto que apenas me sostenían. Las manos me sudaban, y el aire de la habitación de pronto olía a humedad, a encierro, a todo lo que yo había sido durante veinte años en esa hacienda de Veracruz. Doña Ofelia ya se había ido detrás de Carlos, pero su sonrisa helada seguía flotando en la oscuridad de mi cabeza. Esa maldita sonrisa de triunfo.
Tardé mucho en levantarme. Cuando lo hice, me quité el vestido azul. Sentí asco de mí misma. Me quité la tela limpia, los botones pequeños que horas antes había abrochado con tanta ilusión frente al espejo, y lo dejé caer al piso. Volví a ponerme mi ropa de siempre, esa falda descolorida y la blusa percudida que olía a humo de leña y a jabón barato. Recogí mis zapatos viejos. No agarré nada más. Ni siquiera el cepillo nuevo que él me había comprado. Salí al pasillo arrastrando los pies, con la cabeza agachada, tragándome el llanto para no hacer ruido.
Bajé las escaleras de servicio, esas que crujían con cada paso y que daban directo al patio trasero. Afuera estaba lloviendo. Una llovizna necia, de esas que enfrían los huesos y enlodan los caminos del cafetal. Entré a la cocina por la puerta de atrás. El olor a manteca quemada y a café hervido me golpeó la cara. Era mi realidad. Mi único mundo.
“Ya te estabas tardando, escuincla,” dijo una voz desde la penumbra.
Doña Ofelia estaba sentada en la silla de madera junto al fogón. Tenía una taza de barro entre las manos. No me miró a los ojos. Miraba el fuego.
“¿Qué creíste?” continuó, dando un sorbo lento a su café. “Alguien como tú no nació para usar vestidos limpios, Ana. Naciste para tallar el piso por donde caminamos. Para recoger la basura. Y si te atreves a olvidar tu lugar otra vez, te juro por Dios que la próxima vez no te acuso de robar. Te echo a los perros.”
“Yo no agarré ese rosario,” logré decir. Mi voz sonó delgada, rasposa.
“¿Y a quién le importa?” Ella se levantó, dejó la taza con fuerza sobre la mesa y se acercó hasta quedar a un palmo de mi cara. Su aliento olía a tabaco y café negro. “Él me creyó a mí. Porque yo soy su familia, aunque no lleve su sangre. Yo lo crié. Tú no eres nadie. Eres un perro callejero que recogimos por lástima.”
Me empujó hacia el rincón del lavadero.
“Hay tres docenas de sábanas que lavar. Y las quiero blancas. Si veo una sola mancha de tierra, te dejo sin tragar tres días. Órale. A jalar.”
No respondí. Agarré el jabón de pasta y me arrodillé frente a la batea de piedra. El agua estaba helada. Empecé a tallar. Mis nudillos chocaban contra la piedra áspera, y con cada golpe, una lágrima caía y se mezclaba con la espuma sucia.
Los días que siguieron fueron un infierno peor que cualquier cosa que hubiera vivido antes. Doña Ofelia se encargó de que mi existencia fuera insoportable. Ya no solo me daba las sobras para comer; a veces, intencionalmente, dejaba que los platos se quedaran a la intemperie hasta que las moscas se paraban en ellos, y luego me los aventaba a la mesa de latón en la cocina. “Traga,” me decía.
Yo no veía a Carlos. Él se encerraba en el despacho o salía a los cafetales desde la madrugada y no volvía hasta que era noche cerrada. Cuando escuchaba sus botas en el pasillo, yo me escondía detrás de las puertas o me agachaba en los rincones más oscuros para que no me viera. El miedo a su mirada de desprecio era más grande que el dolor en mis manos agrietadas por la lejía.
Una tarde, me mandaron a limpiar la biblioteca. Era la primera vez que entraba a esa parte de la casa desde la noche del vestido azul. Llevaba una cubeta con agua y trapos viejos. Empecé a limpiar los libreros de caoba, aguantando la respiración para no hacer ruido. De pronto, la puerta se abrió.
Era Carlos.
Llevaba la camisa manchada de tierra y sudor. Se detuvo en seco al verme. El aire en la habitación se volvió pesado de inmediato. Yo me quedé congelada, con el trapo húmedo en la mano, sin saber si salir corriendo o fundirme con la madera del piso.
“Salte,” dijo. Su voz no fue un grito, pero sonó tan fría que me dolió físicamente.
Agarré mi cubeta de prisa, derramando un poco de agua sucia en la alfombra sin querer.
“¡Que te salgas te digo!” alzó la voz, dando un paso hacia mí. “¡No quiero que toques nada aquí adentro! ¿Qué parte de que no confío en ti no entiendes?”
“Patrón, se lo juro…” mi voz se quebró. No pude evitarlo. Lo miré a los ojos por un segundo. “Yo no toqué las cosas de su madre. Me tendieron una trampa.”
Carlos apretó la mandíbula. Vi cómo los músculos de su cuello se tensaban.
“Eres una malagradecida, Ana. Te saqué de la miseria. Te senté en mi mesa. Y me pagaste robando lo único que me quedaba de ella. Lárgate a la cocina antes de que pierda la paciencia y te eche a la calle.”
Salí corriendo. Dejé la cubeta ahí mismo y bajé las escaleras tropezando, sintiendo que me ahogaba. Llegué al patio y me apoyé contra la pared de adobe, buscando aire. Me llevé las manos a la cara y lloré hasta que me dolió el estómago. Quería irme. Quería salir corriendo por el portón principal y no volver a pisar la hacienda Santa Gertrudis nunca más. Pero, ¿a dónde iba a ir? No tenía un solo peso. No sabía leer. No conocía a nadie más allá del pueblo, y en el pueblo todos me conocían como “la arrimada” de los De la Vega. Si me iba, me moriría de hambre en alguna zanja. Ofelia lo sabía. Por eso me torturaba. Porque sabía que yo era su prisionera.
Pasaron dos semanas. Las lluvias arreciaron en la sierra, convirtiendo los caminos en ríos de lodo rojo. La cosecha de café se estaba complicando y el ambiente en la casa grande era tenso. Carlos gritaba a los capataces, los capataces gritaban a los peones, y Ofelia me desquitaba todo su coraje a mí.
Una noche, muy tarde, me mandó a limpiar el cuarto de planchado. Estaba en la parte trasera de la casa, cerca de la despensa principal. Mientras doblaba unas toallas, escuché pasos apagados en el pasillo. La casa estaba en completo silencio, solo se oía el golpe de la lluvia contra las tejas. Me asomé por la rendija de la puerta, por puro instinto de supervivencia, para saber quién andaba despierto a esa hora.
Era Doña Ofelia. Llevaba un candil apagado en una mano y una pequeña llave de bronce en la otra. Caminaba de puntitas hacia el despacho de Carlos.
Mi respiración se detuvo. El despacho siempre estaba cerrado con llave cuando el patrón dormía. Carlos era muy celoso con los cajones de su escritorio, donde guardaba el dinero de la raya de los trabajadores y los documentos importantes de la hacienda.
La vi meter la llave en la cerradura. El clic metálico sonó clarito en el silencio de la madrugada. Entró y cerró la puerta detrás de ella.
El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho. No sabía qué hacer. Mi primer pensamiento fue correr a mi colchón en la cocina y taparme hasta la cabeza. ‘No te metas, Ana’, me dije a mí misma. ‘Te va a ir peor’. Pero mis pies no se movieron. Una rabia vieja, acumulada durante años de humillaciones y golpes bajo la mesa, me ancló al piso. Me acerqué descalza hasta la puerta del despacho y pegué la oreja a la madera gruesa.
Adentro, escuché el roce de los cajones al abrirse. Luego, el sonido inconfundible de monedas chocando entre sí y el crujido de billetes gruesos.
“Con esto alcanza para el mes,” murmuró la voz de Ofelia. Era un susurro, pero yo lo escuché perfecto.
Retrocedí un paso. Estaba robando. La mujer que se daba golpes en el pecho cada domingo en la misa del pueblo, la que me había llamado “sangre podrida”, le estaba robando el dinero de la cosecha a Carlos a sus espaldas.
Di la vuelta para irme, pero mi pie desnudo resbaló en la duela encerada. Chocó contra un macetero pesado de barro. El golpe no fue muy fuerte, pero en esa oscuridad sonó como un balazo.
El ruido dentro del despacho se detuvo de golpe.
Entré en pánico. Corrí hacia el pasillo de la cocina, sintiendo cómo el miedo me quemaba la garganta. Escuché la puerta del despacho abrirse bruscamente a mis espaldas.
“¿Quién anda ahí?” siseó Ofelia.
Me metí al cuarto de planchado y me agaché detrás de un cesto de ropa sucia, haciéndome un ovillo, tapándome la boca con las dos manos para ahogar mi propia respiración. Escuché los pasos pesados de la mujer acercándose por el pasillo. Caminaba despacio. Como un animal cazando.
Se detuvo frente a la puerta del cuarto de planchado. Empujó la puerta. La poca luz de la luna que entraba por la ventana iluminó su silueta recortada en el marco. Yo estaba temblando violentamente en la oscuridad, rogando a Dios que no me viera. Sus ojos recorrieron la habitación por un segundo eterno. Finalmente, chasqueó la lengua y cerró la puerta.
Me quedé ahí tirada hasta que amaneció. No dormí un solo segundo.
Al día siguiente, el ambiente en la casa estaba raro. Yo me mantenía en la cocina, lavando trastes sin levantar la cabeza, pero podía sentir la tensión. A media mañana, Carlos entró a la cocina buscando a Ofelia.
“¿Dónde están los fajos de la raya grande?” le preguntó, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. “Revisé la caja fuerte del escritorio y me falta dinero.”
Ofelia, que estaba cortando cebolla, ni siquiera parpadeó. Dejó el cuchillo en la tabla de picar y se limpió las manos en el delantal con una tranquilidad que me dio escalofríos.
“Ay, muchacho,” dijo, con voz maternal. “Ayer los contaste mal, acuérdate. Estabas muy cansado. Además, ¿quién te va a robar aquí? Yo misma cerré ese despacho anoche.”
“No, Ofelia. Yo sé contar. Me faltan por lo menos cinco mil pesos.”
“Pues si estás tan seguro de que alguien se los llevó, deberías revisar a las ratas que tienes viviendo bajo tu techo,” respondió ella, y clavó sus ojos directo en mi espalda.
Sentí que el mundo se me venía abajo. Carlos volteó a verme. Yo estaba paralizada con un plato lleno de jabón en las manos.
“Ana,” dijo Carlos, y su voz ya no sonaba enojada, sino cansada. Una decepción profunda y resignada. “¿Fuiste tú otra vez?”
“¡No!” grité, dándome la vuelta de golpe. El plato se me resbaló y se hizo pedazos contra el piso de cemento. “¡No, patrón, yo no fui! ¡Se lo juro por mi vida que yo no agarré nada!”
“Ya vas a empezar con tus lloriqueos,” escupió Ofelia, dando un paso hacia mí. “Eres una ladrona, chamaca mañosa. Seguro ya lo escondiste, igual que hiciste con el rosario de la señora.”
“¡Usted fue!” grité, señalándola con el dedo tembloroso. No sé de dónde saqué el valor, pero ya no me importaba nada. Ya estaba muerta en vida. “¡Yo la vi anoche! ¡La vi entrar a su despacho con una llave, patrón! ¡La escuché agarrando los billetes!”
El silencio cayó sobre la cocina como una lápida de piedra.
Carlos parpadeó, desconcertado, mirando alternadamente a mí y a Ofelia.
La mujer soltó una carcajada seca, sin gracia.
“¿Le vas a creer a esta loca, Carlos? ¿A la muerta de hambre que te robó el rosario de tu difunta madre? Está inventando cosas para salvar el pellejo porque sabe que la cachaste otra vez.”
“Yo no miento,” dije, llorando, sintiendo la garganta apretada. “Revísele el cuarto, patrón. Revísele sus cosas. Si yo miento, écheme a la calle ahorita mismo. Pero búsquele el dinero a ella.”
Carlos me miró fijamente. Sus ojos oscuros parecían buscar alguna fisura en mi desesperación. Luego miró a Ofelia. Ella mantenía la postura erguida, pero vi cómo sus manos, que descansaban sobre el delantal, se apretaron ligeramente en puños.
“Dame las llaves de tu cuarto, Ofelia,” dijo Carlos de repente. Su voz era baja y peligrosa.
Ofelia frunció el ceño, indignada. “Carlos, por el amor de Dios. Me ofendes. ¿Treinta años criándote y le haces caso a las mentiras de una sirvienta roñosa?”
“Dije que me des las llaves.”
El rostro de la mujer se desfiguró. El color se le fue de las mejillas, dejando una máscara pálida y furiosa. Metió la mano al bolsillo de su falda, sacó un manojo de llaves y se las aventó al pecho a Carlos con desprecio.
“Búscale, pues. Y cuando veas que no hay nada, quiero que agarres a esta basura a patadas y la eches por el portón. Porque no pienso seguir viviendo bajo el mismo techo que esta ladrona.”
Carlos no dijo nada. Se dio la media vuelta y salió de la cocina a zancadas fuertes. Ofelia se quedó mirándome. Sus ojos eran dos pozos de odio negro.
“Te acabas de cavar tu propia tumba, escuincla estúpida,” siseó, acercándose despacio, bajando la voz para que solo yo la escuchara. “Él no va a encontrar nada. Y cuando regrese, yo misma me voy a encargar de romperte la boca.”
El tiempo se arrastró. Me quedé parada junto a los pedazos del plato roto, temblando, rogando a Dios, a la Virgen, a cualquier santo que me escuchara. Si Carlos no encontraba ese dinero, mi vida se había acabado. Ofelia sonreía de lado, cruzada de brazos, apoyada en el marco de la puerta. Estaba tan segura de sí misma.
Pasaron diez minutos. Luego quince. Yo ya sentía que el aire me faltaba.
De pronto, escuchamos los pasos de Carlos bajando las escaleras. No venía caminando. Venía corriendo.
Apareció en el marco de la puerta de la cocina. Tenía la respiración agitada, la camisa desabotonada en el cuello, y la cara completamente roja de furia. En sus manos no traía fajos de billetes.
Traía una caja pequeña de madera de cedro.
Ofelia se puso blanca. Blanca como un papel viejo. Sus brazos cruzados cayeron a sus costados pesadamente.
“Carlos…” intentó decir ella, y su voz autoritaria de pronto se volvió temblorosa, como la de una anciana asustada.
Él no la dejó hablar. Caminó hasta la mesa del centro y vació la caja de madera de golpe. El sonido de los objetos cayendo contra el latón fue ensordecedor.
Cayeron anillos de oro viejos. Cayeron prendedores de plata. Cayó un reloj de bolsillo que yo reconocí inmediato: era el reloj del padre de Carlos, el patrón viejo, que se había perdido hace más de cinco años y que todos culpaban a un mozo de cuadras que fue despedido a golpes.
Y, rodando hasta el borde de la mesa, se detuvo una cruz de oro pesada, unida a un collar de perlas perfectamente pulidas.
El rosario de su madre.
El mismo rosario que supuestamente habían encontrado debajo de mi colchón.
El silencio que siguió a eso fue el más denso y doloroso que he sentido en mi vida. Nadie respiraba. Carlos miraba las joyas esparcidas en la mesa, con el pecho subiendo y bajando de rabia. Yo miraba el rosario, sintiendo que una piedra enorme se me quitaba del pecho, pero al mismo tiempo, el dolor de la injusticia me quemaba los ojos.
“El dinero no estaba ahí,” dijo Carlos. Su voz sonaba rasposa, rota. Hablaba despacio, articulando cada palabra como si le doliera pronunciarla. “Escondiste muy bien los billetes, Ofelia. Pero se te olvidó cambiar de escondite la caja de tus porquerías.”
“Carlos, hijo, déjame explicarte…” Ofelia dio un paso hacia él, extendiendo las manos suplicantes. Todo su porte de autoridad se había esfumado. Ahora solo era una vieja ratera, arrinconada.
“¡No me digas hijo!” El grito de Carlos hizo temblar las ventanas de la cocina. Agarró la mesa con las dos manos y la empujó con tanta fuerza que casi la vuelca. Las joyas saltaron, haciendo ruido. “¡Treinta años! ¡Treinta malditos años comiendo de nuestra mesa, cobijándote bajo nuestro techo, gobernando esta casa como si fuera tuya! ¿Y nos robabas? ¿Le robaste a mi padre cuando ya estaba enfermo en su cama?”
“Lo hice por el bien de la hacienda,” lloriqueó ella, retrocediendo asustada, chocando contra los costales de frijol. “Tú no estabas, Carlos. Tú te fuiste a México. Tu padre estaba perdiendo la cabeza. Yo tenía que asegurar algo, guardar cosas de valor por si venían tiempos malos…”
“¡Eres una miserable!” le escupió él, acercándose a ella hasta acorralarla. “¿Y el rosario? ¿También fue por el bien de la hacienda esconderlo debajo del colchón de esta muchacha? ¿Para qué, Ofelia? ¿Por qué la odias tanto?”
Ofelia, arrinconada, me miró de reojo. Incluso en su momento de peor humillación, su odio por mí era más grande que su vergüenza.
“Porque es basura,” respondió ella, apretando los dientes, sacando el veneno que llevaba dentro. “Porque tú llegaste queriendo jugarle al salvador. Queriendo sentarla en la mesa principal donde se sentaba tu madre. Yo no iba a permitir que esa india mugrosa ocupara un lugar en esta casa. Tenía que ponerla en su lugar. Tenías que verla como lo que es: una ratera, una recogida.”
“La única ratera en esta casa eres tú.” Carlos respiraba con fuerza, viéndola con un profundo asco. “Empaca tus cosas. Te quiero largando de mi hacienda antes de que el sol baje. Y da gracias a Dios que no mando llamar a los federales al pueblo para que te refundan en la cárcel. Lárgate.”
“Carlos, por favor, no tengo a dónde ir…”
“¡Que te largues!”
Ofelia se soltó llorando a gritos, cubriéndose la cara con el delantal. Pasó por un lado de nosotros corriendo, tropezando, y subió las escaleras llorando como un animal herido.
Nos quedamos solos en la cocina. Carlos y yo.
Él se quedó de espaldas a mí durante mucho tiempo. Veía la mesa llena de cosas robadas, apoyando las manos en la madera. Yo no sabía qué hacer. No sabía si debía ponerme a recoger los pedazos de plato roto, si debía salirme, o si debía agradecerle. Me quedé parada junto al lavadero, exprimiendo un trapo húmedo entre las manos por puro nerviosismo.
Finalmente, él se dio la vuelta.
Tenía los ojos rojos. Su mirada ya no era fría ni dura. Estaba llena de una culpa tan pesada que casi me dio lástima verlo así. El gran patrón, el hombre estudiado, el dueño de todo, desmoronado en la cocina de su propia casa.
Caminó lentamente hacia mí. Yo instintivamente retrocedí un paso, pegando la espalda a la pared húmeda.
“Ana,” susurró.
No respondí. Mantuve la mirada clavada en sus botas enlodadas.
“Ana, mírame,” me pidió, y su voz se quebró un poco.
Levanté la cara despacio. Sus ojos me estaban buscando con desesperación. Levantó una mano como para tocarme el hombro, pero se detuvo a medio camino y la dejó caer.
“Perdóname,” dijo. Y la palabra sonó como si se estuviera arrancando un pedazo de piel. “Fui un imbécil. Fui un cobarde. Preferí creerle a ella porque era más fácil, porque no quería lidiar con la realidad de esta casa maldita. Te traté peor que a un animal. Y tú no tenías la culpa de nada.”
Me quedé callada. Escuchaba sus palabras, pero sentía que me llegaban desde muy lejos. Como si yo estuviera debajo del agua.
“Todo va a cambiar ahora,” continuó él, acercándose un paso más, hablando rápido, ansioso. “Te lo prometo. Ya no vas a dormir aquí. Voy a arreglar el cuarto de huéspedes otra vez. Y te voy a conseguir a alguien del pueblo que venga a enseñarte a leer, si quieres. No vas a volver a lavar ni una sola sábana ni a comer en esta cocina nunca más. Eres libre en esta casa, Ana. Libre.”
Sus palabras eran todo lo que yo había soñado escuchar durante veinte años. Era el final feliz. Era la salvación que yo tanto le pedí a la Virgen en las noches de frío intenso, cuando me moría de hambre.
Pero mientras lo miraba, mientras veía su desesperación por arreglar las cosas con dinero y órdenes, algo dentro de mí se rompió. O más bien, terminé de entender que ya estaba rota desde hacía mucho tiempo.
Vi mis propias manos. Ásperas, rojas, llenas de cicatrices por las quemaduras de la estufa y los cortes de la leña. Me di cuenta de que mi cuerpo encogido, mis hombros siempre tensos, mi miedo constante, todo eso no se iba a borrar con un cuarto bonito ni con una disculpa atorada en la garganta.
“No, patrón,” dije.
Carlos se quedó callado de golpe. Frunció el ceño, confundido.
“¿Qué?”
“No,” repetí. Esta vez, mi voz salió firme. Sin temblar. Lo miré directamente a los ojos, sin agachar la cabeza. “No quiero el cuarto. Y no me voy a quedar aquí.”
“Ana, no entiendes… ella ya se fue. Ya nadie te va a hacer daño.”
“Usted me hizo daño,” le dije, y vi cómo mis palabras lo golpearon como una cachetada física. Él retrocedió un paso. “Ofelia me pegaba, me gritaba, me humillaba. Ella siempre fue mala. Yo ya sabía lo que ella era. Pero usted… usted fingió que yo le importaba. Me sacó de mi hoyo, me hizo creer que yo valía algo, me vistió como persona, y luego, a la primera duda, me escupió en la cara y me volvió a aventar al lodo.”
“Me engañaron, Ana. Estaba ciego.”
“No, patrón. Usted no estaba ciego. Usted vio lo que quiso ver.” Las lágrimas empezaron a bajarme por la cara, pero no eran lágrimas de miedo. Eran de coraje puro. “Usted prefirió creer que yo era una ladrona, porque para usted siempre voy a ser la muchacha que come sobras. La recogidita. La india. Aunque me ponga vestidos de seda, para usted mi palabra nunca va a valer lo mismo que la de la gente de su clase.”
Carlos intentó hablar, pero abrió y cerró la boca sin encontrar palabras. Su rostro estaba desencajado.
“No quiero sus disculpas,” continué, limpiándome la cara con el dorso de la mano. “Y no quiero sus cuartos bonitos. En esta casa yo nunca voy a ser libre. Usted mismo me lo demostró.”
Di la media vuelta y caminé hacia el rincón de la cocina donde yo dormía. Agarré mi cobija delgada de lana, la doblé rápidamente y la metí en una bolsa de mandado vieja junto con un par de calcetines rotos y el cepillo de pelo que él me había comprado en el pueblo. No tenía más. Eso era todo el resumen de mis veinte años de vida en ese lugar.
“¿A dónde vas a ir?” preguntó él a mis espaldas. Su voz sonaba chiquita, asustada. “Ana, por el amor de Dios, está lloviendo fuerte. No tienes a nadie. No tienes dinero. Te vas a morir de hambre allá afuera.”
“Prefiero morirme de hambre afuera, caminando como la gente, que comer sobras hincada en el piso de su cocina,” respondí sin voltear a verlo.
Me colgué la bolsa al hombro. Caminé hacia la puerta trasera.
“¡Te pago!” gritó él de pronto, desesperado, corriendo hacia mí y agarrándome del brazo para detenerme. “¡Te doy dinero, Ana! Lo que quieras. Para que empieces en el pueblo, para que rentes un cuarto. No te puedes ir así. Por favor, no me dejes con esta culpa.”
Me solté de su agarre con brusquedad. Lo miré por última vez. Vi al heredero de la gran hacienda Santa Gertrudis, al patrón intocable, pidiendo limosna emocional para calmar su propia conciencia.
“Guárdese su dinero, Don Carlos,” le dije suavemente, sin odio, pero con una frialdad absoluta. “La culpa es suya. Cómasela usted. Así como yo me comí las sobras de su familia toda la vida.”
Abrí la puerta de madera. El viento frío y húmedo de la sierra me golpeó la cara al instante. La lluvia caía con fuerza, formando charcos lodosos en el patio trasero de la hacienda. Salí y empecé a caminar bajo la tormenta.
No miré atrás.
Sentí el lodo frío entre mis dedos, mojando mis zapatos viejos. Sentí la lluvia calando mi blusa delgada hasta los huesos. No sabía a dónde iba a dormir esa noche. No sabía qué iba a comer al día siguiente. No sabía cómo funcionaba el mundo más allá de esos cafetales inmensos. Tenía un nudo de pánico apretándome el estómago.
Pero mientras caminaba por el camino de terracería, alejándome cada vez más de la casa grande de los De la Vega, me di cuenta de algo que me hizo detener el llanto.
Por primera vez en veinte años, mi estómago rugía de hambre y mis ropas estaban empapadas de lluvia sucia.
Pero iba caminando con la cabeza levantada.
FIN